Meditación Semanal
"Mi Parroquia Espiritual"
Catequesis sobre
la Divina Voluntad
Padre Pablo Martín Sanguiao
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"Mi Parroquia Espiritual"
Catequesis sobre
la Divina Voluntad
Padre Pablo Martín Sanguiao
"Hijo, no te olvides de las lágrimas de tu Madre!"
Eclesiástico 7, 27
6 de Febrero, 2025
+ ¡Ave María!
Queridos hermanos, el 2 de Febrero de este año ha sido el 30° aniversario de la primera lagrimación de la Stma. Virgen, 14 veces (lágrimas de Sangre) en mi parroquia. ¿Por qué llora Nuestra Madre? +
Queridos hermanos, el 2 de Febrero hemos celebrado la Presentación de Jesús en el Templo. Cada niño varón primogénito debía ser presentado a Dios en el Templo 40 días después del nacimiento, come sagrado, consagrado a Dios, perteneciente a Dios, y por él se ofrecían dos tórtolas o dos palomitas. Se puede decir que aquel rito fue como el Ofertorio de la Misa de la vida de Jesús: el Sagrado Corazón de Jesús y el Corazón Inmaculado de su Madre estaban representados por las dos pequeñas palomas.
¿Qué origen tenía aquel rito? Tantos siglos antes, cuando Dios liberó el pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto, le dió indicaciones de como debía celebrar aquella primera Pascua de la historia: cada familia debía sacrificar un cordero y poner su sangre sobre las puertas de las casas como signo de pertenecer a Dios, porque a medianoche pasaría el ángel de Dios haciendo justicia y moriría cada primogénito de los egipcios opresores. Así, a medianoche no hubo casa de los egipcios, empezando por la del faraón, en que no se llorase un muerto, y el faraón convocó a Moisés y Aarón para que inmediatamente los israelitas se fueran de Egipto. ¡Por fin! Por eso, todo varón primogénito era sagrado, era de Dios, y en su lugar ofrecían el sacrificio de dos pequeñas palomas. No es casual que hace 30 años, el 2 de Febrero 1995, ese día el Señor quiso dar este signo de la Sangre del Cordero de Dios con las lágrimas de sangre que lloró una pequeña estatuita de la Stma. Virgen, la Reina de la Paz, procedente de Medjugorje. Yo había comprado allí la estatuita, para una familia que me la había pedido. Sangre del Hijo en las lágrimas de la Madre, Sangre de El y de Ella. Este hecho extraordinario ocurrió en el jardín de esa familia de mi parroquia, cerca de Civitavecchia (provincia de Roma). Fue la primera de 14 lagrimaciones, que vieron miles de testigos y por último el Obispo, que reconoció el signo sobrenatural (Son cosas que muchos de ustedes ya supieron). El Papa Juan Pablo II comentó el hecho diciendo: “Si la Stma. Virgen llora, ¡debemos consolarla!”. Como dice el Evangelio: “A la vista de la Ciudad, Jesús lloró sobre ella…” Jesús lloró sobre Jerusalén, porque los responsables de la nación y de la religión no habían acogido la Luz y la Misericordia del Señor. Por eso, después de la Misericordia llegó la Justicia y el castigo. Lloró por la situación de pecado del cual no quisieran arrepentirse y convertirse. Así ahora, nuestra Madre pide la verdadera conversión y el regreso al Señor mediante la oración, los Sacramentos y la penitencia. Lo está pidiendo en todas sus apariciones en el mundo; en particular la pedía ya, desde hacía 14 años, en Medjugorie (ahora han pasado ya más de 43), y la pide porque su Hijo va a venir y manifestarse como Rey, pero antes tiene que purificar el mundo, en primer lugar su Iglesia, que parece agonizante.
Esta situación de tinieblas espirituales, de pérdida de la Fe y de pecado se ve en particular en las familias. El demonio dijo en varios exorcismos que su proyecto es destruir a “los sacerdotes y a las familias”, para vencer su guerra contra Dios. Son tantos los que le sirven en esto, compartiendo su misma idea y su proyecto.
Su odio contra la familia es principalmente por tres motivos (que el director del banco Vaticano, IOR, durante el pontificado de Benedicto XVI y verdadero fiel suyo, el sr. Ettore Goti Tedeschi, ha explicado). Son estos: 1°, consideran la familia como una invención de la cultura cristiana. La familia, como la conocemos (con sus fines, con su identidad y con su responsabilidad) no puede ser controlada por el estado, por tanto impide ese control de uniformidad que los estados, en un mundo global, quieren imponer cada vez más. La familia tiene su identidad, sus fines y su sentido de responsabilidad, lo que no permite poder ser controlada por nadie. 2° motivo: la familia educa, no sólo cuando los hijos son pequeños, sino educa a todos sus miembros, es una “escuela de santificación” toda la vida, con el ejemplo, con la experiencia, con la ayuda recíproca dentro de ella. La familia es acusada de crear “rupturas sociales”, o sea, rupturas en la educación que debería ser la misma para todos, homogénea, según el pensamiento y el proyecto del estado: la familia provoca rupturas sociales, desigualdad en el modo de ver la vida. Según los que quieren gobernar el mundo, todos deben tener el mismo pensar y hacer lo que ellos quieren: un gobierno que sustituya a Dios, que sea “dios”. Para eso ha de servir toda la tecnología (por ejemplo, con “la inteligencia artificial”, sustituir al hombre con un robot). 3° motivo: la familia, de por sí, produce hijos y los hijos producen ‒así dicen‒ “contaminación del ambiente”, pero esos poderes ocultos que gobiernan el mundo quieren que el ambiente sea la nueva religión universal. Quieren reducir la población mundial, impedir que nazcan hijos (para eso es toda esa campaña de homosexualidad LGBT y la ideología “verde”) y eliminar una gran parte de la población mediante venenos, falsas epidemias, terremotos y tempestades provocados artificialmente y guerras…
Como vemos, en nuestro tiempo, día tras día, las tinieblas aumentan en el mundo y han invadido también la Iglesia; ya lo había dicho el Papa Pablo VI en 1970: “el humo de satanás ha entrado en la Iglesia, por ventanas que habrían debido estar abiertas a la Luz”. La Fe ha desaparecido en la mayor parte de quienes todavía se dicen cristianos, y con la Fe parece faltar el buen sentido y el uso de razón, y esta pobre humanidad ha entrado en un estado de locura colectiva. Es la hora de las tinieblas espirituales, que un día serán tres días de tinieblas físicas profetizados. Nos había avisado el Señor, diciendo «Debemos cumplir las obras de Aquel que me ha mandado miestras es de día; luego viene la noche, cuando ninguno puede ya obrar. Mientras estoy en el mundo, soy la Luz del mundo» (Jn 9,4-5). Jesús también ha dicho: «Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida» (Jn 8,12). «¿Acaso no son doce las horas del día? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche tropieza, porque le falta la luz» (Jn 11, 9-10). «Todavía por poco tiempo la Luz está con vosotros. Caminad mientras tenéis la luz, para que no os sorprendan las tinieblas; el que camina en las tinieblas no sabe adónde va. Mientras tenéis la luz creed en la Luz, para ser hijos de la Luz» (Jn 12,35-36).
Presentémonos al Padre Divino con Jesús y con María en el Templo de su Divina Voluntad para repetir con Ellos nuestro “héme aquí, oh Padre, que vengo para hacer tu Voluntad”.
El Señor nos dice: “venid a Mí, vosotros todos, que estáis cansados y oprimidos, y Yo os aliviaré”. Al menos nosotros démonos cuenta, en este momento más que nunca, del tiempo que vivimos y adónde estamos yendo. Y ahora, hermanos míos, tratemos por un instante de no pensar en nosotros mismos, sino en el Señor, probemos a elevarnos “unos metros” sobre nuestro pequeño mundo individual y también familiar, para ver en panorámica la entera humanidad, qué es lo que busca, en quien confía y adónde está yendo. En medio de poco más de ocho mil millones de personas, somos privilegiados del Señor sin ningún mérito nuestro, por la luz de la Fe que nos permite comprender el proyecto del Amor infinito de Dios y de la respuesta de amor que le debemos. Llega la hora del Juicio, de que el Señor encienda la Luz: quien está dentro y quien está fuera, la separación de la Verdad de la falsedad, de quien ama la Verdad y quien prefiere su propio “yo”. Las familias deben orar, si es posible juntas, volver a los Sacramentos, Confesión y Eucaristía, y cultivar su fe, si quieren sobrevivir, porque el mundo ahora es peor que aquel del tiempo del Diluvio y de Sodoma y Gomorra.
“No creáis que Yo haya venido a traer paz en la tierra; no he venido a poner paz, sino una espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, a la hija de su madre, a la nuera de su suegra: y los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mt 10,34-39). Por eso debemos poner el verdadero orden dentro de nosotros: en primer lugar Dios y la Verdad; después viene el prójimo, ante todo la familia, en el Amor del Señor y según su Voluntad. El Señor ha dicho: “no he venido a traer paz”, o sea, a dejaros en paz, en vuestra paz egoista. Por eso dijo después: “la Paz os dejo, mi Paz os doy; no como la da el mundo os la doy Yo”. En el Padrenuestro decimos: “mas líbranos del mal”, no de la cruz, que llevada con Jesús se convierte en amor y paz y nos libera del mal.
Con aquel hecho extraordinario de las lágrimas de sangre de la Reina de la Paz en Civitavecchia, que sacudió de arriba abajo la vida habitual de todos nosotros, tuve la clara sensación de que estaba empezando el tiempo “de la gran decisión”: tuve la sensación como si una grieta (como las que se forman en el terreno con un terremoto) avanzase zigzagueando por todas partes, pasando por todas las casas, en cada familia, en las parroquias, en las ciudades…, sin que se notase casi nada al principio, pero con el tiempo haciendose cada vez más vistosa, más ancha y profunda, separando las personas… Es el juicio y cada uno decide en qué lado estar… Unos años después, estando en otra parroquia, un día tuve un sueño particular, que conté luego a algunas personas: veía como dos trenes parados en la estación, uno al lado del otro; en uno, a la derecha, había algunos pasajeros tranquilamente sentados, esperando que partiera; el otro estaba lleno de gente que reía, gritaban, se peleaban, abandonandose a toda clase de vicios. Los trenes estaban a medio metro de distancia uno del otro, de manera que de uno se podía saltar fácilmente al otro y viceversa. Los que estaban en un tren invitaban a pasar allí a los del otro y lo mismo hacían los otros… Los trenes empiezan a moverse y parten, al principio lentamente, después la velocidad aumenta y poco a poco se van distanciando: el primero va jadeando por una ligera subida y va a la derecha, el otro va veloz a través de un hermoso paisaje siguendo una amplia curva que desciende hacia la izquierda, pero allá va a entrar en una niebla oscura… y en aquella densa niebla, un puente roto, y el tren cae en un abismo profundo, negro. Conté el sueño durante la homilía, como una parábola… pero ¡cuál no fue mi sorpresa, cuando más tarde, en la televisión (entonces la veía) pusieron una película que en buena parte coincidía con mi sueño! ¿Necesita explicación la parábola?
Llega la hora de la prueba, de la separación abierta: “Pueblo mío, sal de Babilonia para no asociarte a sus pecados y no participar en sus castigos. Porque sus pecados han llegado hasta el cielo y Dios se ha acordado de sus iniquidades” (Apoc. 18,4-5). “Del centro de la ciudad la gloria del Señor se levantó y fue a detenerse sobre el monte que está a oriente de la ciudad” (Ez. 11,23).
“No se turbe vuestro corazón. Tened fe en Dios y tened fe en Mí ‒dice el Señor‒. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Si no, os lo diría, porque voy a prepararos el lugar; cuando me haya ido y os lo haya preparado, volveré y os tomaré conmigo, para que donde Yo estoy estéis también vosotros. Porque para donde voy Yo, vosotros conocéis el camino (…) No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Todavía un poco y el mundo ya no me verá; pero vosotros me veréis, porque Yo vivo y vosotros viviréis. En aquel día conoceréis que Yo estoy en mi Padre y vosotros en Mí y Yo en vosotros” (Jn 14,1-4.18-20).
“Alegraos siempre en el Señor, os lo repito de nuevo, alegraos. Que vuestra afabilidad sea notoria a todos los hombres. ¡El Señor está cerca! No inquietéis por nada, sino en toda necesidad presentadla a Dios con vuestras plegarias, súplicas y acción de gracias; y la paz de Dios, que sobrepuja toda inteligencia, guarde vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4,1-7)
Renovemos cada día a nuestra Madre Celestial nuestra consagración personal y la de nuestras familias. ¡Amén!