¿Qué haces tú por Barranquilla?

8 de enero de 2014

Comenzó un nuevo año lleno de expectativas para Barranquilla. ¿Qué le falta a esta ciudad? Esa es la pregunta del millón, pues caben muchas opiniones subjetivas, valga la redundancia implícita. Siguiendo por ese camino, doy las mías:

La calle de Santa Catalina de Montreal es considerada una de las treinta avenidas más emblemáticas del mundo.

Solo cuando conocí Montreal, Canadá, en 1998, lo cual ocurrió antes de que conociera a Bogotá, experimenté lo que es el vivir una calle. Es algo que me cuesta trabajo explicar: se trata de compenetrarse con una calle que, por supuesto, se presta para que el ciudadano intime con ella, ofreciéndole todo tipo de experiencias agradables en sus andenes, edificaciones que la flanquean y, naturalmente, por las personas que la frecuentan; es identificarse con ese microuniverso urbano y hacerlo propio, vivirlo, sentirlo. Esto me pasó con la calle de Santa Catalina (rue de Sainte Catherine) y, después, con la carrera séptima de Bogotá, o con la 15, o con la calle 19, Bogotá tiene muchas calles de las que prendarse.

La tradicional carrera séptima de Bogotá fue peatonalizada en 2012.

En Barranquilla, por el contrario, esto no me ocurre. Hay calles que pueden tener algo de eso, como el paseo de Bolívar, la 84 o la 72, pero distan mucho de poder enamorarse de ellas. Y es el primer aspecto que, en mi criterio, le falta a Barranquilla: tener calles en las que uno quiera pasear, "turistear", “vitrinear”, caminar, ir de compras, no esos espacios urbanos agresivos a los que uno va por obligación y de los que quiere salir corriendo cuanto antes. Y se debería empezar por el paseo de Bolívar, el corazón de Barranquilla, el espacio vital de la ciudad, como acertadamente lo llamó Ignacio Consuegra en su libro. Dos graves problemas que impiden que la gente se compenetre con una calle son: 1. La invasión del espacio público por parte de todo tipo de vendedores y 2. La ausencia de andenes propiamente dichos. En Barranquilla, el concepto de andén prácticamente no existe, pues no hay continuidad en ellos, son una colcha de retazos de bajadas y subidas construidas para el beneficio de los dueños de los inmuebles y de los carros. Por eso no se puede caminar un andén normalmente: hay que subir y bajar escalones -en el mejor de los casos-, y hasta muros, toparse con zonas verdes descuidadas o terraplenes inesperados, pasar a una explanada de concreto, luego a un parqueadero (donde obligatoriamente hay que bajar a la calle pues los carros desconsideramente atravesados no dejan pasar), más allá a una pila de escombros, a montones de basura y a todo tipo de irregularidades urbanísticas. Todo esto empeora de noche, cuando la ausencia de gente y la oscuridad generan una sensación de inseguridad en los pocos transeúntes.

Barranquilla es un pueblo grande al que le han ido incorporando elementos de ciudad. Por eso, aquí es costumbre que las rutas de los buses del transporte público pasen por las calles de los barrios, pues las avenidas escasean y la planificación es nula. Ni el estrato seis se salva de semejante muestra de tercermundismo. Afortunadamente, ya estamos convirtiendo en avenidas (o calles más amplias, para más señas, calles de dos carriles, cada uno en una vía, con separador) esas mismas calles de barrio que se quedaron pequeñas, como está sucediendo con las carreras 54 y 51B, esta última, una calle que en 1986 atravesaba un acaudalado sector enteramente residencial, y que hoy está rodeada de todo tipo de establecimientos comerciales y de servicios. Otra calle que va en camino de ampliación es la carrera 50, algo por muchos largamente esperado y considerado necesario para la ciudad, pero una obra también criticada porque acabaría con la tranquilidad y el patrimonio del barrio Abajo. Pasó con la Murillo, con la Circunvalación, con la 30, con la 72 y con Olaya Herrera (aunque difícilmente se puede decir que sean avenidas), y no pasarán muchos años para que ocurra también con la Cordialidad, con las calles 76, 79, 84 y 93 y con las carreras 8, 21, 38, 43, 53 y 54, entre otras.

Otras mejoras necesarias que no requieren mucha explicación: fortalecer el sistema de transporte masivo extendiéndolo a más sectores con ¿tranvía? ¿monorriel? ¿metro? Más parques y zonas verdes y ecológicas (como  los arroyos de la Victoria y del Country). Más bibliotecas públicas, teatros  y complejos deportivos públicos. Centros de tecnología. Fortalecer los sistemas educativo y de salud. Mejorar de una vez por todas la infraestructura vial mediante verdaderas autopistas y avenidas, puentes (bien hechos, no cachuretos y sin orejas como los existentes), viaductos elevados, deprimidos, túneles, glorietas, etcétera. Poco a poco erradicar el problema de los arroyos mediante soluciones hidráulicas y alcantarillado pluvial. Sanear los caños. Ciclovías y ciclorrutas. Senderos peatonales. Que se restauren las edificaciones de interés histórico y cultural, que se les dé mantenimiento a los escenarios deportivos, que se recupere el espacio público invadido y se creen nuevos. Que se organicen el centro y el mercado. Que se traten como enfermos a los drogadictos y a los alcohólicos. Que se proteja en asilos y hogares a desvalidos, ancianos, indigentes, niños de la calle, drogadictos, prostitutas, dementes y vagabundos. Trasladar el zoológico y el proyecto de jardín botánico a  La Loma. Que se reduzca el empleo informal. Que los taxistas dejen de ser tan estafadores. Que los choferes de bus no sean asesinos al volante. Que se acaben las terminales piratas de taxis y de buses intermunicipales.

Pero hay algo que poco se menciona y puede ser la solución a todo lo anterior: la cultura ciudadana. Solo en la época de la primera alcaldía del padre Hoyos (1992-1994) se puso a pensar a la gente: “¿Qué haces tú por Barranquilla?” era el eslogan que se escuchaba en la radio, se leía en la prensa y se promocionaba en Telecaribe, donde también se pasaban las respuestas de personas abordadas en la calle por periodistas. La cultura ciudadana es aquella cosa cuasiindefinible que penetra en lo más profundo de la conciencia del ciudadano y se queda para siempre con él; es eso que debería impedir que alguien bote un papel -por minúsculo que sea- en la calle, que un bárbaro ponga música a todo volumen hasta altas horas de la madrugada sin permitirles dormir a sus vecinos, que los conductores estacionen en sitios inadecuados o que formen un escándalo a cualquier hora pitando, que un desadaptado orine y hasta defeque en la vía pública, que seamos impuntuales, que un loco haga disparos al aire, que no se respeten las filas y los turnos, en pocas palabras, cultura ciudadana es que haya respeto entre conciudadanos y se conviva como gente civilizada.

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