En Barranquilla no me quedo

Por José David Villalobos Robles - 21 de marzo de 2011


ADVERTENCIA

No lea esto. No siga. En serio: únicamente escribo para mí, no tengo ninguna aspiración de que absolutamente nadie comparta lo que escribo, ni siquiera que lo lea. Pero si por esas cosas del destino ha llegado usted hasta aquí, y si cree que usted es optimista, considere seriamente no seguir leyendo, porque este es un escrito muy pesimista. Y si usted es pesimista, tampoco lo lea: esto es tan pesimista que como usted tenga tendencias depresivas de pronto se suicida.

He decidido irme de Barranquilla para no volver. ¿Cuándo? No lo sé; eso es cuestión de tiempo y dinero. Mientras tanto, mi mente y mi espíritu ya no estarán en esta ciudad. Su horrible realidad, el aterrador monstruo en que se convirtió después de décadas de degeneración y pillaje, y la decepción total y creciente que experimento por la asfixiante incultura ciudadana cada vez mayor, la desconsideración y la impasividad de mis conciudadanos, se me volvieron insoportables.

La oscura realidad no solo de Barranquilla, sino de Colombia, me han hecho perder la esperanza y la fe en esta ciudad. Respondiendo a la pregunta de la revista Semana cuando cumplió 25 años en 2007, “¿En qué dejó de creer en estos 25 años?”, digo, como varios lo hicieron: Dejé de creer en Barranquilla y en Colombia. Al actual presidente del Senado, Armando Benedetti, un tipo que poco a poco me ha ido convenciendo de que tiene algo interesante en el caletre, lo vi en televisión, tal vez en un noticiero, hace como un año o tal vez menos, en uno de esos momentos estelares en la vida de una persona que uno captura, muy de vez en cuando, casi que al azar mientras pasa desprevenidamente el canal, que Colombia era un país inviable, sin futuro. El incomprensible y abrumador respaldo de mis compatriotas a los nefastos gobiernos de Álvaro Uribe, la aplastante victoria de su sucesor, y la posterior aparición de este con sus contradictores –entre ellos el candidato de la izquierda- con sonrisas de oreja a oreja después de su elección, fueron la gota que rebosó la copa.

En el plano local, un solo candidato a la alcaldía tras una perversa administración del ya tristemente célebre Guillermo Hoenigsberg me generó por supuesto cierto escepticismo. Tras unos primeros meses nulos en resultados y pletóricos en bombos y platillos sobre un supuesto saneamiento fiscal cuyas cifras nunca se han dado a conocer, se dio paso a una lluvia de obras que cumplen con las mismas exigencias técnicas de siempre, como una predestinación fatal: puentes enanos y sin orejas, glorietas que no tienen el diámetro mínimo, los mismos anchos de las calles, y cero estética y ornato público. Todo en cabeza de un alcalde que supuestamente no tiene necesidad de robar por cuenta de su enorme y heredada fortuna, que es ingeniero civil y dueño de una poderosa constructora... Primer resultado de estas experiencias electorales: no vuelvo a votar por nadie, a lo sumo lo haré en blanco o sin marcar, decisión que se venía gestando en mí desde hace muchos años.

Nicolás Renowitzy es un tipo en Barranquilla al que leo y sigo hace muchos años a través de su columna en El Heraldo. A través de ella se percibe a alguien que piensa en grande, de elevados ideales, estructurado, honesto e inteligente, casi brillante. Sin embargo, cuando por fin le dieron la alternativa, para usar el lenguaje del toreo, le quedó grande la Empresa de Desarrollo Urbano e, inexplicablemente, no pudo darle a Barranquilla el vuelco que necesitaba a pesar de que anunció una catarata de proyectos e iniciativas nunca cristalizadas que hoy son objeto de burla y decepción en Internet. Lo peor de su gerencia fue el espantoso paseo de Bolívar, la más importante avenida de Barranquilla, transformada hoy en un albergue y hogar de paso de facto de indigentes, drogadictos y delincuentes gracias al desatinado diseño de su bulevar entre las carreras Veinte de Julio y Cuartel. La parte norte del edificio de la Caja Agraria, felizmente demolida durante la administración Hoenigsberg, a causa de un aún más arrevesado diseño, es, desde que se terminó, un parqueadero y sitio de paseo de vacas... El paso de Renowitzky por la Secretaría de Planeación durante la administración Hoenigsberg también fue discreta, él mismo se ufana de haber incorporado al Plan de ordenamiento Territorial que en cualquier predio de la ciudad se puedan construir parqueaderos...

En Barranquilla los arquitectos, constructores y urbanistas actuales sencillamente no sirven, comenzando por el actual alcalde, que como ya dije, es ingeniero civil y constructor. ¿No es una contradicción verdaderamente particular que teniendo Barranquilla de alcalde a un ingeniero civil y constructor se hayan cometido durante su mandato varios pavorosos crímenes urbanísticos como los puentes de la 38 con Circunvalar, del Bolívar y de Olaya con Felicidad, o la rotonda en honor de su propia madre? Soluciones y características técnicas que hasta un simple bachiller recomendaría, pues las impone el sentido común, son enigmas inextricables para nuestros entendidos en construcción, obras civiles y urbanismo. Por su falta de idoneidad, si se le puede decir así, Barranquilla posee, sin duda, la mayor cantidad de adefesios urbanísticos por lo menos de Colombia, la bandera de los cuales la lleva la avenida Olaya Herrera a la altura de la calle 74. Señor arquitecto, urbanista o constructor que diseñó el cierre de tan importante vía: ¿usted no se dio cuenta de que estaba taponando la carrera 46, la misma que se convierte en la autopista Paralela al Mar que conduce a Cartagena? Francamente: ¿en qué andaba pensando? Barranquilla ha esperado fervientemente una explicación que debe ser interesantísima, pero como se volvió costumbre en nuestro medio, los responsables guardaron un irritante y descarado silencio de ostra. Ya es hora de que en Barranquilla se divulguen por los medios de comunicación los nombres de los expertos en urbanismo, ingenieros civiles, arquitectos y constructores que diseñan semejantes mamarrachos y se embolsillan cuantiosas sumas de dinero sin que paguen un solo peso para responder. Pero para colmo de males, en este caso de Olaya Herrera el remedio fue peor que la enfermedad: se cambió al gerente de Transmetro -finalmente siempre hay que volarle la cabeza a alguien-, se convocó, como es debido, a los expertos –palabra de la que se ha abusado en nuestro medio y que casi siempre se usa mal- en urbanismo, arquitectura, planeación, etcétera, y se obtuvo la solución a la involuntaria (hay que presumir buena fe) clausura de Olaya: se amplió unos cuantos metros la carrera 46B (no se volvió a abrir Olaya), habilitando a manera de estrecho sendero una especie de carril -sin separador de por medio- en sentido occidente-oriente para suplir el mismo antiguo sentido de Olaya Herrera. El hombre del común, el desempleado, el taxista, cualquiera se da cuenta de que esa no es ninguna solución, sino una obra mezquina con Barranquilla, algo que insulta y decepciona al ciudadano, lo cual fue manifestado por la gente en los distintos medios de comunicación, a lo que el nuevo gerente de Transmetro, con su cara de estudiante aplicado (o de muchacho que hace bien el mandado), replicó, como verdad incontrovertible, que esa era la solución que se ajustaba a las necesidades de la ciudad, obtenida luego de los profundos estudios de los expertos en la materia. Por los clavos de Cristo, ¿se imaginan que la solución no hubiera estado en manos de los expertos?

El sistema masivo de transporte, Transmetro, el cual juré no usar nunca, es la más grande estafa en la historia de Barranquilla. Veinte años -léase bien: v-e-i-n-t-e a-ñ-o-s, es decir, un quinto de siglo, no uno, ni dos, ni tres años- antes de surgir la idea de Transmetro, la Misión Japonesa de JICA conceptuó que Barranquilla requería un monorriel (un metro como el de Medellín) por la Murillo. Un cuarto de siglo después, los expertos de turno nos metieron un servicio de buses grandes que transitan por un solo carril como la solución de transporte masivo que Barranquilla requiere... con el doble de la población de 1985. ¿Se había visto  una idiotez igual? Y estos señores quieren que nos traguemos semejante caca... Pasaron siete largos años desde que el alcalde Caiaffa anunciara que el sistema entraría en servicio antes de finalizar su mandato (es decir, en 2003), para que finalmente rodara el primer bus en 2010; hoy, las consecuencias de la no-planeación, de la estiptiquez conceptual dan escalofríos: el sistema no es viable económicamente, no es autosostenible... mientras tanto, la totalidad de los buses no ha podido ponerse al servicio pues no se han chatarrizado los antiguos buses del servicio público, y algunas rutas que ya debían haber salido de servicio todavía siguen prestándolo precisamente por donde Transmetro debe reemplazarlas. Se habla de que para Transmetro se presupuestaron originalmente trescientos mil millones de pesos que terminaron siendo ochocientos mil, sin duda uno de los desfalcos más grandes en la historia de Barranquilla.


Barranquilla es esa ciudad donde, como Transmetro, las obras ya están dañadas desde antes de inaugurarse o se inauguran sin terminarse, como el estadio Roberto Meléndez, la Catedral, la piscina olímpicao el propio Transmetro.


Curramba, donde los conductores parquean descaradamente en cualquier calle, quitándole espacio a los demás carros, los cuales tienen que invadir el carril contrario para poder avanzar, exponiéndose a un accidente.


La misma Barranquilla donde la gente pone música a todo volumen y a cualquier hora sin importarles los vecinos, los mismos que no pueden reclamar sin exponerse a por lo menos una agresión verbal, pues es que el tipo hace en su casa lo que se le viene en gana.


La misma Barranquilla que no se da cuenta de la ridiculez de su pobre carnaval, ese durante el cual he visto a muchos extranjeros y nacionales “pisarse” espantados para no volver más ante lo patético del espectáculo, ese que pretenden vender como el mejor y más “autóctono” del mundo, ese donde los danzantes caminan, no bailan, exhaustos por el larguísimo trayecto que deben recorrer a más de cuarenta grados de temperatura a pleno sol bailando, a pleno sol cantando, con una humedad altísima, y en el sector menos adecuado de la ciudad, el mismo que sirve muy poco de marco para el espectáculo por la precariedad y lo inadecuado de la zona, la fiesta donde la gente se conformó con asentar sus posaderas en unos palcos tercermundistas de madera o, en el mejor de los casos, de metal.


La ciudad que se regodea en la corronchería; la del quítate tú pa' ponerme yo; la de los bobales de Cepeda Samudio, la de -parafraseando a Daniel Samper con ocasión de su reyerta vallenata con Armando Benedetti-, los que se quedaron creyendo que son los más inteligentes, preparados y que se las saben todas, y cuando vinieron a ver, con las bocotas abiertas, se encontraron con los servicios públicos paralizados, el erario público esquilmado y las obras públicas desdibujadas; la de calles de mínimos anchos, tan agujereadas que hacen de las suspensiones de los autos las más sufridas del mundo; la que no ve más allá del Buenavista, la ciudad sin parques, fuentes, plazas, zonas verdes, escenarios deportivos, avenidas, puentes, zonas peatonales, soluciones viales, ciclovías o mucho menos bibliotecas, pero en la cual abundan las cantinas, los lupanares, los casinos y las ollas de droga; la “metrópolis” en la que miles de niños todavía no van a estudiar todos los días como en cualquier ciudad del mundo civilizado, donde los escasísimos museos se ven obligados a cerrar por falta de apoyo estatal, donde el ornato y la estética públicos sencillamente no se conocen, donde las clínicas prestan pésimos servicios de atención médica básica al punto de que la gente se muere dando el tristemente célebre paseo millonario de clínica en clínica implorando atención, donde vandalizan las estatuas, donde se roban el mobiliario público, donde escondían a secuestrados en el cuarto de máquinas de la antigua fuente de su principal avenida, la cual servía de sanitario público, donde había un prostíbulo y una venta clandestina de armas en su principal y primigenia plaza, donde cada vez que llueve sus calles se convierten en mortales torrentes (mal llamados arroyos) que los desadaptados aprovechan para que se lleven sus basuras arrojándoselas, donde el espacio público no existe porque es usurpado por un puñado de personas bajo la excusa del derecho al trabajo, o sea, donde la mayoría tiene que sufrir la carga de unos pocos sin derecho a chistar, donde caminar por las calles del centro es el antónimo de la la convivencia ciudadana y de la urbanidad, donde mototaxistas, bicitaxistas y tricitaxistas hicieron que el transporte público ya no pueda definirse como tal, donde los vendedores vociferan sus productos con megáfonos, donde las vacas todavía pasean por su principal avenida, donde la gente orina y hasta defeca en cualquier lugar público -calles, avenidas, lotes, estadios, casas abandonadas, etc.- a plena luz del día, en la que las balas perdidas surcan asesinas los aires liquidando a quien tenga la desgracia de recibirlas sin que se descubra -mucho menos castigue- nunca al culpable, seguramente un borracho o drogadicto endiablado; donde cada dos cuadras hay una pila de escombros frente a una casa, donde las aguas negras discurren por sectores enormes, la urbe donde la arquitectura se estancó hace más de veinticinco años, donde cualquier día a una casa residencial le ponen al lado una estridente discoteca, o una igualmente estridente y abominable iglesia aleluya, o una ferretería (que no tardará de repletar todo el entorno de pilas de arena, bloques o sacos de cemento), o una casa de lenocinio -todo amparado por la ley-, donde la más tranquila calle residencial cualquier día amanece con que por ella va a pasar una nueva y ruidosa línea de buses asesinos, donde las grandes obras de infraestructura nunca han existido a excepción del mal diseñado puente Pumarejo, donde los diseños de las obras públicas no se conocen sino cuando los adefesios ya están listos y nadie responde por ellos, la de los puentes enanos y sin orejas, donde usan feísimos materiales de segunda categoría -como el espantoso y de mal gusto bloque abusardado- en sus grandes obras públicas (como en el bulevar del paseo de Bolívar), donde sus caños nos son más que mefíticas cloacas a cielo abierto, en los que las aguas no fluyen de tanta inmundicia que les arrojan, la de los contratos exóticos, donde los conductores no tienen ningún reparo en pitar estruendosamente a cualquier hora del día, donde los buses son transportadores de la muerte a altísimas e inimaginables velocidades, donde los delincuentes e indigentes anidan en la mismísima puerta del edificio de la Alcaldía, la ciudad donde el 86% de sus habitantes vive en la pobreza, la ciudad del irrespeto y la desconsideración, una aglomeración urbana donde abundan los borrachos y drogadictos, un polvero donde la delincuencia se ha tomado todos los sectores y estamentos, donde la indiferencia de sus habitantes es aterradora, pero aún más condenable, donde nadie protesta, donde campea y se enseñoreó, en una palabra, la impiedad; la misma ciudad que, en el súmmum de la locura, se ha creído el cuento de que es el mejor vividero del mundo.

A estas alturas, los pocos que están leyendo imagino que me deben estar queriendo decir, como ya se ha vuelto costumbre en nuestro medio: “¿Y tú qué tanto hablas? ¿Qué haces tú por Barranquilla? ¿Qué haces tú para que las cosas cambien?” “Qué tipo tan pesimista, de verdad tenías razón en advertir que no siguieran leyendo” o el ya ancestral “¡Cógela suave!” Un réquiem por Barranquilla.


Hace algún tiempo reflexionaba que ya con Internet, Google Earth, tantos foros de discusión, etcétera, sencillamente no hay razón para no hacer las cosas bien en materia urbanística. No es sino buscar cualquier ciudad avanzada en Google Images o ingresar virtualmente a una en Google Earth para darse cuenta de cómo hacen las cosas en otras partes. ¿Es que no se les ocurre eso tan sencillo a nuestros "expertos"? Para no mencionar que se pueden inventar un viaje a, digamos, Monterrey, Maracaibo o, como ya hicieron, a Guayaquil para ver cómo hacen las cosas allá, suscribir acuerdos de colaboración, ¡tantas cosas!


Las cosas están mal en Barranquilla. Hace unos años, cuando no existía Internet y el único punto de comparación con otras ciudades de América Latina o del mundo eran los datos del Almanaque Mundial, las enciclopedias o las impresiones nada fiables de los pocos que tenían el privilegio de viajar, Barranquilla asomaba en el contexto mundial como una ciudad tercermundista en vías de desarrollo, pero muy por encima en población, extensión y desarrollo de ciudades como Maracaibo, Valencia, Barquisimeto o Maracay en Venezuela; de todas las ciudades ecuatorianas a excepción de Quito; de todas las chilenas excepto Santiago; de todas las bolivianas a excepción de La Paz, e incluso parecía más ciudad que las urbes intermedias argentinas, brasileñas y mexicanas, para no hablar de las ciudades uruguayas, paraguayas, centroamericanas o antillanas a excepción de sus capitales. Pero el satélite de Google Earth no miente: la extensión de Barranquilla sencillamente no puede compararse con las de Maracaibo, Guayaquil, Valencia, Santa Cruz de la Sierra, San Pedro Sula, Concepción, Barquisimeto, Medellín, Mendoza, Rosario, Córdoba, Cali, Valparaíso o Arequipa, para no hablar de las ciudades intermedias mexicanas o brasileñas. Y ya Cartagena y Bucaramanga nos respiran en la nuca o superan. Ciudades en las que se ve el civismo, el respeto por el espacio público y por el patrimonio arquitectónico. En cuanto a población, ni siquiera la desbandada de los refugiados del interior del país y otros puntos de la Costa nos pone a la altura de esas ciudades, qué se dejará para la economía: PIB, ingreso per cápita, número de empresas, entre otros indicadores. En materia de obras, infraestructura y calidad de vida estamos muy lejos de esas urbes, en las cuales, recalco, prima el respeto al ciudadano y cuentan con adecuadas infraestructuras viales, sistemas de transporte masivo, espacios públicos y demás comodidades de las ciudades modernas, conscientes de su presente y de lo que les van a dejar a sus descendientes. Francamente preocupa que los hijos de uno se críen en Barranquilla. ¿Con qué se van a encontrar? Con una ciudad como la que describí arriba (no hace falta repetirlo), de quinta categoría, número uno en nada bueno sino en abuso, delito y desconsideración al ciudadano, una ciudad cada vez más irrespetuosa, peligrosa, borracha, drogadicta, asesina, criminal y atrasada.


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