De toda la colección, esta es la estampa en la que Goya hace la crítica más ácida y mordaz a la nobleza inculta, ociosa y petulante; la refleja y ridiculiza a través de las corazas y en la forma de escudos heráldicos de los candados que cierran sus mentes; las armaduras no les sirven de defensa, sino de prisión, el cerebro lo tienen incapacitado para todo tipo de raciocinio, los alimenta la ignorancia ciega, y la única actividad que parece que hacen es rezar el rosario.
Goya se inspiró en una famosa obra teatral de la época, cuyos protagonistas son Pedro Chinchilla y su sobrino Lucas, nobles inútiles y vanidosos que presumían de su linaje pero que eran absolutamente ineptos e incapaces de hacer nada.
La estirpe de aquella nobleza se ha sustituido por otro tipo de linaje, el político, en el que no escasean dirigentes y paniaguados con cierta semejanza a los de la estampa: ojos y oídos cerrados a cualquier crítica, mantenidos por aquellos a quienes deberían servir, indiferencia, ineptitud, soberbia… Estas actitudes, que conservan los Chinchillas actuales, siguen siendo una enraizada gangrena social a la que no se le pone remedio y que, en contra del sentido común, toleramos y soportamos con resignación.
El que no oye nada, ni sabe nada, ni hace nada, pertenece a la numerosa familia de los Chinchillas que nunca ha servido de nada.