¿Barranquilla andina y rioplatense?

Por José David Villalobos Robles - 31 de marzo de 2013

El polémico, sincero y muy barranquillero periodista José Marenco se lamenta, como pocos entre los que también me incluyo, de cómo se ha acabado aquella Barranquilla caribeña que, según he podido establecer, tuvo su apogeo entre los años 1940 y 1980. Y digo apogeo porque Barranquilla siempre ha sido una ciudad caribeña desde sus orígenes, solo que entre esas décadas los ritmos de las Antillas españolas acapararon los gustos musicales del barranquillero. Coincidió esa edad de oro de la Barranquilla caribeña con la mayor popularidad del béisbol y el boxeo, pareja de deportes que constituye uno de los sellos distintivos del caribeño, si bien el boxeo es también muy popular en países latinoamericanos nada caribeños como México y Argentina. Sin embargo, no se pierda de vista que a principios del siglo XX lo que se escuchaba y bailaba en Barranquilla eran los muy andinos bambuco y pasillo, y ni el boxeo, ni el béisbol, ni ningún deporte, ni los ritmos del Caribe español se habían afianzado en nuestro medio. Incluso, hasta los años 1930 el rey en Barranquilla era el aire rioplatense por antonomasia: el tango. Pero Marenco Pardo va más allá y puntualiza: según él, Barranquilla se andinizó y rioplatizó. Claro: si denuncia que Barranquilla ya no es caribeña, tenía por lógica que señalar en qué se ha convertido. En todo caso, creo que exagera y cae en el craso error de generalizar: no se pueden tomar ciertos gustos musicales y deportivos actuales para decir que Barranquilla se andinizó y rioplatizó en todos sus aspectos: "Añoro a mi Barranquilla caribeña. Gran diferencia con la andina y rioplatense de hoy", trinó.


Aunque desde hace años noto que la gente ha adquirido un cierto cantadito cachaco, sobre todo las personas “cultas” y “estudiadas”, que ya mucha gente joven ha incorporado, al parecer de manera que les brota natural, algunos modismos cachacales como “parce”, "pailas", “tan divino”, "qué peca'o", etcétera, y que hasta los años 1980 era impensable la cantidad de empresas, actores, cantantes y hasta grupos folclóricos cachacos que hoy han invadido los desfiles de nuestro carnaval, la manera de ser, de asumir la vida, del barranquillero es absoluta e innegablemente caribeña. Algo que quizá está implícito en el lamento de Marenco, y que es realmente deplorable, es que hoy, en casi todos los restaurantes de comida popular de Barranquilla, se ofrece el ajiaco bogotano, que si bien es sabroso, no es para que haya desplazado a nuestros sancochos de pescado, de rabo, de mondongo o de guandul.


Al mismo tiempo, Marenco Pardo se lamenta de la vallenatización del  Festival de Orquestas, y culpa directamente al empresario Enrique Chapman, que me imagino que no es el único. Solamente tengo que decir al respecto que el vallenato es tan caribeño como el son cubano, y que al menos es de la Costa. Es más, en los años 1980 al nombre del festival se le añadió "y de Acordeones" (Festival de Orquestas y de Acordeones), irritante apéndice que se le quitó recientemente. Lo que sucede es que el vallenato no es de la generación “caribeña” de Barranquilla y por eso a muchos les cuesta asimilarlo como un ritmo arraigado en la ciudad. Lo realmente deplorable de la vallenatización de Barranquilla es que lo que se escucha son vallenatos llorones y de temáticas estúpidas, remedos de aquellos vallenatos genuinos de los juglares, los Zuleta, Diomedes Díaz o Jorge Oñate, entre otros pocos. Innegable también es que los ritmos cobijados bajo la denominación "salsa" se acabaron, y que ya ni el merengue dominicano saca nada, eso ha sido el caldo de cultivo para el auge del vallenato (para no mencionar el tal reggaetón y la champeta), que cada vez produce más y más cantantuchos y cancioncillas pusilánimes.

 

Como prueba de la supuesta Barranquilla rioplatense, Marenco señala las ridículas y faltas de identidad barritas bravas (más bien hordas de desadaptados y resentidos) a la argentina que surgieron entre la afición del Junior, con sus nada originales cantos de guerra, pronunciados a lo porteño, fenómeno que no es exclusivo de Barranquilla ni de Colombia, pues se da en otros países de la región también, conozco el caso particular de Perú.


Que hoy solo se hable de fútbol en Barranquilla, aunque triste también, no puede tomarse como muestra de lo andina y rioplatense que se ha vuelto la ciudad: simplemente hay que reconocer que la máquinaria del fútbol nacional devoró (o dejamos que devorara) el ambiente plurideportivo (béisbol, baloncesto, boxeo, atletismo, tenis y por supuesto fútbol, entre otros) de la Barranquilla hasta la década de 1980. Incluso en los años 1990 se vivió cierto fervor por el baloncesto con aquel equipo de Caimanes, varias veces campeón del rentado nacional, del cual ya no queda ni el recuerdo. No olvidemos tampoco que Barranquilla es la cuna del fútbol en Colombia y que el embrión del Junior se fundó en 1924, harto antes de la época caribeña de la ciudad.


Decir que fútbol es sinónimo de rioplatense es peligroso, pues ni en Argentina el fútbol lo es todo: allá viven ¡y de qué manera! el boxeo, el rugby, el voleibol, el automovilismo, y el baloncesto, ni se diga.


Las cosas, las personas, las ciudades cambian. Sin embargo, lo que más me duele de la actual Barranquilla es que se ha llenado de aleluyas, evangélicos y sectas pseudoprotestantes repletas de fanáticos de todos los pelambres. Prefiero mil millones de veces que se escuche vallenato en buses, taxis, plazas y calles a lo que en realidad se está escuchando, y a todo timbal: las sonsas y fanáticas canciones aleluyas. Pero también pasarán, solo se trata de una euforia pasajera.


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