El auténtico sentimiento religioso renuncia a cualquier tipo de idolatría; los fundamentos de las grandes religiones tradicionales la rechazan porque fomenta la resignación moral y la sumisión espiritual, anulando el pensamiento crítico.
Una cosa es reconocer que sólo somos una gota de agua en el mar o un grano de arena en el desierto y otra menoscabar la integridad personal o doblegarse ante cualquier pelele, objeto o vulgar idea, convenientemente ornamentados.
Cada época, sociedad o cultura tiene sus farsantes que promueven su idolatría particular y se aprovechan de las ansias de mejora, progreso y buena fe de la gente para intentar conducirla como rebaños o convertirlos en zombis; ésta es la crítica que hace Goya en esta estampa, personificada en el fetichismo religioso.
Pero no nos engañemos, el sastre que ha cosido este espantajo ha evolucionado y se ha adaptado a los tiempos; ahora sabe utilizar sofisticados instrumentos, manipular o crear distintas corrientes de opinión, fomentar ideologías sociales o políticas, dominar técnicas de persuasión… y ante todo eso también podemos caer embobados y esperar milagros o quimeras de ello, como les ocurre a estos devotos e implorantes personajes, arrodillados delante de este fantoche.
Toda esa parafernalia no afecta a quien tiene la madurez o la lucidez suficientes para comprender que, aunque en buena medida dependemos unos de otros, pocas soluciones verdaderas vienen de fuera de la propia dedicación y el esfuerzo personal.
¡Cuántas veces un bicho ridículo se transforma de repente en un fantasmón que no es nada y aparenta mucho! Tanto puede la habilidad de un sastre y la bobería de quien juzgue las cosas por lo que parecen.