Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha tenido la inclinación de representar figuras de animales, reales, fantásticos o de forma alegórica, por distintos motivos y con diversos propósitos.
La escena que vemos aquí representada es un ejemplo de utilización de la iconografía bestial con una variada mezcla de atributos animales aplicados a seres humanos, habitual en la época de Goya y que él manejó con especial habilidad.
En este caso las figuras transmiten aptitudes de depredación, altanería, hipócrita beatitud, sumisión, mansedumbre y necedad, posiblemente dirigidas a funcionarios o dirigentes de determinados estamentos e instituciones sociales, que mientras debaten sobre superfluas banalidades son indiferentes e insensibles a las penurias de la ciudadanía, desatendiendo su compromiso con ella y manteniéndola a distancia de sus abusivos privilegios.
Las circunstancias y los cambios en el modo de vida de la sociedad han hecho que la relación y la convivencia entre las personas y los animales haya cambiado significativamente y ya no se suele utilizar su imagen para desquitarse de los desaires administrativos, pero no por eso han desaparecido los motivos que en su momento sirvieron para realizar esta estampa.
La estampa indica que estos son dos brujos de conveniencias y autoridad que han salido a hacer un poco de ejercicio a caballo.