La Ciudad de México

28 de julio de 2016

El Palacio de Bellas Artes.

Luego de diez interesantes días en la maravillosa Ciudad de México, son muchas las impresiones que me he traído y varias las conclusiones a las que he llegado en materia de lo que podríamos adaptar en Barranquilla, pues a la larga se trata de América Latina.

La Ciudad de México responde con creces a la expectativa que genera la fama que tiene de ser una de las más importantes y representativas urbes latinoamericanas. Pero muy al contrario de lo que podría esperarse de una megalópolis de esta parte del mundo, se trata de una ciudad organizada, limpia, segura y, por lo menos en esos días, no experimenté ningún tipo de incomodidad por cuenta de contaminación ambiental, al contrario: solo respiré aire puro. Entonces he ahí la primera alerta, pues si una ciudad mucho más grande y poblada que Barranquilla es ordenada, limpia y segura, ¿por qué la nuestra no? Un punto de inflexión es la completa infraestructura en materia de transporte público de la capital mexicana: autopistas, periféricos, viaductos elevados y deprimidos, metro, tren ligero, articulado, trolebús, camiones (buses), colectivos, taxis, mototaxis, Uber. A pesar de que en Barranquilla las propuestas de un sistema de transporte masivo basado en vagones sobre rieles datan de principios de los años 1980 (el monorriel por la Murillo de la tristemente célebre “Misión Japonesa”), la realidad es que se necesita mucha plata para implementarlo, y creo que no la hay ni la habrá, así que a acostumbrarnos a los trancones y a resignarnos a las desconsideraciones de los tercermundistas choferes de buses y taxis (contra estos últimos, afortunadamente ha surgido Uber). La administración de Elsa Noguera planteó un tranvía complementario a Transmetro por la 30, fantástica idea que, como muchas de ese tenor, se quedó en solo palabras. Como sea, lo único cierto es que nuestro sistema de transporte público masivo es atrasado e ineficiente, estamos en mora de modernizarlo, de ponerlo a la altura de los tiempos que corren.

Periférico Norte.

La Ciudad de México tiene su plaza Garibaldi con sus mariachis, sus músicos norteños, su paseo de estatuas de músicos mexicanos famosos, sus cantinas, su San Camilito y su Museo del Tequila y el Mezcal al lado. En Barranquilla se podría dinamizar el parque de los Músicos, que se encuentra en un céntrico sector afeado por la grotesca estatua de Joe Arroyo, la cual debería ser eliminada (soy contrario a las estatuas, son una forma de culto a la personalidad) o, en su defecto, reemplazada por una verdaderamente estética; aunque repito que soy contrario a las estatuas, podrían estar también las de Pacho Galán (trasladando el busto de la glorieta de la 17, donde bien mal ubicado está), una de Esther Forero, la de Luis Carlos Meyer, la de Aníbal Velásquez, la de Lucho Bermúdez, la de Adolfo Echeverría, la de Nelson Pinedo, la de Shakira... Aunque con la feria artesanal permanente del Romelio Martínez hace una buena simbiosis, su complemento ideal sería el museo del carnaval, pero este se encuentra en el barrio Abajo y ni esperanzas de trasladarlo, pues el alcalde ha anunciado la construcción de un edificio de cuatro pisos para el nuevo museo al lado de la Casa del Carnaval, iniciativa loable en principio, pero no exactamente adecuada; mucho mejor sería ese museo en un espacio abierto, no en el apretujado y residencial entorno urbano donde se ha planteado construir. Mi idea parte de una gran explanada circular que retrotraiga las primitivas y ya desaparecidas rondas de cumbia, que serviría de escenario de danzas, comparsas y otras presentaciones culturales. El museo bordearía la plaza a manera de columnata circular, constituyendo la circunferencia. En pocas palabras, sería una construcción circular con una plaza interior para eventos culturales. Por su tremenda carga cultural, un espacio así superaría a la plaza Garibaldi, sus alrededores y sus músicos, que son un tanto apagados comparados con lo que nuestra cultura podría ofrecer en mi hipotético escenario.

Piedra del Sol, incorrectamente conocida como "calendario azteca". Museo Nacional de Antropología.

El Museo de Antropología de México es imponente y muy bien organizado desde el punto de vista museológico -se nota que la inversión fue descomunal-, pero tal vez por provenir de la tierra de la leyenda de El Dorado relaciono los museos sobre culturas amerindias con el oro, por eso este museo no me descrestó, pues solo exhibe piedras. El Museo del Oro de Bogotá, mucho más pequeño y con menos inversión en su infraestructura, es un millón de veces más deslumbrante gracias a su extraordinaria colección de oro y esmeraldas, nada que hacer allí, en mi criterio. En nuestro medio, el museo que mejor nos representaría, el que debería ser visita obligada para cualquier turista, es el del carnaval; una museología adecuada debería no repetir uno de los más grandes desastres en la historia de Barranquilla: el tal Museo del Caribe, al que ni el edificio le sirve. Como en el punto anterior, no se trata de copiar, ni mucho menos hacerle competencia al Museo de Antropología de México, pues las condiciones, historia, realidad, etcétera, de Barranquilla son muy distintas, es contar con un museo acorde con nuestra realidad e historia, que se constituya en un nuevo y obligado atractivo de la ciudad, como lo es el de Antropología en la Ciudad de México.

No contamos con un Bosque de Chapultepec, pero con el giro que estamos dando hacia el río y sus caños, parece cuestión de tiempo que disfrutemos de diversiones acuáticas desde la Intendencia Fluvial hasta Las Flores o incluso Bocas de Ceniza, y el nuevo puente Pumarejo, con la salvaje naturaleza circundante como marco. Todas las ciudades civilizadas que se encuentran a orillas de ríos cuentan con algo así (Montreal, París, Buenos Aires, por ejemplo), y las que no, crean cuerpos de agua con fines de esparcimiento (lagos artificiales del parque Simón Bolívar de Bogotá y del Bosque de Chapultepec de la Ciudad de México). Nuevamente, las trabas parecen ser la financiación y la falta de interés de la ciudadanía, pues han fracasado encomiables iniciativas como aquel paseo fluvial que salía de Las Flores, llegaba al puente Pumarejo, se devolvía hasta Bocas de Ceniza y terminaba en el punto inicial; igual ocurrió con el tren artesanal del tajamar oriental. El nuevo parque anunciado en el terreno de 51 hectáreas del antiguo batallón del barrio Paraíso es el llamado a ser un Bosque de Chapultepec (686 ha) o parque Simón Bolívar (400 ha) en miniatura, más bien comparable con el parque Omar de Ciudad de Panamá (55 ha), donde la gente podrá disfrutar de la naturaleza (ojalá le construyan su lago artificial), aunque es un proyecto que nació enfermo a causa de una considerable porción (el 33% de la superficie) que se destinará a vías y soluciones de vivienda, lo cual no permitirá que las totalidad del área ¿canjeada? por el Ejército sea destinada a la ecología y al disfrute ciudadano. Esto solo lo entienden los tragaldabas de siempre, aquellos que no permiten que en Barranquilla haya dicha completa. Ahí está, en el ostracismo, la infausta “plaza” de San Roque con su tercera parte destinada a espantosos locales comerciales.

Panorámica del estadio Azteca.

El estadio Azteca se puede visitar por unos quince mil pesos colombianos, cifra bastante módica, como todo allá. Es un recorrido guiado que no tiene nada: hablan de su historia, muestran unas placas conmemorativas, se visitan la sala de prensa, el camerino del América, un túnel con los partidos jugados por la Selección mexicana y el América contra selecciones y equipos profesionales de países extranjeros, y finalmente las gradas y la cancha, la cual no está permitido pisar. Se trata de un estadio soso que el Metropolitano aventaja en imponencia y belleza arquitectónica a pesar de que supuestamente al Azteca le caben cien mil personas (el aforo quedará en 85 mil pues actualmente se construyen palcos). No veo por qué en el Metro no se pueda organizar un tour similar para los turistas, ya que ha sido la casa de la Selección colombiana desde 1989: se relataría una breve historia, se visitaría un camerino, la sala de prensa, la pista atlética, el borde del gramado y las gradas, suficiente. Incluso los alrededores: la escultura en homenaje a la Selección Colombia y la estatua de Shakira en el parque Metropolitano. Y que tomen las fotografías que quieran, no como en el Azteca, donde las fotos en el camerino y en la sala de prensa tienen costo.

Biblioteca Central de la UNAM, los cuatro costados recubiertos por los geniales murales de Juan O'Gorman.

Con la intención de tener frente a mí el mural de Juan O'Gorman de la biblioteca central de la Universidad Nacional Autónoma de México -a cuya soberbia y enigmática belleza sucumbí desde muy niño-, hice el larguísimo trayecto hasta ese eminente centro de estudios superiores, considerado uno de los mejores de América Latina por los mil y un estudios que todos los días salen sobre universidades. Se trata de una ciudadela universitaria extensa que me recordó mucho la de Bogotá, aunque revisando dimensiones, la UNAM posee 730 hectáreas (de las cuales 176 corresponden a la zona núcleo) y la Ciudad Blanca solo 116. ¿Qué podría adoptarse de esas universidades en Barranquilla? Creo que poco, comenzando porque el campus de la Universidad del Atlántico es mucho menos generoso en extensión y zonas verdes. Un mural alegórico en su edificio principal podría otorgarle cierto interés cultural y turístico.

Mural México por la Democracia y la Independencia, parte del tríptico Nueva Democracia, obra de David Alfaro Siqueiros. Palacio de Bellas Artes.

Se ha anunciado la remodelación del teatro Amira De la Rosa acompañado de un misterioso y preocupante cierre. Qué bueno sería que incluyeran en su renovación murales monumentales como los del Palacio de Bellas Artes (guardando las proporciones), y que mantuviera una exhibición permanente para que pudiera visitarse como un atractivo turístico y cultural más. El alcalde ha anunciado que está dispuesto a cederle al teatro un lote cuyos fines ignoro, pero ojalá se destinara a un jardín al estilo de la Alameda Central, el encantador parque adyacente al Palacio de Bellas Artes, con sus esculturas, sus fuentes llenas de chiquillos y el monumental hemiciclo al Benemérito de las Américas, Benito Juárez, padre la república mexicana.

Hemiciclo a Juárez, Alameda Central.

Llama la atención en la Ciudad de México que las estatuas, esculturas y monumentos son de estilo clásico, nada de los mamarrachos ¿postmodernos? de Yino Márquez -tipo manos atornilladas o el Joe Arroyo gordo- que abundan en Barranquilla. Solo el majestuoso monumento a la Revolución Mexicana, de estilo art déco, se aparta de ese clasicismo preciosista, así como las burdas estatuas del paseo de músicos célebres adyacente a la plaza Garibaldi.

Ají habanero salmón.

Colombia no ha despertado aún a su inmenso potencial cultural. Como souvenirs, solo las artesanías, disfraces, máscaras y figuras del carnaval de Barranquilla superan en variedad ¡y de qué manera! a los souvenirs típicos mexicanos. Igualmente, qué gran desazón me produce comprobar, dondequiera que voy, que la gastronomía colombiana, tan desconocida incluso por los propios colombianos, es tan buena o mejor que las dos encumbradas cocinas latinoamericanas, la mexicana y la peruana. Nada tenemos que envidiarles, y más bien las superamos, solo se requiere de una política estatal gastronómica ambiciosa, consistente y de largo aliento, como lo hizo Perú. No sabemos que gozamos del sabor natural del maíz en arepas, bollos, petos, mutes, tamales, etcétera, ya que para ablandar los granos secos usamos el mortero conocido como pilón, labor que no le añade al maíz el nauseabundo sabor de la cal que le incorpora el proceso de nixtamalización (cocción de los granos en una solución de agua y cal) empleado desde antiguo en Mesoamérica. Siguiendo con el tema gastronómico, el supuesto picante de la comida mexicana no es más que un mito, al menos para un caribeño. Desde antes de ir a México sabía que la especie pura más picante de ají es el habanero, cepa típica del Caribe de la que están hechas las populares salsas picantes de las botellitas rojas que se encuentran en las mesas de cualquier restaurante de Barranquilla. En la escala de Scoville hay ajíes más picantes que el habanero, que resultan de cruces entre cepas precisamente para hacerlos más pungentes. Así que de antemano tenía claro que si no me daban habanero (que es el que uso en mi casa, marca Amazon), no me iban a picar los platos mexicanos. Y así fue, tuve que comerlo en pasta (pedí la baya entera) para experimentar una verdadera pungencia. Ante el habanero (350.000 SHU) palidecen el tabasco (50.000 SHU), el chipotle (50.000 SHU), el serrano (23.000 SHU), el jalapeño (5.000 SHU), el poblano (1.500 SHU) y demás famosos chiles mexicanos. En México, el habanero es típico de los estados que conforman la península de Yucatán (Campeche, Quintana Roo y Yucatán), única región bañada por el mar Caribe.

El majestuoso monumento a la Independencia, paseo de la Reforma.

Ante lo que sí no hay nada que hacer es el deslumbrante paseo de la Reforma, sede, junto a la contigua y fastuosa colonia Polanco, de uno de los dos principales centros financieros de América Latina (el otro, el de São Paulo). Reforma es una avenida cautivadora, moderna, aunque europeizada (no en vano fue mandada a construir por Maximiliano I de México), que embruja a propios y extraños con sus glorietas, sus estatuas (entre las que se encuentran las ecuestres de los libertadores suramericanos, Bolívar y San Martín), su exquisito gusto, sus rascacielos, sus restaurantes, su Zona Rosa y la archifamosa glorieta con la columna rematada por una Victoria Alada, más conocida como el Ángel de la Independencia (cuánta falta hace un monumento de esas características en nuestro medio). Y prosigue su recorrido hacia el Bosque y el Castillo de Chapultepec, el Museo de Antropología... Ante un concepto urbano de semejantes características es mejor guardar un respetuoso silencio. ¿Será posible algún día tener algo medianamente parecido en la Barranquilla de San Nicolás?  

Misa dominical en la nueva Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.

Pintura original de la Virgen de Guadalupe en la basílica nueva.



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