Marinera Norteña 2

Marinera Norteña 2

Ya en los vestidores se quitó el hermoso vestido y, con cuidado, lo puso en el maletín. Se lavó la cara y se peinó. Se puso un polo blanco y jeans capri. Miró sus zapatillas... Los pies le dolían demasiado como para ponérselas. Las metió también en el maletín, se despidió de Carlos, su pareja de baile, y se encaminó a la entrada. Acababa de decidirlo: iría a casa descalza.

Las piedrecitas del camino le lastimaron las plantas adoloridas, pero no le importó. Caminó dos cuadras hasta el paradero. El suelo quemaba horriblemente, le dolía, pero estaba perdida en sus pensamientos. Tenía un examen el lunes y debía estudiar. La gente miraba a esta linda chica que caminaba sin zapatos en la calle, pero no decía nada.

Llegó su bus y subió. No habían asientos vacíos. ¡Mala suerte! Tendría que ir parada todo el camino, cuidando de que no le pisaran los pies. El bus estaba tan lleno que nadie se dio cuenta de que sus pies estaban desnudos. Mejor así, no estaba de humor para dar explicaciones u oir comentarios tontos.

Al bajarse del bus caminó un par de cuadras más hasta su casa. No había nadie. Se fue a su cuarto, dejó el maletín deportivo en el piso, sacó su vestido, lo colgó en el closet y luego se tiró a la cama, boca abajo y con los pies colgando del borde. ¡Estaba exhausta! El baile más la hora de trayecto en el bus y la caminata la habían dejado sin energía. Dormiría un rato, se ducharía y empezaría a estudiar más tarde.

Un par de manos la despertaron. Ya estaba oscuro, había dormido más de lo que pensaba.

-Hizo calor hoy, ¿no?

Era Jorge, su esposo. Le acariciaba los pies, como le gustaba hacerlo. Aún a pesar de todo el polvo podía notar que sus plantas estaban lastimadas, adoloridas, quemadas.

-Mucho calor.

-Pero seguiste bailando igual, siempre lo haces. Y tus pies me dicen que no hubo escenario...¿qué fue esta vez? ¿Piedras? ¿Vidrios rotos?

-¡Vamos! Sólo cemento áspero.

-Ah, mi amor, nunca aprenderás...

-Tenía que bailar, ya sabes...

-Sí, ya sé... y sé cuánto lo amas.

-Sí. ¡Pero a tí te amo más! dijo con una sonrisa, mientras él seguía acariciándole y masajeándole los pies adoloridos. Así. ¡Justo allí! ¡Gracias! añadió ella, cuando él hubo presionado un punto especialmente adolorido. Sus masajes de pies eran relajantes, a ella le encantaban.

-¿No te molesta lastimarte los pies así?

Le había hecho la misma pregunta cientos de veces.

-Para nada, con tal de seguir bailando. Son sólo pies, ya sabes, y son duros. Y yo soy ruda también.

Sí, era ruda. Y hermosa. Y él la amaba.

-Vamos, dúchate, comeremos algo y tienes que estudiar, ¿no?

-OK mi amor.

Le dio un beso y se fue a la ducha. Mañana había otro baile, también al medio día...Esta vez no se molestaría en ponerse los zapatos, saldría de casa descalza y se iría así hasta el sitio del baile. Sería un reto mayor...y así lo disfrutaría más.