Ella
José Alfredo Jiménez -1943
Me cansé de rogarle, me cansé de decirle
Que yo sin ella de pena muero
Ya no quiso escucharme si sus labios se abrieron
Fue pa' decirme ya no te quiero
Yo sentí que mi vida se perdía en un abismo profundo
Y negro como mi suerte
Quise hallar el olvido al estilo Jalisco
(No te rajes) pero aquellos mariachis
Y aquel tequila me hicieron llorar
Me cansé de rogarle, con el llanto en los ojos alcé mi copa
Y brindé con ella, no podía despreciarme
Era el último brindis de un bohemio con una reina
Los mariachis callaron
De mi mano sin fuerza cayó mi copa sin darme cuenta
Ella quiso quedarse cuando vio mi tristeza
Pero ya estaba escrito que aquella noche perdiera su amor.
La canción "Ella" fue compuesta por José Alfredo Jiménez cuando era joven (alrededor de los 17 o 18 años) y nació de un amor imposible o no correspondido hacia una de sus primas, según ha confirmado su familia.
José Alfredo Jiménez Medel (hijo del compositor) aclaró que la obra fue escrita en su juventud por un profundo desamor de adolescencia hacia una prima, desmintiendo mitos posteriores.
Durante mucho tiempo se rumoró que la canción había sido dedicada a María Félix. Sin embargo, la familia explicó que cuando José Alfredo escribió el tema, María Félix aún no era la gran estrella de la época.
Las primeras grabaciones y el éxito llegaron de la mano de Miguel Aceves Mejía, quien en 1948, conoció a José Alfredo en un restaurante de la Ciudad de México y le mostró interés por su música. La canción fue grabada y lanzada oficialmente en 1950 por Aceves Mejía, convirtiéndose rápidamente en un éxito.
En 1951, Pedro Infante la grabó para la película El Gavilán Pollero, lo que consolidó a "Ella" como un himno inmortal de la música ranchera mexicana.
La canción narra el dolor de un hombre que decide aceptar el rechazo y la partida de la mujer amada ("Me cansé de rogarle..."),
Ella, sin lugar a dudas, es una de las grandes canciones de la música ranchera. Cuenta la historia de un hombre que, después de rogar inútilmente por el amor de una mujer, termina por aceptar su derrota buscando refugio y desahogo en el tequila y la música del mariachi. El despecho lo empuja hacia el licor y los mariachis de Jalisco, compañeros de una pena que, en vez de aliviarlo, parece hundirlo todavía más. La canción alcanza su momento más dramático cuando el protagonista levanta la última copa, como un bohemio que se despide de su reina. Para entonces, ya no hay vuelta atrás: ni la tristeza del hombre ni el arrepentimiento tardío de ella pueden remediar la pérdida. José Alfredo convierte el desamor en una escena de orgullo herido, alcohol y rendición, con esa capacidad tan suya de hacer que una derrota amorosa parezca una tragedia cantada a voz en cuello.
Con su voz carrasposa, aguardientosa y despechada, José Alfredo Jiménez conquistó al pueblo mexicano. Cantaba como si cada canción hubiera sido escrita para uno, y componía con una naturalidad asombrosa, pese a su escasa educación formal. Al descubrir que detrás de clásicos como Ella, Paloma querida, Si nos dejan, El rey y La media vuelta estaba el mismo hombre, resultaba difícil no admirar su talento. Había una paradoja en aquel personaje de temperamento difícil, con fama de machista y misógino, capaz de escribir algunas de las canciones de amor más hermosas de su tiempo. Murió con el hígado destrozado y el corazón curtido por los amores contrariados, mientras un pueblo entero lloraba su partida. Su legado pertenece a la poesía popular: versos que se aprenden sin esfuerzo, se acomodan a cualquier voz y expresan penas íntimas que terminan siendo colectivas. Y si uno no tiene garganta para cantar, las grita. También funcionan. Doy fe.
Esta es una de esas enormes canciones de todos los tiempos, que demuestra que cuando una canción es buena, en la voz de un gran interprete su calidad se sostiene. Todos los grandes charros mexicanos tienen su versión y legiones de fanáticos que la disfrutan. Son tan tesas todas, que honestamente no sé cuál es mejor. Solo sé que cualquiera que suene me lleva a desear tomarme con afán una copa que me queme el gañote para brindar por la ingrata.