PÁSENME LA SALSA



Hace dos días me apareció en Facebook un artículo titulado Por qué Cali nos aventaja en materia salsera, firmado por Gilberto Marenco Better y rotulado como “Especial para Zona Cero”. 

 

El solo título tiene todo el cariz de ser de aquellas afirmaciones aceptadas como dogmas por el gran público, especialmente cuando provienen de alguna presunta autoridad en determinada materia. No tengo mucho que hacer y aunque sé perfectamente por dónde vienen los tiros y para dónde va el escrito, pues en el título está dicho prácticamente todo, lo abordo con desgano. Empiezo por percibir una dificultad que se desprende del lenguaje de Marenco Better y que me impide digerirlo, ni siquiera acercarme cordialmente a la médula del asunto, comoquiera que algo repulsivo me suena a falso. Cuando me pasa eso, siempre me funciona volver a los principios, lo cual me descifra el enigma con una claridad desconsoladora: se trata de otro caso de generalización, uno de los problemas estructurales de la sociedad. Y de no poco de trivialización. 


Con esta clave para interpretar el artículo, apecho con su contenido. En términos prácticos, el análisis de Marenco B. adolece de definir y delimitar prácticamente todo lo que afirma. Y como en estas situaciones es de rigor la exactitud, obligatoriamente preciso detenerme en el lenguaje, pues el utilizado da mucho que pensar; por lo menos a mí me genera más interrogantes que las verdades que el articulista pretende dar por sentadas. 


Por ejemplo, palabras hueras como “gran controversia”. ¿Gran? Eso da risa. ¿Y quiénes sostienen esa gran controversia de si somos más salseros que los caleños o, lo que parece ser lo mismo, si una ciudad es más salsera que la otra? Pero, sobre todo, me perturban el pronombre objeto de segunda persona del plural “nos del título y la conjugación del verbo ser en presente de indicativo “somos” del introito, correspondiente también a la mencionada forma plural; en otros términos, pruebas irrecusables de la causa totalizadora del escritor. ¿Somos quiénes? ¿Todos los barranquilleros? ¿Comparados con quiénes, con todos los caleños? ¿O estaremos hablando de la mayoría de unos y otros? ¿Por qué se arroga el escritor el derecho de hablar en nombre de toda una ciudad? ¿Por qué no hablará de él y sus cofrades nada más? ¿Se referirá, tal vez, a aquellos de cierta generación a los que les gusta la salsa y los estará igualando a toda la colectividad? ¿O quizá estará comparando las políticas gubernamentales e iniciativas privadas salseras de cada ciudad? El juego de palabras me resulta inadmisiblemente pretencioso, y no creo que Marenco B. sea tan superficial; por diferentes referencias me consta que es un tipo serio y bienintencionado. De cualquier forma, lo mío es la precisión. ¿Cómo determinar, entonces, de quiénes hablamos, cuál es el método?


Ahora bien, planteemos algo más simple: ¿qué es ser salsero? ¿Quien simplemente gusta de la salsa? ¿La salsa, que ni siquiera es un ritmo, sino un término paraguas bajo el que se recogen un puñado etéreo de ritmos afroantillanos? Recalco esto porque hay categorías de salseros, tales como los duros de los años 1960 que miran por encima del hombro la salsa erótica de Eddie Santiago o la cursi de Jerry Rivera. Los que ni siquiera consienten La fiesta de Pilito, como el profesor Maldonado. En ese orden de ideas, ¿qué tipo de salsa debe gustarle a alguien para ser considerado salsero? ¿Quién es salsero? ¿El que toca salsa? ¿El que la sabe bailar? ¿Todos los anteriores? ¿O para serlo será menester conocer la historia del género, su desarrollo, músicos, etcétera? ¿El que, además de gustar de la salsa, tiene que poseer los conocimientos de teoría musical que le permitan apreciar y confirmar su superioridad? Estas dos últimas consideraciones definen más bien al salsómano. 


En mi caso, me gustan muchas canciones de la llamada salsa, desde los años 1960 hasta los 90, y conozco algunos datos esenciales, pero no me considero salsero, me infunde mucha incertidumbre ese rótulo, así como algo de respeto, aunque resulte contradictorio. La noción de salsero remite, en primer término, a quien le gusta mucho esa música, eso es obviedad. Pero hay quienes, además de gustarles, se saben de memoria datos irrelevantes como quién tocó el güiro en la canción tal de determinado álbum, o las peripecias por las que tuvo que pasar equis agrupación para grabar tal disco; estoy hablando de los que conocen todo ese tipo de anécdotas y pormenores a tal punto que parecen haber formado parte de sus vidas. También se me vienen a la mente los investigadores musicales y sociológicos de la salsa, evidentemente, y de los géneros y ritmos que tienen relación con ella, los coleccionistas de discos, los que se reúnen a intercambiar conceptos, los que la bailan en los estaderos de Barranquilla por unos cuantos pesos y los que no, en pocas palabras, quienes viven en función de esa música que los apasiona, muchos de los cuales andan en los citados estaderos oyéndola, bailándola, tomando e, incluso, se atreven a tocar (siempre mal) el cencerro, el güiro y las maracas. Los hijos de vecino que, sin ser coleccionistas en el sentido estricto de la expresión, y muchas veces sacrificando el presupuesto familiar, compraban cuanto disco salía y lo ponían a todo timbal en sus equipos de sonido. Relaciono todas esas manifestaciones porque Marenco Better confunde el concepto de salsómano con el gaseoso y manoseado marbete de salsero. Así que en adelante será conveniente diferenciar entre el salsómano, o sea, el fanático estudioso, aplicado y apasionado, y el salsero, el entusiasta del género. Eso sí, soy incapaz de clasificar a los que se disfrazan con pantalón blanco, zapatos blancos o dos tonos, camisa de flores, sombrero de paja y, cuando fuere el caso, tirantes. Los que, además de engancharse esa indumentaria, se dejan un bigotico matancero. O los que se ponen camisetas estampadas con las caras de Héctor Lavoe, Celia Cruz o Willie Colón y se hacen a una campana que creen tocar en sus arrebatos salsomaníacos. O los que, como Joe Arroyo, hablan con una especie de acento cubano o puertorriqueño vaya usted a saber, entremetiendo palabrejas como vaya, caballero, tipa, bembé, jeva, ahí namá, pana, etcétera, y hasta llegan al extremo del ridículo de pronunciar la erre como ele, verbi gratia, muelto en la deplorable versión de Sabré olvidar de Arroyo.


Volviendo a mi caso, para rematar me gusta el vallenato, la música desdeñada y humillada por los salseros. ¿Recuerdan cuando le pusieron yuca, y yuqueros a quienes les gusta el vallenato? De corronchos y salvajes no nos bajan. Entonces no sé si, en rigor, objetivamente, ser vallenatero descalifica a un salsero potencial, pero sí estoy seguro de que los salseros pura sangre están convencidos de que la condición de vallenatero inhabilita automáticamente a cualquiera, esto es, que el gusto por el vallenato es incompatible con la salsa. Y tengo la sospecha de que meten en el mismo saco el gusto por el porro, la balada, la multiplicidad de cumbias latinoamericanas derivadas de la auténtica cumbia colombiana, el mapalé, el pasillo, el bambuco, la guabina, el torbellino, el joropo, el galeón, el merengue, la champeta, la carranga, el reguetón, el currulao, la cueca, la zamba, la ranchera, etcétera. Para ellos es salsa y nada más.


Y después de todo, ¿qué es una ciudad salsera? ¿Cómo se mide eso? ¿Cuáles son los parámetros para determinarlo? ¿Cuáles son los valores obtenidos de esa medición que permiten hacer comparaciones y establecer cuál es más salsera que otra? Porque del análisis de Marenco B. se desprende que todo se reduce a la capacidad de organización de eventos salseros y a la existencia de escuelas de baile, lo cual, en estricta lógica, solo prueba que en una parte se organizan más eventos de ese tipo y escuelas de baile que en otra. Punto. ¿Cómo ponderar hechos intangibles como la gente común que pone o ponía salsa a todo timbal en las terrazas de sus viviendas? ¿Los que organizan y/o participan en bailes, verbenas y casetas amenizados con picó y otros potentes sistemas de sonido en las calles de los barrios populares? ¿Dónde queda toda la cultura surgida alrededor del picó salsero de los 1970? ¿Qué decir de los discos que entraban a Colombia por el terminal marítimo y los que traían por encargo de Estados Unidos, Venezuela o Panamá? ¿Y de las programaciones de las emisoras de radio barranquilleras que determinaban las del resto de emisoras del país? ¿Y de los picós que, a su vez, definían lo que ponían las emisoras? ¿Se estará acaso pasando por alto el papel del carnaval con sus casetas y su Festival de Orquestas, en los que se presentó lo más granado de los grupos e intérpretes de música antillana? ¿Y la Barranquilla punto obligado de presentación de todas las orquestas de música tropical, no solo las de salsa? ¿Que todo eso es pasado? ¿Y por eso no cuenta? «El pasado es indestructible; tarde o temprano vuelven todas las cosas», esclarece Jorge Luis Borges. Todo aquello, y mucho más, son evidencias históricas que no están debidamente documentadas y que demuestran lo contrario de lo que simplista y lapidariamente, cual Júpiter Olímpico, sentencia Marenco B.; he ahí una gran y nada modesta exigencia para los estudiosos locales de la salsa que los escoge y llama a la grandeza


¿O estaremos simplemente hablando de unos cuantos aspectos puntuales como los trillados encuentros y las escuelas de esperpéntico baile que, por cierto, poco o nada tienen que ver con la música como tal? En la época de oro de la tal salsa, en Barranquilla no fue necesario ningún evento cultural, ni fundar escuela de baile alguna, ni políticas ni apoyos gubernamentales o privados, todo se dio espontáneamente gracias, en últimas, al sustrato caribeño común, así que en absoluto se requieren ahora esfuerzos para mantener o revivir un género que hace décadas pasó de moda, condición que debe aceptarse filosóficamente como parte inevitable de su ciclo natural. “La cosa no es como antes”. En otros términos, en estos casos ser o no ser no viene dado por iniciativas y apoyos personales o institucionales trasnochados y artificiales, sino por genuina generación espontánea.


Pero mi punto en realidad es otro: mi lucha a ultranza contra la generalización y la banalización de la sociedad; así que insisto: ¿cómo se determina quiénes y cuántos son los salseros? Reitero la pregunta porque en su denuncia a clave armada, que tiene todas las señas de ser, en el fondo, un lamento, el comentarista habla por la ciudad, o, al menos, por la mayoría absoluta de sus habitantes, para valerme de términos estadísticos; y está de más mencionar que a muchísima gente en Barranquilla no le gusta la salsa y, por ende, no forma parte de ese colectivo que podría estar interesado en la ficticia controversia puesta de nuevo sobre la mesa por el artículo. Es más, no me cabe la menor duda de que a numerosas personas a las que les gusta la salsa tampoco les interesa la discusión; ni siquiera se enteran. No dejo de preguntarme por qué cada cierto tiempo vuelven a fabricar esa entelequia y cuáles son sus propósitos. ¿Sentirse realizados, quizá? ¿Flagelarse? ¿Exteriorizar íntimas frustraciones? ¿Restregarse inexistentes llagas y heridas? En otros términos, esa bendita polémica solo existe en las cabezas de ciertas personas que, en sus desvaríos y percepciones desajustadas de la realidad, creen que es tema de ciudad. A nadie le interesan sus gustos musicales, ni se cuestiona que organicen actividades y eventos, pero pretender que su gusto sea asunto de ciudad es abusivo y atrevido. Eso es de su gremio y nada más. 


Ahora bien, usando el lenguaje del artículo, para establecer la imaginaria superioridad salsera de una localidad a mí muy poco me dice que en determinado lugar hayan formado una bien organizada industria con un género extranjero que pasó de moda hace años, que involucra niños, que aparentemente se convirtió en marca de ciudad, que cuenta con apoyo gubernamental y privado, a la que contribuyen coleccionistas que no son egoístas, que sacó la música en cuestión de su escenario natural, las discotecas, a los parques para darle más visibilidad y que le haya incorporado a su armazón un elemento presuntamente cultural. Eso será para los nostálgicos de esa música, quienes, la verdad sea dicha todas las veces, no tienen reparo moral en la apropiación, distorsión y comercialización, con ánimo de lucro, de manifestaciones musicales foráneas por parte de oportunistas de los más redomados. Y están en todo su derecho. Pero, fundamentalmente, cuanto antecede no me dice nada porque de principio a fin es artificial, no se da de manera natural, en otros términos, estamos ante un andamiaje necesariamente forzado, un producto comercial desfigurado e impuesto y, de contera, extemporáneo. Un auténtico Frankenstein que, como el engendro de la novela gótica de Mary Shelly, se les volverá en contra y del que no podrán escapar. En sana lógica, para nada debería inquietarlos esa clase de “ventajas”.


Menos me dice un lugar numeroso en escuelas de bailoteo, por muchos concursos internacionales que hayan ganado, pues en realidad se dedican a deformar el baile con contorsiones, acrobacias circenses y malabarismos que solo deslumbran a quienes no saben bailar. En todo caso, desde los griegos antiguos es sabido que las comparaciones se hacen entre iguales, por ese motivo insisto en que hay que discurrir con sumo cuidado y exactitud porque la vida está llena de sutilezas: Barranquilla es una urbe plurimusical en la que se degustan múltiples ritmos y géneros, y en la que existen infinidad de escuelas de las danzas más variopintas. La igualación no ha lugar, y el señalamiento, menos.


En mi criterio, hoy cualquier política institucional alrededor de la salsa es prueba de artificialidad. Dispénseseme que me valga de su despreciado vallenato, pero mi limitado acervo musical me remite a esta que considero la mejor muestra de lo que quiero expresar, especialmente porque también se aplica, mutatis mutandis, a la salsa. Desde hace lustros, el vallenato se encuentra en franca decadencia y, paradójicamente, nunca tuvo mayor apoyo gubernamental, institucional, privado, como lo quieran llamar. Hasta patrimonio de la humanidad es ya, otro rótulo frívolo, sensiblero e inane. Y solo mencionaré que los juglares y sus antológicas canciones se dieron mucho tiempo atrás, cuando el vallenato era mal visto y estaba relegado a los campesinos en el monte. Lo que demuestra meridianamente que ni todo el apoyo institucional y económico producirá los Juancho Polo Valencia, los Emiliano Zuleta Baquero, los Pacho Rada, los Alejandro Durán, los Rafael Escalona ni los Chema Gómez. De modo análogo, tampoco los Miguel Matamoros, los Rogelio Martínez, los Dámaso Pérez Prado, los Ismael Rivera ni los Arsenio Rodríguez.


Retornando a la salsa en Barranquilla, es falso que pululen los sabios salsómanos, ni los coleccionistas, ni los eventos. Aquí hay pocos sabios en cualquier orden, poquísimos coleccionistas de nada y aún menos eventos de salsa, los cuales son casi clandestinos. Aplaudo esos intentos de institucionalización como la Asociación de Coleccionistas de Música Afrocaribe, la Asociación Colombiana de Coleccionistas de Música Afrocaribe, la Asociación de Discotecas Profesional [sic] de Música Salsa y sus [fracasados] encuentros solo en la medida en que les dan satisfacción a sus miembros, nada más que eso. 


Más que otra cosa, parecen bastonazos de ciego achacarles la debacle de la salsa en Barranquilla a encuentros de nula notoriedad e impacto y a concursos frustrados por jurados corruptos. Bueno, esta última acusación que no sé si sea cierta más parece inquina personal producto de envidias y rencillas. Total, eventos a los que nadie les presta atención salvo el grupúsculo salsómano, que cada vez es más reducido. Ciertamente, si está confirmado que dichos concursos han sido permeados por la trampa, la causa y aspiraciones de los salsómanos locales se agravan aún más.


Acierta rotundamente Marenco B. en su observación de la sustitución de la salsa por producciones africanas de dudosa calidad, eso estuvo muy bien dicho.


Pero el final del artículo es lo más interesante, pues su autor parece contradecirse. En su concepto, son imprescindibles los espacios privados para ciertos menesteres. Lógico. O sea que no todo ha de sacarse a los parques. 


Llama también la atención su revelación de que entre los constructores de la cultura salsera caleña se han presentado algunos de los mismos problemas que les critica a los salsómanos barranquilleros, a cuyo egocentrismo le imputa la ruina de la salsa en la Arenosa: “...altos y bajos, controversias, disensos y deserciones”, aunque hace la salvedad de que “...al final todos empujan en la misma dirección”.


Por mi parte, me place sobremanera que en Barranquilla se impongan esos coleccionistas señalados de ególatras, pues en ellos radica no solo el verdadero conocimiento, sino la genuina afición musical. Nada me dicen los sabiondos advenedizos que participan en encuentros artificiales en andinas montañas, encumbrados solo por el hecho de ser españoles o chinos. Léase bien: españoles y chinos. Y del papel de infantes ¿qué se puede decir? Como odiosa analogía, sépase que Los Niños del Vallenato no han producido ni producirán medio Lorenzo Morales. Mera afición impostada. ¿La continuidad del conocimiento? Para eso está Internet. ¿Y el gusto, la tradición? No se afanen, eso es genético; si una persona no nace con el gusanillo, la pueden poner en el centro de la movida salsera de Nueva York en los 1960 y 70, que jamás será salsera.


Prefiero todas las veces a los espontáneos barranquilleros que ponen música en sus equipos de sonido en las puertas de sus casas y alegran la calle los fines de semana (esa sí, verdadera y viva marca de ciudad) en vez del acartonamiento de escuchar las programaciones y asistir a las conferencias y documentales de los supuestos nuevos eruditos de la salsa mundial, sea al aire libre o en un recinto con aire acondicionado, durante o al cabo de las cuales con plena seguridad habrá que presenciar peligrosas acrobacias circenses, contorsiones dolorosas y ridículas maromas, y se remata con pompa y circunstancia, brindis y tablas de quesos, amén de las infaltables fotos y circulares de prensa.


Lejos de la admiración que a determinadas personas les produce que en Cali se hayan organizado tan bien para usurpar música ajena y lucrarse impúdicamente de ella, toda esa parafernalia me indispone enormemente, me produce vergüenza, lástima y rabia, por decir lo menos. Y no soy el único.


Por otro lado, ya es hora de que los salsómanos despierten de su letargo y reconozcan que la salsa murió hace años, y que hoy subsiste solo como música de resistencia, realidad muy evidente en Barranquilla, a donde ni siquiera (y, en mi opinión, afortunadamente) llegaron las evoluciones de la salsa posteriores a los años 1990, como la timba y el tal jazz latino, ese pastiche de pastiches. Prácticamente, Barranquilla se quedó en la salsa hecha hasta máximo mediados de los 1970, y qué bien que así haya sido, pues todo lo que vino después fueron meros, auténticos refritos. En ese sentido, no entiendo la ojeriza de Marenco Better contra cierto gremio que se dedica a desenterrar joyas musicales exclusivas de sellos cubanos privados que no trascendieron..., cuando salieron... hace más de 60 años. El normal agotamiento de todo género musical conduce de manera natural a que sus melómanos realicen indagaciones aún más profundas que saquen a la superficie, así sean antiguas, prestadas y birladas, posibles gemas escondidas, lo cual me parece laudable. Antes de desaparecer por completo, la difusión de la música salsa no puede quedarse en los temas etiquetados como clásicos; en las presentes circunstancias agónicas del género se impone ser exhaustivos, porque donde menos se piensa salta la liebre; y si esa exhumación de cadáveres exquisitos marca la tendencia por un tiempo antes que sobrevenga la hecatombe final, es decir, se constituye en el canto del cisne de la salsa en nuestro medio, bienvenida sea.


Asimismo, ojalá se bajen cuanto antes de la nube de la presunta superioridad musical de la salsa sobre otros géneros, lo cual los hace seres superiores facultados para menospreciar a los que no somos salseros y llenarse la boca con su pretendido buen gusto. Que asimilen lo antes posible que la salsa es uno más en Barranquilla, no como quieren hacer creer, que es la música tradicional que la identifica, algo que no se sostiene ni un segundo, pues antes de los años 1960 la tal salsa ni existía y los ritmos de fama eran otros bien disímiles, verbigracia, el tango en los 1930; y después de los 90 ni se diga, la llamada música urbana ha acaparado todos los ámbitos. De forma análoga, Manuel Henríquez o Nelson García no representan a Barranquilla en los encuentros llevados a cabo en otras partes, hablemos bien: representan, a lo sumo, a los salsómanos locales estudiosos del estilo salsa, o, si esto los tranquiliza, de la música afroantillana.


A otros, en cambio, nos resulta patético y execrable que haya quienes, como los salsómanos de nuestra comarca, se ufanen de música ajena, que los tenga sin cuidado fanfarronear por música que no es de aquí, vea usted. ¿Enorgullecerse de lo ajeno? Eso es el summum del contrasentido y el ridículo, es como ser hincha de Brasil o del Real Madrid. Pero eso queda como un enano ante la psicosis de los beisboleros, la única que se le para al lado al trastorno delirante que padecen los salseros: se las dan de superiores porque les gusta el béisbol, deporte supuestamente superior a todos los demás (especialmente al fútbol) debido a su grado de complejidad; y a fe que es complicado a causa de los muchos entresijos que tiene y el montón de reglas y detalles que entraña. Estos pacientes creen conocer su historia, reglas y secretos, pero como todo se cae por su propio peso, en el hecho de tratarlos descubre uno que ni siquiera saben cosas tan básicas como cuándo ocurre un balk, son incapaces de interpretar el ERA, no distinguen un cambio de velocidad ni, menos, tienen idea de cómo se agarra la pelota ni cuál es la mecánica del cuerpo para lanzar un triste slider. Es el caso del profesor Maldonado, quien apenas este año, a sus 73 y después de toda una vida de alardear de ser beisbolero, se enteró de cómo se escribe squeeze play.


Claro, que en Cali el despropósito adquiere proporciones infernales: queda en plena cordillera de los Andes, pero sus habitantes se creen caribeños; incluso, se dicen más caribeños que quienes nacimos y vivimos a orillas de este mar interior del océano Atlántico. En su desesperación, unos recurren al elemento negro común y trazan una imaginaria línea de conexión negra Caribe-Pacífico; hasta tesis de maestría han hecho con ese argumento. ¿Se había visto semejante dislate? 


Por otra parte, téngase siempre presente que, como bien afirmaron diversos creadores de salsa como Johnny Pacheco, Willie Colón, Celia Cruz y Henry Fiol, la salsa es el formato o estilo, caracterizado por sus arreglos progresivos, que se le dio a la música cubana desde mediados de los años 1960. Y la música cubana debe su desarrollo a que se nutrió de la música clásica europea recibida de España más que cualquier otra colonia, pues Cuba se independizó en 1898, casi un siglo después que la mayoría de naciones hispanoamericanas. Entonces me pregunto hasta qué punto tienen mérito unas manifestaciones que han sorbido tanto de la música clásica, cuya existencia y desarrollo se basa tanto en ella. Para nadie es un secreto que las formaciones de salsa son miniorquestas sinfónicas con unos cuantos elementos africanos, como los tambores, y amerindios, como el güiro y las maracas. Los ritmos de estirpe negra, en conjunción con el café con pan, el componente arábigo subyacente, salvan a la salsa de lo que habría sido la falta de originalidad más total y absoluta; sin ellos estaría reducida a una especie de pasillo alegre. Solo que, como en toda imitación, algunas cosas necesariamente tienen que salir mal, como la innegable y enervante estridencia de la salsa. 


Vamos a ver, ¿qué puede hacer la salsa ante una expresión realmente original como la cumbia, que se basta, y de qué manera, sin necesidad siquiera de armonía? 


Y aunque me parece que la invectiva de Marenco B. no tiene ni pies ni cabeza, pues ni siquiera existe un debate generalizado sobre qué ciudad es más salsera, cuestión descabellada de toutes pièces, envenenadora y pueril, solamente acoto que es simplista cargarle a un solo factor la causa de procesos sociales y culturales tan complejos como el desarraigo de un género musical en una colectividad. Y espero que acoja mi sugestión de buen grado, pues no tengo nada contra él, ni siquiera lo conozco a pesar de ser su “amigo” en Facebook y de que, de hecho, me parece interesante lo que plantea, aunque solo en la medida en que me da pie para expresar lo que pienso.


Lo que sí le critico es esta afirmación: “Además se ha generado un movimiento que involucra los niños como verdaderos herederos del conocimiento musical y como es de esperarse Cali, será [sic] siendo la Capital Mundial de la Salsa, porque es una marca de ciudad y todo el esfuerzo gubernamental y privado se dirige en un solo sentido y con objetivos muy claros”. Primero que todo, la razón no justifica la conclusión a la que se cree llegar; los argumentos están suficientemente explicados en los párrafos precedentes. Segundo, no existe ninguna capital mundial de nada, eso es pura farándula. Pero si en este caso la hubiera, sería Nueva York, donde surgió todo el movimiento salsero. Sin Nueva York jamás habríamos hablado de salsa. No puede haber punto de comparación entre el escenario donde nació y se desarrolló todo, con una parte en la que unos oportunistas armaron una industria asquerosa que esquilma música que no les pertenece con el objetivo del lucro económico disfrazado de causa cultural e identitaria. Sería un error de apreciación descomunal. O tal vez me estoy complicando yo solo y Marenco B. simplemente se refiera, como tantos otros, a capitales mundiales a la manera de Bosconia, capital mundial del chicharrón, o Valledupar, del vallenato.


Por último, en el siglo IV antes de Cristo, Aristóteles analizó sistemáticamente el que parece ser el gran asunto de la humanidad: el problema de lo uno y lo múltiple. Uno (o unos) queriendo imponerles su realidad a los demás. El que entendió, entendió.



P.D. Por mí, que la salsa pase a mejor vida de una vez por todas; pasaron el bolero y el tango, ahora que no quede refundida en el baúl del olvido la salsa. Y en la nada probable circunstancia de que se me pidiera mi parecer sobre localidades más o menos salseras, solo por hacerles el juego y ponerme, por qué no, en frivolidades Semel in anno licet insanire es un proverbio medieval, empezaría por definir y dividir la cuestión muy bien en segmentos, ya explicaré por qué y cómo en una próxima reseña. O tal vez haga como el difunto Charlie Kirk cuando un tipo de 70 años lo desafió a pelear a puño limpio: Oh, man, I want to, but I'm not going to.



Barranquilla, 27 de diciembre de 2025