El antiguo y noble oficio de la medicina, como toda actividad humana, está sometido a errores, aunque el principal problema puede radicar en la incapacidad de algunos de sus licenciados, y eso no se puede enmascarar con una aparente seriedad y formalidad como la que muestra este médico-burro de la estampa.
La crítica de Goya va dirigida a estos profesionales con escasa preparación, que en sus tiempos debían abundar bastante.
La mayoría de las enfermedades de entonces hoy no son ningún misterio, pero surgen otras nuevas que van por delante de la ciencia, por lo que en cualquier tiempo va a faltar formación para combatirlas.
Hoy día, la preparación de los profesionales es mucho más completa y la criba de titulaciones más minuciosa, pero siempre puede colarse alguna granza que puede deshonrar esta prestigiosa actividad.
En otras ocasiones somos nosotros mismos los que a veces, con nuestra desmesurada obsesión por la salud, la higiene o el aspecto, y en algunas la desesperación, potenciamos la existencia y el medro de charlatanes, advenedizos y mercachifles de la salud y el bienestar.
El médico es excelente, meditabundo, reflexivo, pausado, serio. ¿Qué más hay que pedir?