El cambio que requiere Barranquilla


Por José David Villalobos Robles. 2004.

Palabras clave: Corrupción, imperialismo, neoliberalismo, falta de autoridad, compromiso, cambio de mentalidad.

A principios de la década de 1990 Barranquilla había tocado fondo: totalmente arruinada, descendida a niveles aterradores de pobreza y los servicios públicos paralizados, más parecía una ciudad de la India mientras los políticos expoliadores de turno cebaban sus haciendas con insaciable rapacidad a costa del erario público, escapando a su propia conciencia con viajes al exterior cada vez que podían. La elección popular de alcaldes y gobernadores, instituida en 1988 como solución a muchos de los males de la democracia colombiana, principalmente al centralismo y al asfixiante déficit fiscal originado por la corrupción galopante, no daba aún los resultados esperados. El despegue de los alcaldes populares en Barranquilla no pudo ser más desesperanzador: la elección del primer alcalde popular resultó fraudulenta, y el mandatario inicialmente posesionado tuvo que ceder su cargo, exactamente a la mitad del periodo, a su rival, su propio primo.

Los caciques tradicionales, coludidos y atemorizados por la certeza de su propio desprestigio, decidieron ensayar una nueva estrategia. Se dieron a la tarea de hallar y catapultar hacia la gobernación, la alcaldía y otros puestos, a personas preparadas, intachables y poco conocidas que sucumbían a las melifluas promesas del poder para ser más tarde manipulados como marionetas en beneficio de quienes los habían apadrinado. Para empezar, en 1991 la maquinaria colocó en la gobernación a un cobayo absolutamente limpio, con cara de niño bueno y con fama de intelectual, absolutamente inexperto en las espinosas labores de la administración pública y hasta entonces circunscrito a los apacibles escenarios académicos.

Por su parte, Barranquilla, hastiada de la corrupta clase dirigente, y guiada quizá, según la tesis de Erich Fromm, por la necesidad natural que subyace en el inconsciente colectivo de ser redimida por un Mesías, elige como alcalde el 8 de marzo de 1992 a un esforzado sacerdote salesiano que había promovido la transformación de la Zona Negra, un tumor urbano vergüenza de la ciudad. La figura de Bernardo Hoyos dominó, con sus excentricidades, excesos y más errores que aciertos, el escenario político de la década de 1990 con dos administraciones y un alcalde que debió su triunfo a su respaldo, cuya responsabilidad histórica y política era darle continuidad al proceso iniciado, pero que más tarde le dio la espalda. Su influencia está presente todavía, representada en la alcaldía de uno de su cuerda.

Pero no basta con el discurso demagógico de los gobernantes, su disposición mesiánica o sus buenas maneras e intenciones. La administración estatal va mucho más allá de eso. Requiere, además de la ausencia total de ambiciones mezquinas y protagonismos irresponsables, de una auténtica capacidad para gobernar. ¿En qué quedan las buenas intenciones si no se tiene la capacidad para precisar, estructurar y llevar a feliz término las políticas y obras que cambien definitivamente para bien el destino de un pueblo?

Durante los últimos catorce años, Barranquilla y el Atlántico han estado en manos equivocadas, muchas veces aviesas: académicos, religiosos y médicos con supuestas muy buenas intenciones, ninguna experiencia administrativa y logros incluso encomiables en sus campos, pero que han sucumbido en los instantes definitivos a lo ajeno de su formación, a su propia falta de experiencia y capacidad y a las presiones y compromisos de marras. Quienes, de contera, probaron que no supieron o no pudieron rodearse ni asesorarse de los colaboradores que requerían para superar sus deficiencias.

Entre fines de 1991 y comienzos de 1992, en el marco de las directrices neoliberales de privatización de las empresas del estado, surge la Triple A, empresa de economía mixta que asume el control del pésimo servicio de agua, alcantarillado y aseo, hasta entonces en manos de uno de los mayores focos de corrupción del país, las Empresas Públicas Municipales. A pesar de las elevadas tarifas y de los enconados enfrentamientos de los políticos tradicionales por mantener su control, la Triple A resultó hasta cierto punto no solo beneficiosa para la ciudad, sino un ejemplo de que el neoliberalismo bien encauzado sí funciona, en contravía de lo que afirma la vieja izquierda dogmática en cuanto a que el manejo de los servicios públicos es responsabilidad exclusiva del estado.

Luego de superar en 1993 la insuficiencia energética y estrenando constitución política, la década de 1990 comenzó realmente, plena de desafíos, para el país. Tanto más para la Costa Caribe y Barranquilla, que en ese momento crucial de su historia venía de ser declarada distrito especial, y que en su condición de principal urbe de la región era la llamada a liderar y servir de antena a la apertura económica definitivamente puesta en marcha en el gobierno de César Gaviria (1990-1994). La ciudad y sus gobernantes resultaron inferiores al reto de la historia, como lo demuestra la deplorable y caótica situación actual.

Hoy la ciudad se encuentra ad portas de otro reto no menos formidable, quizá una de las últimas oportunidades de no ser condenada a cien años de soledad: el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos (TLC). Solo a través de un compromiso genuino, progresista, planificado y desprovisto de cualquier celaje de interés particular de sus dirigentes, quienes deberán asumir un verdadero liderazgo regional mancomunado por encima de fútiles rencillas partidistas o personales, y de la mano de un cambio radical de la mentalidad de sus gentes, producto de una labor pedagógica coherente y continuada, sustentada en un mejoramiento radical y sostenido de la calidad de vida de la población, podrá Barranquilla, procera e inmortal, salir adelante y gananciosa ante esta nueva oportunidad que le ofrece la historia.

Antecedentes

Durante la Conquista y la Colonia, Barranquilla nunca fue un sitio atractivo para los españoles debido a la escasa población y a la inexistencia de minas de piedras o metales preciosos que justificaran una presencia permanente de los europeos en la región. Según una teoría científicamente revaluada, hoy considerada una romántica leyenda, su fundación a principios del siglo XVII obedeció a una prolongada sequía que obligó a pastores de la vecina localidad indígena de Galapa a establecerse en los territorios aledaños al río Magdalena y sus caños para no dejar morir de sed a sus hatos. Estas tierras corresponden en la actualidad al centro y al mercado público de la ciudad, que antes de la llegada de los españoles estuvieron habitadas por tribus caribes. En el siglo XV existía allí un asentamiento indígena conocido como Sitio de los indios Kamash, que contaba con unos sesenta habitantes que desaparecieron como resultado del exterminio indígena llevado a cabo por los europeos durante la conquista. Es sólo a comienzos del siglo XVII, a consecuencia de la desaparición de los indios de encomienda, cuando el territorio se convierte en Sitio de Libres o Tierras del Rey, en las que cualquier persona podía instalarse sin previo permiso. El surgimiento de Barranquilla se da, pues, de manera espontánea y como resultado de una serie de coincidencias más o menos afortunadas que atrajeron inicialmente, en virtud de su condición de sitio de libres, a gentes con libertad de movimiento y de disponer de su vida según su libre albedrío, lo cual no era entonces el caso de los indios encomendados ni de los negros esclavos. Lo anterior explica la vocación abierta y espontánea del barranquillero a la libertad desde los mismos inicios de la configuración de su idiosincrasia.

A mediados del siglo XVII, Nicolás de Barros instala una hacienda ganadera cercana a la población, lo que significó un fuerte impulso a las actividades económicas de la localidad y que atrajo a más gentes en busca de trabajo. El lugar había pasado de llamarse Sabanitas de Camacho a Barrancas de San Nicolás, en honor del santo patrono del ganadero. Las barrancas del caserío empezarían más tarde a ser utilizadas de manera activa como atracadero de embarcaciones para la carga y descarga de mercancías que llegaban por los caños del río Magdalena.

El apoyo irrestricto a la causa independentista y el arrojo de sus habitantes le valió al pueblo la erección en villa el 7 de abril de 1813. Barranquilla comienza a ganar mayor importancia unos años después, cuando el Libertador encomienda al ciudadano alemán Juan B. Elbers el inicio de la navegación a vapor por el río Magdalena. Este hecho da como resultado un intenso intercambio comercial con las poblaciones del interior del país, que convierten a Barranquilla en el paso obligado de las exportaciones de café a fines del siglo XIX. Inicialmente, las mercancías se transportaban por el canal de la Piña hasta Sabanilla, donde eran embarcadas hacia el exterior, y más tarde a través del ferrocarril de Bolívar, puesto en funcionamiento en 1871. A causa de problemas de sedimentación, es fundada en 1888 la población de Puerto Colombia con la intención de habilitarla como puerto satélite de la ciudad, cuyo célebre muelle fuera inaugurado en 1893. Ésta es, quizá, la época de mayor esplendor de la ciudad, debido al auge comercial producto de su doble condición de punto terminal para las exportaciones y de puerta de entrada de las importaciones y la modernidad al país. Según Alberto Abello Vives, director del Observatorio del Caribe, “Los 40.000 sacos de café que se exportaban en 1874 por Salgar se habían multiplicado por 10... Era en ese entonces el primer puerto colombiano que manejaba el 60 por ciento del comercio con el mundo...”

Fiel a sus orígenes fundacionales, Barranquilla acogía entonces a inmigrantes de todas partes del mundo y era escenario propicio para todo tipo de negocios. En ella se establecieron, según Abello, “comerciantes, banqueros, industriales, agentes de casas comerciales extranjeras, compañías de navegación fluvial, astilleros, nuevas urbanizaciones y nuevos servicios públicos, artesanos y trabajadores que hicieron parte de la efervescencia de la ciudad moderna. Barranquilla pasó de 16.000 habitantes en 1875 a 40.000 en 1905, y ya en 1938 tenía 150.000.”

La importancia de Barranquilla quedó ratificada con la designación como capital del Atlántico, departamento segregado de Bolívar en 1905, eliminado en 1908 y vuelto a crear definitivamente en 1910. Además, la ciudad fue capital del efímero departamento de Barranquilla entre 1908 y 1910.

Decadencia de Barranquilla

Los mismos problemas de sedimentación que dieron origen a Puerto Colombia dieron pie para que algunos dirigentes impulsaran la construcción de un puerto en predios de la ciudad. Ya que la desembocadura del río Magdalena, conocida como Bocas de Ceniza, no podía ser utilizada para la entrada y salida de embarcaciones debido a la acumulación de sedimentación conocida como barra (que se forma en la desembocadura de todo río), se debieron ejecutar obras hidráulicas consistentes en la construcción de dos tajamares de piedra que estrecharan la desembocadura de manera que aumentara la presión de expulsión del agua, arrastrando consigo la barra. Estos trabajos, que luego de múltiples dificultades fueron finalizados en 1936, tuvieron un éxito matemático y Barranquilla quedó convertida, en virtud de ellos, en un puerto con funciones marítimas y fluviales. Sin embargo, se adquirió el problema de que constantemente es necesario realizar dragados al cauce del río para evitar la formación de la barra, lo que ha constituido un dolor de cabeza para la ciudad hasta nuestros días, pues no ha existido una política permanente y seria, una verdadera voluntad del gobierno central para implementar un programa de dragado continuo, como en cualquier puerto del mundo. En cambio, se sepultó la posibilidad de crear un corredor de desarrollo industrial y comercial entre Barranquilla y Puerto Colombia, al estilo de Sao Paulo y Santos en Brasil. En 1943 el gobierno prohibió la actividad portuaria a través del muelle de Puerto Colombia, inaugurado apenas cincuenta años atrás, condenando así a la ruina y al olvido a esta promisoria población.

Ya en 1914, con la apertura del puerto de Buenaventura sobre el océano Pacífico, la ciudad empezaba a perder el impulso comercial que la caracterizara. Mientras tanto, sin embargo, Barranquilla se consolidaba como una de las ciudades más prósperas del país, con excelentes servicios públicos, urbanizaciones modernas, una floreciente industria y un activo comercio. La ciudad era escenario de una serie de adelantos que introdujeron el progreso a Colombia como los primeros vuelos de aviones y la fundación en 1919 de la segunda empresa comercial de aviación en el mundo, la Sociedad Colombo-Alemana de Transportes Aéreos (Scadta), convirtiéndose así, además de puerto marítimo y fluvial, en puerto aéreo de entrada no sólo a Colombia, sino a Sudamérica. El 8 de diciembre de 1929 se inicia la radio comercial en Colombia con la fundación de la emisora “La Voz de Barranquilla”. Los excelentes servicios públicos eran modelo en el ámbito nacional y latinoamericano. Se contaba desde 1885 con una empresa de teléfonos y las amplias avenidas pavimentadas y recorridas por modernos autos, daban fe del desarrollo de la entonces segunda ciudad de Colombia. En 1921 el presidente Marco Fidel Suárez, como reconocimiento al empuje de la ciudad, le impone a Barranquilla el apelativo de “Pórtico Dorado de la Nación”, dejado atrás en 1946 cuando el presidente Mariano Ospina Pérez pronunció el “Puerta de Oro de Colombia” durante la inaguración de los Juegos Centroamericanos y del Caribe.

La decadencia de Barranquilla empieza a configurarse hacia los años 1950 cuando pierde su condición de puerto exportador de café. Sin embargo, para esa misma época, según el historiador chileno radicado hace varios años en nuestra ciudad, Jorge Villalón, “A mediados del siglo XX vivió una década de prosperidad de milagro debido a un aumento de las importaciones que produjo un ambiente de relativa prosperidad comercial y cultural, época en que se forjó el premio Nobel de literatura Gabriel García Márquez y otros artistas colombianos”.

Fue precisamente a partir de entonces cuando ciertos dirigentes barranquilleros empezaron a sufrir de una enfermedad endémica, que trajo a colación hace unos siete años Daniel Samper recordando a Álvaro Cepeda Samudio, con ocasión de su reyerta vallenata con el ex ministro Armando Benedetti: se dedicaron a “rajar de la opresión centralista” mientras se ufanaban de lo inteligentes y listos que eran ellos y de lo estúpidos que eran el resto de los colombianos. Mientras charlaban, Medellín y Cali le sacaban cincuenta años de adelanto a Barranquilla, y Cartagena y Bucaramanga se le pusieron casi a la par, llegando incluso a superarla en algunos aspectos. La expresión que utilizara en aquel momento el escritor cienaguero no pudo ser más lapidaria: “… los barranquilleros, con las bocas abiertas y las obras paradas”. La acelerada decadencia de Barranquilla a partir de entonces, como consecuencia, entre otras, de la violencia en el interior del país y del decaimiento del agro, que dieron origen al desplazamiento de los campesinos a las ciudades (fenómeno que se acentuó en toda Latinoamérica durante la década de 1960), coincide con el fin del comodato en que se encontraban las empresas públicas municipales con la Chicago Illinois Trust Company, que gerenciara Samuel Hollopeter. Se inicia entonces un período de declive progresivo durante el cual, los otrora eficientes servicios públicos se degeneraron al caer en manos de los políticos locales que asumieron su control; la industria sufre una desaceleración que aún no termina; las instituciones de salud y educativas colapsaron y, como añadidura, la mentalidad progresista y cívica de sus gentes se trocó por una caníbal y retrógrada, irrespetuosa de sí misma, casi una ley de la selva. La situación de marras encontró su punto más patético durante la década de 1980, cuando la ciudad se encontraba literalmente paralizada: la administración municipal era nido de podredumbre; las calles, antes relucientes avenidas, se habían convertido en caminos polvorientos; en cada patio había un tanque para almacenar agua (en condiciones nada higiénicas) porque el servicio se prestaba solo por una cuantas horas; los cortes de luz habían dado origen a la hoy nostálgica costumbre nocturna de sentarse en familia en las puertas de las casas para huirle al calor, al compás de arrulladoras cigarras y a la luz de lunas barranquilleras y glaucas luciérnagas; y el servicio telefónico era pésimo: las líneas eran escasísimas y las que funcionaban rara vez daban tono. Además, la ciudad estaba (y sigue) arruinada. Barranquilla era en ese entonces una verdadera cloaca rota sobre el mar Caribe, por la que, entre otras, se vertían toneladas de droga hacia el exterior. La falta de autoridad empezaba a configurar el panorama actual, traducida en la invasión del espacio público y la inseguridad reinante. Algunos afirman que el problema comenzó cuando Barranquilla empezó a colombianizarse: cuando en el interior del país aún se tomaba chicha, en nuestra ciudad ya se tomaba cerveza; y mientras en el interior se jugaba tejo, aquí ya se jugaba béisbol…

Paralelamente, como consecuencia del imperialismo de las grandes potencias, las estructuras sociales y económicas empiezan a experimentar la transición hacia la globalización a través de una serie de políticas neoliberales que generaron gran expectativa para la región Caribe en un principio, pero que años después resultaron casi catastróficas (a lo que contribuyeron, para variar, las malas administraciones). Ya en el gobierno de Virgilio Barco (1986-1990) se dan los primeros pasos hacia una economía de libre mercado, la cual es consolidada durante el gobierno de César Augusto Gaviria (1990-1994). La nueva Constitución Política de 1991, que se propuso como única y desesperada salida a la insostenible crisis de institucionalidad en que naufragaba Colombia, no produjo en este contexto los efectos que necesitaba el país. Desde sus inicios, la nación se ha debatido entre las concepciones federalistas y centralistas. La Constitución Política de Caro y Núñez, que inauguró a la República de Colombia en 1886, no fue sino el contraataque centralista a la Constitución federalista de Rionegro de 1863, una constitución progresista e idealista, calificada por Víctor Hugo como “para ángeles”. La Constitución de 1991 no es más que la continuación de la pugna entre dichas fuerzas, lo que se refleja en el contradictorio manejo de las transferencias y en el centralismo cada vez más arraigado y excluyente. Es decir, más de lo mismo de los últimos cien años.

La dirigencia local ha sido, hasta el momento, inferior a sus responsabilidades y a las necesidades de la región. Y en este escenario, los congresistas, los verdaderos representantes del pueblo, han jugado un papel realmente oprobioso. Basta observar las sesiones de la Cámara y el Senado de la República para convencerse de las equivocadas elecciones que ha hecho nuestro pueblo: muy pocos argumentos de peso y escasos debates en defensa de los intereses regionales exceptuando únicamente aquellos que también afectarían intereses personales. La falta de visión y de grandeza de la dirigencia de la Costa Caribe ha dado al traste con las aspiraciones del pueblo más poderoso y representativo de Colombia, en beneficio de unos pocos.

A pesar de que precisamente a comienzos de los años 1990 la ciudad fue elevada a la categoría de distrito especial (condición por la cual tiene derecho al 15% del situado fiscal), durante la última década las inversiones en salud y educación curiosamente disminuyeron con respecto a cuando Barranquilla era un simple municipio. Es decir, cuando de más dinero dispone por cuenta del 15 % del situado fiscal. Según cifras oficiales, el 84 % de la población de la ciudad vive en los estratos 1, 2 y 3 y hace pocas semanas se dio a conocer que es, hoy por hoy, la más corrupta del país. Sus dirigentes se enfrascan en discusiones bizantinas como si Transmetro debe llegar, por la calle Murillo (45) hasta la Vía 40 o hasta la carrera Líbano (45), a solo unas cuantas cuadras de la primera. Otra vez, mientras nuestros gobernantes se enfrascan en este pensamiento tan pequeño, la dirigencia de Medellín (no contenta con el desfalco a la Nación que representa el pago del Metro por parte de todos los colombianos), hace unos meses puso en servicio un sistema de alimentación complementario al Metro (MetroCable) para uso de los habitantes de las laderas de la ciudad y ya trabaja en otro similar. Es decir, mientras los paisas se dan el lujo de implementar soluciones de complemento al ignominioso Metro para los más pobres, en Barranquilla todavía se discute si Transmetro debe llegar unas cuadras más allá o más acá. Qué capacidad de gestión, qué visión, qué astucia la del pueblo antioqueño... Qué falta de grandeza de la dirigencia barranquillera. Y lo más lamentable es que el proyecto no está aún seguro. Hace solo unos días Transmetro estuvo a punto de perder la participación de los dineros de la nación (los más voluminosos) por los malos manejos fiscales locales.

La falta de autoridad campea en la ciudad desde los tiempos de la tristemente célebre “piscina de los dementes” (como la adjetivara El Heraldo del 27 de diciembre de 1974), la fabulosa fuente luminosa del paseo de Bolívar, única en Colombia, inaugurada el 14 de abril de 1973 y condenada al abandono y a la ruina por la indolencia de los gobiernos sucesivos hasta su demolición en 2003. En las tibias aguas de la fuente, obra visionaria de algunos dirigentes auténticamente comprometidos con el desarrollo de la ciudad, se bañaban los locos (muchas veces en total desnudez) a plena luz del día sin que nadie se lo impidiera. Otros inconscientes usaban las aguas para lavar sus trastos y sus ropas. Todo esto a pocas cuadras del antiguo edificio de la Alcaldía de la ciudad. Con el tiempo, el sótano donde funcionaba el cuarto de máquinas de la fuente se convirtió en cueva de ladrones e, incluso, se mantuvo allí a una niña secuestrada. En los últimos años, desadaptados realizaban sus necesidades fisiológicas en los alrededores de la fuente a la vista de todo el mundo sin que ningún agente del orden se apersonara a impedírselo. ¿Qué muestra más clara de la falta de autoridad en nuestra ciudad?

El caos urbanístico no es sino otra consecuencia de la falta de autoridad, agravada por la disposición que permite a las curadurías urbanas expedir las licencias de construcción y al equivocado Plan de Ordenamiento Territorial (POT). La construcción en Barranquilla se convirtió en un caso de corrupción más. Es tal el caos, que es corriente observar cómo, cualquier día, se inicia la construcción de un bar al lado de una casa en un sector netamente residencial. Inmuebles tan disímiles como ferreterías, escuelas, tiendas, restaurantes de comidas rápidas, lavaderos de autos, licoreras, edificios de apartamentos, entre otros, se construyen cada día en lugar de las hermosas viviendas. De este cáncer no escapa ni siquiera el suntuoso estrato seis. Casas bellísimas que conformaban los hermosos barrios de la ciudad, muestras de una fina arquitectura residencial, antes motivo de admiración para turistas y visitantes (principalmente los del interior, donde no se usan las fachadas vistosas), sucumbieron ante la demoledora acción de la mona y el pico. Dieron paso a construcciones con ninguna propuesta estética, edificaciones que afean las preciosas viviendas que las rodean y que albergan negocios que acaban con la paz del sector y desvalorizan las propiedades vecinas. Que, para empeorar el cuadro, muchas veces arrastran a hordas de borrachos estridentes o a vándalos destructores.

Qué decir del pésimo servicio de transporte urbano que prestan buses, busetas, microbuses y colectivos. Las altas velocidades de estos vehículos en las calles de la ciudad, muchas veces en los sectores residenciales, son una verdadera afrenta a la dignidad ciudadana. Son la muerte rauda en las calles de la ciudad, el peligro inminente. El absurdo sistema de control de tiempo de los conductores ha originado cientos de muertes y accidentes sin que las quejas de la ciudadanía indefensa hayan podido crear conciencia para poner fin a este peligro, resultado de la rapacidad de los dueños de las empresas transportadoras. Al parecer, solo la muerte accidental de alguno de ellos o de sus familiares a causa del exceso de velocidad de uno de sus propios vehículos hará reaccionar a los repartidores del terror en las calles de Barranquilla.

A mediados de los años 1980, el problema de la invasión del espacio público no era tan crítico en la ciudad; las calles del Centro permanecían relativamente despejadas. Pero las cosas empezaron a cambiar de manera dramática a mediados de la década de 1990, cuando la difícil situación económica empezó a reflejarse en la pauperización del nivel de vida de los colombianos, quienes literalmente tuvieron que ponerse a hacer lo que fuera para subsistir. Las ventas ambulantes y estacionarias de todo tipo de mercancías fueron el camino que muchos eligieron. Hoy, el centro de Barranquilla es el más invadido del país, lo que representa pérdidas cuantiosas a los propietarios de los almacenes y molestias y accidentes a los transeúntes. El problema tampoco se escapa a los estratos altos, y en ninguna manera se circunscribe a los andenes: hoy los vendedores ambulantes incluso ocupan las calles, poniendo en grave riesgo su vida y la de los peatones. Son comunes los niños lavando los parabrisas de los autos en los semáforos, los mimos, los acróbatas y los vendedores de toda clase de baratijas. Incluso, los vendedores ambulantes y estacionarios del Centro se han organizado en asociaciones con personería jurídica.

Pero el problema del espacio público no se debe únicamente a los vendedores. También invaden el espacio público quienes parquean sus vehículos en los andenes por donde deben transitar las personas, que se ven entonces obligadas a caminar por las calles, poniendo en riesgo su integridad física. Las ferreterías, los talleres de reparación de motocicletas y las licoreras son apenas algunos ejemplos más de negocios que también invaden el espacio público en detrimento de los derechos de los demás.

El problema de la invasión del espacio público es solo otra de las extensiones del problema de la falta de autoridad. Algunos alcaldes han utilizado la fuerza para hacer cumplir la ley, pero lo cierto es que el problema tiene profundas repercusiones sociales que únicamente podrán ser superadas a través de la concertación y de una verdadera voluntad de favorecer los intereses de la ciudad por parte de los vendedores y demás actores de la problemática.

La inseguridad es quizá el problema que más aqueja y preocupa a Barranquilla actualmente, hasta hace unos años un oasis de paz en Colombia. Aunque desde hace décadas eran cotidianos los cadáveres arrojados a la vera de la Circunvalar y otras zonas de la periferia, nunca se había llegado a los extremos actuales. Hoy, fuentes fidedignas confirman que el conflicto entre guerrilleros y paramilitares se libra dentro del propio casco urbano con la consabida ola de asesinatos, muchos de ellos selectivos. Atracos, hurtos a residencias, secuestros, extorsiones y cifras escalofriantes de veinte homicidios en promedio los fines de semana configuran la pavorosa situación de la ciudad, a la cual no estaban acostumbrados los barranquilleros. Los esfuerzos de las autoridades resultan insuficientes para detener esta aterradora realidad; solo a través de una acción conjunta y decidida entre las fuerzas del orden y la propia ciudadanía, será posible la recuperación de la seguridad ciudadana.

Barranquilla tiene que superar, de manera perentoria, su decadente estado con base en el esfuerzo conjunto de autoridades y sociedad civil. La ciudad lo tiene todo para salir adelante: una ubicación estratégica de cara al mar Caribe y al mundo, múltiples ventajas arancelarias, una infraestructura de servicios públicos adecuada, la más grande Zona Franca del país, moderna y eficiente, y organizados parques industriales. Posee, además, un potencial humano valiosísimo que, no obstante, requiere de una pedagogía cívica sostenida y de la inculcación de una cultura del orden y la honestidad para avanzar hacia un mejor futuro.

La gente tiene que tomar conciencia de una vez por todas de que, como afirmara el filósofo Rubén Maldonado en su artículo “Qué entender por Ética”, en el cual se vale del Protágoras de Platón para explicar este difícil concepto, en concreto, ser ético “es la obligación que todos tenemos de forjar el destino de la ciudad en que vivimos”. Es decir, un compromiso ineludible por cuyo cumplimiento recibimos lo que merecemos y la Ética es el recurso mediante el cual nos percatamos de ello. No puede ser que sigamos construyendo un remedo de ciudad (que en últimas es el reflejo de lo que somos nosotros mismos, o lo que merecemos) para nuestros descendientes; una ciudad con la cual nos agredimos día a día. Estamos obligados a enderezar, sin más aplazamientos, a la Barranquilla inicua e indecente que hemos construido, en la que no existe respeto por el prójimo ni se ofrece calidad de vida ni oportunidades de progreso a sus habitantes.

En su Manifiesto del Partido Comunista de 1848, Marx y Engels afirman que el próximo estadio del capitalismo es el imperialismo. Colombia padece directamente, desde la separación de Panamá, promovida por el presidente Theodore Roosevelt en 1903, el yugo del imperialismo de las grandes potencias. Para citar solo un caso: no es un secreto que toda la política macroeconómica del país (así como la de toda América Latina) está regida por las directrices que traza principalmente el Fondo Monetario Internacional (también el Banco Mundial y el Fondo Interamericano de Desarrollo en menor medida). El Fondo incluso ya no es simplemente informado después de tomar alguna medida económica, sino consultado antes de implementar la mínima política interna, como criticara Juan Manuel Santos en su columna del 19 de septiembre en El Tiempo. Para qué mencionar la explotación de nuestros recursos naturales...

Pero el imperialismo también es ejercido desde hace décadas dentro de nuestro propio país por ciertos departamentos y ciudades sobre otras regiones. El famoso “Triángulo de Oro”, conformado por Bogotá, Medellín y Cali, acapara más del 80 % de la riqueza del país y el grueso de la representación en los gobiernos de turno. Regiones como Tolima y los Santanderes hace lustros que no cuentan con un ministro del gabinete. Basta visitar a Bogotá, Medellín o Cali para comprobar que en estas ciudades todos los días se hacen inversiones en obras decisivas para su desarrollo; el progreso se construye de manera constante a través de la capacidad de lobby de sus gobernantes. Es la interminable y recurrente pugna entre federalistas y centralistas con otros actores y circunstancias.

Es por esto, además de la consabida falta de grandeza, que los congresistas costeños no pueden impulsar de manera decidida el desarrollo de la región ni sacar adelante proyectos de amplio impacto social. En su lugar, la Costa Caribe es actualmente la región más pobre y atrasada de Colombia, con los más altos índices de analfabetismo.

Decisiones absurdas y excluyentes del gobierno central so pretextos ridículos, como la decisión de la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales de permitir el ingreso de mercancías provenientes de Panamá sólo por Cartagena por vía marítima y por Bogotá en el caso aéreo para evitar el contrabando, tienen que ser rechazadas de manera enérgica y obligadas a desaparecer de manera perentoria, como en rápida y decidida acción lograran valerosos dirigentes costeños hace pocas semanas en Barranquilla. Es en esos momentos cuando la unidad regional debe estar por encima de cualquier rencilla o interés personal.

El cambio de actitud y mentalidad de nuestros dirigentes y de nuestros conciudadanos no admite más dilaciones. Este es el verdadero cambio que hay que emprender. Solo mediante una verdadera revolución del espíritu nacional se explica el resurgimiento de Alemania y de Japón luego del desastre de la Segunda Guerra Mundial. Ambos resurgieron de sus cenizas para, con base en el trabajo y una nueva mentalidad, llegar a ser las potencias que son hoy.

Mao Tse-tung afirma en sus Cinco tesis filosóficas, oponiendo la dialéctica materialista a la concepción metafísica del mundo, que la contradicción interna es la causa de los grandes cambios sociales:

"El carácter contradictorio interno de una cosa es la causa fundamental de su desarrollo, en tanto que su interconexión y su interacción con otras cosas son causas secundarias... Según la dialéctica materialista, los cambios en la naturaleza son ocasionados principalmente por el desarrollo de las contradicciones internas de ésta, y los cambios en la sociedad se deben principalmente al desarrollo de las contradicciones internas de la sociedad... entre lo viejo y lo nuevo."

Barranquilla tiene que desprenderse de cualquier atavismo retrógrado y mezquino para dar un vuelco radical y dirigirse de una vez por todas hacia el progreso, lo cual sí es posible, a pesar de los escépticos. Ejemplos hay muchos: ahí está, sin ir muy lejos, el asombroso caso de la transformación urbana de Guayaquil, Ecuador (ciudad de condiciones físicas muy parecidas a las de Barranquilla), emprendida por el ex presidente León Febres Cordero y perfeccionada por sus sucesores. O, si se quiere aún más cerca, los casos de Maracaibo y Valencia en Venezuela o de Valledupar. Qué decir de la China, que todavía a mediados del siglo XX era una de las naciones más atrasadas del planeta y hoy está a punto de convertirse en la máxima potencia mundial por encima de los Estados Unidos gracias a su eficiente modelo económico y a la fuerza de trabajo de su descomunal población. O el caso de los llamados Tigres Asiáticos, como Corea del Sur, Malasia, Singapur, Taiwán y Tailandia, que con base en el trabajo, la innovación y el ingenio dejaron de ser simples convidados de piedra para convertirse en verdaderas potencias económicas. Todos estos ejemplos han sido posibles gracias al cambio de mentalidad de sus gentes. Lo demás vendrá por añadidura. Curiosamente, muchos de estos países carecen de las condiciones ambientales y de los recursos naturales con que cuenta Colombia.

En estos momentos de suprema gravedad en que Barranquilla pareciera Orán, la ciudad de La Peste, obra cimera del malogrado filósofo, escritor y periodista francés de origen argelino Albert Camus, donde “el asesinato de un hombre era tan común como el de una mosca”, como oportunamente señalara Horacio Brieva en su estremecedora obra “Retrato de una generación”, no queda sino apelar al último rescoldo de solidaridad humana y de sentido común de nuestros conciudadanos para sacar esta ciudad adelante.

A manera de colofón, y por su dramática vigencia, quiero citar la parte final del kantiano editorial de El Heraldo del 7 de noviembre de 1985, páginas 1A y 3A, aparecido cuando aún retumbaba en la plaza de Bolívar el fragor de las bombas y metrallas de los combatientes en la absurda toma del Palacio de Justicia por el M-19:

Ante semejante reto ningún buen ciudadano puede vacilar. Los funcionarios deben saber cuál es el puesto que les corresponde ocupar. Tienen que ser leales al juramento que prestaron al posesionarse de sus cargos, entre más elevados más exigentes de sus propias responsabilidades históricas. Y los particulares –el hombre de la calle- tienen que formar causa común con quienes defienden las instituciones. Con las fuerzas del orden. Los procesos deliberativos parecen estar mandados a recoger, en estas horas de suprema gravedad nacional. Sobran, desde el Consejo de Ministros hasta los corrillos callejeros. La gente tiene que saber actuar en estricta conformidad con la ley. No es el momento de discursos ni de pataletas. Que cada colombiano sepa cumplir con su deber.

Como afirmara el periodista Manuel De la Rosa para despedir su noticiero la aciaga noche del 17 de septiembre, cuando cayera asesinado de manera miserable y cobarde ese extraordinario ser humano que fuera Alfredo Correa De Andreis, con quien tuve la suerte de trabajar y de captar su singular visión de la vida, solo resta decir: que Dios nos ampare.


Bibliografía

ABELLO, Alberto (2004). Junio 15 de 1893. La puerta al mundo. Revista Semana, edición 1.152. p. 122-124.

BRIEVA, Horacio. Retrato de una generación. Fondo de Publicaciones Universidad del Atlántico. Barranquilla, 2000. p. 223.

CAMUS, Albert. La peste. Gallimard. Paris, 1947.

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