Breve reseña de la Hora 22


De las 2 a las 3 de la tarde

La Tercera Hora de Agonía sobre la Cruz 

La Muerte de Jesús 


Quinta, sexta y séptima palabra sobre la cruz 

La quinta palabra: Tengo Sed!


Es el momento de pronunciar al unísono con la Divinidad, nuestro Fiat ante este momento de dolor por tu muerte tan desgarradora.  Muerte que nunca desearemos a nadie, muerte por nuestras culpas.  Te adoramos Oh Cristo y te Bendecimos que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Nos llamas a todos a morir en Ti Amor Divino, consumiéndonos en Ti, como Tú te consumiste por las almas, por el amor que arde para atraer a todos a tu solo y único Querer, regresando a tu Divina Voluntad a toda la familia Humana tal como fue el Plan Divino.

Mi Jesús, la sed que sientes quema todo tu ser de amor ardiente, y reparas: “… por todas las almas que se pierden y la pena que te dan aquellas que, cuando permites que las tristezas o los abandonos las toquen, ellas, en vez de ofrecerte todo para aplacar la sed devoradora que te consume, se abandonan a sí mismas, haciéndote sufrir aún más”.

Pero, “… tú quisieras bebernos a todos cual si fuéramos agua, para ponernos a salvo dentro de ti. Por eso, reuniendo tus fuerzas ya demasiado debilitadas, gritas:

« ¡Tengo Sed! ».

¡Ah!, esta palabra se la repites a cada corazón:

« Tengo sed de tu voluntad, de tus afectos, de tus deseos, de tu amor; no podrías darme un agua más fresca que tu alma. ¡Ah, no dejes que me consuma! Tengo sed ardiente y no solamente siento que se me quema la lengua y la garganta, al grado que ya no puedo ni decir una palabra, sino que también siento que mi Corazón se seca junto con todas mis entrañas. ¡Piedad de mi sed, piedad! ». ”

Reparas totalmente consumido de amor por las almas, no teniendo nada más que dar, porque has dado todo: “… ya has agotado todo y ya no te queda nada más; el amor ha llegado a su término. Y yo, ¿me he consumido totalmente por amor a ti? ¡Cuál no debería ser mi gratitud hacia ti! ¡Oh Jesús mío!, quiero reparar por todos, reparar por las faltas de correspondencia a tu amor y consolarte por todas las afrentas que recibes de parte de las criaturas mientras te estás consumiendo en la cruz”.

Este es el final al que todos estamos llamados para poder repetir en Ti, en el último momento de nuestra vida, mientras vemos que: “… de tus ojos descienden las últimas lágrimas, mensajeras de tu cercana muerte, mientras que fatigosamente haces oír todavía otra palabra:

« ¡Todo está Consumado! ». 

Amor mío, ha llegado el final, y reparas: “… por todos aquellos que no se abandonan perfectamente a la Voluntad de Dios y así pierden o, cuando menos, reducen el precioso fruto de la redención. ¿Cuál no será el dolor de tu Corazón, ¡oh Jesús mío!, al ver a tantas criaturas que huyen de tus brazos y se abandonan a sí mismas? ¡Oh Jesús mío, piedad para todos! ”

Unidos a Ti y a tu amor “… te despides de todos y a todos perdonas. Y después, reuniendo todas tus fuerzas, con voz potente y sonora, gritas:

« ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! ».

E inclinando la cabeza, expiras”.

Unidos a Jesús Reparemos con su Divina Voluntad



Las Horas de la Pasión 

de Nuestro Señor Jesucristo


S. D.  Luisa Piccarreta, 

La Pequeña Hija de la Divina Voluntad

Oración de preparación para antes de cada hora


"Oh, Señor mío Jesucristo, postrado ante tu Divina Presencia, imploro a tu amoroso corazón que me admita a la dolorosa meditación de las 24 horas en que por amor a nosotros quisiste sufrir tanto en tu adorable cuerpo y en tu alma santa, hasta llegar a la muerte en la cruz. Oh, por favor, dame tu ayuda, gracia, amor, profunda compasión y comprensión de tus sufrimientos, mientras medito ahora la _______ Hora. 

Y por aquellas horas en las que no puedo meditar, te ofrezco mi voluntad de meditar en ellas, y voluntariamente tengo la intención de meditar en todas las horas en que tengo que dedicarme a mis deberes, o dormir. 

Acepta, oh Señor misericordioso, mi amorosa intención, y que sea beneficioso para mí y para todos, como si de manera efectiva y santa logré todo lo que deseo practicar. 

Te doy gracias, oh Jesús mío, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración; y para complacerte más, tomo tus pensamientos, tu lengua, tu corazón, y con ellos mi cabeza en Tu Corazón, y empiezo..." 

Hora 22

De las 2 a las 3 de la tarde

La Tercera Hora de Agonía sobre la Cruz 

La Muerte de Jesús 


Quinta, sexta y séptima palabra sobre la cruz

 

« ¡La quinta palabra: Tengo Sed! »

Jesús mío, crucificado y moribundo, abrazado a tu cruz, siento el fuego que devora toda tu divina persona; tu Corazón late con tanta violencia que levantándote las costillas te atormenta de un modo tan desgarrador y horrible, que toda tu santísima humanidad sufre una transformación tal que te deja irreconocible. El amor que arde en tu Corazón te seca y te quema totalmente, y tú, no pudiendo contenerlo, sientes la fuerza de su tormento; no solamente de la sed corporal, por haber derramado toda tu sangre, sino mucho más todavía de la sed ardiente que tienes por la salud de nuestras almas. Y tú quisieras bebernos a todos cual si fuéramos agua, para ponernos a salvo dentro de ti. Por eso, reuniendo tus fuerzas ya demasiado debilitadas, gritas:

 « ¡Tengo Sed! ». 

¡Ah!, esta palabra se la repites a cada corazón: 

« Tengo sed de tu voluntad, de tus afectos, de tus deseos, de tu amor; no podrías darme un agua más fresca que tu alma. ¡Ah, no dejes que me consuma! Tengo sed ardiente y no solamente siento que se me quema la lengua y la garganta, al grado que ya no puedo ni decir una palabra, sino que también siento que mi Corazón se seca junto con todas mis entrañas. ¡Piedad de mi sed, piedad! ». 

Y como delirando por la ardiente sed que te devora, te abandonas a la Voluntad del Padre. ¡Ah!, mi corazón ya no puede vivir viendo la impiedad de tus enemigos, que en vez de darte agua, te dan hiel y vinagre y tú no los rehúsas. ¡Ah!, ya entiendo, es la hiel de tantas culpas y el vinagre de las pasiones que no hemos domado, lo que quieren darte y que en vez de satisfacer tu sed hacen que aumente. ¡Oh Jesús mío!, aquí está mi corazón, mis pensamientos, mis afectos, aquí está todo mi ser para que calmes tu sed y para darle alivio a tu boca quemada y amargada. Todo lo que tengo, todo lo que soy, es para ti, ¡oh Jesús mío! Si fueran necesarias mis penas para poder salvar aunque fuera una sola alma, aquí me tienes: estoy dispuesto a sufrirlo todo; me ofrezco totalmente a ti: haz de mí lo que a ti más te agrade. 

Quiero reparar el dolor que tú sufres por todas las almas que se pierden y la pena que te dan aquellas que, cuando permites que las tristezas o los abandonos las toquen, ellas, en vez de ofrecerte todo para aplacar la sed devoradora que te consume, se abandonan a sí mismas, haciéndote sufrir aún más. 


La sexta palabra:

« ¡Todo está Consumado! »

Moribundo Bien mío, el mar inacabable de tus penas, el fuego que te consume y más que nada la Voluntad Suprema del Padre, que quiere que tú mueras, no nos dejan esperanza alguna de que tú puedas seguir viviendo. Y yo, ¿cómo voy a poder vivir sin ti? Te faltan las fuerzas, los ojos se te apagan, tu rostro santísimo se transforma y se cubre de una palidez mortal, tu boca entreabierta, tu respiración es afanosa e interrumpida, todo nos dice que ya no hay esperanzas de que tú te puedas reanimar. Al fuego que te abrasa lo substituye un frío mortal y un sudor helado que te baña la frente. Los músculos y los nervios se contraen cada vez más por la atrocidad de los dolores, tus llagas se siguen haciendo más grandes por las heridas que los clavos siguen abriendo, y yo tiemblo y me siento morir. 

Te miro, oh Bien mío, y veo que de tus ojos descienden las últimas lágrimas, mensajeras de tu cercana muerte, mientras que fatigosamente haces oír todavía otra palabra: 

« ¡Todo está Consumado! ». 

¡Oh Jesús mío!, ya has agotado todo y ya no te queda nada más; el amor ha llegado a su término. Y yo, ¿me he consumido totalmente por amor a ti? ¡Cuál no debería ser mi gratitud hacia ti! ¡Oh Jesús mío!, quiero reparar por todos, reparar por las faltas de correspondencia a tu amor y consolarte por todas las afrentas que recibes de parte de las criaturas mientras te estás consumiendo en la cruz. 


La séptima palabra:

« ¡Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu! »

dar el último respiro de tu vida mortal. Tu santísima humanidad ya está toda rígida; tu Corazón parece que ya no late. 

¡Oh Jesús!, junto con la Magdalena me abrazo a tus pies y si me fuera posible quisiera dar mi vida para reanimar la tuya. 

Mientras tanto, ¡oh Jesús!, me doy cuenta de que vuelves a abrir tus ojos moribundos y miras alrededor de la cruz, como si quisieras despedirte de todos por última vez; miras a tu Madre agonizante que ya no puede ni siquiera moverse ni hablar a causa de las tremendas penas que está sufriendo y dices: 

« ¡Madre mía, adiós, yo me voy, pero te tendré en mi Corazón, y tú, cuida a nuestros hijos! ». 

Miras a la Magdalena deshecha en lágrimas, a tu fiel Juan y con tu mirada les dices: 

« ¡Adiós! ». 

Miras con amor a tus mismos enemigos y con tu mirada les dices: 

« Los perdono a todos y les doy el beso de la paz ». 

Nada escapa a tu mirada; te despides de todos y a todos perdonas. Y después, reuniendo todas tus fuerzas, con voz potente y sonora, gritas: 

« ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! ». 

E inclinando la cabeza, expiras. 


La Muerte de Jesús

Jesús mío, este grito hace que toda la naturaleza trastornada llore tu muerte, la muerte de su Creador. La tierra tiembla fuertemente y con su vibración parece que llora y que quiere sacudir el ánimo de todos para que te reconozcan como verdadero Dios. El velo del Templo se rasga; los muertos resucitan; el sol que hasta ahora ha estado llorando por tus penas, horrorizado, retira su luz. Tus mismos enemigos, al oír este grito, caen de rodillas y golpeándose el pecho dicen: 

« Verdaderamente éste es el Hijo de Dios ». 

Y tu Madre, petrificada y moribunda, sufre penas mucho más crueles que la misma muerte.

Muerto Jesús mío, con este grito también a nosotros nos has puesto en las manos del Padre para que no nos rechace.  Por eso has gritado fuertemente y no solamente con tu voz, sino con la voz de todas tus penas y con la voz de tu sangre:

« ¡Padre en tus manos pongo mi espíritu y a todas las almas! ». 

Jesús mío, también yo me abandono en ti; dame la gracia de morir totalmente en tu amor y en tu Voluntad; te suplico que jamás vayas a permitir, ni en la vida ni en la muerte, que yo me aparte de tu Santísima Voluntad.

Quiero reparar por todos aquellos que no se abandonan perfectamente a la Voluntad de Dios y así pierden o, cuando menos, reducen el precioso fruto de la redención. ¿Cuál no será el dolor de tu Corazón, ¡oh Jesús mío!. al ver a tantas criaturas que huyen de tus brazos y se abandonan a sí mismas? ¡Oh Jesús mío, piedad para todos! 

Beso tu cabeza coronada de espinas y te pido perdón por tantos pensamientos de soberbia, de ambición o de propia estima; te prometo que cada vez que me venga un pensamiento que no sea totalmente para ti, ¡oh Jesús!, o que me encuentre en ocasión de ofenderte, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ». 

¡Oh Jesús!, beso tus hermosísimos ojos bañados todavía por las lágrimas y cubiertos de coágulos de sangre; te pido perdón por todas las veces que te he ofendido con miradas inmodestas y malas; te prometo que cada vez que mis ojos se sientan impulsados a mirar las cosas de la tierra gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ». 

¡Oh Jesús mío!, beso tus sacratísimos oídos ensordecidos hasta el último momento por los insultos y las horribles blasfemias y te pido perdón por todas las veces que he escuchado o he hecho escuchar conversaciones que nos alejan de ti y por todas las malas conversaciones de las criaturas; te prometo que cada vez que me encuentre en la ocasión de oír algo que no me conviene, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ». 

¡Oh Jesús mío!, beso tu rostro santísimo, pálido, lívido y ensangrentado; te pido perdón por todos los desprecios, los insultos y las afrentas que has recibido de parte de nosotros, vilísimas criaturas, con nuestros pecados; te prometo que cada vez que me venga la tentación de no darte toda la gloria, el amor y la adoración que debo darte, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ». 

¡Oh Jesús mío!, beso tu santísima boca ardiente y amargada; te pido perdón por todas las veces que te he ofendido con malas conversaciones y por cuantas veces he cooperado en amargarte y en acrecentar tu sed; te prometo que cada vez que me venga el pensamiento de decir cualquier cosa que pudiera ofenderte, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ». 

¡Oh Jesús!, beso tu cuello santísimo; en él veo todavía las señales de las cadenas y de las sogas que te han oprimido; te pido perdón por tantos vínculos y por tantos apegos de las criaturas, las cuales han añadido nuevas sogas y cadenas a tu santísimo cuello; te prometo que cada vez que me sienta turbado por algún apego, deseo o afecto que no sea solamente para ti, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ». 

Jesús mío, beso tus hombros santísimos y te suplico que nos perdones tantas satisfacciones ilícitas, tantos pecados que hemos cometido con los cinco sentidos de nuestro cuerpo; te prometo que cada vez que me venga el pensamiento de tomarme algún placer o alguna satisfacción que no sea para tu gloria, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ». 

Jesús mío, beso tu pecho santísimo y te pido perdón por tantas frialdades, indiferencias, tibiezas e ingratitudes horribles que recibes de parte de las criaturas; te prometo que cada vez que sienta que me estoy enfriando en el amor, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ». 

Jesús mío, beso tus sacratísimas manos; te pido perdón por todas las obras malas o indiferentes, por tantos actos envenenados por el amor propio y la propia estima; te prometo que cada vez que me venga el pensamiento de no obrar solamente por amor a ti, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ». 

Jesús mío, beso tus santísimos pies y te suplico que nos perdones por tantos pasos y tantos caminos recorridos sin haber tenido una recta intención, por tantos que se alejan de ti para ir en busca de placeres mundanos; te prometo que cada vez que me venga el pensamiento de separarme de ti, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ». 

¡Oh Jesús!, beso tu Sacratísimo Corazón y quiero encerrar en él junto con mi alma a todas las almas redimidas por ti, para que todas se salven, sin excluir a ninguna. 

¡Oh Jesús!, enciérrame en tu Corazón y cierra sus puertas, de manera que ya no pueda ver nada fuera de ti; te prometo que cada vez que me venga el pensamiento de querer salirme de tu Corazón, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os entrego mi corazón y mi alma! ». 

Acción de gracias para después de cada hora


"Amable Jesús mío, Tú me has llamado en esta Hora de tu Pasión a hacerte compañía y yo he venido. Me parecía sentirte angustiado y doliente que orabas, que reparabas y sufrías y que con las palabras más elocuentes y conmovedoras suplicabas la salvación de las almas. He tratado de seguirte en todo, y ahora, teniendo que dejarte por mis habituales obligaciones, siento el deber de decirte: “Gracia” y “Te bendigo”. 

Sí, oh Jesús, Gracias te repito mil y mil veces y Te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos. Gracias y Te bendigo por cada gota de sangre que has derramado, por cada respiro, por cada latido, por cada paso, palabra y mirada, por cada amargura y ofensa que has soportado. En todo, oh Jesús mío, quiero besarte con un “Gracias” y un “Te bendigo”. 

Ah Jesús, haz que todo mi ser te envíe un flujo continuo de gratitud y de bendiciones, de manera que atraiga sobre mí y sobre todos el flujo continuo de Tus bendiciones y de tus gracias... Ah Jesús, estréchame a tu Corazón y con tus manos santísimas séllame todas las partículas de mi ser con un “Te bendigo” tuyo, para hacer que no pueda salir de mí otra cosa sino un himno de amor continuo hacia Ti. 

Dulce Amor mío, debiendo atender a mis ocupaciones, me quedo en tu Corazón. Temo salir de El, pero Tú me mantendrás en El, ¿no es cierto? Nuestros latidos se tocarán sin cesar, de manera que me darás vida, amor y estrecha e inseparable unión Contigo. Ah, te ruego, dulce Jesús mío, si ves que alguna vez estoy por dejarte, que tus latidos se sientan más fuertemente en los míos, que tus manos me estrechen más fuertemente a tu Corazón, que tus ojos me miren y me lancen saetas de fuego, para que, sintiéndote, me deje atraer a la mayor unión contigo. Oh Jesús mío, mantente en guardia para que no me aleje de TI. Ah bésame, abrázame, bendíceme y haz junto conmigo lo que debo ahora hacer".