Una enorme losa está a punto de caer sobre un grupo de gente, que no hacen nada para apartarse. A primera vista parece que no tiene sentido este comportamiento, pero si nos fijamos en las expresiones de los personajes, veremos que cada uno va a lo suyo y la mayoría no se percata del peligro; solamente uno, el más famélico, es quien está haciendo algo por evitar la desgracia. Una mujer, aunque parece intuir el peligro, no hace nada más que implorar y parece pensar: “éste nos salvará”
Desde siempre ha habido, y habrá, personas lúcidas que sirven de guías y advierten de las consecuencias de tomar caminos erróneos; otra cosa es que sean escuchados y sobretodo que se sigan sus advertencias. El orgullo mal entendido hace que estemos ciegos o cuando menos miopes ante “losas” que nos aplastarán si no nos apartamos de su trayectoria.
Todos podemos pasar por cualquiera de los representados en la estampa, por momentos de ceguera, pasividad o lucidez, siendo muy difícil advertir un estado diferente de aquél en el que nos podamos encontrar.
La naturaleza nos ha dotado de un sistema defensivo inmunitario bastante efectivo contra enfermedades físicas, pero parece que no ha tenido tanto éxito para prevenirnos de la ceguera mental.
El que no reflexiona sobre la inestabilidad de la fortuna, duerme tranquilo rodeado de peligros: ni sabe evitar el daño que amenaza ni hay desgracia que no le sorprenda.