Volver a Bogotá

18 de julio de 2015

Una mezcla de impresiones encontradas me ha producido mi reciente visita a Bogotá los días 5, 6 y 7 de julio.


He de comenzar por expresar la terrible decepción que me ha producido la peatonalizada carrera Séptima -mi calle bogotana preferida-, la del septimazo, tradicional paseo supérstite de la Santafé de antaño que terminaba en Chapinero, la de tanta historia, la de emblemáticos edificios, esa que ha sido testigo de los sucesos más trascendentales no solo de Bogotá, sino de Colombia, convertida en una inmensa pista de drogadictos y artistuchos de quinta categoría, y totalmente repletos los edificios que la flanquean del mal que también he denunciado para el caso de Barranquilla: esos atroces mamarrachos llamados grafitis. Esa plaga llamada grafiteros no respeta nada, hasta han pintarrajeado (por fuera) la histórica iglesia de San Francisco. Desgraciados. Para rematar, la Séptima ha sido invadida (o han permitido que sea invadida) por dementes, vagabundos y vendedores ambulantes de todo tipo de baratijas y alimentos de dudosa higiene. En pocas palabras, la Séptima es hoy un manicomio a cielo abierto.


Por supuesto, no faltan quienes consideran arte los espeluznantes grafitis y las monstruosidades que vomitan los “músicos” de la Séptima. Su noción de arte dice de ellos muchas cosas... no muy buenas.


No estoy en contra de la peatonalización de la Séptima, todo lo contrario, era algo que se requería hace muchos años, y que ojalá algún día copien en el paseo de Bolívar de Barranquilla. Estoy en contra de la invasión del nuevo espacio público. Y es que, como he venido martillando desde hace tiempo, en nombre de la libertad se cometen todo tipo de atropellos, como este de la tugurización de la Séptima, que no fue otro el resultado de peatonalizarla. Duele ver que se volvió intransitable, irrespirable, peligrosa, loca, drogadicta, agresiva, sucia, en una palabra, “libre”. De contera, una franja la destinaron para ciclovía, y como uno no ande “pilas”, se lo lleva un loco trabado en bicicleta.


Qué diferencia con la autopista El Dorado y sus alrededores, cada día más espectacular con sus modernos edificios empresariales y con la también moderna y muy organizada troncal de Transmilenio. Lástima que esa preciosa avenida solo sea para contemplarla, que es totalmente inasible, impersonal, como casi toda Bogotá... siendo el máximo exponente de esa impersonalidad el nuevo aeropuerto Eldorado, ese enorme cajón sin vida, sin feeling, sin swing. Puede ser muy moderno y grandote, pero no se compara con esa primorosa obra de arquitectura e ingeniería civil que es el Ernesto Cortissoz, nuestro bellísimo y acogedor aeropuerto, treinta años más viejo que Eldorado.


En un video que está en Youtube, García Márquez sostiene que la ciudad más extraña que conoció en su vida fue Bogotá, y recordaba con peculiar interés que cuando la conoció en los años 1940, todo el mundo vestía de negro. Pues bien, los tiempos poco han cambiado, el negro sigue siendo el color predominante -sin discusión- en los ropajes de los bogotanos, lo que les da un aire elegantísimo y sobrio. Da gusto ver el contraste de las pálidas pieles de las cachacas con la intensidad del negro de sus cabellos y de sus vestimentas. Por cierto, casi todas lucen sus estilizadas figuras con chaqueta, leggings (en los 80 les decían “chicles”) y botas. Obviamente, no falta el que vaya ataviado con colores... vivos. De su gente, me sigue llamando poderosamente la atención la cantidad de viejos “coletos” que se ven en Bogotá, pues esos personajes poco o nada se ven en Barranquilla. Gente de más de sesenta años, de largas melenas canosas, con pintas estrafalarias y en su “viaje”.


Con algo de envidia he de decir que es admirable que en una ciudad con tanta gente de todas las calañas como Bogotá sí cuiden las cosas, pues quiere decir que también es posible en una ciudad más pequeña y menos poblada, como Barranquilla. Con “las cosas” quiero decir sitios históricos, parques, andenes, calles… todo lo que en Barranquilla destruyen sin compasión los trogloditas que tenemos como conciudadanos. Impertérritas están iglesias como la de San Diego, la de las Nieves, la de San Francisco (excepto por los grafitis sobre la pared que da a la Séptima) o la de la Tercera. Idénticos, el Eje Ambiental, la Jiménez y el sector cultural de la biblioteca Luis Ángel Arango. No había visitado el Museo del Oro después de su remodelación, en esencia es el mismo que conocí hace casi veinte años, siempre una tacita de plata.


Lástima, sin embargo, que el ajiaco de Hips -restaurante del tradicional sector de los barrios Las Aguas y Germania- ya no sea tan sabroso como antes. Y verdaderamente lamentable que ya no se consigan las brevas. En los años 80, cuando alguien venía de Bogotá, indefectiblemente traía brevas con arequipe para repartir a familiares y amigos. Sencillo y delicioso postre empacado artesanalmente en cajitas de madera, nada que ver con las brevas de dudoso sabor y mezquino arequipe que tuve que comprar en un supermercado.


Casi con indignación, pude constatar que Bogotá es una ciudad más barata que Barranquilla. Está bien que supuestamente estemos en pleno auge, pero me resulta inconcebible que Barranquilla sea más cara que una de las ciudades más importantes de América Latina (y también una de las menos conocidas): aquí los buses son más caros que en Bogotá, los taxis (nadie me ha podido explicar nunca por qué en Barranquilla las carreras son mucho más costosas), los servicios públicos, ni se diga, los restaurantes también, hasta las entradas a los museos son más económicas en Bogotá (la entrada al Museo del Oro cuesta apenas tres mil devaluados pesos, sorprendente); en fin, todo es más asequible en Bogotá. Aclaro: me indigna, no me asombra, pues padezco a diario los abusos que en materia de costo de vida se dan en Barranquilla. Cuidado nos pasa como a Cartagena, que ya no solo tiene fama de cara, sino de estafadora, y la gente se está yendo de turismo al exterior porque sale más barato que ir a la bellísima ciudad de las murallas. Qué lástima.


En los últimos seis meses he estado tres veces en Bogotá, y en ninguna de esas ocasiones la he encontrado ni insegura, ni sucia, ni caótica, como quieren imponer los medios de comunicación. Ni siquiera me he topado con un trancón como los que se presentan en la actual Barranquilla; el flujo a veces es un poco lento, pero en términos generales no he visto ni medio trancón. Excelente el servicio de Transmilenio, y en general el transporte público. ¿Le habrán hecho mala prensa a Petro? Por lo que he visto en estos seis meses, parece que sí.


El que sí me decepcionó totalmente fue el nuevo edificio más alto de Colombia, el BD Bacatá: sin arte ni estilo, sin vida, con un paupérrimo manejo del volumen, y construido con unos materiales que dejan mucho que desear en esta época, nada que ver con los modernos rascacielos que se están construyendo en América Latina, algunos de ellos en Barranquilla. En términos generales, la arquitectura bogotana siempre ha sido así, lacónica, muerta, vacía, monótona, lúgubre, apagada, sosa. Por ejemplo, los edificios de piedra muñeca del centro, como el del ministerio de Hacienda o los de las esquinas de la carrera octava con calle 12B -entre ellos el Murillo Toro-, parecen unos auténticos mausoleos, nada que hacer, de noche espantan.


Un poco haciendo eco a García Márquez, efectivamente para todo caribeño Bogotá debe ser una ciudad rarísima, no solo por el clima y la vegetación, sino por el biotipo y la cultura de sus gentes. Por eso, volver a Bogotá será siempre una experiencia sorprendente para mí, casi paradójica, como solo lo puede ser el pasar, en menos de una hora y en un mismo país, de la calurosa e impetuosa Barranquilla a una geografía y una cultura tan distintas. La próxima vez que vuelva me propongo hacer dos cosas en las antípodas, que en Colombia solo son posibles en Bogotá: volver a ese rincón acendradamente santafereño que es Monserrate, y almorzar aquellas suculentas comidas de mar de los negros del Pacífico, en la carrera 4 con calle 20.


Comments