De espaldas al río

José David Villalobos R.

26 de septiembre de 2016

Existe en Barranquilla una corriente de opinión que, en su legítimo derecho a equivocarse, ha implantado en nuestros conciudadanos la idea de que estamos volviendo a mirar al río después de haberle dado la cara desde el segundo cuarto del siglo XIX hasta aproximadamente fines de los años 1930 -periodo que generalmente se asocia con el supuesto esplendor de la ciudad-, momento en el que se da la espalda y, como consecuencia, se produce la decadencia de Barranquilla. Por el contrario, otro sector plantea que no se puede señalar que Barranquilla le ha dado la espalda al Magdalena porque nunca le dio la cara, es decir, nunca ha tenido un desarrollo urbano a sus orillas, incluso, más bien siempre ha estado alejándose de él desde los primitivos pobladores que buscaban las partes altas de la zona para asentarse, presuntamente huyéndole a los periódicos embates del afluente; en pocas palabras, no se puede deducir que la ciudad le esté volviendo la cara a lo que nunca se la dio. Esta segunda postura atina en casi todo, lo extraño es, no obstante, que no se enfoque hacia el verdadero quid del asunto, que, por cierto, está  suficientemente demostrado con base en hechos históricos: que Barranquilla siempre ha estado urbanística y vitalmente de espaldas al río y a su potencial; peculiar e interesante realidad histórica que hasta el momento ha aplazado la exploración de mil y una supuestas posibilidades de desarrollo socioeconómico, si bien es cierto que esta ciudad ha sido lo que es sin haber estado urbanísticamente integrada nunca a ese río. Excepción hecha por la actividad económica que durante casi un siglo se desarrolló a orillas de los caños, y que como modelo económico perdió vigencia hace décadas, la dirigencia y sociedad barranquilleras siempre han ignorado, seguramente por mera miopía e incapacidad, la oportunidad que supone estar a la orilla de ese pe'azo 'e río, como me comentó alguna vez un amigo panameño. Difícilmente haya una ciudad en el mundo, medianamente importante y a orillas de un río, que no cuente con un desarrollo urbano que los integre. Los periodos de Alejandro Char y Elsa Noguera pasarán a la historia como el momento en que, por las razones que sea, Barranquilla dio los verdaderos primeros pasos para incorporarse a ese pe'azo 'e río ante cuyas dimensiones y atributos naturales de los alrededores palidecen ríos ilustres como el Sena, el Támesis, el Tíber o el Manzanares. Su intento, sin embargo, será infructuoso por lo menos en el corto plazo; ya hay un precedente que debe encender las alarmas: la decadente avenida del Río en La Loma, abandonada a su suerte, en el ostracismo total. Y es que tratar ahora de volcarse a un sector del que históricamente se ha huido, y, por la misma razón, aislado, lejano e inseguro, parece una empresa harto complicada. El distanciamiento de Barranquilla y el Magdalena parece demasiado consolidado a estas alturas, tanto, que en un futuro, y con base en lo que ha ocurrido en el malecón de la avenida del Río, solo veo soledad, maleza, óxido, desmoronamientos y abandono para las fabulosas obras que en extensas zonas adyacentes al río se han anunciado para su integración con la ciudad.

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