Recordando al padre Revollo a cincuenta años de su muerte

Por José David Villalobos Robles
7 de junio de 2010

El padre Pedro Antonio Revollo Castillo nació en la Villa de San Juan de la Ciénaga (hoy Ciénaga), Estado Soberano del Magdalena, Estados Unidos de Colombia, el 23 de enero de 1868, de padres cartageneros emigrados a la población magdalenense a causa de la persecución de caracistas a nietistas. En 1876, su familia se vio obligada a refugiarse en Barranquilla debido también a la persecución política, esta vez del Partido Radical contra los seguidores de Rafael Núñez, su padrino (Soledad Román era pariente de su padre). 

Recibió del obispo Eugenio Biffi la primera de las órdenes menores en el Seminario Conciliar de San Carlos Borromeo de Cartagena (al cual había llegado en 1883); gracias a una beca otorgada por el gobierno de Núñez, pasó a Italia en 1887 a estudiar en el Colegio Pío Latinoamericano de Roma; se doctoró en Filosofía  (1890) y en Teología (1894) en la Universidad Gregoriana de la Ciudad Eterna; allí recibió las dos últimas órdenes menores que le faltaban, el subdiaconado (1891), el diaconado (1892) y el presbiteriado (1893), todas en San Juan  de Letrán y de manos del cardenal Lúcido María Parocchi. Es entonces cuando cambia su segundo nombre por María, en honor de la Virgen, a la que se aferró cuando lo habían desahuciado a causa de una grave enfermedad, y ante lo cual logró que se adelantaran sus grados eclesiásticos. 

A su regreso a Colombia en 1894, fue nombrado primero coadjutor del padre Carlos Valiente -de gratísimo recuerdo para Barranquilla-, párroco de San Nicolás, y poco después párroco en propiedad del mismo templo, el cual remodeló y amplió en 1897. Ese mismo año emprendió la construcción de la iglesia parroquial de San José de Tubará, culminada apenas un año después.

Devoto de Santa Teresa de Jesús, la Doctora Mística, fue capellán de la iglesia consagrada a ella en Cartagena cuando pasó a la Ciudad Heroica en 1907. Así mismo, fue fundador del Colegio de Santa Teresa y vicerrector del célebre Colegio de Pinillos, ambos en Mompós, donde fue cura durante dieciocho años.

Clero de Barranquilla en 1897. De pie: Carlos Valiente, Idelfonso de Llaneras. Sentados: Antonio J. Sarmiento, Pedro Brioschi, Pedro M. Revollo y José de Alcudia.

Hombre de espíritu ecuménico y vastísima cultura, profundo humanista, admirador del arte, historiador (miembro de la Academia de Historia), educador innato y literato de depurada pluma (miembro de la Academia Colombiana de la Lengua), fue autor de “Mis Memorias” (1956), “Costeñismos colombianos o apuntamientos sobre el lenguaje costeño de Colombia” (1942), “Breve noticia biográfica del ilustre señor don Eugenio Biffi” (1897), “El Santuario de la Virgen de la Popa en Cartagena”, “Recuerdos del doctor Rafael Núñez” (1951), “De la senectud” (1948), “Apuntes biográficos del obispo Celedón”, “Vida del general Joaquín Riascos García”, "Una escapada célebre", "Virtudes del padre Carlos Valiente", entre otros.

En Barranquilla fue capellán y profesor de religión y de latinidad del efímero Colegio de Núñez (1898-1900). En 1904 fundó el semanario “El Estandarte”, primer periódico netamente católico de Barranquilla, el cual duró tres años. Administró la parroquia de Chiquinquirá, y fue capellán del Colegio de la Inmaculada Concepción y del asilo de San Antonio al tiempo que atendía la parroquia de Galapa. Se desempeñó como Secretario y Vicario General de la Curia, y gobernó como Vicario Capitular la diócesis de cuya creación fuera su máximo impulsor con el padre Valiente, siendo finalmente confirmado Vicario General por el obispo Francisco Gallego Pérez.

Pero la obra que le agradecerá eternamente la grey católica barranquillera es la creación, gracias a su tenacidad, de nuestra diócesis en 1932, elevada a arquidiócesis (Archidioecesis Barranquillensis) en 1969.

Cuenta Miguel Goenaga en sus exquisitas “Lecturas locales” (páginas 248 a 251), que el padre Revollo emprendió la idea de la creación de nuestra diócesis cuando se restableció el departamento del Atlántico en 1910, para lo cual hizo los primeros contactos con el Delegado Apostólico Francesco Ragonessi en 1911, y posteriormente con su reemplazo, monseñor Vassaldo di Torregrosa. Andrés Revollo, hermano de Pedro María, sería nombrado Administrador General de Correos por el presidente José Vicente Concha en 1914, circunstancia que fue aprovechada para tratar el tema directamente con el presidente y con su ministro de Relaciones Exteriores, Marco Fidel Suárez. En 1916, ya la Nunciatura de Bogotá (había dejado de ser Delegación) anunciaba al obispo de Cartagena la desmembración de su diócesis. Cuando en 1919 Marco Fidel Suárez -ya convertido en Presidente de la República-, visitó a Barranquilla, consultó al padre Valiente sobre la creación de la diócesis, pero este, temeroso, estimó que Barranquilla no estaba lista para ser sede episcopal. Enterado el padre Revollo, a la sazón cura de Mompós, alcanzó en Magangué a Suárez, quien retornaba a Bogotá, para evitar que el Presidente desestimara la iniciativa. Cuando Revollo fue reubicado en Barranquilla, retomó el tema de la creación de la diócesis, lo cual fue bien recibido por el Nuncio Apostólico, monseñor Pablo Giobbe, quien ya tenía instrucciones de la Santa Sede de hacerse cargo de la materia. Beatriz Pumarejo, al momento de su muerte en 1927, dejó un legado en pro del anhelado distrito diocesano, lo cual fue de gran impulso para la pronta realización del proyecto. Giobbe viajó a Roma en 1931 y finalmente, en julio de 1932, el papa Pío XI emitió la bula que desmembraba las parroquias del departamento del Atlántico de la jurisdicción del arzobispado de Cartagena, dando paso así a la diócesis de Barranquilla tras veintidós años de ingentes esfuerzos del padre Revollo.

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Entregó el padre Revollo su alma al Señor el 31 de enero de 1960 en Barranquilla, siendo Vicario General de la Diócesis, víctima de una embolia pulmonar, a la edad de noventa y dos años. AMDG.

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