La megabandera de Barranquilla

Por José David Villalobos Robles - 24 de octubre de 2011


Quizá la obra de mayor impacto para Barranquilla en la actualidad es el megaproyecto de ampliación de la Circunvalar y su integración con la deprimida calle 17, el puente Pumarejo y la Troncal del Caribe. La Circunvalar –recientemente rebautizada “Alberto Pumarejo”- es una estratégica vía que enlaza el norte y el sur de la ciudad, alrededor de la cual tienen asiento populosos barrios de Barranquilla y de Soledad, así como extensas zonas industriales y comerciales. Además, recibe la influencia directa de otros municipios del área metropolitana como Galapa, Baranoa y Puerto Colombia, y sirve de vía de distribución a los viajeros provenientes de Cartagena y a los que ingresan por el puente Pumarejo desde otros departamentos de la Costa, el interior del país y Venezuela. Los trabajos involucran, de paso, la enésima recuperación del bulevar-parque del barrio Simón Bolívar (calle 19), antigua pista de aterrizaje de la barranquillerísima y desaparecida aerolínea Lansa (1946-1951).


Arco del Triunfo de la Estrella (París). Nótese la rotonda.

 

Personalmente, soñaba desde hace varios años con una entrada de lujo para Barranquilla al salir del puente Pumarejo, pues para nadie era un secreto que ese acceso, el más importante junto al de la mal llamada "autopista al Aeropuerto", era una vergüenza urbana y una pésima primera impresión para el visitante. Visionaba, en concordancia con el mote de la ciudad, una gran puerta o arco monumental que le indicara y confirmara al visitante que había arribado a la otrora Puerta de Oro de Colombia. Puerta o arco al estilo de las antiguas puertas de entrada de las más importantes ciudades europeas, como la de Alcalá de Madrid (de estilo neoclásico), la de Brandenburgo de Berlín (neoclásica), o el arco del Triunfo de París (neoclásico). El estilo general del monumento sería contemporáneo, minimalista, pero estaría adornado con altorrelieves de motivos alusivos a Barranquilla, como alegorías a nuestras carnestolendas o a las gestas de la ciudad. Habría alrededor jardines multicolores y fuentes de agua que gracias a una cuidadosa y estudiada iluminación serían un espectáculo nocturno, como el bellísimo paseo de la Virgen de Chiquinquirá de Maracaibo, ciudad de características climáticas muy similares a las de Barranquilla. Encima de la puerta o del arco habría una gran bandera de la ciudad que contaría también con una potente iluminación nocturna que haría las veces de faro. También imaginé un gran obelisco blanquísimo, como los de Buenos Aires o Washington D.C., siempre iluminado de noche, a cuyo piramidón (remate superior) se podría subir a contemplar la ciudad, el río y el mar, convirtiéndose en sitio turístico obligado.


Puerta de Alcalá (Madrid)

 

Desde el año pasado tuve conocimiento, a través de los medios de comunicación, del proyecto de construcción de una entrada “digna” por el puente Pumarejo. Sentí, como cuando vi despejada la plaza de San Nicolás, un gran alivio, y reverdeció en mí la esperanza de que las cosas sí pueden mejorar. Sin embargo, mi inicial entusiasmo se desinfló por completo cuando desde septiembre de este año asistí, impotente y con creciente decepción, a las noticias que anunciaban la erección de una bandera enorme exactamente donde hace algún tiempo había visionado una puerta o arco monumental. Con poco ruido, ciertamente, el 19 de octubre se llevó a cabo la izada de la denominada megabandera en la rotonda que se construyó en el cruce de la 17 y la vía de acceso al puente. Se trata del viejo estandarte cartagenero que los barranquilleros hemos querido conservar en remembranza de cuando la ciudad estuvo bajo la jurisdicción de la Ciudad Heroica, lo cual más bien parece una atadura anacrónica que se resiste a romper la urbe más moderna y de naturaleza más libertaria -desde sus inicios fundacionales- de Colombia. La maniobra, que consistió en elevar los doscientos cincuenta kilos de peso de las telas atadas a un mástil -de apariencia bastante rústica, por cierto- de una altura de setenta metros, ha sido promocionada por la Alcaldía como toda una proeza de la ingeniería moderna. La bandera es también, según la Alcaldía, motivo de “orgullo” por ser “la más grande” de Colombia, así como “ejemplo de civismo”.


Puerta de Brandenburgo (Berlín)

 

Pues bien, lo cierto es que nuevamente los barranquilleros hemos dilapidado otra estupenda oportunidad de dotar a Barranquilla de una obra realmente monumental, y de una entrada a todos los efectos. Si bien la nueva oriflama es llamativa e imponente, se queda muy corta para lo que realmente merece Barranquilla. Pareciera que nuestros dirigentes no salen de la inexplicable miopía que en materia de grandes proyectos padecen desde mediados de los años 1980, cuando se inauguró el estadio Roberto Meléndez (1986), última obra de alguna envergadura en la ciudad. Uno tras otro se han desperdiciado puntos estratégicos donde se han podido erigir los nuevos símbolos de la ciudad: calle Murillo entre Líbano y Olaya Herrera (calle 45 con carrera 46, actual Banco de la República), calle 72 con carrera 38 (actual Éxito San Francisco), calle 76 con carrera 54 (antiguos campos de golf del Country Club), bulevar del barrio el Prado (carrera 54, calles 59 a 64), lote de la antigua mansión de la familia Santo Domingo (calles 76 y 75, carreras 55 y 56), plaza de la Concordia (parte trasera del edificio de la Caja Agraria), parqueadero del estadio Romelio Martínez (actual estación de retorno de Transmetro), intersección de la Vía 40 con la Circunvalar (rotonda Adelita de Char), entre otros. Desaguisados sin orden ni concierto que revelan escasa o nula planificación e investigación, que únicamente han vuelto a Barranquilla más caótica (la parte trasera del paseo de Bolívar terminó siendo un parqueadero y refugio de vacas e indigentes), que no cumplen con las especificaciones técnicas (rotonda de la Vía 40 con Circunvalar), y que han repletado la ciudad de mamarrachos arquitectónicos como la estación Romelio Martínez de Transmetro (clausura de la avenida Olaya Herrera incluida); enormes cajas inexpresivas sin ninguna concordancia e identificación con nuestro ambiente como el Banco de la República, el Éxito (en su momento, Vivero) San Francisco y la mayor parte del Carrefour Prado (del que se salva un mínima propuesta en su fachada).


Obelisco de Buenos Aires.

 

Creo, no obstante, que todo es susceptible de mejorar, enmendar, corregir: errare humanum est y es mejor una vez rojo que ciento amarillo. Las próximas administraciones deberían considerar revisar no solo el proyecto de la rotonda de la 17 y su megabandera, sino crasos desatinos urbanísticos como el cierre de Olaya Herrera con la 74; no nos debemos resignar a la pseudo-solución que se dio: no se pierda de vista que esta avenida hace parte de la Troncal del Caribe, ruta nacional 90A, tramo 04. No se trata de zarandajas de resabiados o resentidos, se trata de enderezar el rumbo y pensar en grande por Barranquilla.


Paseo de la Virgen de Chiquinquirá (Maracaibo).

 

No obstante, se rescata del proyecto de la rotonda de la 17 el ánimo de recuperar el espacio público, de dignificar la entrada a Barranquilla por el puente, y de dotar la ciudad de referentes urbanos monumentales.

 

 

 

Post scriptum: La megabandera se rasgó a los tres días de haber sido izada, fue retirada e izada nuevamente diez días después.


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