El utensilio más característico y polivalente del oficio de la brujería era la escoba, pues servía para cosas tan dispares como son barrer y volar a gran velocidad. En el imaginario popular una bruja volando sobre su escoba ha quedado como la típica imagen de los cuentos y leyendas con este tipo de argumentos.
Aunque los relatos sean increíbles, el origen de estas fantásticas leyendas tiene un origen real, aunque metafórico. Su fundamento está en la utilización de sustancias alucinógenas por parte de algunas mujeres, a las que acusaban de brujería, y cuya composición era un secreto que transmitían las mayores a las más jóvenes.
Ingerir estas pociones podía resultar peligroso, sin embargo otra forma de resultar eficaces era aplicarlas en los genitales frotándose con el disponible palo de la escoba. Cuando el ungüento hacía efecto, la sensación de “volar” era su resultado; sus testimonios y la imaginación han hecho el resto.
En su momento estas visiones eran consideradas obra del demonio y por lo tanto severamente castigadas. Hoy, el origen de estas alucinaciones no es ningún secreto y ha pasado de ser una actividad siniestra a convertirse en un lucrativo y poderoso negocio en el que el demonio no es precisamente el mayor beneficiario.
La escoba es uno de los utensilios más necesarios a las brujas, porque además de ser ellas grandes barrenderas, como consta por las historias, tal vez convierten la escoba en mula de paso y van con ella que el diablo no las alcanzará.