El peligro del aleluyismo

2 de marzo de 2014

Dos hechos serios deben encender aún más las alarmas contra el creciente fanatismo aleluya en nuestra sociedad: el conato de prohibición de los disfraces supuestamente “vulgares” en el carnaval de Barranquilla, y el berrinche de Juan Luis Guerra en plena presentación durante la coronación de la reina del carnaval.

La guapachosa Maqui, ajena la pobre a todo tipo de fanatismo religioso, arrobada seguramente por los ritmos endiablados de Guerra, descendientes directos -por si no lo sabe- de los tambores africanos tocados en ilés y terreiros, los mismos usados originalmente para el afoxé, la santería, los palos o el candomblé, se encaramitó en la tarima para bailar y cantar una de las canciones que desafinaba el dominicano, quien, al percatarse de su presencia, hizo un esfuerzo sobrehumano para terminar la canción en curso -¡al menos se dignó a terminarla!- para luego desaparecer misteriosamente. (Por cierto, no se comportó como normalmente lo haría un macho al que se le pone al lado un bombón como Maqui, sino como a quien se le aparece el diablo encuero… ojo con eso, Juan). Lo buscaron por cielo y tierra durante casi media hora (no pudo ir muy lejos entre tanta gente), y, cuando lo encontraron, colérico y rumiando su frustración porque se le puso al lado la representante de una festividad “pagana” y “mundana” –¡ni más ni menos!-, bastó con recordarle que un incumplimiento de contrato sale caro para que volviera a tarima a interpretar sus canciones demodés…

Es decir, se volvió a cumplir una antigua verdad: la coherencia no es una de las virtudes de los aleluyas, comenzando por Lutero. Solo a causa de la subida a tarima de Maqui es que Guerra se apea de la misma, como si la reina no hubiera estado antes allí, o no se encontrase a pocos metros bailando a su son. ¿Cuál es la diferencia? ¿Dos metros abajo? Pero vayamos más allá: cualquiera que tenga dos dedos de frente pregunta: ¿qué hacía Guerra -un aleluya redomado- cantando en la coronación de la reina del carnaval? ¿No hace parte del carnaval la coronación? ¿O cuando lo contrataron pensó que se iba a presentar en un concierto evangélico? No ha debido siquiera venir a Barranquilla por estos días, es más, no debe venir a Barranquilla, ciudad gobernada hasta sus raíces por el espíritu carnavalero.

Pero para comenzar, que Guerra se haya presentado en la “mundana” algarabía no es de extrañar: a los aleluyas más les puede el dinero que sus supuestos principios, los cuales están siempre prestos a traicionar cuando de plata se trata, o  sea, como está el diablo convertido en dinero, bendito dinero (gracias, Narciso Camacho). “El dinero será el soberano” es una profecía del siglo XI.

Ya de por sí, es una ingente contradicción que Guerra se haya presentado en un evento tan importante del carnaval. Pero para acabar de redondear su patética faena, luego del berrinche de marras, volvió mansito a la tarima cuando lo amenazaron con demandarlo por incumplimiento del contrato. Es sencillamente aterrador lo que los aleluyas pueden hacer por dinero: hasta una buena acción, como cantar en la coronación de la reina del carnaval de Barranquilla.

El tema va adquiriendo ribetes cada vez más preocupantes: a este paso, poco faltará para que los aleluyas se organicen para pedir la prohibición del carnaval (su máximo sueño), de hecho, ya es tradicional que días antes de empezar la fiesta, celebren, en varios puntos de la ciudad, una serie de exorcismos fanáticos y ridículos para contrarrestar el supuesto influjo “satánico” del carnaval.

Profundizo mi campanazo de alerta porque solamente de un aleluya pudo venir la “iniciativa” de “prohibir” los disfraces “vulgares” en el carnaval. Ojo, alcaldesa, que no le esté hablando al oído un aleluya… sería el acabose para Barranquilla. ¿Se imagina usted una ciudad de habitantes creyendo que en todo está presente lo “satánico”, confundiendo cultura con paganismo, y creyendo en la influencia de dioses mitológicos que nunca existieron como Baco, Caos o la Noche? ¡Qué lógica más bastarda! Menos mal usted misma enmendó el que habría sido el desaguisado más grande y el ridículo más ignominioso en la historia de Barranquilla per secula seculorum.

Ya es hora de que la cuestión aleluya se tome realmente en serio. El caso Piraquive-MIRA es apenas la punta del iceberg. Durante mucho tiempo, a esos seres desvergonzados, extraviados, atormentados e hipócritas que ahora se autodenominan “cristianos” -como si los católicos y los ortodoxos no lo fueran- no se les dio importancia y tan solo fueron objeto de burla, pero hechos aterradores como su sistemático lavado de cerebros y su descarada manipulación con el único y asqueroso fin de sacarles plata a personas desesperadas, confundidas e ignorantes, así como los casos puntuales y locales del desliz de Guerra, o la intentona de “prohibir” los disfraces “vulgares” en el carnaval, o la proliferación de sectas pseudoevangélicas en todo tipo de garajes, todo producto de su tremenda ignorancia, confusión y fanatismo de doble moral, ameritan que la sociedad cuerda, entera, tome cartas en el asunto y empiece a ponerles paro perentoriamente.

Ya incluso se empieza a desdibujar una de las características fundamentales de nuestra sociedad: la separación del Estado y la Iglesia con i mayúscula. Y digo Iglesia porque se trataba de la Iglesia Católica –la Iglesia por antonomasia-, no de las sectas advenedizas que hoy por hoy tanto nos preocupan y que no son sino la distorsión total de la religión, escudándose impúdicamente en el argumento de la libertad religiosa consagrada en las constituciones de casi todas las naciones “modernas”.

En virtud de esa libertad, una exfiscal invocaba al profeta Isaías ante el Congreso, hay poderosos partidos políticos como el tal MIRA (investigado hasta por narcotráfico y lavado de activos), concejales dizque evangélicos, etcétera, todos tratando de imponer sus pseudocreencias religiosas, sociales y económicas al Estado. Para no mencionar una influencia quizá más poderosa y peligrosa: la conformación de enormes bloques y conglomerados económicos por parte de aleluyas pesados en Colombia, como lo analizó la revista Dinero en el completo estudio “Negocios divinos”. Las sectas pseudoevangélicas y sus tentáculos me producen la peor repugnancia, pues no son sino gigantescas pirámides de la más baja calaña que basan su maquinar en la manipulación de la mente de gente desesperada, muchos de ellos jóvenes y niños. Y ya lo dijo Camus en Calígula:

Quereas:

No, Escipión, él te ha desesperado. Y desesperar a un alma joven es un crimen que sobrepasa a todos los que ha cometido [Calígula] hasta ahora. Te juro que eso bastaría para que lo mate con arrebato.

Que el Estado liberal se vuelve contra sí mismo, que le salió el tiro por la culata, es algo incontrovertible que está diariamente a la vista de todo el mundo. Terminará haciéndose el harakiri y derrumbándose estrepitosamente; será entonces cuando, finalmente, la humanidad volverá a la escolástica, como lo anunció Naphta a Settembrini, Hans Castorp y Joachim Ziemssen en La montaña mágica, lo cual remató con estas inquietantes palabras: “[este tiempo] Lo que necesita, lo que pide, lo que tendrá, es terror”.


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