Para Goya y otros ilustrados, como sus amigos Jovellanos o Moratín, la buena educación de los niños desde la infancia era fundamental. En aquellos tiempos, y hasta no hace demasiados años, era frecuente que se aprendiera a base de palos y guantazos, algo que aquéllos criticaron con firmeza.
En este caso, la furiosa madre descarga sobre el niño su angustia y ansiedad, en un castigo desproporcionado con el “delito”; no es infrecuente que los inferiores paguen por las frustraciones de los superiores.
Hemos abandonado en gran medida los castigos físicos en cuestiones de educación y trato personal, tanto escolar como social… es lo que más incomoda ala vista, y en un mundo en el que se le da tanta importancia a la imagen, eso no se puede tolerar.
La otra variedad de castigo, el síquico o moral, es mucho más oculto e imperceptible, por lo que parece que no preocupe tanto, aunque una humillación sin castigo físico sea más dañina que un castigo físico sin humillación.
Está claro que las cosas no se solucionan a base de golpes, pero nuestra desdicha es que en demasiados casos, el ideal de arreglarlas únicamente hablando está muy lejos de conseguirse.
El hijo es travieso y la madre colérica. ¿Cuál es peor?