Antes de entrar en los datos biográficos, es importante comprender las fuerzas e intereses políticos que se mueven detrás de lo que, de otro modo, podrían parecernos simples rifirrafes conyugales o un tumulto de ambiciones y vanidades individuales.
En apretadísimo resumen diremos que en el pasado la región que hoy llamamos Occitania y Provenza perteneció al reino visigodo cuyo centro político estaba en Hispania (s. VI-VIII). Cuando estos fueron barridos por la invasión musulmana (s. VIII), esos lazos con Hispania se aflojaron, pero a través de las diócesis se mantuvo el sentido de permanencia a Hispania. Cuando los francos expulsaron a los musulmanes del sur de Francia (s. IX), los nuevos señores de cada territorio estuvieron ligados a la corona francesa. Pero las divisiones y guerras debilitaron rápidamente el poder francés (s. X-XI), y entonces los señores regionales lograron autonomía y aunque mantenían una sumisión formal, en la práctica se gobernaban a su antojo. El más extenso y poderoso era el condado de Toulouse, en el oeste; seguido del condado de Provenza, al este. En el centro el condado de Melgueil era importante solo por título nobiliario, pero nunca llegó a florecer. En cambio, otros señoríos con menos título avanzaban con pujanza: los señores de Trencavel, los de Montpellier y el marquesado de Provenza. Gracias a esta libertad, su posición estratégica y la industria de sus gentes, la región alcanzó gran prosperidad económica. Llegamos así al s. XII con una gran fragmentación política en toda esta región, la cual se hallaba principalmente entre dos grandes potencias: la corona francesa y el reino de Aragón, pero también el Imperio germánico y el Papado aspiraban a tener una cuota de poder en la región. Aprovechando una temporánea debilidad de Francia, el reino de Aragón, especialmente con Alfonso II († 1196), se erigió en el árbitro de la región y por medio de bodas y alianzas fue adquiriendo un peso creciente. Pero no todas las gentes de estas ciudades sentían que debían escoger entre esas dos opciones. Al interno de estos señoríos, especialmente en las ciudades con burguesías prósperas, surgió al mismo tiempo un anhelo de romper el yugo arbitrario y caprichoso de los señores feudales, teniendo como ejemplo Génova, Pisa y otras ciudades que eran gobernadas por sus propios ciudadanos y bajo el imperio de leyes, escritas por ellos mismos, no por la variable voluntad de un rey o señor feudal. Por lo tanto la gran fragmentación política producía múltiples choques de intereses: los burgueses trataban de socavar la autoridad de sus señores para conseguir más prerrogativas; los pequeños señores maquinaban contra sus condes; los condes buscaban apoyo en los reyes pero siempre tratando de mantener su autonomía. Todos trataban de atraerse buenos aliados, al mismo tiempo que temían cualquier vecino demasiado potente. Y aunque a finales del s. XII y principios del XIII Francia estaba muy oprimida por ingleses y alemanes, y no podía tener una presencia eficaz en nuestra región, sin embargo, gracias al eficaz gobierno de Felipe II Augusto (1180-1223), Francia volvía a ser una potencia temible.
Otro elemento inflamable en la región era la controversia religiosa. En esta región tan próspera y tan deseosa de libertad se difundía rápidamente la herejía de los albigenses o cátaros, que, aparte sus elucubraciones filosóficas y teológicas, en la práctica criticaban ferozmente a la jerarquía católica y negaban los sacramentos, ofreciendo a cambio una religión con menos injerencias en la vida personal y con menos normas e intermediarios, y aunque en teoría predicaban una moral muy austera y enemiga del placer carnal, en la práctica esos rigores eran dejados solo a los más "perfectos" de la secta, mientras que para el resto decían que era preferible el concubinato y las relaciones esporádicas que el matrimonio estable. Ya que la Iglesia con sus prerrogativas e injerencias era vista como un estorbo para reyes y señores, y también era un gravamen para burgueses y pueblo llano a causa de sus tributos y control de la vida privada, la herejía albigense fue bien acogida por muchos en todos los estratos sociales. La Iglesia emitió muchas condenas y envío muchos predicadores (algunos tan famosos como Bernardo de Claraval y Domingo de Guzmán) e inquisidores, pero poco consiguió, porque muchos nobles apoyaban abiertamente o simpatizaban en secreto con los herejes, e incluso algunos obispos, más fieles a sus señores locales que al lejano papa, hacían la vista gorda. Con Inocencio III, que se convirtió en el gran árbitro político en la Cristiandad, se aumentó la presión sobre los señores para erradicar la herejía, pero esto solo atizó la tensión, que finalmente desencadenó el asesinato del legado papal (1208), a lo cual el papa respondió con el llamamiento a la cruzada. Con astucia el rey de Francia declinó participar, pero autorizó a sus nobles a hacerlo. Pronto un ejército de cruzados franceses entraría a sangre y fuego sometiendo ciudades no solo al credo católico, sino también a la corona francesa. Obviamente la corona de Aragón no podía permitir que le arrebatasen todo lo que había ganado y usaría todos los medios a su alcance, incluso las armas. Este enfrentamiento bélico acabaría con el frágil equilibrio de la región, y gradualmente todo caería en poder de la corona francesa.
El señorío de Montpellier se erigió en tierras pertenecientes al condado de Melgueil (también llamado de Substantion), siendo el conde Bernard quien enfeudó el nuevo señorío al primer Guilhèm, el 26 de noviembre de 985. Frente a la colina donde se erigió Montpellier había otra más pequeña, llamada Montpellieret, que pertenecía al obispo de Maguelone, el cual, según parece, también entregó en feudo algunos fundos rústicos. Por lo tanto Montpellier nació bajo una doble dependencia: al conde de Melgueil y al obispo de Maguelone. Esta diócesis había sufrido mucho por los ataques de piratas, pero bajo el gobierno del obispo Arnaud (1030-1060) volvió a florecer y se impulsó la construcción de viviendas en Montpellieret, que era más rentable que los fundos rústicos. Esta repentina prosperidad atizó la ambición de Guilhèm IV y algunos de sus vasallos, que invadieron y robaron en las tierras del obispo. Ni el obispo ni el débil conde de Melgueil pudieron frenar la insolencia de los cada vez más potentes señores de Montpellier. Pero entonces el conde de Melgueil hizo un inteligente giro político: en 1083 el conde Pèire de Melgueil donó su condado al papa, el cual a su vez se lo devolvió en feudo de por vida (1085) a cambio de un minúsculo tributo anual.1 Así la audacia montpellerina topó con el poder papal y tuvieron que devolver lo usurpado y reconocer formalmente los derechos del obispo, especialmente en Montpellieret (1091). A partir de entonces surgirá la costumbre que cada nuevo señor de Montpellier, al inicio de su mandato, debe jurar respetar la vida y propiedades del obispo. En cuanto al condado de Melgueil, este siguió en decadencia, hasta que en 1172, gracias a un matrimonio, cayó en manos del condado de Toulouse. Pero entretanto los señores de Montpellier supieron afianzar su autonomía arrebatando derechos feudales a los condes de Melgueil y reduciendo el vasallaje al obispo de Maguelone a un juramento meramente ceremonial. Gracias a esta libertad política y su potencia económica Montpellier acrecentó sus dominios y llegó a obtener el señorío sobre numerosas pequeñas localidades y castillos como Castelnau-le-Lez, Montferrier-sur-Lez, Montbazin, Mireval, Castries, Pignan, Montarnaud, Paulhan, Clermont-l'Hérault, etc.2
Al inicio Montpellier recibió el primer impulso del hecho de hallarse junto a una importante calzada romana (la vía Domitia, que iba de Italia a Hispania, donde empalmaba con la vía Augusta) y que en época medieval también era usada por los peregrinos del Camino de Santiago, lo cual fue convirtiéndola en imán para los comerciantes. A finales del s. XI tuvo un gran crecimiento demográfico y comercial, también gracias a su vecino puerto de Lattes, que era un polo del comercio marítimo en la región.
Al igual que otras pujantes ciudades comerciales, la rica e ilustrada burguesía de Montpellier miraba con fastidio la arbitrariedad de sus señores feudales y aspiraba cada vez más a una mayor autonomía. Y así, entre 1141-1143 una revuelta ciudadana expulsó al señor de la villa, Guilhèm VI, y demolió el castillo de Saint-Nicolas, sede y símbolo del poder señorial, revuelta que solo pudo ser sofocada gracias al apoyo diplomático del papado y la intervención de tropas genovesas y aragonesas, lo cual fortificó los lazos de Montpellier con Aragón. En la segunda mitad del s. XII siguió un período de paz y esplendor intelectual y artístico con la creación de la escuela de derecho y de medicina. En 1173 Guilhèm VIII ocupa el poder y destaca por su tolerancia religiosa, aceptando judíos y musulmanes para la enseñanza, y por otro lado favorece a los trovadores, llevando la poesía occitana a su máximo esplendor.
1 Aquí conviene anotar que el acto de someterse al papa podía nacer de una motivación piadosa, pero también podía ser un modo astuto de escapar de la potestad y jurisdicción de un señor poderoso y peligroso, pues el papa, que está a miles de kilómetros, difícilmente podía ejercer un control real, y la sumisión quedaba reducida, a lo más, a un tributo, que se pagaba mal, tarde o nunca.
2 Esta era la situación hasta principios del s. XIII. El poder del obispado de Maguelone se acrecentó cuando el obispo Guilhèm d'Autignac recibió en 1215 el título y la jurisdicción de los condes de Melgueil; pero su influjo sobre Montpellier se debilitó, cuando Jaime I se consolidó en el trono de Aragón. Tras la muerte del gran rey, la corona francesa irá aumentando su influencia, hasta que en 1349 compró al rey de Mallorca la ciudad.
El padre de María fue Guilhèm VIII, último de una larga dinastía de señores de Montpellier, cuyo linaje está bien documentado. No ocurre lo mismo con la madre de María, cuyo nombre solo nos ha llegado por un documento:1 Eudoxia. En cambio, se hizo popular llamarla "emperatriz" y afirmar que era hija de Manuel Comneno, el entonces emperador de Bizancio. Solo un par de autores de aquella época alejan el parentesco, diciendo que ella era su "nepos", término que en latín indica el hijo de un hermano o cuñado, el hijo de un hijo, o los hijos de primos.2 Es seguro que no fue hija del emperador, pero la confusión quizás nació del hecho que en la corte de Manuel Comneno se aplicaba el título de "sebastocrátor" (= augusto emperador) también a otros miembros de la familia real, y durante su reinado ostentaron ese cargo sus hermanos Isaac y Andrónico, y sus sobrino Alexis y Juan; también se especula que pudo estar emparentada con la familia real a través de una hija o sobrina del emperador, y de ahí surgió la confusión que era hija del "sebastocrátor", confusión alimentada por la misma Eudoxia y su hija María, por lo cual en Occidente la gran mayoría asumió que era hija del emperador Manuel.3
1 En un documento de su hija (Montpellier, 06/06/1207) leemos: "Domina Maria, filia quondam Guillelmi domini Montispessulani et imperatricis Eudochiae".
2 Solo los cronistas B. Maragone (Annales pisani, a. 1180) y Guillaume de Puy Laurens (Historia albigensium, c. 10) la llaman "nepos". Inocencio III, en una carta de 1202 a Guilhèm VIII, la llama simplemente "una noble griega".
3 Cf. Szabolcs de Vajay, "Eudocie Comnène, l'imperatrice des troubadours" en Genealogica et Heraldica. 14th International Congress of Genealogical and Heraldic Studies, Copenhagen 1980, p. 321-338.
Por aquel entonces Bizancio y Alemania mantenían un largo conflicto por territorios en Italia y ambos trataban de estrechar alianzas y aislar al contrario. En ese contexto surgió el compromiso de boda entre esta familiar del emperador de Bizancio y Ramón Berenguer IV, conde de Provenza y hermano del rey de Aragón. Pero cuando la novia ya viajaba a Europa, el emperador de Alemania, Federico I Barbarroja, presionó para que dicha unión no se realizase. Entonces Aragón dio un paso atrás y se acordó que Eudoxia se casase con Guilhèm VIII, señor de Montpellier, que tenía importantes lazos comerciales con Oriente, y que seguramente esperaba sacar provecho de su parentesco con la familia imperial bizantina. Esta boda se celebró en 1179.
De las peripecias de la llegada de Eudoxia a Montpellier, nació la confusión que ella era emperatriz, confusión que seguramente fue alimentada por Eudoxia misma y después por su hija María, y en la que cayeron muchos contemporáneos.1 Junto a esa falsa idea se formó un relato popular (que Jaime I recoge en su Llibre, cap. 2) según el cual Eudoxia era hija del emperador de Bizancio, el cual acordó casarla con el rey Alfonso II de Aragón, pero mientras ella viajaba, el rey cambió de opinión y se casó con otra, de modo que cuando Eudoxia desembarcó en Montpellier (por aquel entonces entrada habitual de las rutas con Oriente), se enteró que su boda estaba cancelada. Aprovechando las circunstancias, Guilhèm VIII, señor de Montpellier, retiene la comitiva y presiona para que le entreguen a Eudoxia como esposa. Tras una reticencia inicial, finalmente se acuerda la boda con la condición que el vástago de esa unión, sea hombre o mujer, deberá recibir el señorío de Montpellier.2
1 En varios documentos María se llama hija de "la emperatriz". Y que a principios del s. XIII eso era una creencia común, lo prueba que también el historiador Jiménez de Rada († 1247) repite esa idea. Por lo tanto, Jaime solo repite en su "Llibre" la creencia común que corría en su tiempo. Esa creencia recién fue cuestionada en el s. XVII. Cf. Du Cange Charles, Familiae augustae byzantinae, París 1680, p. 184-185.
2 Esta cláusula solo la conocemos por la versión popular, ya que se ha perdido el contrato matrimonial entre Guilhèm y Eudoxia. A primera vista parece que sea ficticio, ya que en Montpellier imperaba la ley sálica, según el acta de donación del conde de Melgueil al primer Guilhèm, con la que se crea Montpellier: "para que la poseáis desde hoy vos y vuestros hijos varones, tal como lo ordena la ley sálica". Sin embargo, tal como veremos a continuación, el gran cuidado que pone su padre y su madrastra en casar a María y hacerle renunciar por escrito a todos sus derechos, nos indica que realmente existió una cláusula que permitía a María suceder a su padre en el señorío.
Parece que Eudoxia deslumbró en Montpellier con su boato y refinamiento oriental, lo cual la convirtió en el tema de los trovadores de su corte.1 Pero ella solo pudo engendrar una hija: María, que nació en 1182,2 lo cual fue visto por su marido como un peligro para la continuidad de su dinastía, y además su proximidad a los trovadores produjo habladurías sobre una supuesta infidelidad, todo lo cual quebrantó su matrimonio.3 A esto se sumó que el emperador Manuel había fallecido en 1180 y un par de años más tarde su dinastía desaparecía, con lo cual Eudoxia perdió todo valor como nexo diplomático y comercial con Bizancio. Y así, cuando María todavía era niña, su padre abandonó a su madre (que se retiró a la abadía benedictina de Aniane hasta su muerte en 1202) y se unió (Barcelona, abril 1187) en concubinato con una cierta Inés,4 una noble castellana que había conocido en la corte de Aragón. Con esta unión Guilhèm VIII debió pensar que se aproximaba a poderosos aliados que podían disuadir la ambición de otros. Y además resultó que Inés fue una esposa fértil y con ella tuvo seis hijos y dos hijas.
Ya que Guilhèm no quería que se perdiese la línea masculina de su dinastía, se esforzó para que su señorío pasase al primogénito varón que en 1188 había tenido con Inés, y, para mejor despejarle el camino, trató de quitar de en medio a María casándola. Así, cuando María solo tenía nueve años, la casó (febrero 1191) con Raimond Geoffroi II, apodado Barral, vizconde de Marsella, e hizo que firmase una renuncia a la sucesión (sin duda para anular la cláusula de su matrimonio con Eudoxia), pero todo fue al traste porque el marido falleció unos meses más tarde.
Por otro lado, ya que Guilhèm era consciente que la ilegitimidad de su matrimonio era un obstáculo para que los hijos de Inés le sucedieran en el poder, intentó que la Santa Sede los declarase legítimos. Los primeros intentos fueron ante el papa Celestino III, pero este se negó.
1 Es mencionada por Giraut de Bornelh (Sol c'Amors me plevis), Bertran de Born (Pois lo gens terminis floritz), Folquet de Marseille (Tan mou de corteza razo) y Peire Vidal (Be-m pac d'ivern e d'estiu). Nunca la llaman por su nombre sino por el título de "emperatriz" o por alusión.
2 En un documento de diciembre de 1197 ella declara que tiene "más de quince años", es decir quince años y meses.
3 Guilhèm alegará la supuesta infidelidad de Eudoxia para motivar el fin de su matrimonio. Véase, doc-1202, n. 13.
4 Probablemente Inés Pérez, hija de Pedro Ruiz, señor de Olea (Castilla), e Inés Ordóñez, cuyas familias estaban emparentados con importantes linajes en Castilla y Urgell. Inés formaba parte de la corte de Castilla y ahí conoció a Guilhèm VIII. La boda se realizó en Barcelona, lo cual muestra su cercanía con la corona de Aragón. Cf. Philippe FIGUIÈRE, "Dona Agnès de Castella: Une enigme séculaire résolue", en Études Héraultaises, nº 56 (2021) p. 193-211. De los ocho hijos que tuvo con Guilhèm destacaron: el primogénito Guilhèm IX, que disputó el señorío a María; Bernat Guillem que sirvió a Jaime y ganó la batalla del Puig; su hermana Agnes, que se casó con el desgraciado conde Raimond Roger Trencavel, que perdió Carcassonne ante los cruzados y murió en prisión.
Cuando María tenía quince años (diciembre 1197) su padre volvió a casarla con Bernat IV, conde de Comminges, y de nuevo hizo que ella firmase una renuncia a la sucesión. Antes este Bernat ya había estado casado tres veces: primero, con Stéphanie de Bigorre en 1180,1 que falleció; luego con Beatriz de Lomagne, que era su legítima esposa, a la cual abandonó (1192); y luego se unió con una tal Comtors de la Barthe, de la cual sí tomó la precaución de obtener una sentencia de nulidad antes de casarse con María: esto nos muestra la ligereza y mala fe con que muchas veces se celebraban los matrimonios entre la nobleza (con uno o dos ojos cerrados de los obispos de turno), principalmente en vista a sellar algún acuerdo comercial, político o militar, y pensados para durar poco tiempo. Después de tener una hija (Matilde), el matrimonio se va deteriorando hasta el punto que Bernat quiere repudiarla y María debe volver a Montpellier (1200). Bernat solicita formalmente la disolución a los obispos de Maguelone y Auch, pero estos se inclinan por la validez. El padre de María, viendo peligrar su proyecto de apartarla de Montpellier, pide la intervención del papa para mantener el matrimonio. María vuelve con su marido y tiene una segunda hija (Petronila), pero la convivencia es insostenible y a pesar de que el papa amenaza a Bernat con la excomunión (cartas del 28-29/12/1201), se produce la ruptura definitiva y ella vuelve a Montpellier.
1 Gracias a las actas de la causa matrimonial entre Pedro y María tenemos bastantes datos sobre estos primeros dos matrimonios. Sobre su primer matrimonio véase doc-1212-01-08, n. 9 y doc-1212-04-27(b). Sobre el segundo véase doc-1212-02-12.
Mientras tanto Guilhèm VIII maniobra para que la Santa Sede legitime la prole tenida con Inés, y así ellos le puedan suceder en el señorío de Montpellier. Según podemos deducir de un fragmento de una carta (doc-1202-frag), él escenificó un remedo de penitencia y reconciliación con Eudoxia, entre finales de 1201 y principios de 1202, pero no pudo convencer al papa. De hecho, a finales de ese mismo año, Inocencio III, en la decretal "Per venerabilem" (noviembre/diciembre 1202), rechazó dicha petición, sin embargo dejó abierta la posibilidad que se pudiese volver a plantearla, demostrando "una culpa más leve y una jurisdicción más clara". Sin embargo, poco antes que la decisión papal llegase a Montpellier, Guilhèm VIII ya había muerto (9/11/1202) e Inés ya había hecho proclamar a su hijo Guilhèm IX (entonces con catorce años recién cumplidos) como señor de Montpellier, el cual estaba bajo la tutela de un consejo de quince prohombres de la ciudad. Poco después de la muerte de su padre, María debió sufrir también la muerte de su madre Eudoxia († c. 1203).1 Pero en este momento, cuando parecía que María había perdido toda opción al señorío de Montpellier, apareció un inesperado actor que cambió todo: el rey Pedro II de Aragón.
1 Si Eudoxia hubiese fallecido antes que su marido, entonces él, estando viudo, hubiese podido casarse legítimamente con Inés y no hubiese necesitado solicitar al papa ninguna dispensa. Y si Eudoxia hubiese estado viva cuando su hija se casó con Pedro, sin duda que hubiese quedado reflejado en el acta matrimonial. Según un autor del s. XVII, ella ingresó en el monasterio de Aniane, donde falleció: "Eudoxia, abalienato ab humanis rebus animo, rivalis Agnetis Monspelium properantis aspectum ut devitaret, in anianensis sese coenobii latebras abdidit, ubi sancto fine quievit". Pierre Gariel, Series Praesulum magalonensium et Monspeliensium, pars prior, p. 234. Este dato choca con el hecho que esa abadía era de hombres. O más bien estuvo en una propiedad de esa abadía, como más tarde hará su hija, es decir, en la casa que esa Orden tenía en Montpellier.
El rey Pedro II de Aragón nació en 1178 y como sucesor indiscutible recibió pacíficamente la corona en 1196. Aunque tuvo numerosos amoríos y se sabe que tuvo hijos con al menos otras tres mujeres, su único matrimonio eclesial fue con María. Muchos indicios apuntan a que Pedro II vio en la muerte de Guilhèm VIII y su turbia sucesión la ocasión para apoderarse del próspero señorío de Montpellier.
Es probable que hubo un acuerdo entre el rey y Bernat para que este dejase a María y así ella pudiese casarse con el rey, con el silencio cómplice de todas las autoridades eclesiásticas, desde Roma hasta Montpellier, sin mediar ninguna sentencia de disolución.1 Y que por esos años había buena sintonía entre Pedro y Bernat lo prueba el hecho que el rey le había entregado el valle de Arán en feudo (21/09/1201). Una hipótesis para explicar todos estos cambios es la siguiente: el rey Pedro apoyó el matrimonio de Bernat y María con la esperanza de a través de ellos hacerse con Montpellier, teniendo en cuenta que Guilhèm IX era hijo ilegítimo; pero cuando el matrimonio de Bernat con María se vuelve insostenible, entonces surge otro plan: que se disuelva ese matrimonio y que sea el mismo Pedro quien se case con María, y así obtener derecho sobre Montpellier.
Lo cierto es que la posibilidad de casarse con Pedro II también debió parecer magnífico a María, pues, además de convertirse en reina de Aragón, sabía que con ayuda del rey podía recuperar el señorío de Montpellier, en manos de su hermanastro. Por otro lado la Iglesia, que había defendido a capa y espada la validez del matrimonio entre María y Bernat, de improviso parece que sufrió amnesia y no puso ningún obstáculo en que ella celebre otro matrimonio. Por último, pero actores imprescindibles, una poderosa facción de prohombres de Montpellier también apoyó este cambio. De modo que, sin apoyos y presionado por todas partes, Guilhèm IX, de solo 14 años, abdica del señorío (primavera 1204), y junto con su madre debe retirarse a la pequeña villa de Paulham. Sus principales partidarios sufren un castigo más duro: sus casas son saqueadas y ellos son exiliados de la ciudad.2 María, ya convertida en señora de Montpellier, desposa al rey el 15 de junio de 1204.
1 Tenemos certeza que no hubo ninguna sentencia eclesial sobre el matrimonio entre María y Bernat, porque cuando el rey Pedro quiso anular su matrimonio, lo primero que alegó es que María estaba casada con aquel. Y en las actas de ese juicio vemos que María tuvo que demostrar con testigos la invalidez de su matrimonio con Bernat, lo cual no hubiese necesitado, si antes hubiese obtenido una sentencia disolutiva.
2 Petit Thalamus (ms. de Bruselas, f. 14r-v), año 1204: "Et en aquel an, en abril, trais lo rei d'Aragon la dona Maria de Monpeslier. Et en aquel an fon barrejatz l'alberc d'en B. Lambert e [de] maistre Gui e d'en Uc de Tornamira".
María, aunque era una joven de veintipocos años, con gran perspicacia previó los riesgos de unirse con un hombre tan inescrupuloso y ambicioso. Por eso ella hizo incluir en las capitulaciones matrimoniales varias cláusulas con un tenor poco frecuente: "te prometo a ti, María, que nunca te dejaré mientras vivas, ni tendré una concubina", y le hizo expresamente declarar que respetaría los bienes y derechos que ella tenía sobre Montpellier y de ningún modo se los quitaría o disminuiría, y que jurase "sobre los cuatro evangelios que de ningún modo te engañaré a ti, María". Pero es posible que María no previese la presencia, o por lo menos la importancia, de un tercer jugador: una numerosa facción de burgueses de Montpellier que ansiaban cada vez mayor autonomía. Sin el apoyo de esa facción no hubiese sido posible sacar fácilmente de la partida al joven Guilhèm IX y a su madre, Inés. A cambio de ese apoyo, estos burgueses ganaban más libertad y peso político. Pero todo eso se debió acordar con el rey Pedro, al cual no le importaba prometer lo que fuese, con tal de alcanzar sus objetivos. Cuando llegó el momento de pagar ese apoyo, parece que María se negó. Ante su tenaz negativa, Pedro decide aprobar él solo las Costumbres de Montpellier (15/08/1204),1 y traslada toda la presión a María en una cláusula: "Además mando e impongo que la reina, mi mujer, apruebe y confirme del mismo modo todas y cada una de las cosas arriba dichas, conmigo o sin mí". Finalmente María tuvo que ceder y dio su consentimiento (28/08/1204) "de espontánea voluntad, por impulso de mi propia voluntad, y especialmente por mandato de mi marido, el señor rey". Es probable que Pedro, disgustado por esta férrea defensa de sus derechos, no la llevó a Roma, adonde él viaja (9-11/11/1204) en tres galeras con un nutrido séquito de nobles. Ahí él es coronado por el papa Inocencio III en la basílica de San Pedro. Tras este viaje él no vuelve a Montpellier hasta enero del año siguiente.
1 En ellas se concede a la ciudad de Montpellier una libertad que nunca antes habían gozado, concediendo a los doce cónsules de la ciudad, presentes y futuros, plena potestad para legislar, prohibir y corregir todo lo que viesen útil para la ciudad.
Todo indica que entre enero-febrero la pareja restableció las relaciones, pues nueve meses más tarde nació su primera hija. Pero esa quietud y dulzura del rey solo era la preparación para un nuevo atropello. Sin contar con ella Pedro hipoteca la villa y el castillo de Lattes a los doce hombres honestos de Montpellier (01/03/1205), a cambio de que estos paguen 75.000 melgorienses que el rey debía al conde de Toulouse con el cual había firmado (abril de 1204) una alianza y recibido un préstamo de 150.000 sólidos. Un paso más en su proyecto de atraer Toulouse a la esfera aragonesa. Todo indica que inicialmente María se resiste a confirmar ese acuerdo, pues ella no está presente a la firma del acuerdo, pero finalmente cedió (Collioure, 14/03/1205). Es probable que para esos días María ya se había dado cuenta de estar embarazada.
Algunos autores afirman que entre marzo-junio de 1205 María visitó Cataluña y Aragón, pero el documento en el que se basan no es de 1205, sino de 1208.1
1 Alvira lo sitúa en 1205, pero deja abierta la posibilidad que sea en 1208: Martín Alvira Cabrer, Pedro el Católico, rey de Aragón y conde de Barcelona, t. II, nº 528, p. 636. Véase doc-1208-04-21.
Sea como sea, todo apunta a que tras unos meses de buena convivencia matrimonial, confiando en las promesas de estabilidad y prosperidad que le haría su marido, y la esperanza que el hijo que estaba por nacer fortalecería su posición, María se arriesga a firmar una donación de todos sus posesiones al rey (11/09/1205), pero con la condición que nunca se enajenen y que tras la muerte de ambos pase a su heredero, que entonces no se sabía si sería varón o mujer. Ella tampoco sabía que ese documento era todo lo que Pedro esperaba de ese matrimonio, y que de nada valdrían sus cláusulas. Armado con ese papel, en poco tiempo él le arrebataría todo.
Al mes siguiente, en octubre, nace una niña, Sancha, sin duda un revés para María, que con un varón hubiese asegurado su posición. En cambio Pedro de inmediato busca sacarle rédito político: para afianzar su alianza con Raimond VI, conde de Toulouse, firma un acuerdo con él, por el cual compromete en matrimonio a la recién nacida Sancha con el hijo primogénito del conde, y entrega por parte de ella, como dote, el señorío de Montpellier, del cual los futuros esposos solo obtendrán posesión plena tras la muerte del rey.
María se niega a aceptar ese pacto que viola todas las promesas y acuerdos y que despoja, a ella y a un futuro hijo suyo varón, de toda su herencia. Por su parte, Pedro se autorretrata en su respuesta, diciendo que no quiere "ninguna tierra, título, mujer, o cualquier otra cosa, con la que no pueda obrar a su voluntad". Finalmente María aprueba el acuerdo (octubre 1205), pero en el mismo documento deja constancia de todas las amenazas contra Montpellier y contra su persona que ha sufrido, y dice expresamente que lo aprueba "coaccionada con gran violencia".
Pero todo este plan de Pedro se va al traste cuando la pequeña Sancha fallece poco tiempo después, al año siguiente.
A principios de 1206 Pedro ya tiene la firme decisión de librarse de María y solicita ante la Sede Apostólica la nulidad de su matrimonio. La carta papal, en la que se nombra los legados encargados de llevar adelante la investigación, está fechada el 17 de junio de 1206. Ahí se nombra a Pèire de Castelnau y Raols, monjes de la abadía cisterciense de Fontfroide, y a Juan de Tarazona, obispo de Pamplona, y se plantean dos causales de nulidad: un impedimento de afinidad y que el anterior matrimonio de María con Bernat IV todavía estaba vigente.
Entretanto Pedro se metió en otro problema. A principios de julio de 1206 solicitó un nuevo préstamo de 100.000 melgorienses a la ciudad de Montpellier, pero esta vez los cónsules le impusieron condiciones más duras: la hipoteca del señorío de Montpellier y la suspensión del homenaje hasta que el rey devolviese la suma. Con la ligereza del que no pretende pagar, Pedro aceptó y partió a combatir a Bertrand II, conde de Forcalquier, al que sometió en pocas semanas. Pero entretanto María no quería ratificar el acuerdo. Al saberse que María no aceptaba y sabiéndose que había un proceso de nulidad en marcha, la población se indignó y en agosto estalló una revuelta. Pedro tuvo que refugiarse en Lattes y luego salir huyendo, pues los ciudadanos enfurecidos saquearon e incendiaron dicho castillo. Era la ocasión que los cónsules esperaban para hacerse con el poder.
Y mientras Pedro provocaba estas turbulencias en Montpellier, al mismo tiempo había enviado embajadores al reino de Jerusalén para acordar su futura boda con María de Montferrat, heredera del reino de Jerusalén, y que entonces tenía 14 años de edad. Los embajadores de Pedro finalmente lograron cerrar un acuerdo el 22 de septiembre de 1206 en Acre. Pero los consejeros de María de Montferrat pusieron condiciones: el acuerdo solo sería válido si el rey acudía a Tierra Santa antes de la Pascua de 1207 y además todo dependía de la aprobación papal: "si el señor papa y la santa iglesia romana ven razonable que se puede hacer el matrimonio y prestan su autoridad para realizarlo". Ya que ni el papa ni Pedro estaban por esa labor, todo quedó en nada, y solo sirvió para retratar una vez más la liviandad con la que el rey Pedro trataba el matrimonio.
Tras unos meses de hostilidades entre las tropas del rey y los habitantes de Montpellier, finalmente el legado papal y varios obispos mediaron para buscar una solución y finalmente se acordó la llamada "paz de Villenueve", por la cual se concedía un perdón recíproco y se confirmaba en general las cláusulas del préstamo. El rey y los cónsules firmaron este acuerdo de inmediato (27/10/1206), pues poco arriesgaban: el rey ya tenía el dinero y sosegaba la revuelta, por su parte los cónsules veían confirmado su derecho a cobrar la deuda e imponían al rey la prohibición de entrar en las tierras hipotecadas hasta que no pagase toda la deuda, afianzando su autonomía y poder en la ciudad. María no firmó hasta un mes más tarde (24/11/1206) porque ella era la gran perdedora: ella no recibía ni una moneda del dinero prestado, en cambio veía su señorío hipotecado, y por lo tanto se veía privada de ingresos. Solo una cláusula le era favorable: a María se le aseguraba que, en caso de disolución del matrimonio, los cónsules devolverían el señorío a ella ("soluto uero matrimonio, de iure uel de facto, soli reginae superstiti praedicta castra nos promittimus reddituri"), lo cual era un reconocimiento de su gran objetivo: que ella era la única y legítima señora de Montpellier.
Pero esta concordia no parece que llegó a cumplirse plenamente, pues unas semanas más tarde, antes que María firme su aprobación de la paz, un documento (12/11/1206)1 ubica al rey Pedro todavía en Lattes. Y por desgracia, desde entonces hasta mitad del año siguiente tenemos pocos documentos del rey Pedro. Y ya que en agosto de 1207 otro documento nos informa que él está asediando Lattes, por eso, y por el poco respeto que muestra a los acuerdos, es fácil pensar que durante ese tiempo siguió intentando, sin éxito, abatir el poder de los cónsules. Esta nueva circunstancia pudo ocasionar una aproximación de María y Pedro, que ahora se enfrentaban a un enemigo común. Esta suposición parece que se confirma con las quejas de la reina que años más tarde hará ante el papa (abril 1213), donde ella, al narrar los atropellos sufridos en este período, carga todas las culpas solo en los cónsules. Y que el rey estaba en la región y que había cierta aproximación entre ellos, lo prueba el que María quedase embarazada del futuro rey Jaime, como veremos a continuación.
Pero una carta papal (28/01/1207) a los legados que investigan la nulidad, avisándoles que se ha presentado un nuevo causal, nos indica que las cosas eran más complejas y que al menos al inicio de ese año el rey perseveraba en su propósito de abandonarla. Otra carta papal (13/04/1207), en la que felicita al pueblo y cónsules de Montpellier por la concordia hecha con el rey Pedro, nos indica que hasta esa fecha no había hostilidades abiertas entre las tropas del rey y los cónsules, pero el hecho que llegue tantos meses después, también nos indica que había fricciones y que el rey no estaba conforme con la paz firmada en Villeneuve.
1 Cf. Martín Alvira Cabrer, Pedro el Católico, rey de Aragón y conde de Barcelona, t. II, nº 662, p. 760-761. Ahí el rey Pedro concede a perpetuidad a Bernat de Coll varios censos y honores en Cataluña y está datado: "Datum apud Latas, II idus novembris, anno Domini Mº CCº sexto".
Estando así las cosas, plantea muchas preguntas el hecho que en entre final de abril y principios de mayo de 1207 el rey copulase con María y engendrasen al futuro Jaime I, que nació el 1 de febrero de 1208. Sabemos que el rey estuvo en Cataluña a finales de marzo1 y que seguramente estaba en Tarragona el 31 de mayo,2 pero no tenemos documentos ni noticias seguras de los movimientos del rey entre esas dos fechas. Otra dificultad es que en el reciente acuerdo del 27/10/1206 el rey se había comprometido a no entrar en Montpellier y sus territorios hasta que no pagase la deuda, pero, como ya hemos dicho, el rey no era muy riguroso en el cumplimiento de sus promesas.
De las crónicas de la época podemos suponer que hubo una reconciliación o que hubo un ardid para engañar al rey, lo cual no parece difícil, ya que el mismo Jaime lo retrata como mujeriego y que se excedía con la bebida. El relato del Llibre, cap. 5, dice que la pareja estaba distanciada: "nuestro padre, el rey don Pedro, no quería ver a nuestra madre, la reina"; pero aprovechando que el rey estaba en Lattes y María en Mireval (unos 14 km de distancia), gracias a la intervención de un cierto Guillermo de Alcalá, que "le rogó tanto que le hizo venir a Mireval, donde estaba la reina", hubo el encuentro en el que se engendró a Jaime, pero no aclara si el noble persuadió a la pareja a reconciliarse o hubo un ardid para engañar al rey Pedro, como dicen Bernat Desclot (la reina organiza todo) y Ramon Muntaner (el consejo de Montpellier lo planea).
El hecho que Jaime (que debió conocer esas historias populares) no desmienta categóricamente lo del ardid, puede indicarnos que hubo algo de encerrona. Y con la mención de un tal Guillermo de Alcalá, un noble de la corte de Aragón, Jaime parece excluir la participación de los burgueses de Montpellier. De hecho, es razonable suponer que la facción de Montpellier que aspiraba a más autodeterminación, que parece era la mayoritaria, no tenía ningún interés en que la pareja estuviese unida, y menos que tuviese un hijo, y mucho menos, en esos meses que estaban en conflicto con el rey. Sea como sea, una breve reconciliación o una encerrona, el acto debió contar con la debida publicidad, pues a pesar de alguna reticencia inicial, según veremos, consta que el rey Pedro reconoció ser el padre, a pesar de sus desavenencias con María y la demanda de nulidad.
1 Cf. Martín Alvira Cabrer, Pedro el Católico, rey de Aragón y conde de Barcelona, t. II, nº 676, p. 769-770. Ahí el rey confirma unas concesiones el 25 de marzo de 1207 en Sant Pau de Seguries (Girona).
2 Cf. Martín Alvira Cabrer, Pedro el Católico, rey de Aragón y conde de Barcelona, t. II, nº 687, p. 774. Ahí vemos al rey dictando unos decretos a favor de la Iglesia de Tarragona.
Es probable que en el mes de mayo el rey Pedro se marchó de Montpellier y a mitad de junio de 1207 lo encontramos en Barcelona. Y a pesar de la paz firmada el año anterior, el rey Pedro intentó tomar Lattes en un golpe de mano sorpresivo, pues tenemos una carta suya, dada "durante el asedio de Lattes" (01/08/1207).1 No podemos dudar de la fecha de ese documento, porque precisamente pocos días después tenemos una carta de María confirmando que los cónsules pueden retener Lattes y Castelnau mientras dure la hipoteca y a la vez promete no repoblar Lattes "hasta que el señor rey y su ejército salgan de esta tierra y se vuelvan a su tierra" (4/08/1207). Parece que ella redactó esa carta bajo presión, pues dos días después, en una decisión sorprendente, también autoriza al consejo ciudadano a derruir la torre y murallas del palacio (no de la ciudad) de Montpellier, y además prohíbe que en el futuro se vuelvan a construir. Así los cónsules se aseguraban que ningún poder distinto a ellos pudiese hacerse fuerte en el interior de la villa. Recordemos que esa torre la mandó construir Guilhèm VI (1143) y que sus sucesores fortificaron el palacio, como precaución en caso de una nueva revuelta popular. Finalmente la firme oposición montpellerina hizo desistir al rey y a finales de ese mes ya lo hallamos de vuelta en Cataluña. Y no volverá a Montpellier hasta varios años más tarde, y desde este revés Pedro nunca más volverá a titularse señor de Montpellier en los documentos oficiales. También pasarán varios años para volver a verse con María, y ya será delante de un tribunal eclesiástico. Por tanto, los sucesos de este mes de agosto pusieron fin a la ligera reconciliación de Pedro y María, y marcaron el final definitivo, por parte de Pedro, de su relación. En cambio, parece que María siempre conservará la esperanza de una reconciliación.
1 Cf. Martín Alvira Cabrer, Pedro el Católico, rey de Aragón y conde de Barcelona, t. II, nº 697, p. 782. El rey concede unos terrenos en Barcelona y el documento está fechado: "Datum in obsidione de Latis, die iovis, prima augusti, anno Domini Mº CCº septimo".
Entretanto continúa la investigación judicial sobre la validez del matrimonio y llega un primer informe contrario a María: el arzobispo de Auch, Bernat, declara ante Guilhèm d'Autignac, obispo de Maguelone, y Pèire de Castelnau, legado pontificio, y dice que tras interrogar a testigos idóneos él considera que el matrimonio de María y Bernat IV de Comminges es válido (enero 1208). Este Bernat de Auch es el mismo que en 1200 se pronunció en el mismo sentido, cuando el conde de Comminges quería disolver su matrimonio con María.
El 01 de febrero de 1208 nació Jaime en Montpellier y el Llibre 5, 7 nos da un detalle interesante: María estaba en la casa de los Tornamira, una familia ilustre. Esto nos confirma que para estas fechas el palacio señorial de Montpellier ha sido demolido y los cónsules de la ciudad la han privado de toda autoridad, de modo que, privada de rentas, está alojada en casa de un fiel partidario. Sabemos por una carta del papa Inocencio III, escrita varios años más tarde (08/04/1213), que María se quejó amargamente de la conducta de los cónsules de Montpellier hacia ella, que tras el incendio del palacio de Lattes, incluso se llevaron las piedras labradas y por labrar, le negaron las rentas debidas y la terminaron de hundir en la miseria. Abandonada por su marido, ella no tenía ningún medio para coaccionar al consejo ciudadano para que cumpliese con sus deberes hacia ella, y ellos la privaron de todo sin ninguna contemplación.
Dos semanas antes del nacimiento de Jaime la región fue sacudida por el asesinato del legado pontificio, Pèire de Castelnau (15/01/1208), que encabezaba la erradicación de la herejía de los cátaros. La respuesta del papa Inocencio III fue proclamar la cruzada contra los herejes (10/03/1208). Esto desencadenará una sangrienta guerra que también influirá en el destino de Jaime.
Por estas fechas hallamos un documento en el que María jura (13/04/1208) a Guilhèm d'Autignac, obispo de Maguelone (bajo cuya jurisdicción está Montpellier), respetar su vida y bienes. Era habitual que todos los señores de Montpellier hicieran este juramento, que era puramente protocolario, pues el obispo no tenía ningún poder real sobre los señores de Montpellier. Parece que ante el vacío dejado por el rey Pedro, María ocupa su puesto, ¿quizás en alianza con el obispo que también temía a los cónsules? Sea como sea, esto no parece tener ninguna relevancia real, pues el poder administrativo, judicial y económico ya está en manos de los cónsules.
Ese mismo mes María, probablemente con su hijo, partió hacia Aragón por primera vez (hasta donde sabemos), posiblemente en busca de apoyo y sobre todo reconocimiento de su hijo como heredero. Este movimiento seguramente ocurre a espaldas del rey Pedro, y seguramente con la colaboración activa de su madre, Sancha de Castilla, entonces metida a abadesa del real Monasterio de Sigena (Huesca), pero sin dejar su actividad política. La carta de un capellán de dicho monasterio (domingo de Pascua, 6/04/1208) nos informa incidentalmente que María estuvo en Sigena el día de jueves santo (3 de abril). Después de celebrar la Semana Santa en Sigena María debió volver a Montpellier, pues, tal como hemos dicho arriba, ella estaba ahí prestando juramento al obispo de Maguelone el 13 de abril. Por lo tanto, la carta de la reina Sancha (en Zaragoza, abril, sin día) diciendo "creemos que María, reina de Aragón, Constanza, reina de Sicilia, nos y nuestras hermanas estaremos todas" en la celebración litúrgica del 21 de abril en el real Monasterio de Sigena, posiblemente fue un deseo que no llegó a cumplirse. No es imposible que María haya hecho todos esos viajes en el mes de abril, pero es difícil. En cambio es plenamente factible que ella estuviese en Aragón al menos en septiembre de ese año y haya acompañado a su cuñada Constanza durante la primera etapa de su viaje a Sicilia: probablemente de Sigena a Barcelona, y luego por mar, al puerto de Palamós, y luego hasta Perpignan, donde ambas se habrían despedido, y desde ahí habría escrito Constanza a su madre aquella carta, fechada 1 de octubre, antes de proseguir su azaroso viaje a Sicilia.
Más allá de las andanzas de María por aquí y allá, es importante resaltar que en las fechas que Pedro promueve un juicio de nulidad, Sancha, su madre, reconoce a María como "reina de Aragón", lo cual nos indica que María contaba con el total apoyo de su suegra. Por desgracia Sancha murió en noviembre de ese año y con ello se esfumó cualquier apoyo dentro de la familia real aragonesa. De todos modos la aceptación de María en el círculo de Sancha sin duda contribuyó a que la nobleza de Aragón viese a Jaime como heredero legítimo. Por último hay que notar que en el testamento de Sancha no hay ninguna mención a María ni a Jaime.
Cuando la cruzada contra los cátaros comenzó a materializarse, los cónsules de Montpellier, sabiendo que ya no contaban con el apoyo de Aragón, buscaron protección en la Iglesia y consiguen una carta del papa Inocencio III ordenando (27/02/1209) que los cruzados no ataquen su ciudad.
Mientras el rey Pedro, siempre escaso de dinero, recibe un préstamo de 20,000 morabetinos de Sancho el Fuerte, rey de Navarra, entregando como prenda unos castillos (04/06/1209). Este documento es interesante porque Pedro dice que, en caso que él fallezca, la deuda la pagará uno de sus hermanos, Alfonso de Provenza o Fernando, abad de Montearagón, "el que reine en Aragón", lo cual nos indica que por aquel entonces él no considera a Jaime como hijo legítimo ni sucesor.
A finales de junio de 1209 volvemos a encontrar al rey Pedro en Collioure. La razón es que por estas fechas la cruzada contra los cátaros ya está en marcha y el influjo de Aragón en la región comienza a peligrar. Pedro intenta buscar un acuerdo, pero fracasa, y los cruzados conquistan a sangre y fuego Béziers (julio) y Carcassonne (agosto), capturando al vizconde Raimond Roger Trencavel, el más declarado defensor de los herejes, que poco después muere en prisión (10/11/1209).
Es entonces cuando un noble francés, Simon de Montfort, notable por su fanatismo religioso, su ambición y crueldad, con el respaldo papal se convierte en conde de las tierras conquistadas a los herejes y será el principal actor de la cruzada en los años siguientes. Y así el 24 de noviembre firma con Agnes, la viuda del vizconde Raimond, un pacto, por el cual ella renuncia a su dote en favor de Simon a cambio de 3000 sólidos melgorienses anuales.1
Entretanto Pedro todavía no se decide a intervenir militarmente, y en septiembre ya ha vuelto a Cataluña.
1 Cf. Devic y Vaissète, Histoire Générale de Languedoc, t. VIII (ed. 1879), nº 148 (XCIV), col. 579-582. Este acuerdo se firmó en Montpellier, en la casa que los templarios tenían a las afueras de la ciudad.
Ese verano María debió caer seriamente enferma, pues dictó testamento (28/07/1209). Del tenor de ese documento podemos ver que ella entonces vivía en Montpellier, acogida en una casa propiedad de la abadía benedictina de Aniane (29 km al noroeste de Montpellier). Su hijo Jaime quedaría "bajo la potestad del señor Pedro, rey de los aragoneses, su padre, y quiero que el Temple reciba a mi hijo y lo custodie hasta que lo devuelva a él. Ruego al señor Pedro, rey de los aragoneses, que custodie al niño y sus tierras en buena fe y ame a los habitantes de Montpellier por Dios y por su hijo". Como regente del señorío quedaría el caballero Raimond Aerra, un fiel partidario que más tarde será su procurador en el juicio matrimonial.
Leyendo este testamento (lo mismo que los dos siguientes) podemos pensar que María es poco realista, en cuanto ella reparte y dispone sobre bienes, dinero y facultades, que ella realmente no posee, aunque reconozcamos que legal y teóricamente ella merecía poseerlos. Y esta es una característica central de María: su testaruda afirmación de lo que legalmente es y le corresponde. Aquí podemos compararla con su hermanastra Agnes, viuda del vizconde Raimond, que puesta bajo presión acepta renunciar a sus legítimos títulos a cambio de una buena compensación económica: una actitud pragmática ante las circunstancias adversas. No sabemos si los cónsules o el rey Pedro le ofrecieron algún pacto similar, lo cierto es que ella prefirió vivir pobre pero sin nunca dejar de proclamar sus legítimos derechos. A ella de poco le valió en vida, pero sí a su hijo, Jaime.
Del condado de Urgell llegan buenas noticias para el rey Pedro. El conde de Urgell muere sin dejar hijos varones, y entonces su viuda, temiendo la ambición y el poderío de su pariente Guerau de Cabrera, entrega el condado al rey Pedro, el cual lo recibe "salvando y reteniendo el derecho de vuestra hija, Aurembiaix" (31/10/1209).
El papa Inocencio III busca revigorizar la cruzada y lanza una campaña diplomática para buscar apoyos a favor de Simon de Montfort y escribe cartas a reyes y ciudades. En la carta a Montpellier (11/11/1209) solo se dirige a los cónsules y no se menciona a María. Por estas fechas se ve que ya nadie la toma en cuenta para nada.
Entre noviembre y diciembre Pedro cruza los Pirineos y por medio de acuerdos con las ciudades y nobles locales trata de hacer contrapeso al creciente poderío de Simon de Montfort. Pero en enero de 1210 el papa renueva la presión contra el conde Raimond VI de Toulouse, acusado de favorecer a los herejes y del asesinato del legado Pèire de Castelnau. Este Raimond por aquel entonces estaba casado con Leonor (desde 1202 o 1203), hermana del rey Pedro, que lo apoyaba.
Un acuerdo (8/02/1210) entre el obispo y los cónsules de Montpellier, con la bendición del legado pontificio, en el que ellos fijan el modo de elección de los cónsules y la duración de su mandato, nos hace ver que en la práctica ellos se autogobiernan bajo el paraguas legal del obispo. Solo al final hay un párrafo que precisa que este nuevo acuerdo no anula "las Costumbres anteriormente concedida y dadas por el rey y la señora reina a los doce cónsules y a la comunidad de Montpellier, salvando el derecho de la reina doña María". Parece que el último inciso introduce sutilmente una distinción entre María como reina de Aragón, que se declara (aunque saben bien que hay un juicio de nulidad pendiente), y María como señora de Montpellier, a la que solo se le reconoce de modo condicional: si quizás en el futuro María demuestra que tiene algún derecho sobre Montpellier.
Poco después el papa Inocencio III encarga (16/02/1210) a sus legados Raimond de Uzès, Uc de Riez y Arnau Amalric, abad de Cîteaux, que se encarguen del proceso sobre la nulidad del matrimonio de Pedro y María.
Por esos mismos días (febrero 1210) el rey Pedro acuerda con Elvira, condesa de Urgell, el matrimonio de sus hijos. Tres cosas son muy notables en este documento: 1.- es el primer documento oficial en el que el rey reconoce tener un hijo; 2.- al hijo no lo llama Jaime, sino con la inicial P[etrus], vestigio del intento de cambiarle el nombre o añadirle otro; 3.- en todo momento titulan al hijo como "señor de Montpellier", signo que lo reconoce como hijo natural, pero no como heredero legítimo, ya que el rey considera que su matrimonio con María es nulo. Ni entre las cláusulas ni entre las firmas se halla rastro de la opinión de María. Y en marzo ya está el rey Pedro visitando las tierras de Urgell.
En el mes de mayo el rey Pedro vuelve a cruzar los Pirineos para frenar con maniobras diplomáticas el avance de los cruzados. Pero la presencia de una flota musulmana ante las costas catalanas le obligan a regresar y en el mes de junio lo hallamos sitiando Ademuz, y tras conquistarla, puso asedio a Castelfabib en el mes de julio, que recién se rindió el 24 de agosto.
Al año siguiente parece que dan fruto sus maniobras diplomáticas y en la conferencia de Narbona (22-26/01/1211) Pedro consigue un acuerdo con el cual espera frenar la ambición de Simon de Montfort y la violencia de sus cruzados. Para sellar el acuerdo Pedro promete casar (27/01/1211) a su primogénito P[etrus] (es decir Jaime) con Amicie, hija de Simon de Montfort, y como garantía del cumplimiento "te entrego mi hijo para que lo custodies y con él y por él la villa de Montpellier", y dice que dicha villa perteneció "al padre de la reina doña María, mi mujer" y dice que concede todo derecho sobre dichas tierras "en nombre de mi hijo y en nombre de dicha reina María, mi mujer". Pedro parece olvidar que hace años ya no usa el título de señor de Montpellier y que está solicitando la nulidad de su matrimonio, y que el año anterior había comprometido a Jaime con la hija de la condesa de Urgell. Este es un acuerdo entre dos zorros astutos y ninguno se siente obligado a nada. Simon sabía bien la situación matrimonial del rey, pero nada pierde ni se ata a nada con dicho acuerdo. Pedro cree que puede adormecer a Simon con sus promesas, pero precisamente la facilidad con la que entrega a su "hijo primogénito" y las tierras de "la reina doña María, mi mujer", muestran que para él no son más que palabras y piezas en su tablero de juegos políticos.
Pronto las cosas se vuelven a torcer para Pedro, pues los legados y obispos, reunidos en Montpellier (febrero/1211), excomulgan a su cuñado, el conde Raimond VI de Toulouse, que vuelve a convertirse en objetivo de los cruzados. Pero también llegan noticias inquietantes de la amenaza musulmana en el sur, que reconquista el castillo de Salvatierra (Ciudad Real). Así las cosas, Pedro vuelve a Barcelona y anuncia que luchará contra el infiel (11/03/1211). Sin duda Pedro prevé que el choque con Simon y sus cruzados es inevitable, y por eso primero necesita sosegar las fronteras del sur, pues solo así tendrá manos libres para enfrentarse a los cruzados. Y a finales de ese mes o principios de abril casa a su hermana Sancha con el heredero de Raimond VI (fruto de este con una esposa anterior) y así Pedro quiere atar bien dicho condado de Toulouse a Aragón: su hermana Leonor casada con Raimond VI y su hermana Sancha casada con Raimond VII.
A finales de mayo Pedro vuelve a cruzar los Pirineos y desde Perpignan (21/05/1211) comunica al tribunal el nombramiento de Bernat Amelh como su procurador en el proceso de nulidad de su matrimonio. Pocos después (Narbona, 25-26/05/1211) María y Pedro vuelven a verse las caras al comparecer ante el tribunal eclesiástico para alegar sus razones. El principal argumento que esgrime Pedro es que María, antes de casarse con él, había estado casada por la Iglesia con el conde de Comminges, que todavía vivía. Por su parte María reconocía que había estado casada con dicho conde, pero afirmaba que ese matrimonio era nulo y por tanto era válida la boda con Pedro. Además de estos argumentos principales ambas partes alegaron otros sobre impedimentos por parentesco. Tras escuchar a ambas partes, los jueces les conceden un plazo para presentar pruebas de sus afirmaciones y decretan que comparezcan ante ellos en Narbona el próximo 30 de noviembre.
Pedro se marcha de inmediato y el 29 de mayo ya se encuentra en Zaragoza. Noticias inquietantes siguen llegando del sur: movimientos de tropas anuncian una ofensiva musulmana y en distintos puntos se producen enfrentamientos con los ejércitos del rey de Castilla.
Entretanto Simon de Montfort y sus cruzados se abren paso a sangre y fuego hasta Toulouse y a mitad de junio asedian la ciudad. El rey Pedro acude a Aix-en-Provence (29/06/1211) siguiendo su política de estrechar acuerdos, pero no se enfrenta a los cruzados. Un ataque sorpresa de los sitiados desbarata el campamento cruzado y a final de mes levantan el asedio. De inmediato los cónsules de Toulouse escriben una carta al rey Pedro, no pidiendo expresamente que tome las armas, sino informando los males, que a su juicio, injustamente sufren y la feliz liberación del asedio, le piden que no oiga a los que les acusan de herejes y avisando que esos males, si no se atajan, pueden extenderse a otros: "todo lo que ellos maquinan hacer e hicieron contra nosotros y contra nuestro señor conde, harán lo mismo, y quizás peor, a otros príncipes y gobernantes, al pueblo llano y a los burgueses, si se les deja ocasión: en verdad, salva tus cosas, cuando arde la casa del vecino".1
Pedro debió tomar buena nota de esa advertencia pero a principios de julio ya está de vuelta en Cataluña. Y entre agosto y septiembre Pedro entra en guerra con Guerau de Cabrera, que se había apoderado del condado de Urgell, que Pedro se había comprometido a defender para Aurembiaix, la hija del último conde legítimo. La campaña concluyó exitosamente con la captura del castillo de Llorenç y la prisión de Guerau de Cabrera (10/09/1211).2
1 Este pasaje está casi al final de la carta de los cónsules de Toulouse (julio 1211), que puede leerse en: Martín Alvira Cabrer, Pedro el Católico, rey de Aragón y conde de Barcelona, t. III, nº 1187, p. 1249-1253.
2 Cf. Martín Alvira Cabrer, Pedro el Católico, rey de Aragón y conde de Barcelona, t. III, nº 1194, p. 1257-1259.
Al mes siguiente, probablemente en Perpignan, María redacta un nuevo testamento (06/10/1211) en el que se titula "señora de Montpellier, que fui hija de Guilhèm de Montpellier y de la señora emperatriz, su mujer". Este testamento anula al otro, pues en ningún momento dice que sea complementario al primero, que en ningún momento menciona, sino que "esta es mi última voluntad, la cual mando que siempre se cumpla inviolablemente". Ella lega gran cantidad de cera a diversas iglesias (algo que ahí era muy necesario) y también manda que se distribuya ciertas cantidades de plata y dinero. Y "a mi hijo Jaime, que lo tengo de don Pedro, rey de Aragón", lo nombra heredero de sus títulos y bienes, pero también nombra a quienes le han de suceder, en caso que Jaime fallezca sin hijos legítimos. Por el tenor de los legados parece que ella en ese momento disponía efectiva y realmente de pocos bienes inmuebles y dinero, y todos sus legados dependen de que en el futuro puedan ser cobrados de los réditos que producen los baños de Montpellier, del taller de refinado de metales y los prados de Lattes. Este cuadro de estrechez económica y enfermedad de María queda confirmado cuando al mes siguiente se presenta ante el tribunal.
Siguiendo con el proceso de nulidad el abogado del rey presenta (12/10/1211) varios testigos que afirman que ellos fueron testigos de que el matrimonio del conde de Comminges con una tal Comtors, su anterior esposa, fue anulado por el obispo Raimond Arnaud († 1205) y que luego él se casó eclesiásticamente con María. Otra tanda de testigos de parte del rey (22/11/1211) repitieron básicamente lo mismo, y un canónigo aseguró haber visto la sentencia de nulidad del matrimonio entre el conde y Comtors, y que vio una carta del papa Inocencio III, confirmando dicha sentencia. Poco después uno de los jueces, Uc, obispo de Riez, decide apartarse del caso (30/11/1211) alegando que "está impedido por arduos asuntos y múltiples e inminentes peligros". Sin duda no sería María la que atemorizaba al obispo.
Cuando se realizó la segunda audiencia (30/11/1211) María declaró que no había podido reunir a sus testigos ni había oído a los testigos del rey por hallarse "impedida por una grave enfermedad" y porque "le faltó el dinero para hacerlo", y por ello solicitó una nueva dilación. En un primer momento el abogado del rey se opuso, negando la gravedad de la enfermedad y diciendo que el rey le hubiese dado los medios, pero finalmente aceptó que se aplace la vista. Después (05/12/1211) los jueces fijaron las fechas en las que las partes podían presentar sus testigos y pruebas: "al tercer día después de la Epifanía" (08/01), "a la próxima fiesta de san Hilario" (13/01), "al decimoquinto día después de san Hilario" (28/01), "en la purificación de la Virgen" (02/02), luego al primer domingo de Cuaresma (12/02), y si no, al siguiente domingo (19/02); y fijaron la próxima vista para el domingo de Ramos (18/03), en Narbona.
Por fin el abogado de María pudo presentar testigos a favor de sus tesis en Saint-Thibéry (8/01/1212). Dos de ellas dieron datos que probaban el parentesco entre ella y el conde de Comminges, y por tanto la nulidad de su matrimonio. Otra testificó que dicho conde tenía otra mujer, todavía viva, antes de casarse con María.
También en Castries (28/01/1212) María presentó más testigos. Uno de ellos aseguró que antes del matrimonio entre María y el conde de Comminges él advirtió al padre de María "que no lo hiciese, porque eran parientes". Otro testigo corroboró que él escuchó dicha conversación. Otros también testificaron en el mismo sentido sobre el parentesco entre ambos.
En la siguiente comparecencia de testigos (02/02/1212) el abogado del rey presentó varios que confirmaron que el matrimonio entre el conde de Comminges y la tal Comtors fue declarado nulo por sentencia de la Iglesia y que presenciaron la solemne boda de María y el conde de Comminges.
Una carta de María (10/03/1212), en la que se titula "reina de Aragón y señora de Montpellier", avisa que nombra como procurador en la causa al caballero Raimond Aerra. Quizás estaba enferma pues dice que lo nombra porque no quiere parecer negligente, siendo que está "impedida por muchas adversidades". El documento fue redactado "en Montpellier, en la casa de [la abadía de] Aniane".
Días después, en Narbona, (12/03/1212) Bernat Amelh, procurador del rey, presentó varios testigos que afirmaban que había vínculo de parentesco entre el conde de Comminges y el rey Pedro. Este sería un nuevo causal que buscaba probar afinidad entre Pedro y María (ya que ella habría estado casada con un pariente del rey, es decir con el conde de Comminges). Los jueces cometieron un grave error procesal al aceptar este nuevo causal a estas alturas del juicio, y eso será criticado duramente en la sentencia final del papa.
Al día siguiente (13/03/1212), un acta del tribunal con las declaraciones de María y el procurador del rey muestra que el dinero, que el procurador había prometido entregar a María en enero para los gastos del proceso, recién le habían sido entregados la segunda semana de Cuaresma. A causa de este retraso en la entrega de fondos el abogado de María solicita una nueva dilación, ya que no han podido trae unos testigos de Vasconia. Inicialmente el procurador del rey se opuso, pero finalmente los jueces y ambos abogados acuerdan volver a verse en Montpellier para oír a la reina misma y dictaminar sobre la dilación solicitada.
Con ocasión de esta audiencia, se publican varios testimonios recogidos por diversas autoridades eclesiásticas a solicitud del tribunal. Todos ellos confirman que antes de casarse con María, el conde de Comminges estuvo casado por la Iglesia con una tal "Beatriz, hija de Odon de Lomagne" y que públicamente llevaron vida de casados. Incluso un testigo dice que "muchísimas veces vio a dicho conde de Comminges con dicha Beatriz yaciendo en el lecho, él desnudo con ella desnuda, como un marido con su mujer".
Esa misma semana los jueces se trasladaron a Montpellier para escuchar a la reina María, que probablemente estaba enferma e impedida. En esa vista ella consigue que se le dé un nuevo plazo para conseguir sus testigos de Vasconia, con la promesa que ya no volverá a solicitar otra dilación. Pero aquí María hace una jugada inesperada: dice que quizás ella apelará al papa para que sea él quien juzgue su caso. La nueva cita es para la vigilia de san Marcos en Béziers.
En Béziers (24/03/1212) ambas partes aportan nuevos testigos sobre el conde de Comminges y sus matrimonios anteriores a la boda con María. Pero lo más importante es que "dichos procuradores anularon el proceso, renunciando de facto a toda cuestión y alegación" y María y su procurador solicitan que el proceso y todas las actas se transmitan al papa, para que sea él quien dirima la cuestión.
Por esos mismos días (06/06/1212) María recibió una terrible noticia desde Roma: el papa Inocencio admite a juicio su legitimidad sobre Montpellier y la pone ante una disyuntiva: o debe restituir a su hermanastro Guilhèm IX la posesión del señorío de Montpellier y anexos, "la cual se sabe que él poseía pacíficamente"; o debe ir a juicio en Roma y probar su legitimidad, para lo cual se le asigna de plazo hasta la próxima fiesta de Todos los Santos. Es fácil imaginar que los emisarios del rey Pedro están detrás de esta maniobra para volver a encumbrar a Guilhèm IX (entonces un joven de 22 años). Pocos prohombres de Montpellier, ahora que gozaban de gran autonomía, estarían interesados en volver a someterse a un señor. En cambio para el rey Pedro, ahora que estaba a punto de librarse de María, era la mejor manera de retener Montpellier dentro de su área de influencia: si Guilhèm IX llegaba al poder, sería gracias a sus buenos oficios ante el papa y se sostendría en el poder con el respaldo de las tropas aragonesas. Sorprende que el papa haya intervenido con tanta vehemencia, siendo que en 1202 él mismo dictaminó que Guilhèm IX y sus hermanos eran ilegítimos. Seguramente pesaron los informes tendenciosos de los legados del rey Pedro que pintarían a María bajo la peor luz, y sobre todo el hecho que el papa querría contentar al rey en vísperas del decisivo enfrentamiento con los musulmanes. Entonces para María solo quedó una salida: acudir a Roma, donde ya había solicitado que se ventilase su causa matrimonial.
Entretanto ya a finales de mayo el rey Pedro con todas sus tropas había marchado hacia Toledo para unirse al ejército cristiano que iba a enfrentarse a los almohades. Unos días después (05/06/1212) llegaron tropas procedentes de allende los Pirineos, encabezadas por Arnau Amalric, legado pontificio. Más tarde se unirá a ellos el rey Sancho con tropas de Navarra.
En la segunda quincena de junio el ejército cristiano avanzó hacia el sur y después de ocupar las fortalezas de Malagón y Calatrava y algunas escaramuzas, finalmente tuvieron una batalla decisiva en Las Navas de Tolosa (16/07/1212), en la que el califa almohade, al-Nasir, fue derrotado por completo y tuvo que retirarse a Sevilla y más tarde abandonar la Península. Fueron días de júbilo para toda la Cristiandad, y en especial para el rey Pedro, que vivió sus días de mayor gloria y popularidad. En los días siguientes los ejércitos cristianos avanzaron imparables y tomaron Jaén y Úbeda, y a primeros días de agosto dieron por finalizada la campaña.
Rodeado con su prestigiosa aureola de vencedor de los infieles, el rey Pedro se dirige a Toulouse, el epicentro del conflicto cátaro, a principios de enero. Ahí se encuentra con Simon de Montfort y los legados pontificios y Pedro exige la devolución de las tierras de los condes de Toulouse, Foix, Comminges y del vizconde de Bearn, a cambio él asegura que ellos se reconciliarán con la Iglesia y se arrancará todo rastro de herejía. Estas palabras seguramente no sentaron nada bien al ambicioso Simon de Montfort, que aspiraba a extender sus dominios. Tampoco sentó bien a los obispos de la región, que, reunidos en Lavaur (18/01/1213),1 se apresuraron a responder enumerando los agravios cometidos por los condes protegidos por el rey y exigiéndole que desistiese de auxiliarlos. En lugar de desistir, el rey Pedro recibe el homenaje de los antedichos nobles y los pone bajo su protección.
1 Véase esta respuesta de los obispos en: Martín Alvira Cabrer, Pedro el Católico, rey de Aragón y conde de Barcelona, t. III, nº 1436, p. 1461-1464. Valiosa información sobre todas estas maniobras entre 1212 y la muerte del rey Pedro podemos leer en nuestra selección de fragmentos de la "Historia Albigensis" en doc-hist-albig-vallium.
Entretanto en Roma los embajadores del rey Pedro exponían ante el papa sus argumentos y conseguían una sorpresiva andanada de cartas papales en apoyo del plan del rey Pedro. En una (15/01/1213) recuerda a Simón de Montfort que "nuestro hijo en Cristo, P[edro], ilustre rey de los aragoneses, te concedió Carcassonne en feudo" y por lo tanto "no debes sustraerte a las cargas de ello", es decir, se debe someter a su autoridad como vasallo. Y en otra dura carta (17/01/1213) dice a Simón que los embajadores del rey Pedro dicen que "mientras el rey se mantenía al servicio de Jesucristo contra los sarracenos, tú usurpabas los bienes de sus vasallos para tu provecho", y por ello "mandamos que las antedichas tierras las restituyas a dicho rey y a sus vasallos, para que por esta retención ilícita no parezca que tú trabajas, no para el bien general de la fe católica, sino para el tuyo particular". El papa también frena a los obispos, que presionaban a los nobles acusados de defender a los herejes, y les dice (18/01/1213) que "ya que el asunto es arduo .... no se debe proceder sin gran cautela y reflexión"; y por ello manda que se reúnan las máximas autoridades eclesiásticas y civiles, y que le comuniquen lo que hayan decidido "para que, sabiendo vuestro consejo, Nos decretemos lo que veamos que se debe decretar según [la voluntad de] Dios". Este jarro de agua fría a los obispos y cruzados solo será un breve alivio para Pedro.
Junto con esas cartas, que eran un triunfo diplomático del rey Pedro, también llegó otra que destruía por completo su proyecto de deshacerse de María: el papa dictaba sentencia sobre su causa matrimonial y decretaba que el matrimonio con María era válido (19/01/1213).
En la sentencia se hace un resumen de todos los avatares del proceso judicial. Al inicio (1-2) el papa subraya su imparcialidad diciendo que Dios "ordena pesar con justa balanza las causas y méritos de cada uno", y aunque siente gran dilección por el rey Pedro "no podemos ni debemos hacer ninguna gracia a él ni a nadie". Luego (3) expone los argumentos de la demanda y la constitución del primer tribunal. En 4-5 explica porqué se tuvo que cambiar el tribunal y las pautas que él les impuso. Luego (6-8) se narra el primer careo de ambas partes: la acusación del rey y la réplica de María, así como el fallido intento del abogado del rey para que no se oyese a María. Después de oír ambas partes (9) el tribunal acordó debatir sobre tres asuntos: a) si hubo matrimonio válido entre María y el conde de Comminges; b) si dicho conde, cuando se casó con María, estaba legítimamente separado de una tal Comtors, su segunda esposa; c) si una tal Beatriz, anterior esposa de dicho conde, era consanguínea con el rey (lo cual, según la ley canónica de entonces, hubiese generado un impedimento de afinidad entre el rey y María). En 11-12 se relata los plazos que se fijaron y las dilaciones que se produjeron. A continuación el papa se asombra (13-14) que, tras haber fijado los límites del debate judicial, los jueces admitiesen un nuevo causal propuesto por el abogado del rey, lo cual era una grave infracción procesal. Después María pidió que la causa se ventilase en Roma (15), lo cual fue concedido, y la causa fue examinada solemnemente en sesión pública (16). En su veredicto final (17) el papa descarta todos los argumentos contra la validez del matrimonio de María y Pedro. Y por ello (18-19) pide al rey que acepte la decisión papal y que "benignamente reciba a dicha reina y la trate con afecto marital, admitiéndola en la plenitud de la gracia real, sobre todo ya que de ella ha recibido un hijo y ella es una mujer temerosa de Dios, dotada de gran honestidad". Concluye enfatizando que él no va a separar lo que Dios ha unido (20). En la copia para el rey y los obispos el papa además advierte que, si no se cumple la sentencia, se impondrán al rey las penas eclesiásticas (21). Y en la copia para los obispos se añade otro párrafo (22): el papa les exhorta a cumplir su deber y solo temer el juicio de Dios.
Pocos días después de la sentencia papal, Pedro procede con su plan para mantener Montpellier bajo su control: el 24 de enero de 1213 recibe el homenaje de Guilhèm IX y declara que le entrega en feudo todo el señorío de Montpellier y le promete que "potente y fielmente te ayudaremos a exigir y recuperar todo lo arriba dicho de aquellos que la retienen contra nuestra voluntad". El joven Guilhèm sería el nuevo títere a través del cual Pedro esperaba seguir exprimiendo las riquezas de Montpellier. Esto se realiza en Toulouse, que es el punto donde se congregan todas las fuerzas amenazadas por los cruzados.
Es evidente que los prohombres de Montpellier, que estaban viviendo una libertad nunca antes alcanzada, vieron esta declaración de Pedro como una amenaza, aunque también sabían que no contaban con las fuerzas para resistirle en una guerra frontal. Por otro lado, María, pobre y enferma en Roma, parece que a estas alturas ya no tenía en Montpellier aliados poderosos que hicieran valer su voz y sus derechos.
Y en este asunto -así me parece- también el papa Inocencio III le dio la espalda. Recordemos que en junio pasado había conminado a María a devolver el señorío a su hermanastro o presentar sus alegaciones. Y el debate sobre quién tenía más derecho para ocupar el señorío de Montpellier, el papa todavía no llegó a resolverlo en vida de María y Pedro, por eso es significativo que el papa la llame con frecuencia "reina de Aragón", pero nunca "señora de Montpellier". Creo que el papa, que jugaba una complicada partida en el tablero internacional (guerras entre Inglaterra, Francia, Alemania y la amenaza musulmana en Oriente y sur de Hispania), en ese momento tenía como prioridad evitar una guerra abierta entre el rey Pedro y los cruzados de Simon de Montfort, que cada vez parecía más inevitable. Solo así se entiende su repentino apoyo al plan de paz de Pedro en el mes de enero, a pesar de los múltiples ruegos de sus legados y los obispos que le informaban que solo servía para encubrir a los herejes y sus fautores. También solo así se entiende las duras misivas que en esos días dirigió a Simon de Montfort. Pero la sentencia que desestima la nulidad matrimonial era un revés que podía enfurecer más a Pedro y alejarlo más del proyecto papal sobre la cruzada (que Pedro dejase de auxiliar a los herejes y apoyase a los cruzados). Sin embargo el papa sabía qué era lo que realmente importaba a Pedro en este asunto y en su sentencia (n. 3 y 20) el papa no puede evitar referirse irónicamente a la alegada motivación de Pedro ("por su conciencia y salvación") para presentar la demanda de nulidad. El papa sabe bien que en realidad se trata de una cuestión de poder: Pedro ya ha exprimido a María y ahora quiere deshacerse de ella para estar disponible a un nuevo matrimonio/alianza, pero sin renunciar a su control sobre Montpellier (para lo cual ya tiene a Guilhèm IX), y por otro lado, Pedro, ajeno a debates teológicos, quiere mantener su influjo sobre la región, amenazada por los cruzados de Montfort. Por lo tanto, el papa bien pudo pensar que Pedro podía aliviar su derrota judicial abriéndole las puertas de Montpellier, o al menos manteniendo viva tal posibilidad: por eso le convino abrir el debate sobre la legitimidad de Guilhèm IX y dejarlo en suspenso. Y también pudo pensar que, llegado el caso, María quedaría bien compensada de esa pérdida con la corona de Aragón.
Pero al final todos esos cálculos se fueron al traste con la muerte de María y Pedro. Años más tarde, ante un tablero diferente, el mismo papa tomará otras decisiones: apoyará decididamente al niño Jaime a recuperar el trono de Aragón, lo cual era la mejor forma de frenar tanto las ambiciones del rey de Francia como la arrogancia de los cónsules de Montpellier, recordándoles que no eran una república. En cuanto a Guilhèm IX, una vez perdida su función instrumental, nadie volverá a acordarse de él, en cambio Inocencio III tratará que el obispo de Maguelone tome las riendas de Montpellier, pero la poderosa burguesía le estorbará en ese proyecto y finalmente, también a él, la muerte pondrá fin a sus afanes.
Durante todo el mes de febrero y marzo Pedro se mueve entre Perpignan y Collioure. El enfrentamiento con Simon de Montfort sube de nivel: Pedro reta a duelo a Simon y este rompe el vínculo feudal. La noticia que Luis, el hijo del rey de Francia, va a participar en la cruzada contra los cátaros, agudiza más el conflicto. Pedro trata de impedir la participación francesa ofreciendo casarse con la hija del rey de Francia (marzo 1213), lo cual, teniendo en cuenta la reciente sentencia papal, parece una maniobra sin futuro.
Sin embargo en abril el rey de Francia prohíbe a su hijo participar en la cruzada: pero no fueron las maniobras diplomáticas del rey Pedro las que frenaron la ambición del belicoso Felipe Augusto, sino una gran coalición de ingleses y alemanes que lo mantenía seriamente ocupado por esos meses. También en ese contexto debemos leer el respaldo del rey de Francia a Guilhèm IX como legítimo señor de Montpellier, aunque la astucia gala no pierde ocasión para presentarlo como una concesión del rey de Francia y recordar sus antiguos derechos sobre dicha región (marzo 1213). El arzobispo de Tarragona manda (6/03/1213)1 al papa los juramentos de sumisión al papa de los condes acusados de fomentar la herejía, pero cada vez es más evidente que para Pedro la guerra es la única salida.
1 Cf. Martín Alvira Cabrer, Pedro el Católico, rey de Aragón y conde de Barcelona, t. IV, nº 1476, p. 1510-1511.
Asustado ante los informes sobre la mala salud y la penuria económica de María, el papa envía dos cartas el mismo día (08/04/1213). Una dirigida a las autoridades religiosas: el arzobispo de Narbona y dos superiores de importantes comunidades religiosas de la región (llama la atención que el papa no mencione al obispo de Maguelone, que tenía jurisdicción sobre Montpellier), a los cuales, tras enumerar las acusaciones de María contra los cónsules, el papa les ordena escuchar a ambas partes y dictar sentencia, pero que mientras tanto obliguen a los cónsules "a pagar a la reina la mitad de todos los réditos del patrimonio de ella". La otra carta está dirigida al obispo de Béziers, al prepósito de Maguelone y al prior de San Fermín para que obliguen al rey Pedro a resarcir a María "ya que a causa de su gran necesidad contrajo algunas deudas para venir a la Sede Apostólica y en particular a causa del juicio matrimonial".
Los cónsules y el rey no necesitaron inventar pretextos para eludir las órdenes del papa, pues la salud de María se agravó rápidamente y el 20 de abril ella apenas tenía tiempo para dictar algunas modificaciones al testamento anterior ante algunos fieles partidarios: el caballero Raimond Aerra, su procurador en el juicio, su capellán, dos monjes del monasterio de Aniane, y su médico. La corte papal, que parece quedó impresionada con la entereza de María, estuvo representada por el médico del papa, un subdiácono y el camarero de un cardenal, aunque quizás también quisieron velar por los intereses y esperanzas que la Iglesia tenía puestas en Montpellier. De hecho, lo más novedoso de este tercer testamento es que ella dispone "que el santísimo padre Inocencio, sumo pontífice, tenga libre potestad para cambiar, agregar, disminuir y disponer sobre este testamento según el beneplácito de su voluntad; y bajo la protección, defensa y tutela de él y de la Iglesia romana dejo mi antes mencionado hijo, mis hijas, todos mis bienes y mis fieles servidores."
María fue enterrada en el Vaticano, en la capilla de Santa Petronila, que usualmente estaba reservada a reyes y personajes de Francia. La fama de santidad que rodeó los últimos días de María, hizo que su tumba se convirtiese en punto de peregrinación para pedir milagros, tal como nos refiere su hijo Jaime (Llibre 7, 3). Cuando en el s. XVI se construyó la actual basílica de San Pedro, esa capilla fue demolida, con lo cual se perdió su tumba. Un autor del s. XVII nos dice que en la tumba de María había esta inscripción:1
Ambitio mihi regem virum dedit, La ambición me dio un marido rey,
Pia fraus filium regem, Un engaño piadoso un hijo rey,
Sancta mors coeli regnum. Una santa muerte el reino del cielo.
1 Pierre Gariel, Series praesulum magalonensium et monspeliensium, pars prior, Toulouse 1665, p. 245. Gariel fue canónigo en Montpellier y hay indicios que esta obra fue escrita en colaboración con el jesuita Benoît Bonnefoy. Gariel murió a finales de 1674. El autor no cita su fuente y él no pudo verla, ya que la tumba fue demolida cuando se construyó la actual basílica de San Pedro, en el s. XVI. Lo más probable es que esa inscripción fue añadida en el s. XIV-XV.
Dejando los paños tibios y vacilaciones del mes de enero, Inocencio III ordena a Simon de Montfort reactivar la cruzada (21/05/1213),1 a la vez que exige a Pedro que no defienda más al conde de Toulouse y a los herejes. El choque armado ya es inevitable, y tanto Montfort como el rey Pedro parecen ansiosos por zanjar con las armas la larga "guerra fría" que libraban. Pero la balanza de fuerzas parece inclinarse a favor de Aragón, que encabeza la coalición de Toulouse, Foix y Comminges. Incluso el rey de Francia, según parece temeroso de una derrota total de los cruzados, escribe al papa (mayo-junio/1213)2 para que pida a Montfort hacer la paz con el rey de Aragón. Por otro lado, el rey de Inglaterra escribe al conde de Toulouse informando que el mal tiempo le impidió atravesar el Canal después de la fiesta de Pentecostés (3 de junio), pero que en un futuro próximo irá en su ayuda con todo su poderío (17/08/1213),3 al mismo tiempo que inicia tratos secretos con el rey Pedro.
1 Cf. Martín Alvira Cabrer, Pedro el Católico, rey de Aragón y conde de Barcelona, t. IV, nº 1507, p. 1531-1534.
2 Cf. Martín Alvira Cabrer, Pedro el Católico, rey de Aragón y conde de Barcelona, t. IV, nº 1537 bis, p. 1553-1554. Léopold Delisle, Catalogue des actes de Philippe-Auguste, p. 517-518. Esta carta no tiene fecha. Delisle cree que es de 1210. Pero el hecho que se diga "hacer la paz entre el rey de Aragón y Simon de Montfort", nos indica que estamos al menos en marzo de 1213, pues antes no habían estado en conflicto abierto. Además, esa actitud conciliadora de Felipe Augusto solo es lógica a partir de abril, cuando impidió que su hijo se uniese a la cruzada. Y ya que Felipe se dirige al papa "para que trabajéis para hacer la paz", entonces probablemente nos hallamos en los días en que el papa ha reactivado la cruzada.
3 Cf. Martín Alvira Cabrer, Pedro el Católico, rey de Aragón y conde de Barcelona, t. IV, nº 1546, p. 1566. Alvira anota erróneamente que Pentecostés era el 18 de mayo.
A finales de agosto el rey Pedro lleva sus ejércitos allende los Pirineos y llega a Toulouse entre el 7-8 de septiembre. El 10 de septiembre sus tropas ponen sitio al castillo de Muret.1 El día miércoles 11 asaltan el castillo y logran forzar las puertas, pero se retiran por orden del rey Pedro, que sabe que Simon de Montfort está en camino y no quiere que dé la media vuelta, si Muret ha caído; pues Pedro espera obtener una victoria definitiva sobre Simon y sus cruzados. Esa tarde el ejército cruzado y un grupo de eclesiásticos entra en Muret e intentan negociar con el rey Pedro, que se niega de plano. El día jueves 12 por la mañana fracasa un último intento de negociación. Luego se producen algunas escaramuzas ante las murallas. Más tarde, quizás a mediodía, cuando las tropas del rey estaban descansando, los cruzados hacen una salida sorpresiva, avanzando desde dos direcciones contra la posición del rey. Los aliados forman filas apresuradamente y en desorden, pero son desbaratados por completo, muriendo muchos caballeros aragoneses y el mismo rey. Viendo la debacle del ejército aragonés, los señores occitanos se baten en retirada, perseguidos por los cruzados, que fácilmente masacran grupos de infantería rezagados.
Esta victoria no hubiese sido tan relevante, sino hubiese muerto ahí el rey de Aragón. Si la muerte de María produjo un pequeño cambio en el tablero político, en cambio la sucesiva muerte de Pedro produjo grandes consecuencias. A corto plazo produjo la retirada de Aragón de la guerra entre los cruzados y los herejes, pues sin reina y sin rey, se abrió una crisis de sucesión, creándose en el reino facciones que estaban más preocupados de sus intereses internos que de la política exterior. A largo plazo Muret marca el punto de inflexión en que el influjo aragonés comenzó a declinar, y en unas décadas toda la región irá cayendo gradualmente bajo el yugo francés.
1 Casualidades del destino, este castillo fue la dote de María, cuando se casó con Bernat de Comminges.
En cuanto a Montpellier, el papa se movió para impedir que el vacío político fuese aprovechado por los cónsules (que de facto ya controlaban el señorío), o por el rey de Francia, o por el ambicioso Montfort. Por eso el papa apostó todo en el niño Jaime, el único hijo legítimo de los difuntos reyes (aunque parece que el padre nunca llegó a estar conforme con eso). Así ordena con rigor a Simon que devuelva el niño a sus súbditos (22/01/1214). Por su parte el rey Felipe Augusto trata de atraerse a los habitantes de Montpellier con privilegios (01/04/1214). Los cónsules, que sin duda más temían a los cruzados y al rey de Francia, no tuvieron problemas en seguir el juego al papa, pues no les importaba reconocer a Jaime, que sería un señor solo en el papel durante muchas décadas, y salvaguardar su independencia bajo el paraguas papal. Así el papa los pone bajo su protección a cambio de un tributo anual (10/04/1215) y entrega el condado de Melgueil al obispo de Maguelone (14/04/1215), a la vez que su advertencia a los franceses de no vulnerar Montpellier (15/04/1215) parece funcionar: el sueño de Inocencio III de un poderoso feudo eclesiástico parecía empezar a hacerse realidad. Él no lo verá, pero solo será una ilusión que se diluirá con el tiempo.
Muchas décadas más tarde Jaime, cuando ya es un rey aclamado por sus victorias en Mallorca y Valencia, tomará el control efectivo de Montpellier, no sin mucha oposición de los cónsules. Pero sus sucesores no sabrán apreciar los grandes sacrificios que soportó su antepasada, María, para transmitirles esa heredad, y en 1349 será vendida sin pena ni gloria al rey de Francia.