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EN LA CADENA DE TELEVISIÓN ATV se respiraba ambiente de gran euforia aquella primaveral mañana de 1980. Uno de sus presentadores estaba a punto de divulgar el revolucionario descubrimiento; la extraordinaria noticia: «Señores espectadores, estamos en condiciones de comunicarles que el hombre no viene del mono...»
Fuentes bien informadas acababan de revelarles la buena nueva, infiltrada de forma secreta. Ahora había que darse prisa para poder incluir esa maravillosa primicia en las noticias de las nueve de la mañana, teniendo en cuenta que la competencia estaba siempre al acecho. Faltaban doce minutos para el inicio del informativo, y para que el mundo entero pudiera descubrir algo que iba a romper la teoría establecida sobre el origen de la especie humana. Por fin se conocería una de las verdades más revolucionarias desde que el hombre dejó de ser mono; suponiendo que alguna vez haya dejado de serlo, justo en el momento de descubrirse que nunca lo había sido...
El presentador, elegido por la fortuna, caminaba por un largo pasillo en busca de la momentánea soledad: necesitaba relajarse para compensar tanta tensión contenida. Se metió en el lavabo y aprovechó la ocasión para limpiarse la cara, llena de babas por el placer de sentirse protagonista ante sus compañeros de profesión. Al contemplarse en el espejo, vio un rostro satisfecho y, al mismo tiempo, embargado por la inquietud.
Tras finalizar su pequeña meditación, se dispuso a salir del lavabo; no había más tiempo que perder. Pero al intentar abrir la puerta, forzó tanto la cerradura que acabó por bloquearla. «Me he quedado encerrado», se dijo mientras sentía la amenaza del infortunio. En una pugna contra el reloj, gritó con desesperación sin que nadie lo oyera. Faltaban tan solo dos minutos para las nueve, y algo debía hacer si no quería pasar de esa posible gloria a un fracaso tan cercano como ridículo: podía esfumársele una irrepetible oportunidad.
Miró alrededor, bajo el ritmo impuesto por los agitados latidos del corazón. Se fijó entonces en una ventana que estaba abierta: la copa de un viejo árbol la acariciaba, y ofrecía al periodista una ayuda aparente; como si le tendiera la mano con el consentimiento de sus resecas hojas. Sin más dilación, se montó en esa especie de enjambre con la intención de descender de rama en rama, para luego regresar desde la calle con rapidez, escaleras arriba, hasta la primera planta desde donde se emitían los programas informativos.
Claro que una cosa es decidir algo y otra conseguirlo. Mal que bien pudo alcanzar la rama más cercana, lo que supuso un gran desgaste físico para él. Mas cuando llegó el momento de agarrar la siguiente, menos consistente, quedó demostrado que no estaba preparado para tales artes. Tras realizar un curso acelerado de botánica y estudiar el árbol de forma atropellada, fue a caerse encima de un vendedor de barquillos con quien entabló una súbita y gran amistad. Uno miraba la maltrecha mercancía con el susto metido en el cuerpo, y el otro hacía rechinar sus dientes —los pocos que le quedaban— de rabia e impotencia; objeto visual de gran número de transeúntes agolpados que satisfacían la humana curiosidad. También los compañeros del presentador acudieron con urgencia al lugar de los hechos sin explicarse lo ocurrido.
La improvisada sombrilla del barquillero tuvo que escuchar lo que comentaban algunos, ajenos a cualquier posible primicia:
—Yo lo vi salir de esa ventana.
—¡Pobre hombre! ¿Para qué querría bajar trepando por el árbol!
—¡Parecía un mono desentrenado!
—Sí. La verdad es que no podía agarrarse.
—Al principio creía que se había escapado del zoo. Después me di cuenta de que aquel meteorito tenía forma humana.
—¡Es que el hombre no debe andarse por las ramas!
—Pues hay gente que sabe saltar y…
—Sí, pero se trata de una excepción. Tarzán, sin ir más lejos.
—En realidad, no todos somos iguales.
—Bien mirado, cada persona posee una ascendencia distinta y peculiar.
—¡Entonces…! Si hablamos de un origen diverso, no podemos creer la teoría de que venimos de la misma clase de mono.
—En ese caso, ¿quién nos asegura que descendemos de otro tipo de primate; resulta evidente que la mayoría de nosotros no sabe trepar.
—¡Cierto!
—¿Insinúan que el hombre no…? ¡Oh…!
—¡Atención! ¡Escuchad! Parece que...
—¿Te has enterado, querida?...
—¡Acérquense! ¡Acérquense, señores! Les voy a dar una gran noticia...
—¿Cómo?...
—¡Sí! ¡Sí!...
—¡El hombre...! ¡El hombre no viene del mono!
—Pero el anís sí.
—Cariño, hablamos del origen del ser humano.
—Entonces, ¿de dónde venimos?
—Ya no lo sé. ¡Estoy hecho un lío!
—¡Pellizcadme, que no me lo creo!
—¡Me he quedado atónito!
—¡Yo también!
—¡Cielos! ¡Vaya noticia tan revolucionaria!...
Por ironías del destino, el presentador había provocado que la mecha de la gran noticia se encendiera de una forma no deseada. Y como la competencia, ubicada a una manzana de distancia, estaba dispuesta a pescar en río revuelto, aprovechó el aturdimiento sufrido por la cadena ATV antes de que semejante alboroto se extendiera como un reguero de pólvora prendida...
La frustración del desdichado periodista aumentó al enterarse de que la puerta bloqueada no era la que comunicaba con el pasillo —ignorada esta por la obcecación del momento—. Porque, en realidad, daba al retrete utilizado por un técnico de sonido; a su vez, víctima de la propia situación cautiva mientras hacía las necesidades con sus auriculares puestos.
«¿Qué he hecho, Dios mío? —no dejaba de cavilar el locutor—. Si se me presentara otra oportunidad así, que no se me presentará, me lo pensaría bien antes de andarme por las ramas…»
Tal como lo he contado sucedió. Solo me queda añadir que desde aquella fatídica fecha ningún barquillero se atrevió a caminar junto a la fachada de un estudio de televisión.