Apuntes mirmidónicos XXI

27 de octubre de 2013

I

Cuán patéticos y ridículos son los comunistas románticos, esos que defienden a ultranza a Fidel Castro, a su Cuba y a la Venezuela chavista, que muestran la educación y la salud cubanas como si fueran logros de sus países, pero que ni si les regalan el pasaje se van de viaje a Cuba, mucho menos se les ocurre ir a vivir a esa horrorosa nación. Algunos de ellos -los más condenables-, viven como todos unos burgueses en los estratos cinco y seis y envían a sus hijos a estudiar o a vivir en los Estados Unidos, el enemigo, el imperio, no en Cuba, pues de antemano saben qué es lo que van a comer allá. Y después, en el colmo de la incoherencia, sacan la visa americana y terminan viviendo en EE.UU. ellos también...

II

Decir la verdad no es hablar mal. Mi viejo amigo Ricardo Palacios se ofende cuando trato de despertarlo de su sueño barranquillérico refutando el artículo en el que Plinio Mendoza elogió a la nueva Barranquilla (léalo aquí), o cuando le hago ver que el centro es un gran tumor urbano, que el bulevar del paseo de Bolívar no se puede caminar por la cantidad de drogadictos y delincuentes que se lo tomaron, y porque hay que andar esquivando enormes pilas de heces que no parecen humanas. El barranquillero se acostumbró a vivir así, mal, a conformarse con lo poco que sus gobernantes hacen (casi siempre mal), y a no reclamar, entre otras cosas, porque si lo haces, resulta que estás hablando mal de tu ciudad. Quienes así piensan no entienden que la denuncia de las anomalías urbanas en realidad buscan su erradicación y prevención, en últimas, el mejoramiento de Barranquilla.

III

Por eso hay que denunciar situaciones escandalosas como que la 30 está invadida dos meses después de su despeje; que en menos de un año de inaugurada, la plaza de la Paz se está desmoronando a causa de su deficiente construcción y por los vándalos; que arrancaron un bolardo que impedía el paso de los carros a la plaza de San Nicolás y que por eso ahora se volvió un gigantesco parqueadero; que las estaciones satélite de taxis son otro factor de ocupación del espacio público en los cuatro puntos cardinales de la ciudad; que el centro y el mercado de Barranquilla son el aterrador engendro de una gran cloaca pestilente con un cáncer urbano que hizo metástasis, y que ni el opulento e indiferente norte de Barranquilla se salva del caos urbano que nos azota.

IV

No quiero decir con esto que he perdido la esperanza en que las cosas mejoren, pero por el momento lo que se impone es la denuncia de todo tipo de irregularidades, pues primero, el sol no se puede tapar con un dedo, y segundo, las cosas cada día van peor. Yo que conocí el centro en 1987 doy fe de que la tugurización e inseguridad del sector, así como la ocupación del espacio público son mil veces peores hoy que entonces.

V

Cuando en 2006 el Estado colombiano legalizó el aborto en los tales tres casos que sabemos, la impulsora o directora de la "fundación" que promovió la "iniciativa" -para lo que quiero expresar da lo mismo- escribió un artículo al respecto en la edición conmemorativa de los veinticinco años de la influyente revista Semana, en el que se refería a la tal legalización como un triunfo del derecho a la vida, de las mujeres y de la libertad. ¿Triunfo del derecho a la vida? ¿No es esto una contradicción verdaderamente singular? Ya en el siglo XIX Nietzsche se refirió a la translocación de los valores, esa infernal locura que se ha tomado nuestro tiempo por cuenta del relativismo moral.

VI

Esta semana, el 24 de octubre, la Alcaldía erradicó uno de los peores tumores de Barranquilla: el tal San Andresito, el tristemente célebre “centro comercial” de mercancía de contrabando en el que compré apenas dos veces en toda mi vida. Los afectados, contrabandistas de tiempo completo que nunca pagaron un centavo en impuestos, esgrimieron una peculiar argumentación: que con la restitución del lote a la ciudadanía se les estaba vulnerando el derecho al trabajo. Según los “propietarios” (nunca fueron propietarios de nada, simplemente fueron unos vulgares y abusivos invasores) resulta que ahora el delito lo comete la Alcaldía al erradicar la actividad ilegal, o por lo menos su escenario, vaya, vaya. Y eso que los tuvieron que “indemnizar” económicamente por los locales que ilícitamente ocupaban y usufructuaban desde hacía cinco décadas. Medio siglo no les parece suficiente para haberse lucrado (ilegalmente)… No soy abogado, pero alguna vez leí sobre la prescripción. Es simple: si el delito no se sanciona oportunamente, la situación por él generada se vuelve -si se puede decir así, y en voz baja- legal. Esto lo menciono porque en realidad la falta de autoridad fue la que permitió ese tumor que respondió por el nombre de San Andresito, lo consintió y legalizó en el tiempo. Afortunadamente nunca es tarde.

VII

Por supuesto salieron los nostálgicos de la “tradición”, de los licores “importados”, de la ropa y los perfumes traídos directamente de los Estados Unidos (¡la verdadera “última moda”!), de las cantinas de la isla aledaña y seguramente del perico, la marihuana, el bazuco y los viciosos de Barlovento. Esos personajes no podían faltar: vivimos la translocación de los valores.

VIII

De lejos, la primera vez me pareció feo y raro, pero cuando lo tuve frente a mí me resultó hermoso e imponente: el nuevo edificio de mi Universidad del Norte, ¡felicitaciones!


 

 

 

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