La cuestión barranquillera

13 de septiembre de 2015

Podría repetir aquí las supuestas y muy conocidas características que definen a Barranquilla: la extrovertida y descomplicada forma de ser de su gente, su impronta caribeña, su amor por el carnaval, su solidaridad, su hospitalidad, su antiguo aunque alicaído interés por el deporte en general, y en particular por el fútbol, el boxeo y el béisbol; su predilección por la música antillana, y también, cómo no, su nula cultura ciudadana, su informalidad, su desconsideración y su proclividad al desorden y a la irreverencia, todo lo cual es posible encontrar, análogo, en muchas ciudades del Caribe hispano. Podría también mencionar futilidades como el léxico que distingue a sus habitantes, que viene a ser común al habla de amplias zonas de la Costa y de la cuenca del Caribe, entre el cual sobresalen varias procacidades que tanto gustan a cierto tipo de personas. En otras palabras, no encontrará el lector aquí las trivialidades tantas veces repetidas por mis coterráneos, como que el barranquillero es un ser único en el mundo, poseedor de una alegría, una espontaneidad, un carisma, una bacanería, una sabrosura, una aptitud connatural para el baile y la música que lo hacen el ser más feliz del planeta, aunque bastantes amargados y agresivos andan por ahí. Ahora bien, hay que establecer algunas premisas:

  1. Tan barranquilleros fueron Blas de Barros Oñoro, José Eugenio Macías, Agustín Del Valle o Esteban Márquez como Chelo De Castro o alguien nacido en 1991.

  2. No es obligatorio haber nacido en Barranquilla para ser barranquillero, por ejemplo, Ramón Jimeno Collante, el padre Pedro Revollo y Alfredo De la Espriella nacieron en Ciénaga, Heriberto Vengoechea y Tomás Surí Salcedo eran de Santa Marta, y el padre Carlos Valiente, de Cartagena. Y dicen que Esther Forero nació en el Tolima.

  3. Lógicamente, el concepto de ser barranquillero ha cambiado con el tiempo; la visión de los personajes mencionados en los puntos anteriores tiene que ser distinta de la que se puede tener de Helmut Bellingrodt o de Sofía Vergara.



El Centro

ET COR MEUM IBI

CUNCTIS DIEBUS

PARALIP. LIB. II C. VII V. 16



No puedo desconfiar más de quienes a los cuatro vientos presumen de ser los que más quieren a su Barranquilla linda del alma, pero se cuidan de no poner un pie en el Centro. Los hay de dos clases: quienes ni lo conocen porque sencillamente no está en sus coordenadas, y los que deliberadamente lo evitan y no lo quieren ver ni en pintura porque lo encuentran sórdido, caótico, feo. El eterno conflicto de la forma y el fondo. En cualquier caso, a esos individuos les hace falta un componente fundamental del tejido barranquillero, pues el barranquillero barranquillero no vive, no respira, si no vuelve al Centro.

Y es que esa enorme zona desdeñada por muchos, les guste o no, es el espacio más íntimamente ligado a la idiosincrasia y a la historia del barranquillero, concebido como un solo cuerpo unitario. En él se dan cita las más genuinas manifestaciones urbanas y humanas de nuestra ciudad, algo que no debe extrañar a aquellos que lo miran de soslayo, pues ya es hora de que recuerden -o más bien, de que se enteren- que Barranquilla surgió en las barrancas circundadas por los caños y ciénagas ya desaparecidas del Centro y el Mercado. Aunque para un recién llegado puede resultar difícil de creer, solo hasta hace unos cuantos lustros toda la actividad social, económica, política y cultural de Barranquilla giraba exclusivamente alrededor del Centro: allí se iba a pasear, a comer, a concentraciones políticas, al cine, de compras, a hacer negocios, al banco, en él se celebraba el carnaval. El Centro, denominado por algunos barrio de San Nicolás, era el punto de confluencia ciudadana de todos los barranquilleros sin distingo de clases. En el Centro aún tienen su sede los organismos estatales y del poder público. Y, más antiguamente, en el Centro vivía la gente, en esa frase está dicho todo: en los costados de la plaza de San Nicolás, en los alrededores de la iglesia de San Roque, en la calle Ancha, en el paseo de Colón, en las calles y callejones de los barrios San Roque, Rosario, Rebolo y Abajo. Estamos hablando de mucho antes de que empezara la degeneración que desde los años 1960 tanto nos ha agredido e indignado, cuyas máximas proporciones se dieron en los años 80, y que, pese a un titánico y largo proceso de recuperación urbana, tristemente persiste en la actualidad. En medio de ese caos inconcebible se pueden advertir, sin embargo, los fantasmas de un pasado pujante que nos legó un distrito central sui géneris, sin comparación en Colombia, ante el que palidece hasta el de Bogotá, la poderosa capital que todavía conserva algo de virreinal. Latente entre la devastación de cientos de edificaciones se encuentra una riqueza arquitectónica difícil de encontrar en América Latina, en la que destacan el estilo neoclásico, el art déco y el Movimiento Moderno, y en la que brillan por su ausencia vestigios de un pasado colonial.

Una foto datada en 1880 muestra la calle Ancha y unas cuantas construcciones de techo de paja a los lados; la imagen proyectada es la de un villorrio. Seis años después, el cambio es radical: el Centro empieza su proceso de formación como tal con la modernidad importada de París por el alcalde Abello y su camellón.

Recorrer el Centro y sus caños es volver al embrión, a ese ámbito primigenio que le pertenece a todo barranquillero, donde se escuchan ecos de épocas que no volverán, ese que refleja a Barranquilla como ningún otro, que es Barranquilla misma junto a los barrios Abajo y Arriba del río. Y es que Barranquilla nunca ha dejado de ser más que su Centro, el resto es la periferia, los suburbios, o quién sabe qué.



La estirpe católica de nuestra costumbres 

Si bien es cierto que en Colombia el barranquillero tiene una relativamente mal ganada fama de iconoclasta, irreverente, en una palabra, pecador, no menos cierto es que Barranquilla está fuertemente influida, así sea de forma inconsciente e hipócrita, por la cultura católica, comenzando por su máximo símbolo, el carnaval, el cual, hay que aclarar primus omnium, nunca ha sido una festividad de la iglesia católica, sino una expresión folclórica pícaramente surgida a costillas de la tradición católica.

Mucha gente, o tiende a olvidar, o sencillamente no sabe, que la fecha del carnaval está dada por el día en que cae el Miércoles de Ceniza, primer día de la Cuaresma en el calendario litúrgico católico, que es lunar, y la católica fue la religión impuesta por los europeos que conquistaron y colonizaron estas tierras. El Miércoles de Ceniza siempre cae cuarenta días antes del Domingo de Ramos, que, a su vez, es el primer domingo siguiente a la primera luna llena posterior al equinoccio de primavera en el hemisferio boreal, un cálculo que estableció la Iglesia en la Edad Media después de siglos de discusiones. A su turno, la Cuaresma es una tradición cristiana occidental consistente en cuarenta días de conversión, reflexión, penitencia y recogimiento preparatorios para la Semana Santa, una de las máximas celebraciones cristianas, durante la que se conmemora la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. El carnaval, celebrado los cuatros días inmediatamente anteriores al inicio de la Cuaresma, no es otra cosa que el resultado del aval que se dispensa la gente para dar rienda suelta a los placeres mundanos ante el prolongado periodo de cuarenta y siete días de recogimiento y abstinencia moral y física que, en teoría, deberá observar rigurosamente a partir del día inmediatamente posterior a los dichosos cuatro días, periodo que culmina el Domingo de Resurrección. Como es fácil deducir, solo entre católicos practicantes tiene sentido parrandear cuatro días seguidos para luego entrar en la larga etapa de recogimiento. Esto encaja en la etimología de la voz carnaval acogida por el diccionario de la Real Academia Española: Del italiano carnevale, haplología del ant. carnelevare, de carne, carne, y levare, quitar, y este calco del gr. ἀπόκρεως, y con la definición de la Encyclopædia Britannica"...medieval Latin carnem levare or carnelevarium, which means to take away or remove meat", ...latín medieval carnem levare o carnelevarium, que significa quitar la carne. Y le hace eco a la locución latina "Semel in anno licet insanire", una vez al año es lícito enloquecerse, concepto proverbial en la Edad Media expresado por varios escritores como Séneca, San Agustín y Horacio. Ninguna festividad, en el estricto sentido histórico, etimológico y cultural, por consiguiente, debería denominarse carnaval si no se celebra con la intencionalidad explicada y en fecha distinta de los días inmediatamente anteriores al Miércoles de Ceniza.

Aunque los orígenes del carnaval son tan diversos como sus manifestaciones, lo seguro es que su instauración en América Latina es resultado de la cultura católica de españoles, franceses y portugueses, es decir, es una herencia netamente europea, pues hasta hace poco el cristianismo era una de las improntas de Europa; bajo ninguna circunstancia nos llegó con los negros ni mucho menos lo tenían los indígenas, como creen algunos investigadores. Que en la Costa, luego de desembarcado por los ibéricos, adquirió su fisonomía propia gracias a los aportes culturales indígena y negro, es otra cosa, como otra es también que en los orígenes fundacionales del carnaval en Europa se incorporaron elementos de los festivales paganos de la Antigüedad, famosos por sus desenfrenos, como las dionisíacas, las bacanales, las saturnales, las lupercales, entre otros.

Las primeras anotaciones sobre el carnaval barranquillero datan del siglo XIX; la descripción que en una carta hace el norteamericano Van Rensselaer a su padre en 1829 parece ser la primera noticia escrita del carnaval; la forma de su celebración durante la Colonia aún es una incógnita, si es que se festejaba. Al respecto, el padre Revollo consigna en sus Memorias de 1956, refiriéndose a los años 1880:

Lo más digno de recordación es el Carnaval de aquella época. Opino que el Carnaval lo trajeron a Barranquilla los samarios, que inmigraron en gran número desde mediados del siglo XIX, y los momposinos, en cuyas ciudades se celebraba desde tiempo inmemorial. En Cartagena nunca se celebró.

Sin embargo, para determinados sociólogos, antropólogos, psicólogos e historiadores, el enraizamiento del carnaval en Barranquilla puede ser producto de un complejo proceso histórico, socioeconómico y cultural en el que intervienen, además de la tradición pseudocatólica primigenia, el declive de Cartagena -de donde nos habría llegado después de obtenida su independencia-, el crecimiento de Barranquilla debido en parte a lo anterior, y la condición de tierra de libres que caracterizó a Barranquilla durante la Colonia.

De todo lo anterior se derivan dos conclusiones claras: la primera, que la raigambre carnavalesca del barranquillero (ningún barranquillero verdadero se va de Barranquilla en carnaval) obedece a profundas causas culturales, sociales e históricas espontáneas, no a embelecos trasnochados de unos cuantos que quisieron montar un festival, como la feria de Cali, creada en 1957, o el Festival de la Leyenda Vallenata, fundado en 1968; la segunda, que para ser coherente, un carnavalero tiene necesariamente que ser católico cultural o no practicante, al menos; por eso, ningún barranquillero verdadero puede ser un apóstata protestante de ninguna clase. Ser barranquillero debió ser sinónimo de carnavalero, con las excepciones que no pueden faltar, por lo menos hasta finales de la primera mitad del siglo XX, que es cuando comienzan a hacer su irrupción en nuestra sociedad las sectas protestantes, caracterizadas por su hipócrita moral y sus tergiversaciones de la doctrina católica para ganar adeptos.  

Otras costumbres de extracción cultural católica con fuerte arraigo en el barranquillero han sido la observación de la Cuaresma y la Semana Santa con sus dulces, aunque perdida ya su intencionalidad original; las procesiones de San Nicolás -que ya no es ni sombra de lo que fue- y de la Virgen del Carmen, introducida hace algunas décadas por gentes provenientes de diferentes poblaciones de la Costa; y, especialmente, las tres grandes fiestas decembrinas: la Inmaculada Concepción de María, cuya celebración comienza la noche del 7 y finaliza con las velas que se encienden en honor del dogma la madrugada del 8, las nostálgicas “velitas”; la Navidad, con sus novenas, pesebres y el 24, Nochebuena; y el apoteósico 31, Nochevieja, de encontradas emociones que emergen entre nostálgicas canciones y los pitos que anuncian el año nuevo. Vale la pena detenerse un poco en la festividad de la Inmaculada Concepción: el dogma fue enunciado por Pío IX el 8 de diciembre de 1854 mediante la bula Ineffabilis Deus, y su festejo en nuestra comarca fue promovido por el padre Revollo a principios del siglo XX, luego de regresar de Roma en 1894 tras concluir sus estudios teológicos. Tan hondamente caló en Barranquilla la celebración de la Inmaculada, que algunos llegaron a considerarla más importante que la mismísima Navidad. Una de las canciones protobarranquilleras, "Las cuatro fiestas", ha sido elevada a himno de la fiesta, aunque trata también de la Navidad, el año nuevo y el carnaval.

Ya desaparecieron las supersticiones de Semana Santa, por ejemplo, no copular, a riesgo de sufrir cierta calamidad; las fiestas de San Nicolás y de San Roque; las inocentadas ¡inocente mariposa! del 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes; y los baños de agua en las calles de los barrios populares el 20 de enero, día de San Sebastián, supuestamente porque Sebastián es el patrono del líquido, algo errado, pues lo es Juan el Bautista, por obvias razones.

La influencia de la iglesia católica era más bien limitada hasta bien entrado el siglo XX, se puede inferir fácilmente: hasta mediados del siglo XIX solo existía la iglesia de San Nicolás, la de San Roque data de 1857, y la del Rosario, de 1893. Para una población de unos 35 mil habitantes en 1905, tres parroquias eran evidentemente insuficientes en términos de influencia espiritual y cultural. A juicio del historiador Juan Pablo Llinás en Historia General de Barranquilla, Sucesos, publicado en 1997:

Al expulsar el presidente López Valdés a los jesuitas [1850], toda Colombia se torna permisiva. El matrimonio civil, el divorcio y la unión libre proliferan. Gente de Barranquilla vive en concubinato aceptado y solo legaliza la unión in extremis si la agonía da el lugar. La llegada de extranjeros de rígida moral calvinista mejora la conducta moral privada del poblado. A ellos se une poco después la organización de la diócesis bajo la égida de un excelente pastor.

Muchos años, 1890 a 1930, Barranquilla tuvo en manos sefardí su gobierno, su economía, la religión, la moral y la política.

La poca influencia de la Iglesia cambiaría gracias a dos sacerdotes que incidieron grandemente en la sociedad barranquillera desde fines del siglo XIX hasta mediados del XX, no solo como guías espirituales: los padres Carlos Valiente (1851-1937) y Pedro Revollo (1868-1960). El primero, un urbanista y arquitecto innato, propulsor del progreso de Barranquilla mediante obras como el trazado del actual paseo de Bolívar, el Hospital de Caridad -su máximo logro-, el cementerio Calancala, colegios, entre muchas otras; el segundo, como historiador, pedagogo, escritor e impulsor de la creación de la diócesis en 1932, empresa en la que también coadyuvó Valiente, incluso en mayor medida.

Establecida la época de la expansión de la iglesia católica en nuestro medio, representada en el crecimiento en número de sus parroquias y de su influencia cultural y social (la profusión de colegios, hospitales, ancianatos, instituciones de caridad, etcétera, católicos no la puede mostrar, ni siquiera parecida, ninguna otra organización social de la ciudad), se desprende que las tradiciones y costumbres mencionadas son más bien típicas del siglo pasado; tristemente, la mayoría de ellas tiende a desaparecer en la presente centuria a causa de la secularización de la sociedad, la anexión de la gente a las sectas protestantes impulsada por el desprestigio de la Iglesia y su incapacidad de llegar a amplios sectores de la población, así como por la aterradora labor de mercadeo, manipulación personalizada y lavado de cerebros llevados a cabo sistemáticamente por estas peligrosas sectas, de las que la ignorancia y la ultraliberal y fallida Constitución de 1991 son el caldo de cultivo.

 

La música popular

No hay que dar demasiadas pruebas de que el barranquillero es no solo un ser musical, sino estruendosamente musical, como lo evidencian determinadas manifestaciones al aire libre como las antiguas rondas de cumbia, los asaltos, las verbenas, las casetas, las cantinas, los estaderos, la celebración de fiestas, cumpleaños, matrimonios y quinceañeros en las casas cerrando la calle, los viejos salones y las fiestas barriales de carnaval en plena vía pública, entre otras, amenizadas por grupos musicales, picós, equipos de sonido y amplificadores con elevados y enervantes decibeles. Lo realmente interesante es la dramática variedad de gustos del barranquillero en materia de música popular desde fines del siglo XIX, que es cuando empiezan a aparecer menciones de la música escuchada en estas tierras. La profusión y disimilitud de los ritmos que se han degustado en Barranquilla difícilmente se encuentran en otra ciudad de Colombia y dan fe del carácter plurimusical de sus habitantes.

Por Miguel Goenaga sabemos que las ruedas de cumbia eran populares en la Barranquilla del siglo XIX, por ejemplo, las de una mujer conocida como “La Cañón”, en el Centro, y las de un señor Carrasquilla, en el barrio Arriba. Hasta ahí, nada extraño, pues se trata de nuestro ritmo vernáculo por excelencia; toda la música costeña siempre ha estado presente en Barranquilla, así que no me detendré en ella, sería obviedad. Pero por diversos autores sabemos también que a fines del siglo XIX y principios del XX algunos de los ritmos de moda entre la clase alta de Barranquilla eran el vals, la polca y la mazurca, aires europeos bailados en los salones de primera del carnaval, así como los andinos pasillo (versión colombiana del vals) y bambuco. Tanto se escucharon estos ritmos protoandinos en la Costa, que los más insignes compositores costeños los cultivaron, y en Panamá, entonces un departamento costeño más, todavía se compone pasillo, es símbolo de nacionalidad y el ritmo de las fechas patrias, especialmente, el 3 de noviembre. En ese país hay un ritmo llamado punto panameño, que no es más que el bambuco tropicalizado en tierras istmeñas. En la década de 1920 irrumpe el tango rioplatense, la música de mis abuelos, que de caribeña no tiene ni un pelillo más allá del elemento negro de la habanera, también cultivada por músicos protocosteños como José Barros o Calixto Ochoa. Para la misma época, y en un proceso de unos veinticinco años, la música del Caribe hispano, la cubana a la cabeza con sus boleros, rumbas, sones, danzones, guarachas, mambos, puntos, guajiras, chachachás, entre otros, es propulsada por el surgimiento de la radio comercial en 1929 y por el ancestro caribeño del barranquillero, quien por lo menos desde el siglo XIX la ha asimilado de manera natural. La música antillana desplaza cualquier otro ritmo foráneo, compite con la música popular costeña, y sienta reales parece que para siempre, alcanzando en los años 1960 y 70 picos altísimos de compenetración con el furor de los ritmos aglutinados de manera simplista bajo la denominación “salsa”.

No se puede dejar de lado otro ritmo de una de las Antillas españolas, al cual algunos musicólogos atribuyen equivocadamente el origen del merengue colombiano: el merengue dominicano, que era popular ya a mediados del siglo XX; un éxito que todavía suena es “A lo oscuro”, merengue apambichao de Ángel Viloria que “dio palo” en 1954, desbancado solo por el -para muchos- himno del carnaval, “Te olvidé”. El merengue dominicano gozó de una popularidad arrolladora en los años 1980 y 90 del pasado siglo, lo cual coincidió con el declive de la salsa “brava” de los 1960 y principios de los 70, cuyos estertores fueron los temas de la salsa de amor de los 80, la cual nunca cuajó y más bien fue el canto de cisne de la salsa.

Mucho tiempo, gran parte de los 1980 y 90, la emisora número uno en audiencia en Barranquilla fue Radio Tiempo, especializada en baladas, género totalmente ajeno a la música del Caribe. La música romántica, como también se le conoce, fue popularísima durante los 1960, 70, 80 y gran parte de los 90; recuerdo como si fuera ayer que bus en que uno se montaba, llevaba balada en el radio. Desde principios de los 70 se presentaron en Barranquilla los más importantes exponentes de ese género: desde Raphael hasta Chayanne, pasando por Julio Iglesias, Camilo Sesto, Sandro, Juan Gabriel o Luis Miguel.

También ha sido popular en Barranquilla la música típica mexicana, principalmente la ranchera, consecuencia del gran impacto que tiene la cultura del país azteca en toda Colombia y en la mayor parte de América Latina, especialmente por su cine, su televisión y sus cantantes. En la ciudad hay numerosos grupos de mariachis criollos, muy solicitados para dar serenatas en cumpleaños y quinceañeros.

Tampoco se puede negar que han gustado, más bien aisladamente, músicas africanas inclasificables, algunas canciones del candomblé brasileño, unos cuantos calypsos, sokas, konpas, reggaes, mentos, entre otros ritmos de estirpe negra del Caribe anglo, francés y holandés. El barranquillero adaptó los nombres de estas canciones, impronunciables para la mayoría de nuestros conciudadanos: “El saca lengua”, “La vaca paría”, “El Giovanni”, “El sapito”, “La bollona”, etcétera. Más recientemente, se han impuesto géneros rarísimos e indigeribles como la champeta cartagenera, el reguetón y una tal música urbana, que parece ser una especie de estilización de la mezcla de los dos anteriores. Y han gozado de cierta acogida, en diferentes épocas, ritmos introducidos de Estados Unidos: durante las primeras décadas del siglo XX, según Alfredo de la Espriella, el jazz, el charleston, el foxtrot, el one-step y un tal lambetuboc; y desde los 1950, algo ha habido también de rock, pop, rap, hip hop y hasta heavy metal, entre otros. Determinados musicólogos atribuyen la aceptación de los ritmos vernáculos costeños entre las clases altas a las adaptaciones de las orquestas de jazz y big bands panameñas importadas en los años 1920. Y aunque se contradiga con el título de esta sección, hay que mencionar, en honor de la verdad, que en Barranquilla siempre ha habido un reducido grupo amante de la música clásica o culta; incluso ha habido orquesta sinfónica, filarmónica y compañía de ópera, entre otras manifestaciones. 

Entre estos ritmos y géneros, de los cuales varios no tienen nada de caribeños, hay, definitivamente, una gran distancia -algunos son absolutamente disímiles-, que merece ser valorada en su justa proporción para dar cuenta, junto a toda la música costeña, de la tremenda variedad de los gustos musicales populares del barranquillero y su marca a través del tiempo.



El dialecto

No hay que entrar a explicar lo demasiado sabido, sobre lo que ya he escrito en este sitio y en Wikipedia: que el dialecto barranquillero corresponde a uno de los subdialectos del tronco caribeño del español, con giros locales particulares, fenómeno normal en cualquier parte, y que también presenta influencias de otros dialectos de la región e, incluso, de los dialectos andinos de Colombia, situación inevitable debido a compartir el territorio nacional.

Este planteamiento sin duda suscitará polémica, soy consciente de que lo hago prácticamente sin pruebas y, desde ese punto de vista, no es más que una suposición, quizá solo una impresión, por no decir una irresponsabilidad: el acento y léxico barranquilleros están fuertemente influidos por la subcultura de los drogadictos, más que todo, de los marihuaneros de los años 1950, 60 y 70. Ese acento “bacano”, propio de la gente de los 60 hasta nuestros días, completamente diferente del acento de alguien nacido en 1920, y cualquier cantidad de palabrejas “bacanas” revelan, sugieren, al menos, la tesis que planteo, que requiere, sin duda, un estudio sistemático, y que no excluye, en modo alguno, que nuestro dialecto haya sufrido los cambios, las influencias y las nuevas incorporaciones idiomáticas de otros subgrupos y tribus culturales recientes, es decir, posteriores a los años 70.

Capítulo aparte merece otra característica del lenguaje de amplios sectores de la población barranquillera: la vulgaridad, representada en algunas de las obscenidades más atroces de la lengua española, incorporadas de forma cuasinatural y cotidiana al léxico de los barranquilleros. Sobresale en este subléxico su obsesión por el miembro viril como arma de su oralidad. En este punto hay que aclarar que el uso de esas vulgaridades se presenta en dos formas en Barranquilla: una, la que sirve para enfatizar, para reforzar lo que se quiere decir, sobre todo en situaciones de gran emoción o conmoción, que saca de apuros y que posiblemente no es superada en expresividad ni contundencia por ningún casticismo; y dos, la que se da como simple proyección de la forma de ser del que habla, esa que en realidad nada expresa ni refuerza, la innecesaria, la baja, la que insulta y golpea.

Acotación 1. Hablar alrevesino, uno de los sellos distintivos de la jerga de los drogadictos, no es invención suya, hay múltiples pruebas.

Acotación 2. Ya que no existe, o por lo menos no en Internet, un estudio de los subdialectos barranquilleros, me propongo llevarlo a cabo relacionando una serie de muestras sonoras clasificadas por edad, extracción socioeconómica y grado de escolaridad. 



Conclusión

La cuestión barranquillera es muy difícil, casi imposible de entender incluso para barranquilleros de nacimiento. Los viejos conscientes y perceptivos la comprenden porque la experimentaron de primera mano en su máximo esplendor. Algunos más jóvenes la entienden y hasta la viven por vía genética, porque les fue transmitida de generación en generación. Y tenemos conocimiento del tercer y extraño caso de unos cuantos que la llegan a experimentar por medio de inesperados déjà vus que los transportan a épocas industriosas de hombres vestidos con enteros de lino blanco, corbata y sombrero que caminan por las impecables calles del Centro entre ecos de sirenas de fábricas y de barcos, aquellos tiempos de carnavales estupendos, de orgullo cívico, y de extranjeros que encontraron aquí el lugar propicio para dejar atrás pasados signados por la guerra y la miseria, aquellos que contribuyeron en gran medida a hacer de esta una ciudad pujante. Para el resto, es absolutamente necesario hurgar en la historia y las costumbres de aquella Barranquilla que no es tan lejana como parece, para aproximarse a la cuestión barranquillera. Entre tanto, sin darse cuenta y así no tenga conciencia de ello, el barranquillero seguirá marcado por su índole incluyente e iconoclasta, la cual hunde sus raíces en los propios orígenes fundacionales de Barranquilla como sitio de libres; por tantos lugares inesperados y ángulos no controlados de su espacio vital, el Centro, la Barranquilla por antonomasia; por su raigambre caribeña, así ya no sea tan festiva y espontánea; por su cultura católica, allá, en las reconditeces de su ser; por la explosión todo un año anhelada y atropelladamente preparada de su carnaval; por su ruidosa musicalidad degustada y expresada en tan variadas formas; por su cotidiana forma de expresión, su habla; y por el inquietante hálito de misterio que envuelve a Barranquilla, desde su origen de leyenda hasta su propio nombre. Barranquilla seguirá su rumbo, moldeada por los avatares de los tiempos, pero la cuestión barranquillera permanecerá en su base a no ser que fuerzas que solo podrían ser oscuras la cambien.


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