En la muerte de Ernesto McCausland

29 de noviembre de 2012

 

Pocas veces la muerte de una persona causa un pesar tan generalizado y genuino como la de Ernesto McCausland. Su deceso, hondamente lamentado a nivel nacional, se palpa incluso entre gente que ni siquiera lo trató personalmente, pero que casi lo consideraba parte de la familia gracias a su diaria presencia en los medios de comunicación, a su don de gentes y a su carácter afable.

Ya es casi una perogrullada alabar las cualidades periodísticas de Ernesto, así que más bien quisiera hacerle un homenaje a su sensibilidad humana y a la suavidad de su manera de ser, ésta quizá alimentada por la cercanía que desde muy joven mantuvo con la muerte. Ver a la muerte más de cerca que el común de la gente debe ser un sufrimiento, y como decía Pedro Camacho, el pintoresco escriba boliviano de La tía Julia y el escribidor, el sufrimiento educa. Pero no, Ernesto McCausland era un tipo que se ve que en sus genes tenía esa nobleza de carácter que transmitía.

Obviedad también sería mencionar el amor de Ernesto por lo costeño. Sus sorprendentes crónicas, que animaron por años los hogares de la Costa, principalmente a través del injustamente vilipendiado Telecaribe y de El Heraldo, reivindicaron y le dieron realce al alma de una región y a unos habitantes menospreciados y olvidados incluso por sus propios paisanos. Creo que la mejor muestra de esto es la extraordinaria crónica sobre ese personaje estrambótico y de compleja psicología que fue la niña Emilia, donde Ernesto, en una fina y sencilla faena periodística, logra un retrato sumamente elocuente de esos personajes sui géneris de la campiña costeña y, en general, del Caribe hispano. Estoy seguro de que muchos costeños menospreciaban a la niña Emilia y su música, y seguramente cambiaron el canal cuando en 1989 se transmitió la entrevista. Hoy, ese trabajo me parece de un valor incalculable para comprender la esencia de nuestra gente.

Paz en la tumba de Ernesto McCausland. Definitivamente lo que más duele es el sufrimiento indecible que padeció durante sus últimos tres años, el carácter artero de su enfermedad, y lo breve del tiempo que nos acompañó: contaba apenas con cincuenta y un años. Va a hacer muchísima falta a una región que más que retórica política necesita mirarse sin complejos al espejo, reencontrarse consigo misma, y serenamente reconocerse tal cual es para sacar provecho de sus potencialidades.


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