Apuntes mirmidónicos XXV

19 de febrero de 2014

Estamos en plena guachafita electoral. Las caritas angelicales y las amplias sonrisitas de los candidatos -aparentadores de políticos y adalides de la justicia social- inundan las calles en cientos de carteles que anuncian lo de siempre: cambios y supuestas buenas intenciones. La mayoría de candidatos no sabe hablar, mucho menos escribir, redactar, a algunos les leo sus disparates en Facebook.

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Todavía hay quienes, por brutos o, en el mejor de los casos, por ingenuos, creen (¿de verdad creen?) en quienes supuestamente enarbolan las banderas de la justicia social y los pobres, así en el camino se vuelvan (los de las banderas) otros dictadorzuelos más, no muy diferentes de los que ya han existido a lo largo de la historia. No creo en "ayudar" a los pobres a costa de expropiar, encarcelar, fusilar, asesinar, expulsar, censurar, expatriar, amenazar, torturar, entre otras medidas típicas dictatoriales.

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La cosa comenzó como un caso más de discriminación y terminó en la primera denuncia masiva y frontal en Colombia contra las acciones criminales de las sectas evangélicas. No es gratuita la andanada que recibieron la tal Piraquive y su secta, andanada que, por extensión, les entierra el guante donde la espalda pierde su nombre a las 666 sectas pseudoprotestantes que infestan no solo a este país, sino a la América toda, y que, en virtud de sus abominables -aunque depuradas técnicas de manipulación de cerebros de mosquito y de mercadeo americano, hay que reconocerlo- amenazan con tomarse el mundo entero. Es tan descarado el accionar criminal de los aleluyas que ya era raro que nadie dijera nada, solo Efraín Peñate, Manuel Teodoro y Antonio Caballero habían dicho algunas cosillas, pero de refilón (por recato, obviamente, no se incluye el infraescrito). Lo que se percibe es la descarga de todo lo largamente reprimido; no se entiende por qué tanta gente guardaba un inquietante silencio ante el monstruo de mil cabezas en que se ha convertido el aleluyismo, tal vez les daba culillo meterse con las “cosas del Señor”… Y eso que todavía  no se han mencionado, sino tímidamente, y quizá por discreción, las orgías pseudoespirituales que se escenifican en los tales cultos: unos locos dizque pastores (más bien mercachifles de la fe –¡y de los más redomados!- o, cuando mucho, loquitos desubicados) vociferando como posesos, en un garaje o en la sala de una casa alquilada para montar el negocito, todo tipo de estupideces y herejías en nombre del Señor, citando e interpretando mal la Biblia (adrede y malignamente, por supuesto), dizque enseñándoles qué es lo bueno y qué lo malo a sus borregos (¡y cómo deben actuar, qué deben hacer!, ¿mamma mía, no se dan cuenta de que los están tratando como unos imbéciles, unos peleles?), gente tirándose en el piso dizque desmayada cuando los tales pastores los arrastran al paroxismo con sus lenguaradas o les zampan la mano en la cabeza a los muy tontarrones, otros ladrando un poco de locuras que no se entienden (les dicen dizque ladrar en lenguas, perdón, “hablar en lenguas”), ojos desorbitados, bocas llenas de espumarajos, otros llorando sin razón y sin motivo en arrobos extáticos (¿arrecheras reprimidas?), otros cantando las canciones más sonsas y ridículas de la historia… Y en ese punto de terror total, ¡zas! "Denme plata, que Dios los ama, les va quitar todos sus problemas, les multiplicará setenta veces siete (¡y aún más!) lo que me den"... Y ¡ay! del que no se baje del bus: se pudrirá en la quinta paila del infierno. Total, puro fanatismo, y de la más baja estofa, sazonado con minoría de edad, falta de coraje, la quiebra total del carácter, la ruina hecha personas. Pero la arremetida contra lo que no es más que el asqueroso lavado de cerebros de mosquito y la vulgar manipulación de unas pobres criaturas oprimidas por la desesperación infernal, faltas de carácter y con la autoestima por debajo del suelo, no dejó lugar a dudas, era justo lo que se imponía desde hacía mucho tiempo. Ahora es el turno de la Fiscalía, la Procuraduría, etcétera. Ojalá muchos hayan despertado de su espejismo místico, o al menos estén empezando a hacerlo, aunque la mayoría seguirá como la cabra: tirando pa’l monte.

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