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NO SÉ DÓNDE estoy ni en qué estado me encuentro. Y como carezco de cualquier noción actual del tiempo, mi memoria solo me permite recordar lo sucedido en la casa donde vivía a solas. Había dejado la ventana de la habitación abierta a causa del calor, tardío para la época del año. Justo cuando me disponía a cerrarla, antes de acostarme, vi aterrorizado un bicho que sobrevolaba el alféizar; su aspecto era como el de un saltamontes muy alargado y de color verde. Me intimidaba bastante verlo adentrarse en el cuarto, y más teniendo en cuenta mi aversión por los insectos. En alguna ocasión oí hablar de la mantis religiosa, con diversidad de opiniones respecto a si resultaban o no peligrosas.
Dudé por un momento. Podría alejarme y esperar a que cruzara de nuevo la ventana y se alejara, para alivio mío; o actuar con decisión y espantarla de alguna forma. Por desgracia, se adentró más y más hasta posarse en la mesilla. Tuve que luchar contra el sueño y ánimo alterados. Decidí correr en busca de la escoba y el recogedor. Al regresar comprobé que continuaba en el mismo sitio. Así que alargué el palo con cuidado de no desestabilizar la tulipa de la pequeña lámpara encendida, hasta que el cepillo la rozó. Cogió el vuelo y yo di un respingo, pues estaba convencido de que la mantis reaccionaba con intención. Se acercó, hasta rozarme la cabeza. En aquella situación estuve a punto de caerme. Tras extender sus patas en el suelo, remontó el vuelo como si quisiera atacarme de forma definitiva. Retrocedí con mayor vehemencia; durante algunos segundos la perdí de vista. Yo giraba sobre sobre mí mismo; solo pensar que me podía atacar desde atrás me aterrorizaba. Luego me percaté de que volvía a situarse sobre el suelo. Sin pensármelo, y haciendo caso omiso de la repugnancia que me provocaba, avancé hacia el insecto y le golpeé con la escoba. Se revolvió y lo aprisioné entre las cerdas del cepillo. Apreté una y otra vez con fuerza; quedó inmovilizado. Necesitaba cerciorarme de que no iba a reanimarse, por lo que le atesté un último envite. Lo vigilé después hasta que dio señales de haber pasado a mejor vida. Sin mayor dilación lo barrí y saqué a la calle, sin dejar de mirar el recogedor.
Al contar el día siguiente lo sucedido encontré todo tipo de reacciones; desde mofas ante lo que consideraban un temor infundado, hasta cierta comprensión por semejante forma de actuar.
Transcurrió una semana. Fue la noche en la que mis pensamientos se bloquearon, cuando intentaba conciliar el sueño, con la lámpara de la mesilla encendida y la ventana siempre cerrada. Mientras daba vueltas en la cama, intuí una delgada e inquiera sombra. Al erguir la cabeza se me secó la boca. Era real y se movía tras la tulipa. Y después de un gélido golpeo aquellas alas salieron del escondrijo. Suspendidos en el aire unos ojos, a modo de bolas pequeñas y punzantes me juzgaban con la mirada. No recuerdo nada más.