23 de marzo de 2007
¿Qué pretenden los Araújo Castro? ¿Que porque agasajaban espléndidamente a los cachacos (seguramente como nunca a sus coterráneos costeños) ahora se les deben indultar sus infracciones a la ley? Si no lo plantean, eso se entiende, y me resisto a creer que personas brillantes como ellos se confundan de tal manera. Ser costeño o del interior, flaco o gordo, alto o bajo, pobre o rico no exonera a nadie de sus culpas. No pueden caer en esa patriotería absurda. Quien infringe la ley debe ser penalizado según corresponda. Así de simple. Sea costeño o no. Haya agasajado a sus amigachos cachacos o no. No es que así paguen: es que dura lex, sed lex.
Llevo diez años asistiendo al Festival Vallenato, el cual veía por Telecaribe cuando de muchacho no tenía la oportunidad de asistir. Cada año me indigna más la intromisión de los cachacos en el Festival: los mejores puestos, los de las primeras filas, frente a la tarima, son ocupados por los invitados del interior el país. Y así era desde que el evento se realizaba en la plaza, en vida de la Cacica, quien astutamente se sentaba a su lado. Cachacos lánguidos y desabridos que terminan retirándose de la contienda musical mucho antes que termine porque sencillamente no entienden de eso ni les gusta. Cachaquitos a los que les importa un manguito biche la invitación que anhelaría el más humilde de los vallenatos.
Hoy, con nuevo escenario, el panorama es aún más desolador. Afuera, desde el mínimo soldado del Ejército es cachaco. Son cachacos los señores de Juan Valdez, el promotor. Son de Cachaquilandia los encargados del ingreso del público y la seguridad. Ironías de la vida: los taciturnos e inexpresivos cachacos, ajenos por completo a la alegría expansiva del costeño, son los encargados de impartir el orden en uno de nuestros eventos más representativos. En otros términos, son ellos quienes ahora nos permiten entrar… Dentro, los cachacos, perfectamente sentados y en orden, aguantan las mil y una notas con tal de exhibirse en el Festival Vallenato. Hablan distraídamente de cualquier tontería con su acento anacrónico sin prestarle atención a una música que en realidad no les gusta. Delgadas y bien ataviadas chicas “que uno podría imaginarse en el Country Club de Bogotá, jamás en una parranda vallenata”. Advenedizos que sucumben a sus propios embelecos, a meterse en un cuento que no alcanzarán a descifrar jamás por más que lo intenten: la costeñidad. El baile, por supuesto, brilla por su ausencia, entre otras razones, porque no hay dónde. Incluso, algunos jurados son personalidades cachacas de moda. Ya hasta el Rey Vallenato es cachaco... Un tipo que cuando mucho debería estar compitiendo en la categoría de aficionados, ha sido encumbrado al sitial donde creíamos que solo los Alejo, Colacho, Luis Enrique Martínez y sus auténticos herederos podían llegar. Revolcándose estarán en sus tumbas. Solo falta que lo elijan Rey de Reyes este año.
Y el desplazamiento no se detiene. El costeño, cada vez más, es desplazado por el páramo. Pobre Cartagena, no hay rincón de Bocagrande, el Laguito y Castillogrande donde no haya un cachaco. Los comerciantes son cachacos, los restaurantes también, en fin. Así como cada vez más el carnaval de Barranquilla se diluye en un torbellino de comercialización en el que el principal atractivo de la Batalla de Flores resultan ser las modelos y actores andinos de moda, sin gracia y absolutamente ajenos a nuestra fiesta, así como los palcos, atiborrados de invitados de las cordilleras ocupan la mejor parte del trayecto relegando al gran público a los tramos donde los bailarines ya no merecen llamarse así, asimismo el Festival Vallenato pierde su esencia popular y desplaza sin miramientos a quienes verdaderamente enriquecen el folclor: la colectividad rasa, esa que ya no puede asistir libremente al evento porque unos muros se lo impiden. ¿Por qué no dejar un amplio sector para que las multitudes que no cuentan con los recursos para pagar las astronómicas entradas ingresen gratis al espectáculo que les pertenece por derecho natural? Al menos, antes había libre acceso al evento en la plaza ―escenario natural del Festival―, la misma que les quedó pequeña a los invitados cachacos, esa que fue reemplazada por un coliseo sin gracia (¿obra de algún arquitecto cachaco?) que insulta y relega al país costeño.
Otra ironía de la vida: el vallenato, que cuenta entre sus orígenes a los vaqueros que entonaban sus cantares de vaquería en total libertad a los cuatro vientos para distraerse durante sus prolongadas jornadas de trabajo en las llanuras costeñas, así como a los peones y empleados domésticos que hacían fiestas en los traspatios, alejados del festejo de los ricos patronos en los que sonaba música culta, pues el vallenato (que todavía no había adquirido esa denominación) era considerado vulgar e intolerable por la alta sociedad (la misma que al final terminaba entremezclándose con la plebe en las “colitas”, seducida por el irresistible ritmo de acordeón, caja y guacharaca), hoy ha sido arrebatado paulatinamente y sin miramientos a sus genuinos creadores por aquellos que antes lo menoscababan. Y ningún costeño de entre los que tienen acceso a los medios de comunicación se ha apersonado a denunciar una infamia que lamenta y condena todo el mundo en Valledupar, el Cesar, la Guajira y la Costa entera.
Todo eso auspiciado por arribistas como los Araújo Castro. O sea que más bien todo esto demuestra que, a la hora del desorden, la lambonería y el arribismo de nada valen.
Colofón. Guardo la esperanza de que a Araújo Noguera lo esté escondiendo algún cachaco y que a su hijo lo esté ayudando a salir libre otro paramuno, pero no porque en realidad sea inocente sino por algún vicio en el proceso, como el indignante caso de otro hijo del Magdalena Grande, Jorge Noguera, el exdirector del DAS.