Me siento un privilegiado por haber visitado Senegal del 23 de abril al 4 de mayo de 2026.
El grupo estaba formado por ocho personas que nos hemos coordinado perfectamente para hacer el viaje muy agradable.
Desde el punto de vista turístico quiero destacar la ciudad de Saint Louis, las dunas del desierto de Lompoul, la mezquita de Touba, el País Bassari con sus poblados y la cascada de Dindefelo, las playas de Casamance y la Isla de Gorée, cerca de Dakar.
Lo más interesante ha sido conocer a las personas (jóvenes beca-dos en sus estudios, niños operados en España,...) y los lugares (escuelas, centros sanita-rios, huertos comunita-rios, emisora de radio,...) donde colabora Yakaar África.
Nunca había realizado un viaje semejante, me ha impactado.
¿Que hace a este país tan especial?:
La TERANGA (Hospita-lidad) de su gente y la sonrisa de los niños, esto te atrapa.
Quiero agradecer a José María que haya creado Yakaar África y preparado un viaje tan interesante para conocer este país.
Os animo a visitarlo, os garantizo que volveréis cambiados.
Viajar con una ONG cambia por completo la manera en la que uno se relaciona con un país. No llegas solo para ver paisajes o monumentos; llegas para escuchar historias, convivir con personas y enfrentarte a realidades mucho más complejas de lo que imaginabas.
Mi viaje a Senegal fue una experiencia difícil de resumir en una sola emoción.
Durante esos días combinamos visitas a proyectos de desarrollo con momentos de convivencia en aldeas y ciudades.
Y aunque hubo espacio para descubrir la música, los colores, la cultura y la enorme hospitalidad senegalesa, también hubo escenas difíciles de olvidar, ese choque cultural que llaman…
No solo impacta lo diferente que es todo, sino la intensidad con la que se vive la calle. Ver a niños pidiendo comida no era una escena aislada ni excepcional; formaba parte de la vida cotidiana. Y quizá eso era lo más duro de asumir.
Hay algo dentro de ti que cambia cuando entiendes que aquello que para ti sería una emergencia, para otros es simplemente la normalidad.
También fue impactante ver los cayucos: esas pequeñas embarcaciones de madera cargadas de historias, de decisiones extremas, de juventud y desesperación mezcladas. Pensar en todas las personas que se suben a ellos buscando un futuro mejor deja una sensación difícil de explicar. Una mezcla de tristeza, respeto y conciencia de lo desigual que puede ser el mundo.
Pero el viaje no estuvo marcado solo por la dureza. También hubo encuentros profundamente humanos.
En muchas aldeas, algunos niños nunca habían visto a una persona blanca. Nos miraban con una mezcla de sorpresa, curiosidad y fascinación completamente inocente. No había rechazo ni distancia, solo ganas de acercarse y descubrir.
Uno de los recuerdos más especiales ocurrió durante una visita a una zona de baobabs. Nada más llegar, prácticamente todo el pueblo salió a recibirnos, especial-mente niñas de distintas edades que se acercaban riendo, hablando entre ellas y observándonos con enorme curiosidad.
El encuentro fue tan espontáneo como bonito.
Me tocaban los brazos y la piel con muchísima delicadeza, como intentando entender algo nuevo. Algunas seguían los tatuajes con los dedos, sorprendidas de que aquellos dibujos fueran permanentes. Mis piercings también despertaban todo tipo de reacciones y risas.
Por un momento sentí que yo también me había convertido en alguien exótico para ellas.
Y quizá ahí entendí una de las lecciones más importantes del viaje: no solo vamos a observar otras realidades. También somos observados, cuestionados y, de algún modo, acogidos.
Viajar así te obliga a abandonar la mirada superficial del turista. Te enfrenta a desigualdades muy duras, sí, pero también te recuerda algo esencial: la capacidad humana de conectar incluso cuando no compartimos idioma, costumbres ni forma de vida.
Y quizá esa sea la mayor enseñanza que me llevo de Senegal: entender que cambiar el mundo no siempre empieza con grandes gestos, sino con la forma en la que miramos a los demás. Entre sonrisas, miradas curiosas y realidades difíciles, descubrí que la cooperación también consiste en escuchar, aprender y construir puentes entre vidas muy distintas. Senegal me recordó que, incluso en los contextos más duros, la esperanza sigue creciendo en las personas, en las comunidades y en quienes siguen luchando cada día por un futuro mejor.
Soy socio de Yakaar desde hace unos siete años y, durante todo este tiempo, José María me había insistido en que debía sumarme a los viajes que organiza a Senegal. Siempre encontraba alguna excusa para no ir… hasta este año.
He asistido a todas las asambleas, incluso durante la pandemia.
Escuchaba con atención los relatos de quienes ya habían vivido esa experiencia y, aunque me impresionaban, también me hacían dudar. No estaba seguro de tener la resistencia física y, por qué no decirlo, también emocional, que un viaje así exige.
Salir de mi zona de confort, aunque sea una expresión muy repetida, significaba enfren-tarme cara a cara con realidades que sabemos que existen, pero que muchas veces preferimos no mirar.
Pero esa realidad está ahí. Miles de senegaleses la viven cada día y la sufren. Por eso Yakaar se esfuerza en que seamos testigos de los proyectos e iniciativas que impulsa con enorme dedicación, con la esperanza de contribuir a mejorar sus condiciones de vida.
Así que, entre el entusiasmo inagotable de José María y las experiencias compartidas por amigos y compañeros que ya habían estado allí, comprendí que no podía seguir dejándolo pasar. Ya no valían más excusas. Este año decidí acudir a la cita y comprobar por mí mismo todo aquello que tantas veces me habían transmitido.
Me vacuné no solo frente a posibles enfermedades, sino también, casi simbó-licamente, para afrontar mejor un recorrido que a veces resultó duro: muchas horas por carreteras deficientes, largas caminatas bajo el sol y en pendiente, y campamentos clara-mente mejorables.
Todo ello no encajaba precisamente con mi limitada resistencia física, aunque he de admitir que todo parecía más llevadero después de compartir una cerveza de medio litro con alguno de mis compañeros de viaje.
Pero no sería fiel a la verdad si no dijera que todo eso quedaba en un segundo plano cada vez que llegábamos a un poblado. Allí, la alegría con la que nos recibían las mujeres y los niños lo transformaba todo. Nos transmitían una energía inmensa a pesar de las carencias con las que conviven.
Por mi forma de ser, creo que no fui capaz de expresar durante el recorrido, y en nuestros encuentros con los senegaleses, la emoción y el entusiasmo que sí mostraron otros compañeros.
Me cuesta exteriorizar mis sentimientos de manera espontánea. Mer y Nieves estuvieron en lo más alto del podio; Venancio fue incansable; y Ruth y Alda se fueron superando día tras día.
Todos ellos supieron expresar mejor que yo lo que sentían. A mí, en cambio, esas emociones me han ido brotando ya de regreso a casa, quizá porque es entonces cuando uno toma verdadera conciencia de lo que tiene y de lo mucho que da por hecho.
Sea como sea, todos, yo incluido, hemos superado la experiencia con nota. Y eso, a pesar de que, como decía José María en el último boletín, algunos seamos viajeros “tradicionales”.
Tal vez sea esa tantas veces mencionada “teranga” que te recibe en Dakar nada más aterrizar. Cuando preguntas qué significa, te dicen que es hospitalidad, aunque yo creo que esa definición se queda corta. Es algo más profundo, algo que todavía no sé explicar del todo.
En definitiva, las expectativas se han cumplido con creces. Yakaar ha logrado lo que pretendía: hacernos partícipes de su esfuerzo y de unas iniciativas que terminan convirtiéndose en proyectos reales.
Proyectos que no solo mejoran, y seguirán mejorando la, vida de muchas personas en las zonas rurales de Senegal, marcadas por la escasez de recursos y un clima poco favorable, sino que también inspiran nuevas acciones que antes o después acabarán haciéndose realidad.
Ahora me toca asimilar todo lo vivido y compartirlo con amigos, compañeros y conocidos, para hacerles ver que, con pequeños gestos, también se puede llegar muy lejos.
Quiero expresar también mi profundo reconocimiento al equipo senegalés de Yakaar, encabezado por Demba, la otra gran alma de la organización. Después de compartir con él esta aventura, tengo claro que personas como él serán capaces de convertir Senegal en un referente dentro de África.
Mi más sincera gratitud para todos ellos y, por supuesto, para José María, de quien no voy a decir nada que los demás no sepan ya, porque además de compañero profesional durante muchos años, es amigo.
Ese gran proyecto en el que se ha empeñado ya ha dado frutos visibles: avances en la agricultura rural, misiones sanitarias de gran eficacia y, sobre todo, una importante labor formativa en la que Demba desempeña un papel magnífico.
No puedo terminar este escrito sin dedicar unas palabras al grupo tan heterogéneo con el que he compartido este viaje. Éramos personas de distintas edades, siendo yo el mayor, con gustos y sensibilidades dife-rentes, pero, a pesar de todo ello, hemos sabido formar un verdadero equipo.
Gracias, YAKAAR.
Hay viajes que se recuerdan con cariño y otros que te atraviesan para siempre. Mi viaje al continente africano ha sido exactamente eso; una experiencia que me ha removido por dentro, que me ha hecho mirar el mundo con otros ojos y que, todavía hoy, sigo intentando ordenarlo en mi corazón. Durante mucho tiempo imaginé cómo sería conocer ese maravilloso continente. Pensaba en su cultura, en sus colores, en la gente, en los niños… pero nada puede prepararte realmente para lo que se siente al vivirlo en primera persona. En este caso, Senegal no solo se visita, Senegal se siente. Se vive con el alma y termina quedándose contigo para siempre.
Desde el primer día sentí que este viaje iba a cambiar algo en mí. Hubo momentos de felicidad inmensa, de un sentir muy profundo, momentos que me generaron emociones muy intensas. Vivir determinadas realidades tan de cerca, duele. Hay miradas, historias e imágenes que permanecen contigo incluso cuando vuelves a casa…
Descubrí una humanidad difícil de explicar con palabras. He conocido personas que, teniendo muy poco, son capaces de darlo todo. Personas que comparten lo que tienen, sin esperar nada a cambio; una sonrisa, una mirada, un gesto, un abrazo, etc.
Los niños fueron, sin duda, una de las partes más especiales de este viaje. Su forma de reír, de jugar, de mirarte y de disfrutar de las pequeñas cosas me llegaron muy profundo y se quedaron en mi corazón. En sus ojos vi inocencia, alegría, tristeza, fuerza… Cada gesto de cariño que recibí tenía una verdad difícil de encontrar. Allí aprendí a dar más valor al tiempo compartido, a las cosas tremendamente sencillas y a la cercanía humana. Me hizo reflexionar mucho sobre la vida que llevamos, cómo estamos rodeados de tantas cosas, de tanto ruido y cómo nos falta conexión real y una buena escucha.
Hubo situaciones que me rompieron por dentro y momentos de impotencia difíciles de gestionar.
Pero incluso, en medio de todas esas sensaciones internas, encontré esperanza. Una esperanza que nace de la fuerza de las personas, de su dignidad y de su capacidad de seguir adelante incluso en las circuns-tancias más difíciles.
Volver después de vivir algo así, no es fácil. Porque físicamente vuelves a casa, pero emocionalmente una parte de ti se queda allí. Senegal deja una huella imposible de borrar. Cambia tu sensibilidad, tu forma de valorar las cosas y tu manera de entender la vida. Hoy solo puedo sentirme agradecida por haber vivido esta experiencia de la mano de Yakaar África. Gracias por abrirme las puertas de una realidad tan dura, como maravillosa. Gracias por compartir Valores que, ayudan a transformar tanto a quien recibe, como a quien da.
Quiero agradecer especialmente a José María Piñero, por la organización de este viaje y, sobre todo, por la fuerza, la ilusión y el corazón que pone en cada paso que da en Senegal.
Personas así inspiran, dejan huella y consiguen cambiar la vida de muchas personas desde la cercanía, la entrega y la humanidad. Gracias tam-bién a Demba, Ambrosio y Mor. Su energía, cercanía, cariño y sus sonrisas han hecho aún más especial si cabe, esta maravillosa expe-riencia de vida. Ellos han sido mucho más que nuestros guías y conductor…
También quiero expresar que no soy exactamente la misma persona que era antes de este viaje. Senegal me ha mostrado dolor, humildad, fortaleza y esperanza. Pero, sobre todo, me recuerda algo esencial y es que la humanidad sigue viva en las pequeñas cosas, en las miradas sinceras, en los abrazos y en las personas que aún creen en CUIDAR de los demás.
Y ahora, cuando cierro los ojos y recuerdo cada momento vivido allí, entiendo que hay experiencias que no terminan cuando el avión despega de vuelta a casa. Se quedan latiendo dentro de uno mismo, apareciendo en los silencios, en los pequeños detalles del día a día y en la forma en la que vuelves a mirar a las personas. Senegal me corroboró que la verdadera riqueza, no está en lo material, sino en la capacidad de amar, compartir y sostenerse unos a otros, incluso en medio de las dificultades. Me llevo aprendizajes imposibles de explicar del todo, pero que han dejado en mí una sensibilidad nueva, más humana si cabe, más consciente y mucho más agradecida con la vida.
Una parte de mí se ha quedado allí. Y una parte de Senegal, vivirá siempre conmigo.
Gracias infinitas.
He vuelto de Senegal con la maleta llena de polvo rojo, la piel marcada por el sol y el corazón… de alguna manera más grande. Han sido once días intensos, de esos que no se viven “a medias”: se atraviesan. Y, aunque ahora reflexiono con calma lo vivido, para mí ha sido un viaje duro, física y emocio-nalmente, de los que te ponen a prueba día tras día.
Duro por las horas de carretera dando botes, los ritmos que no perdonan, el calor que se pasa y no se combate fácilmente, las comidas con ese punto picante, a veces no soportable, mejor no comer... Duro también por lo que no se ve en las fotos: el cansancio acumulado, las noches de sueño irregular con sus madrugones, la sensación de estar lejos de todo lo conocido.
Pero, sobre todo, duro por la emoción de ver realidades que no dejan indiferente: el esfuerzo de las mujeres en las huertas, en las fábricas de mermelada, vendiendo bisutería, cuidando de los hijos…, la vida rural, con poco o nada en las aldeas, las miradas de los niños con esos ojos negros preciosos que te desarman sin decir una palabra.
Y, sin embargo, si tuviera que escoger una sola palabra para explicar por qué merece la pena, sería la que el presidente repite muchas veces, con razón: “teranga”. La hospitalidad senegalesa no es un gesto: es una forma de estar en el mundo. En medio de la fatiga, una sonrisa te reordena por dentro. Un saludo, una mano que se ofrece, una bienvenida sin pedir nada a cambio… y de pronto entiendes que lo esencial se comparte, aunque haya poco para compartir.
La primera parte del viaje fue especialmente intensa: visitas, encuentros con estudiantes y profesionales del país, fiestas en aldeas, caminos dificultosos, proyectos… momentos que te dejan con la sensación de estar viviendo algo irrepetible. Y luego llegó una última etapa más tranquila, casi como un respiro necesario: mejores hoteles, la posibilidad de recomponer el cuerpo, y esos baños en el Atlántico que fueron mucho más que “turismo”. Para mí fueron un cierre simbólico: como si el mar ayudara a limpiar el cansancio y a ordenar lo vivido, sin borrar nada, porque todo es importante.
Quiero expresar mi gratitud de forma muy especial al presidente, por su liderazgo sereno, por sostener el viaje, y al grupo con infinita paciencia y buen humor, y por su manera de mirar y cuidar de Senegal y sus gentes. Quiero destacar igualmente el excelente papel de Demba y Ambrosio, siempre atentos, cercanos y muy profesionales en su trabajo como guías.
A Mor porque nos ha conducido con una sonrisa en la cara en los largos viajes entre etapas. Al grupo, por la convivencia, por el apoyo cuando flojeaban las fuerzas, por las risas compartidas y por esa sensación tan bonita de “ir juntos”, incluso cuando cada uno ve Senegal con distinta mirada.
Y, sobre todo, gracias a Ángel, que es socio de YAKAAR desde hace años y que ha sido mi ancla antes, durante y después del viaje. Su compromiso me llevó allí… y mi experiencia me deja una decisión clara: yo también seré socia de YAKAAR. Porque, aunque el viaje sea imperfecto, el sentido de lo que se construye, en parte con nuestra ayuda, es profundamente valioso.
Senegal me ha cansado, sí. Pero también me ha enseñado. Y si algo me llevo, además de recuerdos inolvidables y pequeños tesoros de artesanía local, es una certeza: merece la pena conocer su gente y su “teranga”.
Sentía que le debía a Jerome, uno de los chicos que vino a España a recibir el curso de fotovoltaica, una respuesta a su artículo publicado en un boletín anterior. En él, el propio Jerome agradecía el trato con que le habíamos acogido en España, y yo quiero contaros lo fácil que fue tenerle en mi casa durante las cerca de cuatro semanas que duró el curso.
Se levantaba todos los días a las 6 de la mañana, y después de rezar (un Rosario, me dijo), hacía gimnasia, se iba a correr, se duchaba y, para cuando yo me levantaba, ya me había preparado el desayuno para comerlo juntos. Salíamos de casa, yo a mi trabajo y él a sus clases en metro. El metro era una novedad completa para él, como casi todo en Madrid, aunque debo decir que después del primer día que le acompañé yo al curso y le expliqué cómo funcionaban las líneas y el mapa, no le hicieron falta más indicaciones.
Por la tarde algún voluntario o José María se lo llevaba, junto a sus dos compañeros senegaleses, Seydou y Osseynou, de visita por Madrid, y después Jerome me esperaba en casa estudiando español por el móvil, leyendo un libro u ordenando algo. Un cuarto que tengo como despacho-trastero y estaba hecho una leonera me lo dejó súper-ordenado y limpio como una patena.
Lamentablemente, poco a poco y con el transcurso de los meses, ha vuelto a su estado original (Jerome, desolé … ;)
Por la noche nos preparábamos algo de cena (me enseñó a hacer Yassa poulet) y veíamos la tele con una cerveza, si eran deportes mejor, y si era fútbol, mejor que mejor. Aunque le ofrecí ver alguna cadena francesa, él insistía en que cadenas en español para practicar. Cuando llegaba la hora de acostarse, nos decíamos bonne nuit, y se iba a su habitación a rezar otra vez de rodillas junto a la cama.
Me impresionó mucho su forma de ser (todo le parecía bien, todo lo agradecía) y, por encima de todo, su forma de trabajar y luchar en la vida. Me contó que, antes de que le apoyara Yakaar África, tenía que trabajar por las noches para sufragar sus estudios, con lo que su ciclo vital era ir a clase por las mañanas, estudiar por las tardes, trabajar por las noches, y dormir apenas. No es extraño que una persona así aprovechara tanto el curso y su experiencia en España.
Varias veces me puso con familiares suyos por videollamada, con la que más su madre, Germaine. Esas llamadas me hicieron ver su gran influencia sobre Jerome. A mí me pasa igual con mi madre, así que enseguida conectamos.
Yo le contaba todo esto a mi madre quien, aún en la distancia porque vive en un pueblo de Toledo, enseguida apreció a Jerome, hasta el punto de que se intercambiaron dos cartas muy cariñosas.
Yo quedé en hacer lo posible por ver a Germaine cuando volviera por Senegal, y en este pasado viaje he tenido la suerte de hacerle una visita que, aunque muy corta, me ha permitido conocerla en persona y estar unos minutos en su casa.
La madre de Jerome es una mujer joven, de 65 años muy bien llevados (no tiene ni una arruga). Es alta, como Jerome. Guapa. Viste y anda con la elegancia y equilibrio que caracteriza a buena parte de las mujeres senegalesas. Tiene una sonrisa franca y limpia, y una mirada cariñosa. Habla despacio, acariciando las palabras.
Su casa, que está a las afueras de Ziguinchor, es muy sencilla, de bloques de ladrillo gris sin enfoscar y techo de chapa galvanizada. Nos invitó a entrar a su salón, que es igualmente sencillo, con pocos muebles, pero muy bien distribuidos. Está todo muy ordenado, y limpísimo. En la casa de Germaine se respira armonía, no me cabía duda de que sería así.
CON GERMAINE EN SU CASA
Le di unos collares que me había preparado para ella mi madre. Germaine me regaló una tela multicolor con los clásicos motivos geométricos africanos (por supuesto irá para mi madre), y unas rosquillas cocinadas por ella y perfectamente presentadas en unas bolsitas atadas con un pequeño lazo como en las pastelerías. Éstas no te las pude traer, mamá, porque se habrían estropeado al no tener ningún conservante, así que dimos cuenta de ellas los compañeros de viaje en la furgoneta de Demba. Como era de esperar, estaban riquísimas, dulces en su justa medida y con un toque de canela que realzaba su sabor.
Al despedirnos, mientras Germaine nos acompañaba a Demba, a José María y a mí unos pasos fuera de su casa, la felicité por cómo había educado a Jerome, le dije que mi madre nos había educado también así a mis hermanos y a mí, y nos dimos un tierno y sencillo abrazo. No hizo falta más.
A los dos días pude rematar la faena compartiendo un rato con Jerome en Mbour, en el que recordamos anécdotas de su estancia en España y hablamos de su madre.
CON JEROME EN MBOUR
No querría terminar este artículo sin hablar, muy brevemente, pero con mucho cariño, de los compañeros de los que he disfrutado en este viaje. Empezando por Nieves (la lozanía de la juventud y dotada de gran corazón), Mer (la emoción a flor de piel todo el viaje), Ruth (se adaptó a cada circunstancia como una campeona), Alda (siempre destiló simpatía, pese a sufrir un poco al principio, disfrutó al final, vaya cuadros se compró), Ángel (que seguro que hará honor a esos cuadros, él ya sabe … ;), Venancio (muy bien, gracias majo … la bomba), además de los habituales José María (Superman), Demba (Batman), Ambrosio (tan servicial como siempre) y Mor (yo de mayor quiero conducir como él).
Durante años, África ha sido retratada en el imaginario colectivo a través de imágenes recurrentes: niños desnutridos, madres cargando a sus hijos a la espalda y escenas de precariedad extrema. Una narrativa repetida hasta la saciedad que ha contribuido a fijar una visión parcial y, en muchas ocasiones, desactualizada del continente. Sin embargo, la realidad en países como Senegal es mucho más compleja, contradictoria y, sobre todo, profundamente humana.
Lejos de los clichés, el país revela una cotidianidad marcada por la convivencia de contrastes extremos. En un mismo espacio conviven la escasez más evidente con una dignidad incuestionable; la fragilidad de las infraestructuras con una resiliencia colectiva admirable. Senegal se mueve en un contexto que podría describirse perfectamente con el acrónimo VuCA: volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad. Un entorno en el que millones de personas se adaptan día a día con recursos limitados, mientras otras regiones del mundo gestionan estos desafíos desde posiciones de mayor estabilidad.
La desigualdad global también se refleja en pequeños gestos aparentemente inconexos. Mientras una élite de ciudadanos de países en desarrollo accede al lujo en capitales europeas, largas filas de personas esperan atención sanitaria básica en sus lugares de origen. Esta dualidad no solo habla de economía, sino también de prioridades, oportunidades y estructuras sociales profundamente desiguales. Para el visitante, el contraste resulta inevitable: tecnología, comodidades y protección frente a la realidad de quienes viven con lo mínimo imprescindible.
Sin embargo, más allá de estas diferencias materiales, hay un elemento que rompe cualquier expectativa previa: la capacidad de conexión humana. Aquello que en entornos corporativos se ha convertido en un término recurrente —las llamadas “habilidades blandas”— adquiere aquí un significado completamente distinto. No se trata de una herramienta estratégica ni de una habilidad instrumental. En Senegal, la sonrisa, la cercanía y la capacidad de relacionarse con el otro forman parte esencial de la vida cotidiana.
Esa conexión se manifiesta en gestos pequeños, pero profundamente significa-tivos: una mano infantil que se busca y se aferra, una mirada directa sin artificios, una presencia compartida sin distracciones. En contraste con sociedades donde la abundancia material convive con la desconexión emocional, estas interacciones revelan una forma de estar en el mundo más inmediata y auténtica.
A ello se suma la fortaleza de las comunidades, especialmente visible en el papel de las mujeres, cuyo esfuerzo diario sostiene gran parte del tejido social. Su presencia constante en todos los ámbitos refleja una resistencia silenciosa y una capacidad organizativa clave para el funcionamiento de la vida cotidiana.
La experiencia en el país también permite comprender el impacto real de iniciativas locales e internacionales. Proyectos como los impulsados por Yakaar África muestran cómo el trabajo en terreno, sostenido en el tiempo y realizado desde la proximidad, tiene un efecto tangible en las comunidades.
Lejos de los discursos grandilocuentes, la intervención se construye a través de acciones concretas que responden a necesidades reales: acceso a salud, educación y apoyo a la población más vulnerable.
Senegal es, además, un territorio rico en cultura y expresividad. La música, omnipresente, actúa como lenguaje común y vehículo de identidad colectiva. Las tradiciones conviven con aspiraciones de desarrollo en un equilibrio frágil, pero lleno de posibilidades. El país cuenta con recursos y potencial, aunque se enfrenta a retos estructurales importantes: gestión de residuos, infraestructuras aún insuficientes o un desarrollo tecnológico que no llega de manera uniforme a toda la población.
Aun así, reducir Senegal a sus dificultades sería tan injusto como hacerlo a los estereotipos del pasado. La realidad que emerge es la de un país complejo, vivo y en constante transformación, donde la adversidad y la esperanza coexisten de forma inseparable.
Viajar a este rincón de África no solo implica cambiar de paisaje, sino también de mirada. Supone cuestionar certezas previas y descubrir que, más allá de lo material, existen formas de riqueza que no se pueden medir. Senegal, con todas sus contradicciones, recuerda que la dignidad, la comunidad y la capacidad de adaptación son, quizás, los recursos más valiosos.
El día de transición entre el País Bassari y la Casamance transcurre con normalidad. En realidad, se nos hace mas corto de lo esperado y llegamos a buena hora a comer. Por la tarde paseíto por Ziguinchor y, como actividad mas destacada, el encuentro con los estudiantes de Yakaar en al bar del Hotel Kadiandioumagne.
Es un grupo numeroso formado por 10 estudiantes, en su mayoría de ingeniería técnica agrícola en la escuela de Ziguinchor. Como siempre los estudiantes se muestran bastante tímidos, pero algunos se han organizado y nos leen un pequeño texto de agradecimiento que han preparado.
Demba y yo les contestamos diciendo lo mucho que esperamos de ellos y el orgullo que supone para nosotros que un grupo de chicos senegaleses sean capaces de completar su formación para luego integrarse en el equipo de Yakaar y finalmente pasar a ser elementos activos de la sociedad senegalesa.
Las actividades del día siguiente comienzan pronto con un paseo hasta el puerto y sus abigarrados colores y multitud de pescados.
Antes de salir de Ziguinchor nos ha pedido Jerome, uno de los estudiantes que estuvo el año pasado en España haciendo un curso de energía solar, que pasemos a saludar a su madre. Lo hacemos gustosos, aprovechando la presencia de Paco Tovar que fue el organizador del curso el año pasado y resulta una nueva experiencia interesante ya que nos permite observar como vive una familia en la Casamance al invitarnos la madre de Jerome a entrar en su hogar.
De paso hacia la isla de Carabane, paramos en la guardería de Cagnout que está llena de simpáticos niños. Es siempre una experiencia maravillosa compartir un ratito con estos niños que no dejan de agarrarte las manos y tratar de jugar y comunicarse contigo.
De la guardería pasamos a la isla de Carabane donde damos un paseo que recorre el centro artesanal, la catedral, nuestro centro cultural, la escuela y el cementerio. Finalmente comemos en el chiringuito de Ousmane, que no está por tener una formación en Ziguinchor.
Cuando más despistados estamos, llegan las mujeres que nos montan un espectáculo de danza, al que todos acabamos unidos, y con las que pasamos un rato excepcional.
Ya de vuelta en Oussouye realizamos las dos vistas obligadas. En primer lugar, al rey de Oussouye, que nos recibe, como de costumbre, en el bosque real, previa presentación de Pierre, el guía local.
Resulta una experiencia curiosa ver al representante de la tradición animista, cuya labor es fundamentalmente social, pero que está rodeado de una cierta pompa que podríamos calificar de “exótica”.
La segunda visita es a la radio Kabisseu con su director Famara al frente. Es siempre una visita muy estimulante por la energía de Famara y la interesante labor que realizan de difusión de las tradiciones diolas y de avisos que puedan resultar de interés de la población, como sucedió durante el periodo del COVID.
Al día siguiente continuamos con las visitas en Oussouye acercándonos, en primer lugar, al orfanato. No hay muchos niños, pero los niños que hay presentan una tremenda actividad y energía que nos hace temer lo peor. Nos imaginamos la dificultad que puede suponer controlar a estos pequeños. Gracias a dios parece que no llega la sangre al rio y que los pequeños pueden sobrevivir a la experiencia.
Ya en Cap Skirring nos reencontramos con Malamine, el niño operado en España que viene a recibirnos y que sigue estando en plena forma y con su buen carácter y nivel de español.
Con él nos dirigimos al museo de la cultura diola. Un museo al aire libre con explica-ciones de todos los instrumentos y costumbre locales que resulta muy ameno.
La jornada termina con un interminable paseo por la playa de Cap Skirring que. en esta ocasión. tiene un tramo atestado de gente celebrando el 1 de mayo. Hay también lucha senegalesa con sus desfiles de luchadores y danzas tradicionales.
Tras un nuevo paseo por las playas de Cap Skirring enfocamos el final del viaje marcado por las compras y las visitas turísticas. El mercado artesanal de Cap Skirring nos deja agotados, pero tenemos una buena reparación disfrutando de una comida al borde el mar en la cabane sauvage.
Ya solo nos queda tomar el vuelo de vuelta, sobre el que siempre tenemos nuestras dudas, ya que Air Senegal tiene una cierta tendencia a cancelar vuelos. No ocurre tal cosa en esta ocasión y cogemos el vuelo sin mayores, problemas.
Una vez en los alrededores de Dakar, visitamos Gorée, con su siempre impactante vista al museo de los esclavos, y, a la vuelta, tenemos un encuentro con las dos estudiantes que esperamos llevar este año a España para realizar un curso sore Inteligencia Artificial: Koudou y Houleymatou. Es un placer encontrarse con ellas, que está muy ilusionadas con la posibilidad del viaje y de la formación.
Nuestra última vista es la llegada de los pescadores de Mbour, que en esta ocasión se muestra un poco más tranquila. A la misma nos acompaña Jerome, que fue uno de los estudiantes que estuvo el año pasado en España, de modo similar a Koudou y Houleymatou y que ahora está preparando la realización de una nueva instalación solar en el poblado de Louly para dar energía fotovoltaica a un molino de nuestra asociación amiga: Camina Senegal.
Yo con esta visita damos por terminado un nuevo viaje a Senegal. Ha sido una experiencia estupenda, con un grupo maravilloso. Gente siempre dispuesta a interactuar tanto con niños como con mayores y con un gran espíritu de colaboración.
Nuestro viaje turístico-solidario de 2026 está formado por un heterogéneo grupo en el que se combinan todas las edades, gustos y sensibilidades. Somos Ángel y Alda, Paco, Mer, Nieves, Ruth, Venancio y yo mismo.
Esta vez hemos decidido ir al norte, ya que llevamos muchos años haciendo la misma ruta, nuestro triángulo de oro: Dakar-Kedougou-Casamance-Dakar y creemos que Saint Louis bien merece un rodeo de vez en cuando. La verdad es que el comienzo no ha sido bueno, nos han cancelado el hotel en Gandiol por una boda y la isla de Djoudj tiene tan poca agua que la barca no funciona. Esto nos hace plantearnos si la idea de venir al norte realmente ha sido buena.
El comienzo del viaje, que ha sido en el lago rosa, no ha decepcionado, porque, aunque era viernes y suele ser el día de descanso de los trabajadores de la sal, había bastante actividad con los vendedores de los cuadritos de sal y, hasta el chico que hace de banco para cambiar dinero a los turistas, ha aparecido para poder empezar el viaje con “posibles”.
En Saint Louis hemos cogido el típico cochecito turístico para recorrer la ciudad y lo que normalmente sería una “turistada” sin más, se ha convertido en un espectáculo de difícil descripción. Hemos tenido la suerte de coincidir con la hora de la oración y toda la población estaba de rodillas en las calles rezando, mirando a La Meca, o sea mirán-donos a nosotros que pasábamos tranqui-lamente en nuestro coche de caballos.
No había visto nunca en Senegal tal espectáculo, probablemente porque la oración se realiza siempre en las mezquitas y no en las aceras de las calles, pero la impresión de ver cientos de metros de aceras ocupados por fieles arrodillados en filas rezando ha sido difícil de olvidar.
El paseo incluye la ciudad colonial, con sus casas normalmente necesitadas de una manita de pintura, sino de una rehabilitación a fondo y, sobre todo, la llegada de los pescadores en el muelle pesquero del río.
Es evidente que no se puede comparar en tamaño y cantidad de personal con la de Mbour u otros lugares de Senegal, pero el espacio es mucho mas reducido y la sensación de tumulto y agobio es bastante más fuerte.
Creo que solo por estos dos puntos: la oración en las calles y el muelle de pescadores ha merecido la pena dar el rodeo y venir a Saint Louis.
El colofón de la jornada lo ha constituido el campamento de las Haimas de Lompoul. También hacia tiempo que no venía por aquí y el campamento ha cambiado porque han tenido que trasladarlo de lugar, debido a que han descubierto una mina en el antiguo emplazamiento.
El nuevo es un poquito menos espectacular que el anterior, la duna no es tan alta y el color es menos anaranjado, pero sigue teniendo su encanto, sobre todo a la hora de la puesta de sol. No ha faltado el grupo de música que ameniza la cerveza de antes de cenar, que ha conseguido que nos arran-quemos a bailar. Curiosamente todos los “chicos” sin excepción hemos saltado a la pista, pero solo dos chicas lo han hecho. El porcentaje en España debe ir mas bien en sentido contrario.
Estamos teniendo problemas con las comidas ya que a la mayoría del grupo no le gusta el picante y en Senegal te lo encuentras en cada paso, Pero bueno, con buena voluntad y cierta improvisación vamos sorteando el problema.
Seguimos viaje hacia el país Bassari, La primera parada es en Touba para ver la gran mezquita. La mezquita es impresionante pero quizás sin la emoción de los edificios antiguos. Es todo muy moderno y además está permanentemente en obras.
En esta ocasión hemos partido el viaje y vamos a dormir en un sitio nuevo; el hotel Bambouk en Kounghuel. El hotel es bastante “africano”, en el peor sentido de la palabra, con instalaciones deficientes y un servicio lento y poco eficaz.
Pero, por esas cosas que tiene la vida, se nos ocurrió ir a un pueblo dónde había un bosque de baobabs: Ablaye Fanta y, según llegamos, tuvimos un recibimiento impresio-nante de niños, mujeres, etc. Disfrutamos un montón jugando con los niños bajo la mirada tímida de las mujeres que nos dejaban que acariciáramos y cogiéramos en brazos a los más pequeños. Fue una auténtica gozada, con lo que la decepción del hotel se trans-formó en una experiencia inolvidable.
La segunda parte del camino al País Bassari era, en principio, el día de transición sin nada especial que hacer, pero la transición se ha empezado a transformar en emoción con el paseo por el puente del rio Gambia en Mako y sus niños y mujeres lavando y buscando oro.
Por la tarde, la primera cosa que hacemos es ir a buscar el hipopótamo. Esta vez estaba lejos, así que tenemos que ir en coche, pero tenemos suerte y aunque estaba alejado del borde del río, asustado por unos chicos, se nos traslada justo enfrente, casi como si nos saludara.
Continuamos con la visita de la extracción del oro. Un grupo de chicos de Burkina Fasso se afanan en extraer de las tierras de la zona el preciado metal. Asistimos a las distintas fases del proceso que lleva al final a obtener unas minúsculas partículas de oro. ¡Cuánto trabajo para tan poco rendi-miento!
El final del día es en Badian donde hay una fiesta local. Es el día de las mujeres, en el cual eligen un padrino que les financia los festejos. El espectáculo es impresionante porque hay mas de 100 mujeres vestidas con sus mejores galas. Algunas llevan la misma tela, pero con distintas variantes de los vestidos. La fiesta está en todo su apogeo y los bailes son espectaculares.
Las mujeres son tan acogedoras que nada mas llegar ya sacan a alguna de nuestras viajeras a bailar y al final una buena parte del grupo se anima. Es impresionante que sean capaces de integrar tan rápidamente a unos recién llegados. Los niños como siempre se nos cogen de las manos e incluso intentan enseñarnos a bailar.
Quizás lo que más sorprende es que disponiendo Badian de una preciosa plaza presidida por unas ceibas gigantes, la fiesta se desarrolle en una esquina del pueblo sin ningún encanto y más bien estrecha.
Una vez superadas las jornadas de transición hacia nuestro primer destino nos dirigimos a Kadougou y Dindefelo.
Nuestra primera parada es el mercado de Kedougou que nos recibe como de costumbre con sus abigarradas y estrechas calles donde se venden todos los productos imaginables. Los colores y, sobre todo, los olores son un espectáculo muchas veces difícil de gestionar.
Vamos rapidito a Dindefelo porque el día promete ser intenso. La caminata hasta la cascada nos resulta un poco mas dura de lo de costumbre, quizás por el calor intenso que hace, aunque vamos en una gran parte del trayecto protegidos por el magnífico bosque de ribera de la zona.
No hay nada mejor que un refrescante baño después del calor de la caminata. Creo que es la primera vez que todo el mundo sin excepción se mete en el agua, el grupo que parecía heterogéneo, en esta ocasión se ha comportado como un solo hombre, o mujer, y todos al agua.
La comida ha sido tipo picnic con unos deliciosos bocadillos de tortilla con cebolla en el famoso pan tapalapa, comida que algunos califican como la mejor de todo el viaje.
No hemos tenido tiempo para visitar la huerta de Dindefelo, nuestro buque insignia, pero Aliou nos informa que están ya terminando los cultivos de la temporada seca y preparando la huerta para la temporada de las lluvias.
Tenemos que apurar porque hoy toca fiesta en Patassi. Así que tras una rápida pasada por el hotel para coger las habitaciones y asearnos mínimamente, volvemos a la carretera camino de Patassi.
En Patassi nos esperan las mujeres acompañadas de un djembe y cantando. Nos dirigimos en primer lugar a la huerta que está muy bonita con muchos cultivos de gombo, pimiento, cebolla, berenjena dulce, berenjena a amarga, hibiscos e, incluso, moringa.
Es una gozada ver como las mujeres han aprovechado la inversión que hicimos este año de poner una bomba y paneles solares para regar la huerta, así como un depósito de 5.000 litros para lavar y coger agua para las casas.
Después de la visita a la huerta tenemos gran fiesta en el poblado amenizada por el djembe y donde las mujeres y niños dan rienda suelta a sus habilidades danzantes. Por nuestra parte, en esta ocasión, la cosa ha estado floja, solo Mer se ha arrancado a bailar y yo, por no dejarla sola, me he lanzado a acompañarla y marcarme unos ridículos pasos de baile.
Después del baile hemos visitado el poblado y el horno de pan que están haciendo para poder tener pan recién hecho en el poblado.
La fiesta ha acabado con el intercambio de regalos. Me ha tocado una tela con el típico teñido local y dos bandejas trenzadas que supongo tendré que sortear al finalizar el viaje.
De nuevo a toda prisa nos dirigimos al hotel donde hemos quedado con los recién titulados y estudiantes de la zona.
Asisten al encuentro: Aminata Makhasouba, ingeniera civil, Aissatou Djiba Diallo, enfermera del Estado. Watchindemi Charo Camara, ingeniero agrícola, Ousseynou Ba, ingeniero de automatismos y energía solar, Seynabou Diallo, electromecánica, Alpha Hassan Diallo, también estudiante de electromecánica y Alpha Yaya Diallo enfermero del Estado.
Cada uno se presenta al grupo explicando que hace y cuales son su especialidad y entre Demba y yo resaltamos sus éxitos. Por ejemplo, Watchindemi lleva ya dos años trabajando para le empresa nacional del algodón como consejero técnico-comercial en Saraya. Tanto Aissatou Djiba como Alpha Yaya han superado el examen de Estado que tiene un porcentaje de aprobados inferior al 5%. Ouseynou ha formado con sus compañeros de formación una pequeña empresa que se dedica a instalaciones de energía fotovoltaica y, aparte de revisar y reparar todas nuestras instalaciones, trabaja en la empresa que gestiona las grandes centrales solares de la región.
Hoy subimos a los poblados beddick. La excursión se divide en 2. Por un lado , los que van a hacer el circuito competo: Iwol-Andiel-Landieni y, por otro, los que vamos directos a Andiel. Yo tengo una misión que es llevar unas equipaciones deportivas del Real Madrid a las que se comprometió uno de los viajeros del año pasado, así que decido ir directamente a Andiel
No hay apenas niños en el poblado porque los un poco mayores se han ido a hacer un examen a Thiokethian y el resto están en las escuelas de otros poblados, pero lo que pensamos que sería un problema, resulta ser una bendición, porque el que no haya niños ha supuesto que haya prácticamente los 20 necesarios para repartir las cami-setas. Si hubiera habido niños hubiéramos tenido un verdadero problema para decidir a quien le damos y a quien no.
Los niños se ponen muy contentos con el regalo y formamos un coro para cantar el ¡Hala Madrid!, yo que soy del atleti….
De Andiel, con sus preciosas cabañas, pasamos a Landieni el pueblo de nuestro querido Ousmane. Yo siempre tengo el encargo de Ousmane de hacer todas las fotos posibles de su familia. Así que me dedico a la tarea de fotografiar todo lo que sale a mi encuentro.
La primera visita obligada es al abuelo de Ousmane, que se encuentra sentado en el patio de su cabaña y en plena forma. Da gusto hablar con él porque es uno de los pocos del poblado que habla francés y goza de una buena salud y un humor envidiable
El sábado pasado fue la iniciación de Mamadou, el hermano pequeño de Ous-mane y le hemos traído un balón, así como la aportación de Ousmane a la fiesta de su ceremonia de iniciación. No han tardado ni medio segundo en estrenar el balón.
Al mediodía nos dirigimos a comer a nuestro campamento de Bandafassi. Tenía miedo por el calor que podría hacer en el mismo, pero dentro de los 40 grados es bastante soportable.
Mareme y Hassanatou nos han preparado la comida estrella de la región, el fonio con una salsa yassa de tomate que está para chuparse los dedos. Yo aprovecho para darles los regalitos que hemos traído de España para ellas.
Comparten la comida con nosotros los estudiantes recién terminados que nos han acompañado a lo largo del día Olivier, Yassiga y Ramatoulaye, así como nuestro traductor Moussa y recibimos la agradable visita de Frederick que ya está trabajando en la empresa nacional del arroz. ¡Somos un equipo!
Y aquí acaba la crónica de la primera parte de nuestro viaje, en el boletín de mayo habrá mas.
CONSULTAS
Nieves Azuara
Me dijeron que África engancha, y tenían razón. Este ha sido mi segundo año en Senegal de la mano de Yakaar África y, esta vez, he tenido la suerte de vivir la experiencia en la región de Casamance.
Participar en esta misión sanitaria ha sido, sin duda, una de las experiencias más bonitas que he vivido. No solo por lo que aprendes a nivel profesional, sino por todo lo humano que hay detrás: las personas, las historias, las sonrisas… y también los retos.
Quizá es inevitable mirar atrás y comparar esta misión con la vivida el año pasado en el País Bassari.
Aunque ambas tienen el mismo objetivo —acercar la atención sanitaria a comunidades donde el acceso a recursos básicos, medicamentos o atención médica es muy limitado—, cada misión ha tenido su propia personalidad.
No se trata de elegir una sobre otra, sino de valorar los aprendizajes que me ha dejado cada una.
Mientras que en el País Bassari las consultas se caracterizaban por la inten-sidad del trabajo y la gran demanda de atención, en Casamance, el ritmo ha sido más tranquilo, y eso me ha permitido vivirlo de otra manera: estar más cerca de la gente, compartir más tiempo con los tra-ductores, descubrir tradicio-nes y entender mejor su día a día. Ha sido una expe-riencia cultural muy rica.
Lo que no cambia, estés donde estés, es la dignidad de las personas, su fortaleza, su generosidad y la gratitud y el respeto con los que nos reciben.
Estos días me han recordado por qué elegí dedicarme a la sanidad. Me han hecho reconectar conmigo misma, salir de mi zona de confort y ver las cosas con más pers-pectiva. Porque la medicina va mucho más allá de los recursos disponibles.
Me llevo historias, aprendizajes, emocio-nes… y amigos que ya son familia.
Y, por supuesto, gracias a todas las personas que han hecho posible esta misión. Ha sido un privilegio formar parte de un equipo tan extraordinario, siempre dispuesto a dar lo mejor de sí.
África no solo engancha, transforma. Y cuando la vives así, desde dentro, deja huella para siempre.
He vuelto. Dicen que las segundas partes defraudan, pero en esta ocasión se equivocan. Es la segunda vez que formo parte de la misión sanitaria en la región de La Casamance, y yo la he vuelto a vivir con la misma intensidad y emoción desde el primer al último día. Vuelvo a estar encantada de participar y ayudar en ella.
Esta vez la he vivido de una manera más madura, tanto a nivel profesional como a nivel personal y emocional, pero también con un mayor conocimiento sobre la población, lo que me ha permitido compren-derla mejor y empatizar más con su realidad. Viviendo en condiciones de escasos recursos y poca comodidad, aprendes a valorar lo que tienes.
Frustra no poder ayudarles en cosas que, en mi realidad cotidiana, sería impensable dejar de lado. Como por ejemplo el caso de una chica de 19 años, recién casada y por supuesto en edad fértil, que consulta por dolor de cabeza y lumbar. Al tomarle la tensión arterial se objetivaron cifras muy elevadas. Se le realizó un electrocardio-grama que evidenciaba hipertrofia ventri-cular izquierda a consecuencia de las cifras altas mantenidas en el tiempo.
Esta paciente no debe quedarse emba-razada por riesgo de complicaciones fata-les, además no disponíamos de tratamiento efectivo para pacientes con deseo genésico… en España mirar hacia otro lado sería una negligencia.
Nuestra misión ha coincidido con varios funerales y fiestas locales que han impe-dido que los propios habitantes acudieran a consulta en comparación al volumen de pacientes de otros años. Y es que, la cultura animista predomina en la cultura diola, que es la que convive con la religiosa. Supongo que las creencias místicas pesan más que la propia salud.
Hemos actuado en los poblados de Agnack, Séléki, Mlomp y Djivente. Hemos visto patología principalmente crónica como lumbalgias, cefaleas, problemas bucoden-tales o molestias gastrointestinales.
Problemas reales derivados del estilo de vida a consecuencia de los trabajos precarios (agricultura, pesca,…), falta de conocimiento sobre la importancia en la higiene bucodental y escasa diversidad de alimentos en la zona. Sin embargo, ¿estas personas que consultan por dolor tienen derecho a una baja laboral? La verdad es que no…, aunque parezcan problemas banales o menores, son estos mismos los que cronifican el dolor de una población que no puede permitirse el lujo de dejar de trabajar.
No van a dejar de trabajar y el problema va a seguir persistiendo. Queda claro cómo la medicina se choca de frente con la realidad social y cultural. Es un recordatorio de que, a veces, los recursos más valiosos no son los fármacos, sino el cambio estructural y la educación. Es por ello por lo que me quiero centrar en la sensibilización de la población. Puede ser de utilidad una visión de salud comunitaria y no individual, al menos en la región de la Casamance:
Programas de aprendizaje en técnicas de cepillado dental y sensibilizar sobre su importancia en escuelas y en grupos reducidos de poblados de la zona.
Adiestrar a agentes locales que enseñen al resto de la población en estiramientos de zona lumbar e importancia de potenciar la musculatura de esa zona para evitar problemas mayores y minimizar el dolor.
Programas de enseñanza sobre alimentación a mujeres de los diferentes poblados para evitar/minimizar la desnutrición y la anemia en la población. Se podría hacer sirviéndose de material visual como el “método del plato adaptado” (50% verduras y hortalizas, 25% proteínas -carne, pescado, huevos y 25% carbohidratos -arroz, patata, boniato), adaptado a los alimentos que dispone cada poblado.
Insistir en la hidratación durante el día para evitar deshidratación durante las horas de trabajo bajo el sol.
Importancia de cubrirse la cabeza si se trabaja bajo el sol y cómo pueden hacerlo.
Para llevarlo a cabo creo que es una buena idea hacer partícipes a los responsables de salud y traductores que forman parte de Yakaar África. Formar referentes locales creo que es clave. Ellos no solo eliminan la barrera del idioma (wolof/dialectos), sino que poseen el “código cultural” necesario para que el mensaje no sea visto como algo impuesto externamente.
A menudo, en la cultura animista, la salud no es solo un estado biológico, sino un equilibrio espiritual con el entorno. Por eso, integrar a los locales es vital para que ellos pueden ayudar a "traducir" la importancia de ciertos aspectos de salud dentro de ese marco de creencias.
Creo que esta idea de proyecto puede aportar empoderamiento, continuidad y seguimiento en los diferentes poblados. Discutiblemente y a mi parecer, estas personas deberían recibir una recompensa o suelo para asegurar que el proyecto siga adelante durante un tiempo duradero y fomentar el esfuerzo.Creo que trabajar en equipo con los propios locales es crucial para llegar a poder ver cambios en la población. Los grandes cambios obviamente dependen del Estado, pero en ciertos aspectos sí podemos contribuir en la mejora del día a día de estas personas. Estaré encantada de ayudar si sale adelante alguno de estos proyectos.
Para acabar, me cuesta encontrar las palabras que describan todo lo que he vivido. Senegal y su gente me han vuelto a transmitir más de lo que yo les he podido ofrecer, me han transmitido paz, calma y perspectiva. Me han reconciliado con una medicina más esencial y más humana, donde la urgencia es real; una medicina que responde a necesidades reales y no a estructuras que convierten la salud en estadísticas, agendas imposibles y presión constante, y que a veces nos alejan del verdadero sentido de la profesión.
Gracias de nuevo a Yakaar África por dejarme acompañarlos en estas misiones. Vuelvo a casa reconfortada, pero, sobre todo, muy muy feliz.
Comienzo un nuevo viaje a Senegal. Mi viaje se compone de dos partes. En la primera voy a acompañar a la misión sanitaria que se desarrolla en la Casamance. En la segunda viajaré al país Bassari para tratar algunos de los temas que están pendientes.
Aunque el viaje a la Casamance en avión es en apariencia sencillo, la realidad es que pierdes casi un día completo, entre que el vuelo sale a las 15 horas y que tienes que sufrir las incomodidades de un embarque a pleno sol, no se si merece la pena.
Llego a Ziguinchor cuando ya la misión ha terminado su jornada diaria y les espero en el hotel. Es agradable encontrar las caras conocidas de Mayte, Cristina, Alfredo, Mar, Raquel, Esther y Elena y las nuevas para mi de Patricia y Lucía. Es un equipo ideal formado por 2 médicos de adultos, dos pediatras, 4 enfermera y el insustituible Alfredo al cargo de los datos.
En el primer sitio donde se desarrolla la misión: Agnack, hay muchos pacientes. Se nota que la población está mejor cuidada que en la región de Kedougou, pero aun así la posibilidad de ser tratados de manera gratuita atrae a la población. Al final de la jornada vienen las autoridades locales a darnos las gracias por la misión sanitaria. Muy formales Demba y yo damos la réplica, expresando nuestro agradecimiento por la calurosa acogida recibida por parte del poblado
Nuestro segundo destino es Seleky. Tenia muchas ganas de conocer este poblado y su Campamento Solidario. La verdad es que está muy bien. El campamento es una antigua casa impluvium perfectamente conservada que han habilitado con 10 habitaciones. Todo está conservado de manera muy rústica con las paredes en barro y los tejados en cañas. El paisaje tiene el encanto de la sencillez. Un terreno plano cuajado de palmeras, baobabs y ceibas. Las puestas de sol y los amaneceres son increíbles.
De las consultas destacaré las visitas domiciliarias. Hemos realizado 4 y son de gente que no puede desplazarse al cónsul-torio.
La primera ha sido la más dura al visitar a un hombre de unos 30 años que sufrió una caída en su adolescencia. En la actualidad se encuentra postrado en la cama. Ya ni siquiera puede mantenerse sentado, ni en la silla de ruedas que le compramos hace unos años. Su vida se limita a estar tirado en la cama de una oscura habitación.
Las tres visitas siguientes son de tres ancianos de más de 80 años. En general se encuentran en buenas condiciones, aunque presentan importantes limitaciones para caminar. La verdad es que poco podemos hacer por cada uno de los tres casos visitados, ya que la única posibilidad es que hagan ejercicio de modo que puedan mantener cierto grado de autonomía.
Al final de la jornada de consultas de Seleky, nos enteramos de que hay fiesta en Enampor, localidad situada muy cerquita de Seleki y para allá que nos vamos. La fiesta está muy animada con los bailes típicos de la zona, pero lo que mas sorprende es la presencia de dos máscaras típica de la zona: el Kankurán y el Kumpo. Este es una persona recubierta de las hojas final y alargadas de un tipo especial de palmera que lleva un palo en la parte alta de la cabeza. Va paseando ente la gente, pero de repente clava el palo en el suelo y empieza a girar a gran velocidad, levantando aun enorme nube de polvo.
En ocasiones para dar mas dramatismo a la escena de las vueltas, las da sobre un montoncito de paja en llamas levantando las brasas. A la vuelta en la furgoneta hemos cargado a la gente local que quería volver y hemos llenado la furgoneta de mujeres niños y cestos con mercancías diversas.
Después de una jornada de descanso que aprovechamos para las compras y para ir a la playa de Cap Skirring, toca empezar de nuevo en Mlomp. A primera hora acude a la consulta la reina de la zona. En la Casamance hay reyes y reinas casi en cada comarca. Así como los reyes se distinguen por el color rojo de su vestimenta, las reinas van de azul. Por la tarde tenemos ocasión de visitar las ceibas gigantes y el museo de la cultura diola, lo que nos permite conocer un poco más esta región.
Demba y yo nos vamos a Oussouye a ver al jefe médico de la región. Después de exponerle nuestra actividad, nos ponemos a su disposición por si tuviera alguna petición que hacernos. El jefe nos expone que en Oussouye no hay un servicio de pediatría y nos anuncia que nos va a enviar el plan que ha elaborado para ponerlo en marcha. Prometemos estudiarlo.
En Mlomp la consulta de adultos está muy concurrida, pero no hay muchos niños en la consulta, así que procedemos a pasar revisión a todos los niños de la escuela de enfrente, lo que nos da ocasión de jugar y pasar un rato divertido con ellos.
En la última jornada en Mlomp aprovecha-mos para pasar las últimas consultas y recoger, ya con gran eficacia, para poder aprovechar a hacer una visita a la isla de Carabane. Uno de nuestros traductores, Ousmane Sarr, tiene un pequeño restauran-te y nos ofrece una rica comida a base de pescado, que es la especialidad de la zona.
Lo mas divertido del viaje es la vista a la tienda de Paco Carabane, nuestro modisto favorito. Como siempre aprovechamos para encargarle multitud de cosas. Mi mayor interés es que me haga un pantalón blanco para poder combinar con los bubús de colorines que tengo. Por la tarde me lo lleva al restaurante de Ousmane y cabemos dos dentro del pantalón. Me ha tomado medidas, pero no parece que les haya hecho mucho caso.
Si por la mañana nos ha visitado la reina vestida de azul, por la tarde vistamos al rey vestido de rojo y completamos la pareja real.
Abandono la misión sanitaria para irme al País Bassari donde tengo bastante trabajo que hacer. Al llegar hace un calor de muerte, prácticamente 39 grados. En la Casamance hacía calor paro nada que ver con esto.
MI primera actividad consiste en reunirme con acompañado de Alpha Yaya y Sonia de Yimbe Bassari con los responsables del Hospital para ver si llegamos a un acuerdo para operar nuestros enfermos allí. No acordamos nada, pero les dejamos nuestra propuesta por escrito
En Bandafassi, ,estoy invitado a la boda de Mamadou Yaya Keita uno de nuestros estudiantes de enfermería ya graduado y que ha aprobado además el examen de estado. La ceremonia dura dos días.
El primer día consiste en la llegada de la novia que es de Hamadi Hery y que llegará acompañada de sus familiares y amigas. Entre tanto en Bandafassi el futuro marido la espera elegantemente vestido y comienza el baile de los chavales.
A la mañana del día siguiente seguimos con el bautizo. En Senegal es bastante corriente que las parejas tengan ya algún hijo y se aprovecha la boda para matar dos pájaros de un tiro. La ceremonia del bautizo no puede ser mas simple y consiste en que el imán de la mezquita pronuncia tres veces en alto el nombre del niño acompañado del padrino que es el que le da nombre. Eso sí hay nuevo y elegante modelo de los novios.
Por la tarde siguen las celebraciones. Al llegar, a eso de las 5 de la tarde, nos recibe el novio vestido de una preciosa casaca de color rosa. Aquí hay menos prejuicios con los colores que en España. Al cabo de un buen rato aparece la novia con un nuevo modelo a tono con el del novio. Desfile de los modelos con todos los invitados acompañando a los novios.
De nuevo los novios desaparecen y vuelven al cabo de un rato con un nuevo modelo, en esta ocasión es de un color blanco roto, tanto para ella como para él, con abundancia de adornos dorados. La ceremonia parece consistir prácticamente en el desfile de los distintos modelos y en los discretos bailecitos de la novia. El novio especialmente tímido parece estar pasando las de Caín, pero aguanta el tipo con entereza.
Quizás lo más significativo de la ceremonia es la proclamación de los regalos por parte de la madre y la mejor amiga de la novia. Hay mantas y prendas para la casa, que son aireadas como trofeos. A mi me convencen para que mi regalo, 40.000 cfas sea proclamado del mismo modo y nunca he pasado más vergüenza en mi vida cuanao entre la madre y la amiga van mostrando al público uno a uno cada uno de los 4 billetes de 10.000 cfas que les he regalado. Eso sí, el novio debe haber quedado contento porque el día siguiente ha aparecido por nuestro campamento para regalarme un pollo vivo.
El sábado y el domingo, me dedico a recorrer huertas con el técnico de los paneles, Ousseynou, y los técnicos agrícolas tienen libre. Un total de trece. El resumen podría ser el siguiente:
BARABOY
Está bastante atrasada. La razón aducida es que la temporada de lluvias se ha prolongado mucho y la recogida del algodón se ha producido en noviembre. Ahora mismo están empezando. Hay un problema de regaderas. Parece ser que el año pasado las dejaban a pleno sol y se han estropeado, riegan con calderos y eso puede estropear las plantas
BARAFOUTE
La huerta está muy bien, muy verde. Eso sí, tenía un fuerte ataque de insectos por lo que pasará Olivier de inmediato a tratarla con fitosanitarios.
THIOBO
Exactamente la misma situación que Barafoute. Necesitaba tratamiento fitosa-nitario.
NDILICONGO
La huerta está bastante bien. Bastante verde, pero solo uno de los aljibes funciona, el resto están rotos.
HAMADI HERY
La huerta funciona, pero está bastante mal organizada y no muy verde. Aquí parece que el problema son las tuberías que alimentan los aljibes que, al estar a pleno sol, se han roto.
THIOKETHIAN
La huerta está bastante bien pero solo tiene un aljibe que funcione
LANDIENI
No es que sea la mejor de las huertas, pero al menos funciona. El año pasado habían retirado los paneles solares y la bomba. El problema es que solo tiene un aljibe dentro de la huerta.
PATASSI
Está espectacular y en un entorno francamente bonito. Al estar en el camino de Andiel, merece la pena desviarse para verla. Es el primer año de funcionamiento de la huerta y se nota, luego las mujeres tienden a bajar los brazos.
NDEBOU
También está bastante bien. Muy verde y muchas mujeres trabajando
KENDA
Otra de las nuevas huertas de este año y también se nota. Está todavía empezando, pero ya se ve que va a estar muy bien. También muchas mujeres y muy entusias-tas. Me ha gustado mucho el montaje que ha hecho el fontanero junto con nuestros técnicos solares para dotar de grifos dependientes del depósito elevado a la población. Había mucha gente utilizando dichos grifos, se palpa su utilidad.
AFIA MAGASIN
Mejor de lo que esperaba, ya que en el último informe de Ramatoulaye y Yassiga se decía que las mujeres seguían en la huerta cercana al rio, mientras tuviera agua, y no trabajaban nuestra huerta. Sin embargo, parece que en paralelo trabajan algo en la huerta, ya que, aunque muy desorganizada y algo pobre, hay un porcentaje importante de la misma plantado. El problema es que la huerta está muy alejada del poblado. Supongo que no había otro posible empla-zamiento.
AFIA PONT
Otra sorpresa agradable. Es cierto que la huerta comunitaria no funciona porque la alambrada está rota, pero las mujeres se las han apañado para hacer sus propias huertas individuales. Eso a pesar de que las condiciones para elevar a mano el agua desde el rio a las parcelas son extremadamente difíciles. Desde que las conozco, estas mujeres de Afia Pont me parecen las más trabajadoras de todas. Es una pena ver la parcela grande con sus aljibes abandonada, pero, al menos, pudimos ver que habían guardado los paneles y la bomba solar para cuando se arregle la valla.
IBEL
Me resulta doloroso hablar de Ibel. Esta huerta era quizás la máxima prioridad de los pozos a realizar por Méndez, pero, cuando llegamos para realizarlo, nos encontramos con que el pozo ya estaba hecho y la bomba y los paneles solares montados, por lo que tuvimos que sustituir el proyecto por otros como Afia Magasin, quizás no tan adecuados. La huerta podríamos decir que está muy fea, desorganizada y con pequeños cultivos dispersos.
SUGERENCIAS
Hay que insistir en el mensaje de que Yakaar África no va a estar siempre apoyando las huertas. Pasado un tiempo razonable de “garantía” las vamos a dejar a su libre albedrío, para lo cual deben constituir una caja de resistencia de modo que sean capaces de comprar las semillas de la temporada siguiente, reponer el pequeño material y reparar las posibles averías del equipamiento. Este mensaje debe ser trasmitido por nuestros ingenieros en prácticas.
Creo que ese tiempo razonable de “garantía” de la inversión realizada debe estar en función de la categoría de dicha inversión. Según la misma se debería establecer entre 3 y 5 años.
Creo que sería necesario reforzar dicha coordinación con alguien de la zona que sirviera de enlace permanente entre ellos y la “dirección” de Yakaar en Senegal, al modo que sucede en el caso de la salud y Alpha Yaya. Alguien que conozca perfectamente las instalaciones y pueda ayudar a coordinar a los ingenieros, dar continuidad entre las distintas promociones y canalizar las propuestas a la “dirección”.
El lunes ya terminado el maratón de las huertas tengo un día mas relajado y me acerco tanto a la escuela de Landieni como al Liceo de Bandafassi, para que me den los certificados de escolaridad de Ousmane para tramitar sus papeles en España. Todo transcurre sobre ruedas, gracias a la amabilidad típica senegalesa.
Luego es un día dedicado a las visitas, por la mañana saludo al alcalde y al vicealcalde de Bandafassi que ya son como de la familia. Posteriormente viene Doba a verme para hablar de todas las cosas que tenemos en común, en especial del posible traslado a España de una niña de Dindefelo.
En la tarde nueva cita, en esta ocasión de Alpha de Thiancoumalal al que aprovecho para ponerle las pilas sobre la huerta de su poblado que este año todavía no ha arrancado.
Con estas visitas doy por terminado mi programa de trabajo en Senegal. En abril volveré con un grupo de entusiastas solidario-turísticos.
A nivel personal la experiencia ha sido increíble, lo que más me gustaría destacar es el equipo que se creó, gracias a Cristina y Alfredo que conse-guían desde el orden, reparto de roles, la coordinación y comunicación un ambiente de trabajo motivador.
Los componentes de la misión veníamos de ciudades muy di-ferentes de España, representa-bamos una muestra de personal sanitario y no (ahí estaba Hugo con la energía de un joven muy implicado y trabajador) todos con ganas de ayudar y ser útiles. Nos apoyábamos y com-partíamos momentos buenos y no tan buenos, toma de deci-siones en las jornadas de consulta y con ello nos hacía-mos más fuertes.
El día a día era rutinario en su esquema inicial, pero con nuevos retos, alegrías y alguna tristeza cada día.
Las comidas y sobre todo los refrescos a la caída de la tarde nos hacían recuperar energías, descubriendo lugares donde improvisar una terraza de tertulia. Los inventos y artilugios de Alfredo con su dispositivo de video para otoscopia, el dron con imágenes increíbles o la ducha portátil cuando sólo disponíamos de “cubo grande cubo pequeño”; el aceite de oliva, las latas y embutidos que todos compartían, la previsión de Cristina reser-vando pan y zumo para el almuerzo, las tortilla, crepes y buñuelos que Hassanatou nos cocinó con tanto amor para salir de la rutina del Yassa y el Mafe, eran pequeños alicientes en un mundo muy diferente al nuestro.
El contacto y relación con nuestro guía, Ambrosio, persona sabia y tranquila (como casi todos), con nuestro magnífico y buen conductor Mor y con los traductores, en mi caso Arouna de Bandafassi que te sumer-gían en su manera de vivir y pensar a través de relatos de su día a día
Probablemente para mí, que nunca había pisado el continente africano, me sorprendió para bien, la educación de esos niños, con una jerarquía clara y respetuosa con sus adultos, la ilusión con la que venían a vernos y el reparto preciso de tareas en una sociedad rural como la de nuestros antepasados, el cuidado de sus tradiciones y la trasmisión de sus creencias a las nuevas generaciones.
El cuidado de los huertos que la Asociación ha montado en Dindefelo fue un soplo de aire fresco, que te hacía reflexionar en que este cuidado proyecto era uno de los pilares de Yakaar África.
Lo que me impactó para mal, fue el concepto de higiene tan diferente al nuestro, no dar importancia a plásticos y basura esparcida por todas las aldeas y márgenes de carreteras, incluso en aldeas aparente-mente fuera del circuito turístico como Iwol.
Me sorprendió hasta el último día, cuando visitamos MBour con un mercado y una lonja donde su actividad económica se entremezclaba con este mar de plásticos.
De la misión que allí hicimos , lo más gratificante a nivel profesional, fue poder tratar ciertas patologías que con diagnóstico rápido y tratamiento precisos tenían fácil solución, realizar un cribado de todos los pacientes con diagnóstico susceptible de tratamiento posterior, priorizando su asistencia según edad, situación y repercusión, la captación de lactantes desnutridos que se podían beneficiar del programa de renutrición, con la ayuda de los suplementos lácteos que les proporcionaba Yakaar África y por supuesto la puesta en marcha del programa de detección de Drepanocitosis, lo que va a suponer con muy poco esfuerzo económico evitar las complicaciones más graves de esta enfermedad en nuestra misión a 7 niños.
Cuando estás allí, se te abre la mente a un montón de proyectos que se podrían implantar pero que como todo conlleva tiempo y en algunos casos dinero, algunos ya en marcha como el fomento de la educación en lavado de manos y dientes que tan “mágicamente” llevaron a cabo Alfredo y Mar en los colegios, al que no sé si se podría añadir el uso de sus palos de mascar para que el conocimiento de nues-tros cepillos y pasta de dientes sean un complemento a su forma tradicional de lim-pieza, ya que funciona y está a su alcance cuando nosotros nos vayamos.
Reforzar la idea de la riqueza que tienen con la Manteca de Karité que nosotros prescribíamos como parte fundamental de su hidratación y ellos parece que utilizaban más como negocio.
La educación a las matronas en el contacto “piel con piel” del recién nacido con una lactancia materna precoz, en los primeros minutos de vida. Era curioso ver como carteles informativos e incluso su cartilla de Maternidad, contenía estos mensajes, pero en la práctica, la madre no tenía casi contacto con el recién nacido hasta las 12 horas de vida, como pudimos ver con un recién nacido durante una de nuestras consultas, fue visitado e incluso aseado por familiares de la parturienta antes de que ella lo tomara en brazos para darle el pecho, nos contaban como no les ponen nombre hasta la semana de vida.
Toda esta reflexión la hago desde el cariño y la admiración a Jose María, que no lo he podido conocer en persona, pero cuyo espíritu estuvo en toda la misión, que ha creado una organización dinámica que no solo ayuda y acompaña, intenta sedimentar las iniciativas implantadas e investigar nuevos caminos de coope-ración y que deja una huella que era palpable en los habitantes de País Bassari, nos trataban con especial cariño como si formáramos ya, parte de su comunidad.
Nos encauzamos en esta misión sin saber muy bien lo que nos íbamos a encontrar y lo que hemos descubierto ha sido un equipo muy humano con ganas de que el trabajo y la ayuda saliesen adelante. Compañerismo, humanidad, respeto, empatía, motivación y trabajo es lo que nos ha trasmitido Yakaar desde antes de coger el avión. Hemos podido comprender los problemas básicos que tiene la población, sobre todo de las zonas rurales donde hemos estado trabajando y como se intentan solventar o han mejorado gracias a las ayudas que reciben.
Nos hemos adentrado en su cultura y forma de vida ya que el equipo de trabajo también está formado por gente autóctona de la zona. Para nosotros ha sido muy enriquecedor conocer, entender, inter-cambiar costumbres y opiniones desde el respeto y el entendimiento intercultural y es uno de los aprendizajes que nos llevamos en el recuerdo.
En una misión así los resultados salen adelante gracias a organización y esfuerzo
pero sobre todo gracias a poner el corazón, sentimiento y emoción en lo que se está haciendo y sin duda es algo que hemos percibido en nuestros compañeros y en nosotros mismos tanto a la hora de trabajar como de convivir.
Me gustaría terminar dando un mensaje para aquellos que lean esto y que todavía no han tenido la suerte de visitar ese precioso paisaje.
“Por muchas imágenes o videos que veas solo los que hemos estado allí sabemos que los atardeceres son únicos, que los niños te miran desde la más profunda genuinidad y que la gente saluda con lo que a mi me parecía una pequeña melodía.”
Gracias por habernos dado la oportunidad de vivir esta enriquecedora experiencia en la que hemos crecido como profesionales, pero sobre todo como personas.
Yarama
(Hola, Gracias, saludo, un poco de todo en lengua pular, la lengua predominante en la región)
Desde hace mucho tiempo la idea de hacer un voluntariado rondaba mi cabeza, era algo que no quería que se me quedara pendiente. Pero nunca encontraba el cómo, ni el cuando, hasta que, gracias a una amiga y compañera de profesión, lo conseguí. Y digo gracias, porque ella me dio el empujón y me abrió las puertas a Yakaar África, una ONG maravillosa que consigue cosas increíbles.
Desgraciadamente, mis inicios fueron duros, unas semanas antes de comenzar la misión, mi hermana falleció. Todo se detuvo. Los planes, la ilusión, la preparación…todo quedó suspendido en un silencio lleno de dolor. Pero, a la vez, algo en mí sabía que quedarme tampoco aliviaría el vacío.
Así que comenzamos la aventura.
Con muchos nervios e incertidumbre, por fin llegamos a Madrid, donde conocí a todo el equipo que formaba parte de la misión de País Bassari. Poco a poco, los nervios fueron desapareciendo y entre personas que apenas conocía pero que compartían la misma vocación que yo, empecé a sentirme acompañada.
Una vez llegamos a Senegal, todo dejó de ser preparativos y se convirtió en realidad. Empezamos a descargar material, limpiar, montar las consultas…y a tener contacto con los pacientes. Ahí volvió mi ilusión por hacer lo que estaba haciendo en ese momento.
Todo fue intenso e impactante, una cultura y una forma de entender la vida muy diferente. Además de condiciones de vida muy duras.
Sentía que había mucho por hacer y muy poco tiempo. Pero gracias a la experiencia de mis compañeros, aprendí a trabajar con lo que había, a que llegamos hasta donde se puede y a que gracias a todo el esfuerzo y la implicación de toda la gente que forma parte de Yakaar, nuestro pequeño granito de arena como voluntarios, llega mucho más lejos.
En definitiva, he tenido una experiencia preciosa y muy reconfortante. El cariño de los niños, la amabilidad y la generosidad de la gente, el gran trabajo que hacen nuestros traductores y conductores que colaboran al máximo para que nuestro paso por allí sea lo más productivo posible. Todo ello hace que solo te queden ganas de repetir.
Como ya dije al principio, llegué a Senegal rota, pero me fui con una tirita en el corazón.
Cuarta vez en Senegal. Tercera con Yakaar. Después de tres años vuelvo, esta vez con mi hijo.
Al llegar al aeropuerto de Dakar, sensación de equipazo. Diferentes edades, nuevos y repetidores, Alfredo y Cristina. Muchas ganas, caras de expectación, miradas brillantes.
¿Qué puede salir mal?
Otra vez el Blue África, La Gazelle, Ambrosio, Mor, el calor y las mosquiteras. Los de siempre, mezcla de lenguas, gente que transmite alegría.
Al día siguiente el camino al país Bassari tan cautivador como largo y que, entre baobabs, aldeas llenas de niños y animales, motos y carros, controles de policía, plásticos sin recoger y naturaleza salvaje te va introduciendo en la África auténtica que tanto engancha y a la que siempre quieres volver.
Llegamos a los pueblos, los de siempre y alguno más. Se va viendo la huella de la labor de Yakaar. Más huertos, más paneles solares, consultorios, operados de otros años, muchas camisetas y mucha gente agradecida. La sensación de que queda mucho por hacer por mucho que se haga.
Senegal cautiva: su gente, sus paisajes, su amistad, su forma de compartir, su paciencia, sus sonrisas, sus valores, sus cacahuetes, su arroz con pollo. Impagable verles ganar en directo la copa África. Increíble el desembarco de los pescadores en Mbour. Los pelos de punta al ver la huerta de Dindefelo. Especial salir con Hugo y Mar a correr por las mañanas en Bandafassi. Ya tradicional el baño en la cascada. Emocionante ver a Alpha Yaya, de donde viene y lo que vale. Ver cómo nos cuida Hassanatou ya recompensa el pequeño esfuerzo que uno hace por venir.
Tras varios viajes, perspectiva algo mayor y mejor. La ilusión de la gente por crecer, la juventud del país y sus ganas, sus recursos deberían ser suficientes para que el avance sea visible en unos años. Espero poder seguir ayudando a que sea así.
Gracias a Jose María y a Yakaar por permitirme formar parte de ese proyecto y de ese progreso
Gracias a Alfredo, Cristina, Raquel, Mar, Marisa, Nieves, Alberto y Marías por ha-cerme pasar días tan fáciles en el trabajo.
Abrazo especial para Ambrosio, Los Arounas, Moussa, Mor, Mamadou, Alpha y Mustapha, Kalifa, Alpha Yaya, Hassanatou y alguno que seguro se me olvida por su cercanía y sus tés y por sus ganas de enseñar y aprender.
Gracias, Yarama, Yereyef.
Hace un mes volvimos del País Bassari y todavía sigo pensan-do mucho en todo lo que vivimos allí. Para mí fue una experiencia muy fuerte, porque era el más joven del grupo y la única persona que no era médico ni enfermero. Al prin-cipio iba con bastante miedo, porque no sabía muy bien qué podía aportar ni si iba a estar a la altura. Sin embargo, desde el primer día me trataron genial y me hicieron sentir uno más del equipo. Además, me fueron enseñando cómo hacer peque-ñas cosas médicas para poder ayudar: preparar material, organizar consultas o colaborar en tareas básicas.
En sitios como Dindefelo me impactó mucho ver cómo era la vida. No había casi comodida-des (algún día ni siquiera agua o luz). Allí te das cuenta de que cosas que para nosotros son normales, como una buena vivienda o ciertos servicios, allí no están aseguradas.
Verlo en persona cambia bastante la perspectiva.
En Bandafassi la experiencia fue diferente. Nos cuidaron muy bien con y siempre estuvieron pendientes de nosotros. A pesar de tener pocos recursos, compartían lo que podían y nos hacían sentir muy acogidos. Me sorprendió esa forma de tratar a la gente, tan cercana y tan agradecida.
Algo que recuerdo mucho son las mañanas. Me gustaba salir a correr temprano, cuando todavía no hacía tanto calor y todo estaba tranquilo. Era un momento para pensar y para asimilar todo lo que estaba viviendo. También la comida fue parte importante de la experiencia. A mí, la verdad, me gustaba bastante, aunque a la mayoría del equipo no tanto. Era diferente a lo que estamos acos-tumbrados, pero para mí eso también forma-ba parte de conocer realmente el lugar.
Y, sin duda, me quedo con los niños. A pesar de las condiciones en las que viven, siempre estaban sonriendo.
Cuando conseguías sacarles una sonrisa jugando un rato con ellos o simplemente estando allí, te ibas con una sensación muy buena. Momentos pequeños, pero que se quedan grabados.
Ha sido una experiencia que me ha hecho darme aún más cuenta de la diferencia que existe entre un país como Senegal y España, pero también me ha enseñado que con poco se puede hacer mucho. Me vuelvo con más ganas de seguir aprendiendo y ayudando en todo lo que pueda.
Por último, quiero decir que estoy muy agradecido con la ONG por haberme dado la ocasión de ir y ayudar, incluso sabiendo que no tenía tanto que aportar como otros profesionales que quizá se quedaron fuera. Para mí ha sido una oportunidad enorme y algo que voy a valorar siempre.
Muchas gracias a Mor y a Ambrosio, a Alberto, Mar, a Alfredo y a Cristina, a Hassanatou, a Arounas, Marías y a todos los demás por hacérmelo todo tan fácil.
Belén, compañera de Ingeniería de Caminos, ha recibido este año el premio Rafael Izquierdo que nosotros recogimos en su día. En su escrito resalta “la fuerza de las alianzas”.
Pocas veces damos cabida en nuestro boletín a otras voces procedentes de otras asociaciones pero en esta ocasión hemos querido recoger el que nos ha remitido Belén Fernández, coordinadora de PROYECTO ESPERANZA como muestra de esa fuerza de las alianzas.
Podéis ver que hay muchas sinergias con lo que nosotros hacemos y donde lo hacemos e, incluso, la gente con la que trabajamos, pero, además, Belén nos ha dedicado unas jornadas de su intensa agenda para visitar nuestros proyectos. Esperamos que ello abra la puerta a futuras y fructíferas colaboraciones.
José María Piñero
Hay palabras que tardan años en escribirse, no por falta de tinta, sino porque cada una de sus letras representa un compromiso real con la vida de las personas. El pasado mes de diciembre, coincidiendo con el final de 2025, Proyecto ESPERANZA aterrizó en Senegal, con una misión muy especial, visitar las comunidades en las que, junto a la Universidad de Huelva (UHU), se habían financiado las actuaciones durante el año que acababa y que correspondían a la 9ª letra (la “A”) de Proyecto ESPERANZA.
Un compromiso que empezó hace una década: financiar un proyecto en África cada año, por cada una de las letras de la palabra esperanza.
El Viaje Rafael Izquierdo, nacido del reco-nocimiento de la Fundación Caminos ha sido apoyado por la Demarcación de Andalucía del Colegio de Ingenieros de Caminos e Ingeniería ATECSUR.
No ha sido solo una visita técnica; ha sido un ejercicio de escucha y un puente entre la ingeniería y el corazón de las comunidades que habitan en esta exigente región.
UN RECORRIDO POR EL IMPACTO REAL
Durante las dos semanas que pasamos sobre el terreno, pudimos constatar cómo la cooperación, cuando es respetuosa y cercana, mejora realmente vidas y como el esfuerzo de todas las personas involucradas en este proyecto da sus frutos:
MBURAKO
Fue una de las primeras paradas del viaje y una de las actuaciones más significativas En el momento en el que llegamos, pudimos presenciar la puesta en marcha del vallado, los trabajos en el huerto y la conexión de la balsa de riego al pozo existente.
Este proyecto responde a una necesidad expresada por las propias mujeres del pueblo, que hasta ahora tenían que desplazarse largas distancias para acceder al huerto que compartían con la comunidad vecina. Ese desplazamiento no solo requería horas de camino, sino que también generaba conflictos con las mujeres del pueblo donde se encontraba el huerto, dificultando la convivencia entre ambas comunidades. Pudimos celebrar con bailes y comida nuestra presencia en el pueblo y al despedirnos, las familias nos agradecieron la ayuda con un gesto tradicional de hospitalidad muy valorado: nos regalaron uno de sus gallos.
PELEL
La electrificación del colegio de Pelel puede parecer una actuación sencilla en su ejecución, pero es enorme en su impacto. En nuestra visita fuimos conscientes de la situación en la que se encuentran las aulas del colegio. La financiación de paneles solares y su instalación y su conexión al sistema eléctrico, permite la iluminación interior en las aulas, permitiendo ampliar los horarios de clase, mejorar las condiciones de docencia, celebrar reuniones, cargar dis-positivos y equipos educativos, ofreciendo un espacio más funcional a toda la comunidad.
NANDOUMARI (DJOGOMA)
La visita a Djogoma fue muy emotiva. El pueblo celebraba la inauguración conjunta de dos actuaciones fundamentales: las letrinas construidas junto al colegio, financiadas por Proyecto ESPERANZA, y el nuevo pozo y el depósito elevado alimentado por paneles solares, construidos por la UHU.
Las puesta en marcha de las letrinas, ofrecen un espacio seguro y digno para niñas y niños, reduciendo ausencias esco-ares —especialmente entre las niñas— y mejorando las condiciones sanitarias del centro.
Como bien escuchamos en la inauguración, "L'union fait la force" (La unión hace la fuerza); una frase que resume la esencia de nuestro trabajo conjunto con la UHU y las comunidades locales.
La celebración fue completa: música, baile, discursos y un ambiente de orgullo com-partido. La comunidad resaltó la importancia del saneamiento digno y del acceso estable al agua, recordándonos que estos ele-mentos, que en otros lugares pueden parecer básicos, aquí representan un cambio profundo en la vida diaria.
LA FUERZA DE LAS ALIANZAS
Tuvimos la oportunidad de compartir tiempo con el equipo de Yakaar África. Su equipo nos abrió su casa y nos permitió acompañarlos en sus tareas. Escuchar sus historias, costumbres y tradiciones nos permitió reforzar la idea de que la cooperación debe construirse desde el acompañamiento respetuoso y no desde la intervención, entendiendo que cada acción debe adaptarse a los ritmos culturales y a la realidad de cada pueblo.
Es emocionante ver cómo entes tan diferentes sumamos esfuerzos, desde el ámbito institucional, hasta el impulso empresarial y por supuesto el esfuerzo humano que nos acompaña desde el inicio de Proyecto ESPERANZA, para que el desarrollo humano y el impacto real sea una realidad tangible a miles de kilómetros.
ROSTROS DETRÁS DE LOS NÚMEROS
Lo más valioso que dejamos en Senegal no son las actuaciones financiadas y que pudimos visitar, sino las historias que nos traemos grabadas.
Conocimos a Mariama en Mburako, mientras sacaba agua del pozo con una energía tremenda. A sus 20 años, su historia es el vivo reflejo de cómo la falta de infraestructuras básicas corta las alas del futuro. Cuando tenía 17 años, Mariama era una estudiante que pedaleaba cada día hasta Dindefelo para ir a clase. Cuando su bicicleta se rompió, comenzó a ir caminando al colegio: una hora y media de ida y otra de vuelta bajo el sol de Senegal. “Llegaba tan cansada que ya no podía concentrarme”, nos confesó. Al final, la distancia fue mayor que sus fuerzas y tuvo que abandonar sus estudios.
Ver la felicidad de Mariama y del resto de mujeres por tener cerca un huerto de-muestra por qué este proyecto es vital. El huerto no es solo agricultura; es evitar que las mujeres tengan que caminar kilómetros, es darles tiempo, es autonomía. Este momento nos hizo ver que un grifo o un vallado perimetral pueden ser la frontera entre la precariedad y la dignidad.
En Dindefelo tuvimos la suerte de conocer a Román, un artista local cuya obra es un testimonio visual de la fuerza y el peso que soportan las mujeres en su comunidad.
Román es un artista que utiliza sus pinceles para representar escenas cotidianas pero también para denunciar las desigualdades que se esconden tras la tradición que, en muchos casos es presentada como intocable y que no siempre es sinónimo de justicia, sino todo lo contrario.
Sus láminas muestran a mujeres cargando cántaros, trabajando la tierra y sosteniendo el mundo. De su boca escuchamos un proverbio africano que según él refleja la realidad de su entorno: “Si las mujeres bajaran los brazos, el cielo se caería”.
Román ha sido cuestionado y le ha costado mucho a nivel personal. Su pensamiento crítico y la “rebeldía” que lo ha llevado a atreverse a cuestionar las normas culturales más rígidas de su pueblo, han hecho que muchos de sus compañeros y vecinos lo tachen de “loco” al defender que la tradición no siempre es sinónimo de justicia.
Roman sueña con una escuela de pintura en Dindefelo para que los jóvenes aprendan a imaginar realidades más iguales, para que aprendan a expresarse, reflexionar y romper silencios heredados. Hablando con él nos dimos cuenta de que al desarrollo también se llega a través de un pensamiento crítico y la libertad de imaginar realidades distintas.
Pocos días antes de marcharnos visitamos el campamento “Tako Mayo” donde conocimos a Alpha, un hombre cuya gratitud hacia su madre, a quien vio trabajar incansablemente toda su vida y de quien aprendió la perseverancia y la fortaleza que caracteriza a las mujeres que sostienen la comunidad, se ha transformado en un santuario de oportunidades para otras mujeres. Junto a la ONG Bassari África, Alpha dirige el centro "Lueur d’espoir" (Rayo de Esperanza).
Se trata de un programa extraordinario, donde cada año, 17 mujeres se matriculan para cursar un programa de alfabetización, formación práctica, acompañamiento personal y un mensaje que resume su filosofía: “la mujer tiene derecho a elegir”. Para entrar en el centro las mujeres y sus familias firman un compromiso: no abandonar, no casarse antes de los 20 años y no quedarse embarazadas durante el proceso.
Más de 100 mujeres esperan poder ingresar el próximo año. Con Alpha aprendimos que el desarrollo no es solo infraestructura: es acompañamiento, es visión, es un acto de amor y de justicia.
Alpha nos dijo algo que nos encantó: “Si salvas a una mujer, tienes el paraíso”.
Estas historias ponen rostro a nuestro esfuerzo y dan sentido a cada donación y a cada persona o empresa que ha decidido caminar con nosotros hasta nuestra meta en cada letra de Proyecto ESPERANZA.
CONCLUSIÓN: UN PROPÓSITO COMPARTIDO
Durante el Viaje Rafael Izquierdo, nos damos cuenta de que la novena letra de Proyecto ESPERANZ”A” es, en realidad, el comienzo de nuevas historias. Kedougou nos ha enseñado que las soluciones más sencillas pueden tener el impacto más profundo y la certeza de que la cooperación funciona cuando suma "un poco de cada uno".
Porque como hemos visto en cada visita…la esperanza solo se convierte en acción cuando muchas manos deciden unirse por un propósito común.
¡Yarama buy a todos los que hacéis esto posible!