Por qué me pinté de Francia

17 de noviembre de 2015

Hoy que está en boga el pertinaz tema de la igualdad de los seres humanos sin distingo de raza, religión, nacionalidad u orientación sexual, me extrañó vivamente el cuestionamiento de algunos en Facebook porque otros nos solidarizamos con el pueblo francés creando fotos de perfil con los colores de la bandera francesa superpuestos, con motivo de la masacre perpetrada por extremistas islámicos en París la semana pasada. Rápidamente, sin embargo, mi extrañeza se transformó en una razonada indiferencia: la ignorancia es una de las marcas de nuestro tiempo, y el atrevimiento es una de las marcas de la ignorancia.

Estoy convencido de que todo ser humano en el sentido estricto de la expresión es alcanzado por la muerte de otra persona, más aún si se trata de un asesinato, independientemente de la nacionalidad, raza o religión del difunto, esto no es nada nuevo. Y lo pienso también por formación: en aquel ya lejano 1990, siendo un muchacho de escasos quince años, estudiante de décimo grado en el IEA, el profesor Lionel Tovar nos dio a conocer, en aquella memorable clase de literatura inglesa, la Meditation XVII, del poeta anglicano John Donne:

No man is an island, entire of itself; every man is a piece of the continent, a part of the main. If a clod be washed away by the sea, Europe is the less, as well as if a promontory were, as well as if a manor of thy friend's or of thine own were: any man's death diminishes me, because I am involved in mankind, and therefore never send to know for whom the bell tolls; it tolls for thee.

¿Pero por qué se pinta uno de Francia y no de Siria, o de Afganistán, como audazmente pretenden criticar algunos? Muy sencillo: porque Francia es la cuna de la civilización occidental contemporánea. Sin demeritar los invaluables aportes de la cultura árabe a la humanidad, es la revolución francesa, con su divisa de libertad, igualdad y fraternidad, y sus derechos del hombre, la que ha trazado el destino de Occidente hasta nuestros días, no las teocracias islámicas. Y hoy, más que nunca, la vigencia de los ideales de la revolución francesa es absoluta, materializada en el liberalismo filosófico de las constituciones de la totalidad de las naciones occidentales y no pocas orientales, lo cual ha permitido que entren en vigencia y se respeten los derechos de todos y cada uno de los seres humanos, incluso, por supuesto, los de las minorías.

El fin de la monarquía, y la instauración de la democracia como la conocemos, nos viene de Francia, izquierdas y derechas incluidas, no de ningún país islámico, asiático, o africano. La observación y respeto de los derechos del hombre, que tiene su máximo logro en la abolición de esa vergonzosa y degradante práctica de muchos siglos que fue la esclavitud, se lo debemos a la revolución francesa. A ella debemos también la libertad de expresión y de prensa, como también la universalización del acceso a la cultura, a la ciencia, a la tecnología, a la educación y a los servicios de salud, cosas sin las que no concebimos la vida actual. Y la revolución francesa fue una de las causas directas de la independencia hispanoamericana, es decir, del surgimiento de países como Colombia, nada menos.

Pero sigamos: todo lo contrario a la libertad, igualdad y fraternidad en las que tanto nos solazamos los occidentales y no pocos orientales, es lo que ocurre en algunas retrógradas naciones árabes musulmanas, donde ni siquiera han superado la monarquía, para no mencionar la teocracia, y se dan, de manera natural, cosas que espantan a cualquier persona con un mínimo de sentido de humanidad. Países donde no existen los conceptos de igualdad o libertad como los concebimos en Occidente, lo cual no sería tan reprobable si se conocieran derechos tan básicos como la libertad de expresión o el elegir y ser elegido, o si las mujeres no fueran tratadas peor que animales: no pueden estudiar, ni manejar un carro, tienen que andar cubiertas de pies a cabeza, sumisas a unos esposos tiránicos que las someten a toda clase de vejámenes, para no mencionar que las adúlteras son apedreadas hasta morir, y que en varias de esas espantosas naciones practican la abominable mutilación genital femenina. Países anquilosados en una especie de Medioevo islámico, donde a los homosexuales los exterminan por su condición de las maneras más atroces, como lanzarlos de edificios altos (y lo dice alguien que no es exactamente pro-homosexualismo), y a los ladrones les cortan la mano, en el mejor de los casos. Naciones que nadan en petróleo pero sus gentes viven en la miseria y el analfabetismo mientras los jeques y sus gregarios viven despilfarrando cifras fabulosas en las extravagancias más insólitas. Siria, Afganistán, Pakistán, Irak, Irán, Marruecos, Egipto, Libia o Arabia Saudí son ejemplos de esto. Por cierto, Arabia Saudí es el único país del mundo cuyo nombre lleva el apellido de la familia dueña del país.

Algunos argumentarán que cada nación tiene derecho a vivir como quiera, y que no existe una única forma de gobierno, y tienen razón, hasta cierto punto. Pero téngase en cuenta que ha sido Oriente el que se ha occidentalizado, y que la Primavera Árabe, comenzada en 2011, todavía no termina. Hay un mensaje muy claro ahí.

Lo paradójico de toda la escabechina que se ha armado es que quienes libremente expresaron su punto de vista criticando unas imágenes inocuas pintadas de azul, blanco y rojo, lo hicieron a través del quizá máximo exponente de libertad, igualdad y fraternidad, Internet, todo gracias al espíritu liberal de la Francia de aquellos “monstruos geniales y abominables” -como los llamó Patrick Süskind- de Saint Just, Robespierre, Fouché, Napoleón, etcétera. A muchos les costará trabajo aceptarlo, incluso asimilarlo, pero la historia no miente. Pero lo mejor es que esa posibilidad de expresarse y disentir, incluso con insultos como “espantajopo” (palabreja que no hace sino dejar aún más al descubierto la ignorancia de quienes la profieren -los aparentadores de listos-, pues la palabra correcta es “espantajo”), lo mejor, repito, de poder expresar lo que se le venga a uno en gana, es que puede hacerse desde la más supina ignorancia sin el temor de que alguien lo vaya a matar a uno, como hizo el Estado Islámico con Charlie Hebdo o en Bataclan, y que, de ñapa, el ofensor termina ilustrado, como sinceramente espero que haya ocurrido con aquellos ofensores que han llegado hasta aquí.


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