La creencia en la existencia de seres fantásticos, como los duendes o el diablo, formaba parte del imaginario popular en la época de Goya, superstición que se arrastraba desde tiempos remotos.
Goya debía saber que es muy difícil erradicar una convicción tan arraigada, consecuencia de la ignorancia y de una educación errónea, por lo que esta irónica estampa se podría entender como un intermedio entre esa creencia ciega y su eliminación, presentando a unos duendecillos hacendosos y trabajadores para que se les perdiera el temor, en lugar de seres perversos y manipuladores causantes de desgracias y maleficios.
Los dogmas, creencias, bulos o prejuicios no admiten análisis racionales y cuando echan raíces en la mente son muy difíciles de modificar porque entonces ya forman parte de nuestra esencia, se consideran tan verdaderos como lo eran los duendes para quienes creían en ellos.
Algo similar a lo que en su momento pasaba con los duendes ocurre en la actualidad con las noticias falsas, leyendas urbanas y teorías “conspiranoicas”, que se dan por ciertas sin poder ni querer comprobar su veracidad.
Los duendecitos son la gente mas hacendosa y servicial que puede hallarse: como la criada los tenga contentos, espuman la olla, cuecen la verdura, friegan, barren, y acallan al niño; mucho se ha disputado si son Diablos o no; desengañémonos, los diablos son los que se ocupan en hacer mal, o en estorbar que otros hagan bien, o en no hacer nada.