70 páginas (6 capítulos)
Obra escrita para ser algún día representada en un teatro
LA CALMA QUE DESPRENDÍA el salón se asemejaba a la de cualquier día, ya en las postrimerías del verano. Tan solo la salpicaba el estridular de los grillos, no convertidos en elementos discordantes, sino integrados en aquel silencio; como si de una sutil advertencia de la naturaleza nocturna se tratara…
Unos pasos lentos surgieron fuera de la casa. Entre las pisadas, dos voces se percibían cada vez más cercanas:
—Ahí está la iglesia en ruinas. Querida, creo que hemos llegado.
—Mira, Juan. Se ha dejado la puerta abierta.
Ambas personas entraron, cogidas de la mano.
—¿Doctor Jacobo…? —exclamó Lucía.
—Quizá se encuentre arriba —supuso Juan—. Sentémonos mientras esperamos.
Se habían acomodado en un sofá. El cristal que cubría la mesa de centro reflejaba los cabellos claros de la joven, recogidos en moño.
Ella giró el cuerpo para examinar mejor aquel elemento armónico de mampostería. Llamaba la atención la librería empotrada en la pared del fondo, sin apenas huecos que cubrir; una elegancia culta que contrastaba con la sencillez del pequeño mueble auxiliar, destinado al teléfono fijo: reliquia de los años cincuenta.
El escrutinio visual se detuvo ante la escalera de madera, que comunicaba con la planta de arriba.
—¡Qué calor más pesado! —se quejó de repente, mientras se pellizcaba el ceñido vestido.
—Sí —afirmó Juan—. Me temo que nos costará conciliar hoy el sueño.
—Como… la noche del pasado lunes —dibujó ella un grave gesto.
—¡Bah! Intenta no recordarlo ahora, mujer.
—Juan, sigo sin imaginarme a qué obedece esta cita con el albacea de mi padre. Me extraña que el doctor Jacobo no quisiera entrar en más detalles.
—Pues ya falta menos para saberlo.
Por un momento Lucía se abstrajo de la imagen casi treintañera y del fino porte de Juan, ataviado con ropa de sport.
Cualquier pensamiento que pudiera desfilar por su mente se interrumpió con el rugir de un motor. El golpe seco de la puerta del vehículo recién llegado dio paso a dos nuevas voces:
—Buenas noches, Alfonso. Siempre tan puntual.
—Por supuesto, querido doctor. Además, la ocasión así lo precisa… Pero dime… ¿Qué hacías ahí, a estas horas?
—Recogía las herramientas. He arrancado algunos hierbajos.
—¿De veras?
Ambos cruzaron el vano de la puerta. La escueta sonrisa y el pelo canoso del doctor contribuían al halo de seriedad que desprendía.
—¡Oh, ya estáis aquí! —exclamó.
Lucía y Juan se levantaron.
—¡Doctor Jacobo…! Hace poco que hemos llegado. Encontramos la puerta abierta y...
—No te preocupes, Lucía. La dejé así cuando salí al jardín. Ya veis mis manos —las mantuvo en alto para mostrar las manchas de tierra. En su rostro se produjo una efímera e inadvertida expresión de tristeza.
—Mi amigo, el doctor, es gran amante de la jardinería —intervino Alfonso—. No importa el momento ni las circunstancias.
—Os presento a Alfonso Rueda —se repuso el anfitrión.
El albacea se sujetaba las oscuras gafas con el índice y el pulgar, como si ello fuera necesario para observar mejor a Lucía.
—¡Cuánta razón tenías, Jacobo! Guarda un gran parecido con Laura.
—Ya ves... Solo tiene veinte años, y te aseguro que no es ninguna cría.
Lucía sonrió tras las palabras del doctor; una sonrisa que adquirió forma de resignación al concluir:
—Por desgracia no tuve la ocasión de conocer a mi madre.
—Y dime… ¿Cómo estás? Me imagino que la procesión va por dentro.
—Sí, doctor. Encontrarme allí, en el lugar del suceso, fue una experiencia que deseo olvidar lo más pronto posible.
—Claro… Me hago cargo de ello.
—¡Bueno! —exclamó Lucía, ya más distendida—. Hemos tenido suerte de no perdernos al venir, ahora de noche; no hubiéramos podido avisarle… Juan y yo dejamos cargando los móviles en casa, y con las prisas se nos olvidó cogerlos.
— Pues para compensar, yo he traído dos. —Alfonso los mostró—. El de siempre, perteneciente al Pleistoceno, y este nuevo que aún no domino demasiado. La tecnología es mi asignatura pendiente.
Lucía y Juan amagaron una risa ante las palabras del albacea.
El doctor volvió a mostrar sus manos.
—Será mejor que me las lave. Mientras tanto, acomodaos... Poned el ventilador. El aire acondicionado se ha tenido que averiar en un día como hoy.
Cerró la puerta de entrada antes de subir la escalera. La letanía de los grillos quedó reducida a tímidos susurros, que ahora penetraban tan solo por una ventana abierta que daba al jardín.
Alfonso accionó el botón del ventilador y ocupó después una de las dos butacas que había a cada lado del sofá.
—¡Cuánto se agradece! —resollaba Lucía.
—Sí. Nos encontramos ante los últimos coletazos del verano—aseveró Alfonso—. Hay demasiada humedad...
Los ojos grises y la nariz bien perfilada ensalzaban el rostro de la joven, que contemplaba la ventana, retrepada en su asiento.
—Aquí se respira mucha paz, como si estuviéramos en otro mundo; aunque la ciudad no quede lejos.
—A mi amigo le gusta mucho esta tranquilidad. El único sonido que admite es el de los bichitos cuando chirrían —el albacea se atusaba la discreta barba.
—Mal gusto no tiene, desde luego —intervino Juan.
Alfonso se despojó de su chaqueta de fino cuero; que, por lo visto, vestía incluso en verano. La camisa negra hacía juego con los pantalones de suave pana.
—Jacobo me ha hablado mucho de ustedes... ¡Oh, eso suena muy formal! Podríamos tutearnos, ¿verdad?
Los dos asintieron, complacientes.
—Es curioso… Nunca he tuteado al doctor. Y en cambio con usted… —rectificó ella ante un amistoso gesto de Alfonso— contigo creo que no resultará muy chocante. Y eso que nos acabamos de conocer.
—Estoy de acuerdo con Lucía —secundó Juan.
—¡Vaya! Eso me halaga.
—Supongo que… te habrá contado cosas buenas de nosotros —bromeó la joven.
—Por supuesto ¡Faltaría más!
Alfonso sacó una pipa y varias hebras de tabaco que fue aplastando en el interior de la cazoleta. Desarrolló al encenderla una tesis bien resumida sobre el arte de fumarla, impulsado por la curiosidad de los interlocutores.
Ya a punto de concluir, señaló hacia la escalera: el anfitrión regresaba.
—¡Qué! ¿Llevas por fin las manos limpias, doctor? —preguntó entonces en voz alta.
—Sí. Además, he aprovechado para cambiarme de ropa y zapatos; tenían algo de tierra. Mi mujer llega de Francia pasado mañana, y si ve la casa manchada me puede caer una gorda.
—¿Tú crees? Vendrá tan satisfecha de sus andaduras parisinas que te perdonará cualquier descuido. Al menos, el primer día.
—Yo no me arriesgaría, Alfonso… Voy a buscar una jarra de agua con hielo.
—¡Excelente idea, querido amigo!
—¿Puede alguien ayudarme?
—Yo misma —se ofreció Lucía.
Se dirigieron hacia unas cortinillas de color ámbar. Cuando las atravesaron, se escuchó un suave tintineo.
Juan observaba el vaivén de las cuentas.
—Me he percatado de algo: los dos formáis una pareja muy unida... Y no creo equivocarme al afirmarlo —indicó el albacea.
—Para nada te equivocas, Alfonso. Hace poco que nos casamos, y desde entonces vivimos una continua luna de miel.
—Pues que la dicha dure… Yo de la mía no guardo muy buen recuerdo. Fue más bien… una luna de hiel que se prolongó tres interminables años.
—¿Tres años?
—Lo que duró mi matrimonio... Se llamaba Andrea, la señora: un sargento con apariencia de mujer, cuyo principal objetivo consistía en coartarme la libertad. Solo decirte que hasta me escondía la pipa sin la más mínima justificación.
—Ya… Siempre he dicho que en la pareja han de respetarse las aficiones y gustos del cónyuge.
—Sí… Al final conseguí divorciarme sin que ella me desplumara el bolsillo. A eso contribuyó, por supuesto, la profesión que ejerzo.
El semblante de Alfonso ofreció un brillo alegre y repentino
—Pero he de reconocer que algo bueno me dejó: un maravilloso hijo. Se llama José.
Alfonso seguía expulsando el humo de las meditaciones. El olor a Virginia cambiaba de matiz, como si influyera en ello lo dictado en su interior.
—… Espero que este lugar tan tranquilo no acabe convirtiéndose en otro de esos ruidosos barrios de la ciudad —decía el doctor a Lucía, mientras ambos regresaban al salón. Al llegar a la mesa de centro señaló—: Hablábamos del nuevo plan urbanístico del Ayuntamiento.
—No lo dudes, Jacobo. Más de uno se llenará los bolsillos —afirmó el albacea—. Corremos peligro, rodeados de tanto corrupto.
—Ahora no cambiaría esta agua ni por todo el oro del mundo —proclamó Lucía ante el decreciente choque entre los cubitos de hielo.
—¡Bebamos, pues! Bebamos antes de que el alcalde nos prive de ella —Alfonso gesticulaba.
El doctor llenó unas copas. Luego se sentó en la otra butaca, frente al albacea.
—Son muy bonitas; es lo primero que le he dicho al doctor —afirmó la joven al examinar los cristales dorados con incrustaciones granates, sobre una base de peculiar apariencia metalizada.
—Sí. Sobre todo, teniendo en cuenta que solo contienen agua —ironizó Alfonso—. Lo digo porque son dignas de la mejor celebración.
—Pertenecen a la vajilla que traje de Italia. Mi primera intención era sacar los vasos, pero he optado por utilizar estas copas desde el principio. —El doctor dibujó una mueca—. ¿Sabes, Alfonso? Tu anterior observación podría calificarse, cuando menos…, de premonitoria. Porque pienso brindar con vosotros; brindar con champán.
—¿Brindar con champán? —se extrañó Lucía
—Sí. Aunque resulte un tanto chocante, hay motivos para ello. —Y añadió el profesor, con forzada expresión—: Eso lo iréis comprobando.
—Al margen de lo peculiar que pueda resultar el brindis en estos momentos, hay algo de lo que no me había percatado hasta ahora. Hemos traído cinco copas en vez de cuatro.
—¡Cierto! —asintió el doctor—. Cuando las sacamos de la cocina yo conté cinco, convencido de que se trataba del número correcto... Tienes razón, Lucía; aquí hay una de más.
—Puede que tu subconsciente guarde el número cinco por cualquier causa que desconoces —observó Alfonso. Luego dedicó un guiño de complicidad a Juan—. ¿Cierto?... Sé que eres un buen psicólogo.
—Bueno… —este sonreía—. Con frecuencia todos actuamos impulsados por condicionantes, sin ser conscientes de ello.
El doctor bebió, sin responder a ninguna observación. Su semblante fue adquiriendo luego mayor trascendencia y concentración, hasta que rompió el silencio:
—Lucía, te habrá sorprendido tanto secretismo a la hora de convocar esta repentina reunión. Creo que debes conocer toda la verdad acerca de un oscuro y espeluznante asunto recién descubierto por Alfonso; a pesar de la nula relación que mantenías con tu padre.
—¿Ha dicho… oscuro y espeluznante asunto?
—En efecto. Y aunque todo se encuentre bajo control, esto nos concierne a todos por igual.
—No le entiendo, doctor. ¿Acaso guarda relación con…? Sí. Cada vez me arrepiento más de haberme presentado en el chalet de mi padre —se lamentaba Lucía.
—Descuida. Semejante coincidencia es insignificante respecto al conjunto de los acontecimientos.
—¿A qué acontecimientos se refiere? —intervino Juan.
—Veréis… —el doctor chasqueó la lengua—. Sé que revelar este misterio, sin rodeos, sería lo más lógico en condiciones normales; sin embargo, nos encontrarnos ante unos hechos difíciles de asimilar. Por eso, creo que… deberíamos en un principio limitarnos a relatar las experiencias que hayamos vivido con el profesor Luis; de forma escalonada. Y aunque aún ignores lo sucedido —señaló a Lucía—, tú podrás intervenir también para hablarnos de los recuerdos e impresiones atesorados desde que eras una niña, y culminados la noche del pasado lunes. Porque al unir cada testimonio, configuraremos un sorprendente rompecabezas; comprenderemos mejor la insospechada realidad que nos rodea… Así que os ruego a los dos que os arméis de paciencia; pronto saldréis de este mar de incertidumbre.
Alfonso se acarició la barba, dejando escapar un discreto mohín de sorpresa.
—Hagamos lo que crea más conveniente —intercambió la joven miradas de asentimiento con su esposo.
—Ya sabemos que tú, Juan, apenas lo conociste; las únicas referencias que posees del profesor parten de Lucía. No obstante, estaría bien que como psicólogo realizaras algún comentario cuando lo estimaras oportuno.
—De acuerdo, doctor.
El anfitrión se había puesto en pie. Avanzó varios pasos.
—Conviene establecer un determinado orden en las exposiciones —señaló—. Por eso, permitidme que comience yo hablando de las relaciones profesionales mantenidas con el profesor; de lo que ya conocía de él hasta que Alfonso me informó de lo sucedido.
Había agachado la cabeza, en un meditabundo preámbulo. Y tan pronto como la irguió, el discurso comenzó a fluir:
—Bien. Me remontaré a la época de la universidad. Allí fue donde lo vi por primera vez, en aquella vieja aula, mientras instruía a sus alumnos en el campo de la biología. Desde el principio me llamó la atención por los métodos de enseñanza que empleaba. A pesar del carácter distante, en clase sabía despertar la motivación de quienes lo escuchaban; y mi interés creció a lo largo de la carrera, hasta llegar a considerarlo un modelo a seguir en el mundo de la Genética.
Los ojos le brillaron.
—Ese afán de aprender no había caído en saco roto. Para un recién licenciado como yo, supuso algo extraordinario ser elegido y formar parte del equipo de ayudantes en los trabajos de investigación. Sí. El gran catedrático supo apreciar mi esfuerzo y me ofreció una oportunidad que no debía desaprovechar.
El doctor suspiró, antes de regresar a la nube de los recuerdos:
—Durante las primeras sesiones de laboratorio ya solía hablarnos de las posibles aplicaciones que podían desarrollarse a partir de diversos descubrimientos suyos; y no escatimaba palabras a la hora de explicar cualquier proceso empírico, ni al desarrollar la fórmula física que considerara oportuno aplicar en aquel momento. No obstante, seguía siendo una persona poco afable, enemiga de bromas y familiaridades.
»En cierta ocasión tuve el atrevimiento de acercarme a su casa, pues yo acababa de adquirir un libro y deseaba conocer qué opinión le merecía. Podía haber esperado a mostrárselo en el laboratorio; pero la impaciencia, tan habitual a esa edad, no me dejaba impasible ante la duda. Había ido allí en anteriores ocasiones, aunque siempre debido a motivos de trabajo; a órdenes recibidas del propio profesor. Por supuesto, las circunstancias aquel día eran muy diferentes. Tenían invitados; hecho bastante insólito, no cabe duda. Se trataba, Lucía, de unos parientes de tu madre que habían venido de lejos. Ella, que ya me demostraba gran aprecio, no dudó en ofrecerme mesa y mantel. Y ante tan amable insistencia acabé por aceptar, aun a riesgo de convertirme en un intruso: no sabía cómo iba a reaccionar el profesor, que me consideraba un simple ayudante y aprendiz; quizá con futuro, pero sin nuevos derechos adquiridos por el momento.
»Pasé por fin al comedor, donde todo el mundo había tomado asiento. Busqué algún tipo de aprobación, y lo único que encontré fue un disimulado gesto de contrariedad como saludo. Tan solo dedicó durante la comida varios cumplidos a tu madre, con quien era incapaz de enojarse, y escuetos comentarios dirigidos a los invitados; porque a mí siguió sin dirigirme la palabra… Las dudas me invadieron entonces la mente: temía que el profesor dejara de contar conmigo; que semejante situación representara el final de un prometedor futuro.
Se aproximó el doctor a la mesa de centro y se humedeció la boca mediante pequeños sorbos.
—Pero al finalizar el almuerzo —manifestó, evocador—, cuando la frustración ya me impulsaba a marcharme en silencio, bastó una intencionada observación de Laura para producir el sorprendente efecto en su esposo... Sí, Lucía. Ella poseía la facultad de suavizar cualquier situación por esa voz tan serena que la adornaba. Era una mujer excepcional.
El semblante de la joven denotaba cierto orgullo hacia la lejana figura materna.
—Aquel hombre de ciencia había vuelto en sí —prosiguió el doctor—; con la seriedad habitual, aunque dispuesto ya a ofrecerme una opinión resumida del contenido de esas páginas, llenas de fórmulas y explicaciones detalladas. El hecho de no aconsejarme el estudio de aquel texto, en su opinión... «carente de interés», no me importó en absoluto. Las esperanzas de convertirme en investigador de renombre habían vuelto a surgir. Ya no peligraba mi colaboración ni el aprendizaje que recibía en el laboratorio. La personalidad del profesor no se interponía, de momento, en la consecución de la meta que me había trazado; unos objetivos que al final resultaron inalcanzables… ¡Qué iluso fui! —exclamó con irónico gesto.
Había guardado un breve silencio antes de proseguir:
—Esos cambios en el comportamiento se producían con frecuencia. Bastaba una visita inesperada en el laboratorio, alguna llamada telefónica, por la que se le avisaba del retraso en el envío de material, o cualquier otra contrariedad para provocar en él la expresión más acerada. Tuve que acostumbrarme a largos mutismos de rabia contenida, y considerarlos como una actitud inherente a su personalidad.
El doctor se dirigió hacia la ventana para mirar a través de ella. Pero se giró enseguida hacia los demás, como si hubiera reaccionado con sutil rechazo ante una imaginaria visión.
—Por aquel entonces —regresó con paso algo acelerado—, ya mostraba cierto desdén hacia diferentes personas; aunque todavía sin alcanzar niveles claros de misantropía. Un día me atreví a mencionar el hecho a Laura. Por supuesto, con tacto… Ella me respondió sonriente, sin demostrar ningún atisbo de incomodidad: «Cada cual es como es. No debemos alarmarnos por ello». Sin añadir nada más al respecto, me ofreció varios dulces y vino de Oporto con su habitual generosidad.
Movió la cabeza, asintiendo ante cualquier idea repentina que le dictara el pensamiento, mientras observaba a Lucía.
—¿Sabes? El parecido que guardas con tu madre me induce a evocar con mayor fuerza lo vivido en casa del profesor, cuando debía ayudarle a transportar algún pedido. Él solía retrasarse, y siempre lo esperaba allí hasta que llegara de la facultad. Fue así como poco a poco se originaron mis conversaciones con Laura, profundas e inocentes, más propias de cualquier relación fraternal que de la frívola acción con una mujer casada.
Apartó la mirada, ahora destinada a su amigo y a Juan.
— Ella era quince años menor que el profesor, y si supo convivir con un esposo así fue debido a la madurez y el sentido común que atesoraba.
—No cabe duda —intervino Alfonso— de que esa madurez está por encima del dato relativo representado por la edad… Juan podría ofrecernos una buena disertación al respecto.
—En efecto —respondió este—. Sin extenderme mucho, diré que varios factores condicionan la conducta humana. Primero tenemos la predisposición genética; o sea, la tendencia innata para actuar de una manera determinada. Pero existen otros elementos como las experiencias vividas, la adaptación a distintos ambientes y el momento más o menos oportuno en que se producen los hechos que nos afectan. La madurez emocional es la capacidad de responder ante esa unión de condicionantes. Hay quienes necesitarán un tiempo para alcanzar el nivel adecuado de evolución; otros, en cambio, se morirán sin haber aprobado la asignatura inalcanzable de sus vidas… A este grupo pertenecía el profesor Luis.
—No puedo estar más de acuerdo —el doctor aderezaba la respuesta con el consiguiente gesto de asentimiento.
Exhaló aire y se dirigió de nuevo a la joven:
—Cuando conocí a Laura habían nacido ya tus dos hermanos. Fui testigo de cómo crecían en un ambiente especial, en el que contrastaba el calor maternal con la sombra del profesor, aún no manifestada en su totalidad. Por desgracia, el infortunio determinó que esta última influyera más en la personalidad de ambos.
Apretó los puños y el discurso adquirió mayor brío:
—Resulta evidente que no demostraba ningún interés en comportarse como una persona corriente. La diferencia entre aquel investigador experimentado y su, digamos…, alumno aventajado era cada vez más evidente. Él se limitaba a hablarme desde el inherente altar de los dioses, y me ofrecía ya tan solo las migajas del vasto conocimiento que atesoraba. Me consideraba un ser inferior, sin derecho ni posibilidades de igualarle. ¡Qué paradoja! La misma persona que me sirvió de acicate, en cuanto a los objetivos profesionales se refiere, representó también el mayor obstáculo.
Alfonso enarcó las cejas, envuelto en el ritual de dulce humo.
—Transcurrieron unos cinco años —continuó el doctor— y yo alternaba el laboratorio con las primeras actividades docentes; también en este aspecto seguía los pasos del profesor; si bien, mi mayor fuente de ingresos provenía de la consulta pública donde llevaba un tiempo ejerciendo. En líneas generales, las cosas marchaban bien. A pesar de la distante actitud del profesor, las expectativas de éxito se mantenían en el horizonte profesional y personal. Había conocido a Josefina… Nos casamos en esta iglesia; la misma cuyas ruinas habéis visto al entrar.
—Discúlpeme el inciso. Ya que lo menciona… ¿Por qué se encuentra en semejante estado? —inquirió Lucía.
—Un incendio. Alguien dejó unos cirios encendidos; hecho bastante temerario, ya que en el interior abundaban las tallas de madera.
—Sí —intervino Alfonso—. Yo también me acuerdo, Lucía. Se trataba de una gran joya arquitectónica; una obra de arte perdida en las llamas. Aunque se mantiene en pie la estructura exterior y parte del techo.
El doctor se acariciaba la cabeza, como si percibiera un leve cosquilleo. Luego prosiguió:
—Mi mujer había entablado amistad con Laura. Ambas solían reunirse para tomar café; algo a lo que el profesor tuvo que acostumbrarse durante algún tiempo. A Josefina nunca se le olvidará la cara de contrariedad y sorpresa de tu padre cuando las encontró charlando por primera vez.
Asomaba una leve sonrisa en el rostro del doctor, que se apagó de repente:
—Pero esa rutina agridulce, con la que convivíamos, no podía durar siempre. Llegó un día marcado con trazos negros en el calendario, y la desgracia se cebó sobre todos nosotros llevándose a quien más apoyo nos ofrecía. Tu madre Laura, la querida y afable Laura, falleció sin que pudiéramos siquiera velar el sereno cuerpo, propio de tan bella y generosa alma... El profesor no tuvo el detalle de dejarnos compartir aquellos momentos de dolor. Tan solo se limitó a decirnos que habías nacido cuando ella llevaba siete meses de embarazo; que su debilitado organismo no había podido superarlo.
La tristeza repentina se paseaba por la tez clara de Lucía, ahora orientada hacia abajo. El doctor, tras observarla y compartir con los demás cierto sentimiento de conmiseración, manifestó:
—Al margen de las consecuencias afectivas para nosotros, la situación empeoró respecto al profesor. El monstruo que llevaba encerrado en el interior terminó por manifestarse sin ninguna clase obstáculos. Como es normal, dejamos de visitar su casa; tan solo lo veía en el laboratorio, donde me trataba con bastante desprecio. Ya no era el simple colaborador, sino un criado cuya única misión consistía en sujetar la probeta o cualquier conejillo de indias. Y a pesar de ello, yo continuaba soportando semejante situación.
—¿Por qué, doctor? —preguntó Lucía.
—Yo no me resignaba a echar todo por la borda. Me propuse seguir adelante en el aprendizaje y adquirir más experiencia, a espaldas suyas. Un día, al aprovechar que se había ausentado de la ciudad, conseguí la llave de una estancia contigua al laboratorio; lugar hasta entonces inaccesible. Cuando no quedaba nadie más en el edificio, indagué entre los apuntes y fórmulas que allí escondía. Fue así como pude enterarme de algo asombroso: el profesor trabajaba en un proyecto con embriones de animales para conseguir dos seres idénticos. En realidad, esto ya lo habían intentado otros científicos con diferente suerte... Pero lo que más me sorprendió fue descubrir que poseía otro laboratorio no perteneciente a la facultad de Biología, de carácter clandestino.
—¿A escondidas?
—Sí, Lucía. Y, aunque no conseguí ningún dato más que ampliara la información obtenida, no me extrañó que renunciara a su cátedra. Dejó de utilizar el antiguo laboratorio y, por supuesto, de contar para siempre con mi humillante colaboración.
Refulgió en el doctor un nuevo destello evocador:
—Pero aquel golpe en las aspiraciones profesionales se convertiría, pocos días después, en otra puerta abierta a la esperanza… Fue al recibir la inesperada noticia de que me habían admitido en el equipo de investigadores del nuevo catedrático de Biología Jaime Campoamor: el sucesor del profesor Luis. Llegué incluso a ser testigo de todas las reformas que se realizaron con el fin de adecuar las vetustas instalaciones que, a excepción de los lugares prohibidos, tanto conocía.
Poco tiempo bastó para que frunciera el ceño.
—En realidad, se trataba solo de un espejismo; el profesor, ya desligado de la universidad, me tenía reservada la última humillación. Desde la distancia, se sirvió de poderosas influencias para sembrar la discordia y crear falsos testimonios acerca de mi capacidad y honradez profesional; de nada sirvieron los intentos de contrarrestar tales acusaciones. Logró que me expulsaran de la facultad; incluso, que el hospital donde yo trabajaba se viera salpicado por ello. Me vi obligado entonces a irme de la ciudad; a mantenerme alejado durante un año, desorientado entre tanta frustración; consciente, ahora sí, de que el gran sueño había finalizado.
»Transcurrido ese tiempo de exilio, pude regresar gracias a la inestimable ayuda de un viejo compañero de universidad, con quien abrí el centro privado donde ahora paso consulta. Aunque, como he señalado, resignado a olvidarme para siempre del mundo de la investigación.
»En cuanto al profesor, era evidente que me había desligado de tan negativa influencia. Coincidí con él en alguna ocasión; por supuesto, sin mediar ningún saludo entre ambos. Las únicas referencias que me llegaban eran las facilitadas por mi amigo aquí presente, debido al… contacto profesional mantenido.
El albacea asintió sin separar la pipa de la boca.
—Finalizo la exposición refiriéndome a la misma noche del lunes. Ya sabes, Lucía; cuando me llamaste para contarme que habías encontrado el cadáver de tu padre en la piscina. Un fallecimiento que se convirtió en terrible revelación, ya con lo que descubrió Alfonso.
Insinuó una señal, dirigida hacia el albacea. Este saboreaba el tabaco, como si fuera consciente de encontrarse ante los últimos instantes de distensión.
—Y ahora prestad especial atención a su testimonio —enfatizó el doctor—. Sin duda, lo va a pronunciar con gran conocimiento de causa… Así que puedes comenzar cuando quieras.
—Muy bien, Jacobo…
Alfonso se sujetó las gafas de forma espontánea y apuró la chupada del Virginia.
—Yo siempre consideré al profesor —dijo, por fin— una persona reacia a mostrar los sentimientos; me refiero a esos sentimientos espontáneos, inherentes a la especie humana, y que contribuyen a dignificarla. Ignoro qué clase de lucha se libraba en su interior. Pero, tal como comprobé en más de una ocasión, el comportamiento, bien sereno y distante, bien irascible e humillante, dependía del momento vivido y de quién estuviera delante de él.
»Ya en un principio me percaté de esa actitud desdeñosa hacia la sociedad que lo rodeaba; aunque conmigo fue más bien condescendiente. Y es que yo pertenecía a ese selecto grupo de seres al que no despreciaba; con el que, podríamos decir, mostraba una actitud menos… reservada. Incluso me transmitía en ocasiones algunas confidencias y quejas; eso sí, escuetas y sin abandonar del todo las habituales distancias. En sus parcas y frías palabras se intuía un fondo de inquietud no muy definido; y a pesar de ello, yo no era capaz de vislumbrar nada acerca de la verdad, amarga y cruel. Si bien, la intuición me daba a entender que algo fuera de lo normal estaba sucediendo.
»Un día, el profesor me llamó porque quería rectificar una cláusula del testamento. Cuando llegué, mantenía una conversación por teléfono; me invitó a que entrara en el salón, y allí lo esperé. Por curiosidad, agucé el oído mientras se despedía en voz baja…; puede que de su hermano Aurelio Ramírez. Me quedé entonces sorprendido cuando le oí afirmar: «Lo vamos a conseguir. Cada año representa un paso hacia el objetivo secreto». Ese discurso, que recordado desde la perspectiva actual posee claro significado, parecía en aquellos instantes un turbador acertijo. Os he de aclarar también que, al margen de esto y de la opinión que me merecía como persona, el testamento en sí nunca reveló nada especial.
Provocó en el aire la huella del perfumado humo, antes de sentenciar:
—La mente de las personas encierra un terrible misterio: tan pronto puede guiar al ser humano de forma racional, como convertirse en arma destructora.
En aquel ambiente de revelaciones, el doctor Jacobo volvía a deslizar los dedos sobre su cabeza, en la aparente e inadvertida lucha contra algún tipo de pensamiento.
Una breve e intensa luminosidad provino entonces del jardín. Y a tal destello le siguió un inesperado retumbo. Lucía se sobresaltó.
—¡Qué extraño! —exclamó Juan―. Cuando vinimos el cielo estaba despejado.
—Ya os comenté antes que el calor era muy húmedo —recordó Alfonso.
Los primeros relámpagos y truenos comenzaron a dialogar, cada vez con mayor frecuencia, entre ellos. El viento y la lluvia se dejaban ya sentir al irrumpir en el jardín.
—Voy a traer dos candelabros, por si se fuera la luz. —El doctor se levantó del asiento para dirigirse a la cocina.
—Al menos, refrescará el ambiente —dijo Juan.
La joven respiró hondo. Y al hablar, daba la sensación de vigilar la ventana:
—Alfonso, relacionarte con mi padre habrá resultado más bien… desagradable; lo digo por el menosprecio que demostró hacia el doctor Jacobo.
—Sí, Lucía. Además, con el agravante de que en este caso confluían tres funciones que muy rara vez desempeña una misma persona: la de abogado, notario y albacea. Cierto es que en alguna ocasión pensé renunciar, aunque fue el propio doctor quien me disuadió de ello…Y voy a confesarte que este dilema moral decidí solventarlo con la búsqueda de un objetivo: resarcirme algún día de las ganas de justicia. Sin saber ni cómo ni cuándo, deseaba entorpecer el cumplimiento de su última voluntad; fuera cual fuera esta, y a sabiendas de que iba a sobrepasar los límites de la ética profesional. Al final, he conseguido el mismo objetivo sin necesidad de rectificar de manera furtiva el testamento. Me ha bastado con desenmascarar sus actividades, relacionadas con una peligrosa organización.
—¿Peligrosa organización?
—Sí. Después hablaremos de ello… Pero no hay nada que temer, Lucía. Ya sabemos que la policía lo tiene todo controlado.
Alfonso no añadió más palabras. Volvió a fumar, ensimismado, también con la vista proyectada hacia la ventana abierta. Se levantó después y caminó hacia allí.
El viento soplaba con más fuerza, y el salón quedaba impregnado de olor a tierra mojada.
—Venid —sugirió desde el alféizar—. Mirad cómo se mueven las ramas de estos árboles.
Juan se puso de pie. Y Lucía, persuadida por un gesto tranquilizador, accedió también. Ambos se aproximaron con lentitud a la posición de Alfonso.
—Siempre me he sentido atraído por las manifestaciones de la naturaleza, aun respetando su fuerza destructora. El ser humano puede disfrutar de ellas, pero nunca desafiarlas —declaró Alfonso. Los bucles de humo que desprendía la pipa revoloteaban al son del aire exterior.
Un chasquido se convirtió en un nuevo y prolongado retumbo. Lucía se agarró a Juan.
—¡Tranquila, mujer! —exclamó él—. Tan solo ha sido un trueno más fuerte.
—No hay mucha claridad —señaló Alfonso con plácida expresión—, pero el reflejo de las farolas que llega de la calle y la luz de los relámpagos permiten descubrir ciertos detalles del jardín.
Lucía, respaldada por la firmeza de Juan y la actitud reposada de Alfonso, intentó desafiar la tormenta y se situó algo más cerca de ellos. Se inspiró entonces, como el poeta que recita ante el peligro de lo desconocido:
—Los árboles son vivientes sombras que luchan contra la inesperada tempestad nocturna. Rugen con la voz que les pone el viento y se difuminan entre la cortina de agua. Tan bello como aterrador.
Siguieron momentos de reflexión y tempestad, interrumpidos al girarse Alfonso:
—Ya trae el doctor los candelabros.
—¿Estabais mirando el jardín? —el tono del anfitrión sonaba grave.
—Sí, y con bastante sacrificio por mi parte —confesó Lucía, alejándose de la ventana.
—A ver, amigo Jacobo... Mírame de frente y alza las velas —pidió Alfonso con aparente seriedad.
—¿Las velas? ¿Por qué?
—Siento ser tan torpe con la tecnología y no saber aún manejar bien mi nuevo móvil. Hubieras quedado inmortalizado con esta imagen, tan peculiar y misteriosa.
—Su amigo sabe quitar dramatismo a todo cuando quiere —medió Lucía.
—Eso siempre se agradece —respondió el doctor, mientras colocaba los dos candelabros sobre la mesa de centro.
—Hasta de lo negativo hay que extraer el lado cómico —sentenció Alfonso, resuelto—. Si solo nos reímos en los buenos momentos, caemos en el error de establecer una gran barrera entre el sufrimiento y la alegría; entre el dolor del alma y la felicidad. La virtud radica en salvar el terrible abismo que separa ambos extremos; y para ello es esencial llevar la coraza del humor.
—Cierto —intervino Juan—. De hecho, existen terapias al respecto.
—Pero… antes mencionabas, Alfonso, tus ganas de justicia; también de resarcimiento. ¿No implica eso cierto… dramatismo?
—El humor, amiga mía, ayuda a sobreponerte de los achaques o traiciones de la vida; y no por ello los culpables han de salir indemnes.
Asentía Lucía con la cabeza, como si tratara de dar conformidad a las cercanas palabras del albacea. Fue entonces cuando una súbita oscuridad invadió el salón, salpicado por el efecto de los relámpagos.
—¡La luz! —profirió ella.
Nuevas exclamaciones y algunos pasos, dados a tientas, se entremezclaron con los sonidos de la naturaleza. Pero las lámparas volvieron pronto a iluminar la estancia.
—De momento, la cosa no ha ido a mayores —afirmó Alfonso.
—Será mejor que os acerquéis a la mesa. Situémonos cerca de las velas; podría producirse otro apagón de mayor duración.
—¡Hombre, Jacobo!, eso ocurre con bastante frecuencia en estos lares los días de tormenta.
Tras la irónica afirmación, el albacea dedicó una mueca a Lucía y Juan:
—Vamos, que nuestro amigo nos espera.
Después de haberse sentado todos, el doctor se dirigió a Alfonso:
—Ahora puedes continuar.
Pero el albacea dejaba que corrieran los segundos, condicionado por otro trueno de mayor intensidad. Y en semejante sobresalto, el Virginia humeante, la cera y la tierra mojada del jardín impregnaban con mayor ahínco el aire del salón, a modo de reforzada confrontación de aromas.
—Bien… —prosiguió—. Situémonos ya en la jornada de ayer; es decir, el día siguiente al del fallecimiento del profesor… Aurelio Ramírez se puso en contacto conmigo para tenerme al corriente de lo sucedido, aunque ya conocía la noticia por Jacobo. Fue muy escueto. Solo añadió que volvería a llamarme para revelar la fecha de la lectura del testamento, y me advirtió que no realizara el más mínimo comentario al respecto. Cortó entonces la comunicación.
—A mi tío, por llamarlo así, siempre lo consideré un ser siniestro —recordaba Lucía con expresión de rechazo.
—Lo es. Doy fe de ello —concluyó Alfonso.
—Y… ¿qué hiciste en aquel momento? —inquirió la joven.
—Verás… Por fin había llegado la oportunidad tan esperada; la de personarme en casa del profesor para… trastocar lo reflejado en el testamento e indagar el contenido de aquella documentación que él nunca me mostró. Disponía de una copia de llaves, pues sabía que él la escondía detrás de un falso ladrillo. En cuanto al número secreto de la caja fuerte donde guardaba el testamento, nunca demostró excesiva preocupación ante la posibilidad de que me fijara en la combinación al abrirla delante de mí; y mucho menos, de que la memorizara.
»A pesar de haber realizado los pasos previos con cautela, era consciente de que encontrarme allí entrañaría bastante riesgo. Y no solo me jugaba la reputación por un acto, como antes os dije, contrario a la ética profesional; sino que podía incluso peligrar mi seguridad. Claro que… ante una ocasión así no me iba a echar atrás.
»Dejé que transcurrieran las horas. Llegué al chalet bien avanzada la noche, y me cercioré de que no hubiera nadie allí. Enseguida me dirigí al falso ladrillo para desplazarlo. Comprobé con alivio que allí seguían las llaves, aunque me sobresaltó la idea de que Aurelio Ramírez guardara las originales. Tras superar los leves chirridos de la verja, crucé el gran jardín y abrí la puerta de la casa, guiado por la luz de una linterna. Me adentré en el recibidor y el pasillo, hasta encontrarme de nuevo en aquel antiguo salón tan recargado de libros y cuadros. Resultaba, os lo podéis creer, bastante intimidatorio ese espacio lleno de sombras, bajo la enorme lámpara de araña apagada. Todos los elementos se unían en una atmósfera donde se intuía la presencia del difunto, vigilante y amenazadora, en cada rincón o en la mirada de un retrato suyo al óleo. Aunque más allá de cualquier influencia sobrenatural y del misterio que rodeaba a la figura del testador, crecía la sensación de peligro por la llamada que había recibido. Así que me apresuré en abrir la caja fuerte, camuflada detrás de uno de los cuadros.
»En aquellos momentos presentía que mi acción ya no se limitaba a un simple castigo, simbólico y testimonial, para quien tanto había despreciado al género humano. Una voz interior intentaba convencerme de que, lejos de resultar reprochable, debía yo remover el contenido de los documentos que él guardaba. Saqué sin dilación los dos sobres que había allí. En el interior del primero figuraba el testamento y varios certificados del registro de la propiedad. Pero antes de abrirlo, me percaté de que el segundo, en apariencia dirigido a Aurelio Ramírez, iba destinado a un tal Maestro Jordán; y eso me resultó llamativo.
»Con la dificultad añadida al temblarme el pulso, hallé una nota y varios nombres desconocidos. Comprobé, estupefacto, que la intuición no solo no me había fallado, sino que había sido sobrepasada por la increíble realidad. Entonces vi, más que nunca, necesario evitar que la voluntad del profesor Luis se llevase a cabo. Intentar frustrar tal deseo, con el peligro que podía suponer la asociación clandestina a la cual estaba ligado, no suponía ya una simple acción de resarcimiento en nombre de mi amigo y de otras personas dañadas en su moral. Por desgracia, me enfrentaba a un asunto que requería perentoria solución.
»Pensé en marcharme y avisar al doctor Jacobo. Pero antes de irme opté por buscar, ahora con mayor motivo, toda la información extra que sacara a la luz las actividades secretas del profesor. Abrí los cajones del escritorio. Eché un vistazo a papeles y cuadernos, hasta conocer nuevos datos muy aterradores que pusieron a prueba toda capacidad de asombro. Cuando creía haber llegado al fondo de este oscuro asunto, me topé con una cartera. La cogí y saqué… varias fotografías que me llenaron de horror; fiel reflejo de la acción de un asesino; de un psicópata, más bien.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Lucía.
—Pero... ¿qué imágenes había allí? —preguntó Juan.
—Yo os las mostraré después —intervino el doctor.
—Van a produciros una fuerte impresión; en especial a ti, Lucía —advirtió Alfonso.
—¡No doy crédito a…! Sabía que mi padre era un hombre indeseable, pero no un… psicópata.
El vaivén de pensamientos entre los allí presentes se interrumpió al irse la luz de nuevo. La tormenta daba por ello la sensación de recobrar nuevo protagonismo en una mezcla, como renacida, de truenos, relámpagos, lluvia y viento que interfería y, a la vez, resaltaba dicha oscuridad.
—¡Las velas! —sonó la invisible voz de Alfonso.
—Tengo el mechero en el bolsillo —dijo el doctor.
—Ahora sí va en serio lo del apagón —admitió Juan, mientras el anfitrión encendía los pábilos.
El salón adquirió un ambiente especial: las inquietas velas y la huella de la tempestad se reflejaban en los rostros rojizos, allí presentes. Se asemejaba a un cuadro barroco de claridades reducidas pero intensas por el contraste, rodeadas de sombras que ejercían su dominio.
—Nunca me han gustado las velas, y menos en noches de tormenta —Lucía remarcó las últimas palabras.
—No hay mal que cien años dure…; supongo —exclamó Alfonso, mientras seguía el movimiento de las llamas.
—Es posible —dijo, absorto el doctor. No tardó en volver en sí—. Amigo Alfonso, continúa cuando quieras.
Alfonso apuró una calada del Virginias.
—Nunca olvidaré —prosiguió— la perplejidad que me produjo ver las fotos... Y como no era cuestión de quedarme más tiempo allí, cogí también unas notas adjuntas, ya sin ánimos para leerlas, y salí deprisa de la casa procurando no dejar ningún rastro. Me dirigí hacia el coche y lo arranqué a toda velocidad, aun a riesgo de sufrir un accidente; sobre todo si tenemos en cuenta el estado de nervios en el que me encontraba.
»Nada más abandonar la zona residencial percibí la luz de otro vehículo, lo que alimentó la idea de que alguien me perseguía. Pero cuando más convencido estaba de ello, los focos desaparecieron, ya cerca de donde se encuentra ubicado mi despacho. Por supuesto, al bajar del vehículo intenté cerciorarme de que no hubiera nadie al acecho.
»Una vez arriba, después de varios intentos fallidos, conseguí contactar con el doctor y le cité de forma urgente. A partir de entonces solo me quedaba esperar; algo que se me hizo eterno, pues tardaba demasiado tiempo en llegar. Traté de llamarlo de nuevo a casa, pero ya no me contestó... No olvidemos que es reacio a utilizar móvil.
—Encontré a Alfonso bastante alterado —intervino el anfitrión—. Me había retrasado bastante debido a una repentina bajada de tensión, sin que fuera posible avisarle. En seguida me explicó lo que acababa de descubrir y me mostró las terribles pruebas que obraban en su poder.
Bajó la mirada durante unos segundos, para concluir de forma ralentizada—: También mencionó lo de ese coche.
. —Así es. Y en aquel ambiente de inseguridad —prosiguió Alfonso— había que analizar lo recién descubierto. No tardamos en convencernos de que todo era real; de que no se trataba de alucinaciones mías, ni de trucajes en las fotos. Examinamos una y otra vez unos textos cuyas palabras, inocentes al leerse por separado, unidas adquirían un mortal significado; parecían frases dictadas desde el mismo infierno. Por supuesto, realizamos las copias con la mayor premura posible.
»Cuando nos disponíamos a contactar con la policía para entregarle la documentación original, recibí la segunda llamada de Aurelio Ramírez; cuya voz, fría y un tanto mecánica, no contribuyó a tranquilizarnos. Me informó que la lectura del testamento debía producirse a las diez de la noche, este próximo viernes, y que él disponía del número clave de la caja fuerte...
Iba Alfonso a continuar, cuando el doctor Jacobo lo interrumpió con expresión abstraída:
—Cinco serían las personas allí presentes. Ni una más, ni una menos.
—No le entiendo, doctor —intervino Lucía—. ¿Se refiere al número de asistentes que iba a haber el viernes?
—¡Bah! No me hagáis caso —titubeó este— Recordaba una simple cita, sin importancia.
Se levantó y cogió el candelabro situado más cerca de él.
—Continúa, Alfonso. Voy mientras tanto a buscar las fotocopias de la documentación.
El doctor, sin añadir nada más, subió las escaleras. Y en la crecida oscuridad del salón, que vencía la resistencia del otro candelabro, se percibían los últimos truenos y relámpagos, ya mucho más distantes y espaciados.
—¿A qué venía esa cita? —preguntó Lucía con expresión de asombro.
—Lo ignoro —respondió Alfonso—. Aunque he de reconocer que se está comportando de forma… un tanto peculiar por la forma de llevar la reunión, con lo del brindis, las cinco copas y, en especial, esa sentencia donde volvía a figurar dicho número.
—Tú lo conoces más… —intervino Juan—. Quizá lleve acumulado un fuerte estado emocional. En ese caso, al reavivarse en un entorno propicio, los recuerdos y las grandes frustraciones pueden llegar a provocar ciertas alteraciones en el comportamiento. Espero que, en este caso, se trate de algo insignificante y pasajero.
Alfonso respiraba con fuerza la brisa fresca que seguía penetrando por la ventana. Asintió, con expresión de indagar en lo expresado por Juan, antes de continuar el relato:
—Después de recibir esa llamada, yo tenía la intención de ponerme en contacto con mi hermano Julián; debéis saber que es hombre de confianza de un alto cargo del Ministerio del Interior. Pero Jacobo me instó a que no lo hiciera. Me habló de un inspector a quien pensaba localizar enseguida; aseguró que así todo resultaría más rápido y menos burocrático... Al final opté por dejar este asunto en sus manos. Acordamos la presente reunión y nos despedimos, no sin tomar las precauciones necesarias.
—Sí. El doctor me llamó, según dijo, desde la comisaría —indicó la joven—; me avisó de que la había convocado. Y he de reconocer que me asusté al oír el tono del móvil a esas horas tan intempestivas.
Alfonso se acarició las mejillas y contempló de nuevo el humo perfumado que desprendía la pipa.
—¿Puedo preguntarte algo? —Lucía cogió la mano de Juan mientras se dirigía al albacea.
—Por supuesto. Pregunta lo que quieras.
—¿Tienes hijos?
—¡Curiosa!
Alfonso se rio ante la exclamación de Juan.
—Sí, antes lo mencioné de pasada a tu marido. Se llama José. Está casado con una chica maravillosa que conoció en el centro para sordomudos donde trabajan, pues ambos lo son... ¿Sabes, Lucía? Gracias a la paciencia que atesoran, aprendí a leer en los labios y a comunicarme mejor con ellos.
—Me alegro mucho, Alfonso. La comunicación entre padres e hijos debería garantizarse siempre. Sin duda, no fue mi caso... Y nunca comprenderé por qué recibí ese rechazo.
Las llamas del candelabro itinerante se deslizaban ya escaleras abajo. El doctor llevaba una cartera.
—La tormenta ha cesado, ¿no es así, amigo? —profirió el albacea.
—Sí, Alfonso. Aunque quizá la luz tarde en venir.
Cuando se había sentado en la butaca, el anfitrión hizo un gesto dirigido a la joven:
—Lucía, te he escuchado mientras bajaba. Has de saber que el motivo de tal rechazo quedará por fin revelado esta misma noche.
—¿Sí? ¿Y quién me aclarará esta eterna duda? ¿Acaso conoce usted la verdad?
—¡Oh! Desde luego que no. Pero te ruego que sigas teniendo un poco de paciencia.
—¡Qué extraño! —profirió Alfonso—. Entre la documentación no leí nada al respecto. Se me debió de pasar por alto.
—Bien… ¿Te queda alguna cuestión por añadir? —le preguntó el doctor.
—En cuanto a la exposición en sí, ya he finalizado. Tan solo señalar que te di la documentación original para que se la entregaras al inspector; además de las fotocopias que guardas aquí.
—Perfecto. Pues aquí están esas copias —dijo el doctor, y señaló a la joven—. Aunque antes de enseñarlas, será oportuno escucharte, Lucía. Porque ha llegado el momento de conocer tu testimonio, tal como apunté al principio de la reunión; en la medida que desees hacerlo, por supuesto.
Lucía mostró una tímida sonrisa.
—Muy bien, doctor… Aun sin conocer todavía la magnitud de lo ocurrido, comprendo la necesidad de habernos reunido aquí. Por lo que he oído hasta ahora, la figura del profesor encierra un fondo terrible; mucho más allá de lo que yo suponía.
Juntó las manos para apoyarlas en la nariz, como si deseara iniciar una oración. Enseguida las separó para dejar escapar un suspiro. El discurso, pronunciado con suave decisión, no tardó en discurrir entre la luz de las velas:
—Me situaré primero en el lunes, cuando decidí dar el gran paso y acudir a la inesperada llamada de mi padre. Él no había sido nada explícito en cuanto a revelar los motivos. Pero hice de tripas corazón, inducida por la idea de que las heridas podían cicatrizar, y a eso de las nueve de la noche me presenté allí con Juan.
»La verja estaba abierta, y eso me extrañó… Mi esposo se quedó afuera, en un lugar discreto, y yo entré con paso firme en el jardín; aunque alertada por la posible presencia de algún perro guardián. Comprobé enseguida que aquel lugar ya poco tenía que ver con la casa donde había vivido los tristes años de infancia.
»Me adentré sobre el césped, iluminado por unas pequeñas farolas: no percibía más sonido que el de los grillos, ni más compañía que la de los árboles, estáticos ante semejante calma. A pocos metros de la piscina me reencontré con la eterna estatua de piedra, cuyo muro me permitió distinguir un albornoz blanco y unas zapatillas tendidas sobre la hierba. Deduje, extrañada, que él se estaba bañando; si bien no se adivinaba ningún chapoteo en el agua. Rodeé la estatua para acercarme, intentando abstraerme de cualquier percepción anímica: a pesar de su iniciativa, podría él tratarme con poca consideración; y yo, marcharme con la cabeza bien alta, sin mayor problema.
En el tono de Lucía se percibió cierta irritación:
—De nada me sirvió haber previsto toda clase de reacciones suyas para convertirlas después en simple anécdota; aquella figura paterna, tan extraña para mí, me había reservado un último golpe de efecto. Porque nunca hubiera imaginado encontrar la piscina bañada con aguas de muerte y silencio. Ni la mentalización previa me salvó de sufrir la impactante visión de un cuerpo que flotaba en la frialdad de la propia miseria, vigilado por esa efigie. Y en medio de la impresión recibida, aún intentaba considerar la escena como un hecho ajeno al presente. Muchos recuerdos desfilaron a gran velocidad, mientras contemplaba como su cabellera gris luchaba por mantenerse entre el borboteo de las corrientes de renovación. Me asaltaron las imágenes de los días de tormenta, en la niñez, cuando era castigada de forma injusta. Retornaba así a la soledad de mi habitación, donde luchaba entre la inocencia y la precocidad del pensamiento. Creía encontrarme de nuevo ante la furiosa manifestación de los espíritus malignos, siempre latentes en la naturaleza; carente de consuelo y cariño; consciente de que no era tan afortunada como las demás niñas. Ellas, en cambio, sí podían acudir al calor de una madre... ¡Oh! ¡Cuánto la echaba de menos, sin haberla visto jamás!
Lucía apuró el agua hasta vaciar la copa. Posó con sutileza el dedo índice sobre el pequeño brillo que asomaba por el lagrimal.
—Superado el viaje hacia el pasado —prosiguió—, regresé al presente con la recuperada intención de olvidarme para siempre de aquellos días. Y volví entonces a contemplar el frío cadáver; privado de manifestar otra vez su menosprecio en vida, que no en espíritu; o quizá…, sin ocasión de expresar cualquier tipo de arrepentimiento.
Cerró los ojos por un momento. Escuchó la voz de Alfonso:
—Ya has visto, Lucía, como esta misma noche, después del turbulento desfile de los elementos, la noche calmada ha regresado para quedarse de nuevo; nuestras vidas están, sin duda, salpicadas por esta alternancia de situaciones. Ante el resplandor de los relámpagos y el retumbar de los truenos, intenta disfrutar del lenguaje que te ofrecen. No dejes que la tormenta te venza, pero nunca olvides el pasado. Considéralo un simple elemento de tu vida; una mera experiencia evocada con naturalidad. Es la prueba que debemos tratar de superar a pesar de las dificultades; sin olvidar —cómplice sonrisa—, otra vez más, el talismán del humor.
—No puedo estar más de acuerdo con Alfonso —señaló Juan.
Lucía correspondió con una expresión de agradecimiento.
—Cierto, Alfonso. Reconozco que somos nosotros quienes nos ponemos trabas. Nos empeñamos en arrastrar las heridas del pasado, y en prologarlas hacia el futuro.
Un breve silencio dio paso otra vez al discurso de Lucía, que volvió a bogar en el prolongado aire de oscuridad y tenues llamas; confesiones que el oculto salón aparentaba querer atrapar:
—Voy a remontarme con mayor detalle a la infancia; en realidad, a… los seis o siete años de edad, porque nunca he conseguido recordar nada de lo sucedido antes. Y por lo que alcanza la memoria, resulta evidente que me hallaba abandonada a mi suerte ante la intransigente sombra familiar. Tan solo tenía derecho a las atenciones primarias, proporcionadas por una anciana mujer de aspecto desaliñado que me cuidaba a cambio de algunas monedas cobradas con ansias de usurera. Yo no iba al colegio y hablaba de forma deficiente; pero ella tomó una inesperada decisión, dentro de sus limitaciones: enseñarme a leer y escribir, lo que supuso el primer avance para aquella niña de atrasada educación.
»El interés por aprender creció conmigo. Los únicos libros que tuve en las manos fueron los que mis hermanos habían utilizado en años anteriores y otros que mi padre mantenía en el olvido de unas estanterías. A escondidas, durante largas horas de destierro, fui madurando con el conocimiento que aquellos textos me ofrecían. En cierta ocasión descubrí uno de filosofía; por lo general poco adecuado para niños de nueve años, pero que a mí me ayudó a moldear una coraza protectora. Esta se forjó mediante largas horas en las que buscaba respuestas a las preguntas que me formulaba. También llegué a preguntarme por el significado de la palabra «justicia», voz que surgía sin cesar para que pudiera examinarla; entonces intentaba relacionarla con la propia existencia. Pero cuanto más la escudriñaba, más se convertía en inalcanzable. A medida que la comprendía, crecía mi incomprensión por el aislamiento y desprecio al que me sometían. Porque, al margen de las sospechas de que me consideraran una intrusa, en realidad no había ningún hecho aparente que justificara semejante castigo. Las cosas eran como eran, sin recibir ningún tipo de respuesta.
Los ojos de Lucía reflejaron el fulgor retrospectivo; y la boca dibujó, entre infantil y adulta, una gradual placidez:
—Pero las súplicas para salir de aquel cautiverio y soledad iban a ser por fin escuchadas nada más cumplir los diez años; la persistente condena que siempre me había acompañado tenía las horas contadas. Como si de un hada madrina se tratara, surgió doña María, justo cuando acababa de enviudar. Mi padre, que le tenía incluso un gran respecto, aprovechó la ocasión y lo dispuso todo para que me marchara a vivir con ella... Y así fue… Me ofreció como quien desea librarse de la mascota por haberse convertido en un estorbo. ¡Qué gran paradoja! Porque, sin desearlo, el eminente profesor Luis me hizo el único y gran favor de su vida: liberarme del terrible ambiente familiar que había forjado.
Su sonrisa se reavivó, hasta convertirse en tímida risa.
—Doña María fue la primera persona que me trató con desinterés; que brindó una sincera acogida hacia aquella niña tan solitaria y apartada del mundo. Sin duda, nuestros caminos se cruzaron en un providencial punto ofrecido por el destino. A partir de entonces, la palabra «justicia» volvió a invadirme el pensamiento, pero no encerraba ya un concepto alejado por la acción de retorcidas mentes humanas. Se mostraba sin tapujos y abría las puertas de la providencia, hasta fusionarse con otra bella palabra, también anhelada desde lo más profundo del alma; y esa no era otra que «libertad»…, «libertad».
Condujo la mirada hacia el humo que lograba escaparse de las velas, y prosiguió:
—En el nuevo hogar me consideraba una actriz que ya no intervenía en aquella obra de desdichas y aislamiento; como si perteneciera a ese público indemne a los aconteceres del escenario. Pero, tal como ocurriera la noche del lunes, voces amargas me recordaban que aún no me había desprovisto por completo de los sentimientos de la protagonista... Sí, Alfonso. Ya entonces me engañaba al declararme ajena a los recuerdos.
El destello de las llamas se había concentrado en su moño. Y fue al erguir de nuevo la cabeza, cuando el bello e iluminado rostro adquirió nuevo protagonismo.
—Al margen del afecto y atenciones que recibí de doña María, asistí a una escuela especializada gracias a la amistad que ella mantenía con la directora. En pocos meses superé el retraso que arrastraba de educación escolar, pues se unió el innato interés que yo demostraba por aprender. Claro que no debo obviar el impulso que supuso aquella anciana mujer, a pesar de sus motivos poco altruistas; y menos aún, el aprecio que tanto usted, doctor Jacobo, como Josefina me dispensaron. Eso nunca lo olvidaré.
—Nos alegró mucho descubrir que vivías en aquella acogedora casa. Desde entonces consolidamos una relación que, por razones obvias, nos recordaba a la mantenida años antes con tu madre.
—Sí. Y gracias a todo el apoyo que recibí, aprobé el acceso a la universidad, conocí a Juan y me casé con él. En definitiva, fui capaz de rehacer mi vida.
Ella y Juan se agarraron de la mano.
—Ya solo me resta añadir, referente a la noche del lunes, que me marché del chalet en cuanto me respondieron las piernas. Fue entonces cuando le comuniqué a usted lo ocurrido.
—Perfecto —respiró hondo el anfitrión—. Ya hemos configurado el escenario previo respecto al profesor Luis y sus actividades. Ahora estamos ya en condiciones de atar cabos.
El doctor Jacobo se enjugó el inopinado sudor que le corría por la frente.
—La verdad es que todo gira en torno a la Magna Obra —pronunció el nombre con énfasis—: un macabro plan auspiciado por la organización antes citada, del que después hablaré con mayor detalle. Ya he comentado las pesquisas que realicé al aprovechar la ausencia del profesor cuando se encontraba de viaje; antes os he mencionado de pasada unos trabajos con embriones de animales y, también, el hecho de que utilizaba un nuevo laboratorio. Aunque entonces desconocía el alcance de las investigaciones, el orgullo herido me impulsaba a desear que resultaran en cualquier caso infructuosas. —Movió la cabeza mostrando resignación—. Nada más lejos de la realidad… Por lo que hemos podido comprobar, consiguió el éxito con efectos tan terribles como extraordinarios; y eso se ha ido manifestando durante años bajo el mayor de los secretismos.
Dio la sensación de introducirse por un momento en los pensamientos de los demás. Y antes de que tal hecho llamara más la atención, dio rienda suelta a su registro profesional:
—Ya habréis oído hablar de la clonación: esa innovadora manipulación genética por la que se obtienen dos criaturas exactas, y que se comenzó a practicar con determinados animales. La cuestión del caso es que el proyecto de experimentarlo en seres humanos hace mucho que está presente en la mente de muchos investigadores, deseosos de borrar la línea que separa la ciencia ficción de la realidad. Expresado con términos comprensibles, la manipulación se produce al reunir a tres personas; dos de ellas, mujeres. A una se le extirpa un óvulo no fecundado para vaciar su ADN, o componente genético, y sustituirlo por el de la persona clonada, obtenido mediante una célula de esta última. Se provocan entonces unas pequeñas descargas eléctricas para que pueda desarrollarse el embrión en dicho óvulo, que será introducido en la segunda mujer; la encargada de gestarlo y dar a luz un bebé con genes idénticos a la persona original. Al principio, tan solo se había logrado clonar embriones por períodos no superiores a dos semanas. Y aquí es donde interviene la figura del profesor Luis.
—¿Quiere usted decir que él realizó experimentos de… clonación humana?
—Sí, Lucía. Desconozco cuándo los ideó, pero resulta lógico pensar que desarrolló todo en el nuevo laboratorio. Además, los logros no se limitaron al hecho de cumplir semejante objetivo, ya de por sí excepcional, sino que con ellos superó el desafío de la ciencia al provocar una extraordinaria aceleración en el proceso de gestación y en el posterior crecimiento del clon, una vez nacido este. La cima anhelada por cualquier científico; si obviamos los métodos escabrosos de conseguirlo, por supuesto.
Tras los gestos de asombro dibujados en la joven pareja, el silencio se palpaba en el aire y se extendía a tientas por toda la estancia. El doctor cogió la cartera y sacó de ella varias hojas.
—Dicho esto, ahora viene el desagradable momento de conocer el macabro contenido de la documentación; de saber en qué consistían las verdaderas actividades de tu padre.
Miró a Lucía de soslayo, sin dejar de establecer cierto orden en las copias.
—Os recuerdo que estas imágenes son muy impactantes… ¿Estáis preparados?
Lucía y Juan asintieron, vacilantes. El doctor les acercó los candelabros.
—No son tan nítidas como las originales, pero se distingue bien cada detalle... Mirad... Estas dos mujeres fueron utilizadas en una clonación: la madre biológica, a quien se le extrajo el óvulo; y la madre portadora, encargada de soportar el embarazo... Claro que faltaba el tercer componente, desde luego de gran importancia: la persona a clonar; un hombre de treinta años, a quien se le extirpó una muestra de tejido. Ahí está…
»En las siguiente foto tenemos ya el embrión resultante… y su evolución... hasta convertirse en... este recién nacido; un bebé de apariencia normal, tal como podéis apreciar...
»Según las notas escritas por el profesor, sabemos que el niño de la foto que viene a continuación… es el bebé que acabáis de ver, aunque tan desarrollado como cualquier persona de diez años. Un efecto extraordinario, si tenemos en cuenta que entre las dos imágenes no se cumplió ese espacio temporal, en teoría necesario para producirse dicho crecimiento, sino tan solo unas pocas horas...
—¡Oh! ¡Me cuesta creerlo! —exclamó Lucía. Cruzó una mirada con Juan, antes de dirigirse al doctor de forma titubeante:
—¿No era, acaso, un simple loco, que trucaba las fotos confundiendo la realidad?
—Te aseguro que distinguía bien la fantasía de la realidad, y reflejaba sus hazañas tal cual las realizaba. Esto va a ocasionar gran estupor en la opinión pública en cuanto sea divulgado —afirmó con vehemencia el anfitrión.
—Jacobo tiene razón —aseveró Alfonso—. A pesar del impacto recibido al descubrir la documentación, no tardé en comprobar que todo se producía por causas físicas, coordinadas con un sofisticado programa informático. Él me ayudó a comprender, dentro de los límites de mi ignorancia —dijo señalando al doctor—, los procesos que utilizó el profesor Luis.
Afloró en el anfitrión de nuevo esa pasión por lo científico, que las circunstancias de la vida habían acallado:
—En las anotaciones explicaba cómo acelerar el mencionado proceso evolutivo de gestación y crecimiento. Reflejaba, además, los logros que se producían a raíz de las demostraciones empíricas. No cabe duda de que era un genio de efectos devastadores y no cualquier loco, dedicado a simples falsificaciones y demenciales utopías.
—¿Dónde se encuentran las personas utilizadas en los experimentos? —inquirió Juan.
El doctor aparentaba buscar en el penumbroso y profundo suelo la respuesta, pronunciada con lentitud:
— Por desgracia, su locura se convirtió en tragedia para esas inocentes cobayas, sin que pudieran denunciar lo ocurrido.
—¡Inocentes cobayas! —los párpados de Lucía se entornaron.
—Lo vais a comprobar enseguida. Aunque antes debéis prestar especial atención a este hombre... Comparad la imagen con la perteneciente al varón clonado de treinta años que os mostré antes…
—Juraría que son dos fotos de la misma persona ―afirmó Juan.
—Nada más lejos de la verdad. La primera se trata del individuo original; la segunda, sencillamente, de su copia exacta; es decir, el bebé o el niño de diez años, desarrollado hasta alcanzar la misma edad aparente…: la de treinta años.
—¡Por Dios! —exclamó Lucía.
—¡Son idénticos!
Acallado el eco en la voz de Juan, el doctor movió la cabeza para preludiar una estela de consternación:
—Ahora sí… Vais a conocer el horrible y secreto resultado de las actividades del profesor. Qué suerte corrieron estas desdichadas personas... Mirad... Contemplad los rostros de pavor de quienes ya conocían cuál iba a ser su destino, poco antes de las ejecuciones… ¡Pobres!... Y aquí yacen, unas horas después, sin vida y desnudos, a punto de ser incinerados...
Los semblantes de Lucía y Juan parecían instrumentos de una orquesta, dirigida por alguna batuta siniestra.
—¡No! —ella se tapó la cara.
—Por supuesto…, el profesor quiso inmortalizar después el montón de cenizas en que esos infelices quedaron convertidos...
Lucía descubrió otra vez su aterrorizada expresión, con lentitud. Miraba de reojo aquellas imágenes, sin atreverse a fijar las pupilas sobre semejante muestra de exterminio. Inició un ahogado sollozo.
—¡Basta! ¡Es suficiente! —mostraba Juan una energía poco común en él.
Alfonso vertió en la copa de Lucía los restos de agua que quedaban dentro de la jarra.
—Toma. Bebe un poco.
Se dirigió después al doctor:
—Jacobo, ya te dije que era un error enseñarles las últimas fotos.
—Sí —admitió el anfitrión—. Hay más casos fotografiados, con el mismo final para los desdichados protagonistas; pero salta a la vista que los debemos pasar por alto.
—¿Qué clase de persona era mi padre? —balbució Lucía—. ¿Cómo puede la mente humana degradarse tanto; recrearse con el infierno que origina en los demás? ¡Pobres criaturas!
—Una clara muestra de patología mental, alimentada por los deseos de alcanzar la peculiar gloria —trataba Juan de hablar con serenidad profesional.
—Por mucho que imaginemos un mundo de terror y muerte, somos incapaces de conocer su magnitud… hasta que se nos cruza en el camino —concluyó la joven.
—Tenemos constancia, al menos, de ochenta casos más —dijo el doctor—, aunque desconocemos el número exacto de víctimas. En realidad, no siempre se deshacía de las madres, cuando consideraba que podía servirse de ellas para el siguiente experimento. Según las anotaciones técnicas que realizaba, si el intervalo transcurrido entre las clonaciones era corto, optaba por mantenerlas allí, en un zulo habilitado junto al laboratorio.
—¿Qué ha sucedido con las clonaciones? —le preguntó Lucía, como temiendo cualquier respuesta.
—Los seres creados viven y actúan de acuerdo a ciertas pautas: a todos ellos se les instaló el correspondiente microprocesador para desarrollar dos funciones principales, controladas desde un ordenador que solo el profesor Luis sabía utilizar. Una, ya mencionada, era la de acelerar el proceso evolutivo del clon. La otra, establecer el dominio absoluto en su comportamiento; o sea, imitar las características personales del original, como la conciencia y los sentimientos; y al mismo tiempo, manipularlas garantizando el mutismo absoluto respecto a cualquier revelación que pudiera realizar.
—De momento —intervino Alfonso—, resulta difícil establecer cuantos clones hay esparcidos y dónde se encuentran.
—¡Qué horrible! —exclamó Lucía, pensativa. Y tras unos instantes de cavilación, inquirió con expresión más resuelta—: Si mi padre era el único en manipular los comportamientos, ¿quién realiza esa función ahora, cuando él ya ha muerto? ¿Acaso no están los clones fuera de control?
—¡Excelente observación, Lucía! —celebró el albacea.
—Así es. Has dado en el clavo —asintió el doctor—. Si analizamos las operaciones que realizaba desde el ordenador, las limitaciones, prohibiciones y pautas a seguir se establecían para determinada duración. Cuando los efectos de esa manipulación se aminoraban, el profesor volvía a impulsar las funciones establecidas para el caso en cuestión; o para varios clones, bajo el mismo patrón. Pero en estos momentos la situación es diferente. Todos se hallan, como señalaba Alfonso, en algún lugar, con la posibilidad de liberarse cualquier día de tan singular obediencia; de convertirse de forma plena en las personas originales, con libertad de acción y conciencia; también, capaces de rebelarse contra el sufrimiento padecido. Aun en el caso de no haber descubierto nosotros los documentos, el tiempo correría ahora en contra de la organización, y la probabilidad de ser delatada aumentaría de forma gradual.
—De ahí —señaló Alfonso— que yo recibiera indicaciones para no posponer la lectura del testamento y que el profesor dejara junto al documento detalladas instrucciones dirigidas a varios científicos, también pertenecientes a la Orden…, que es como llaman a su organización, donde se explica con detalle la técnica de guiar a los seres clonados y de crear otros nuevos.
—¿Por qué eligieron el viernes como fecha de la lectura? —preguntó Juan.
—Verás… Según lo que he podido averiguar, ese día de la semana encierra un mayor significado esotérico para los miembros de dicha sociedad, pues lo relacionan con los orígenes y fundamentos de sus absurdas creencias. El viernes es el quinto día de la semana, y el cinco representa, entre otros significados y aplicado en este caso, el inicio de un camino de mutaciones hasta alcanzar el objetivo que ellos consideran de perfección.
—¡Cinco! Resulta curiosa la coincidencia… También, como el número de copas traídas de la cocina.
—Cierto, Lucía. Una vez más parece que ese número está presente.
Alfonso se atusó la barba. Echó una calada rápida para pensar en tal coincidencia, y prosiguió:
—Resulta lógico pensar que, tras lo ocurrido el pasado lunes, era la mejor fecha para celebrar la lectura del testamento y establecer sin dilación el plan previsto tras la muerte del profesor.
—De la imprescindible muerte del profesor —matizó el doctor las palabras de Alfonso.
—¿Ha dicho... imprescindible muerte del profesor? —Lucía mostraba su desconcierto.
—Así es —respondió el anfitrión con tono enigmático.
—En realidad, hasta ahora no habíamos hablado de las causas del fallecimiento —dijo Juan.
—Cierto. Eso no ha quedado aún aclarado… —Lucía deslizaba las yemas de los pulgares por el contorno de las uñas—. ¿Qué sucedió, entonces, doctor?
—No se trata de ningún accidente. Ni tampoco del típico caso de asesinato, tal como solemos entenderlo; y ahí radica la clave de este asunto. El profesor Luis recibió todo el complejo material técnico necesario para realizar los experimentos, en una especie de… pacto con el diablo. Deseaba la inmortalidad de su creación, compuesta de clones y sacrificios. Necesitaba el eterno reconocimiento como investigador, pero debía sacrificar el alma a cambio de esa gloria que tanto anhelaba.
»Todo coincidía con los objetivos de la secta, extendida ya a algunos países. Podríamos decir que ambos se unieron para beneficiarse de manera mutua. Porque si el profesor Luis dependía de tal apoyo para sus macabros juegos, la Orden había encontrado a la persona ideal por la peculiar ambición y las extraordinarias facultades que poseía. Así crearon la Magna Obra, a favor de un mundo en el que los clones sustituyeran poco a poco a los seres originales, hasta que estos quedaran eliminados de la tierra. Nadie sería capaz de actuar por sí mismo, ni se libraría de una manipulación constante. Se lograría dominar a la humanidad, adaptada y manejable, sin la existencia del clásico e imperfecto homo sapiens original. Se eliminarían así milenios de civilización, reproducida hasta entonces mediante procesos naturales.
»Según la copia encontrada por Alfonso, donde se contemplan los preceptos de esta secta, sabemos que se rigen por leyes que deben seguir a rajatabla. Una de ellas se refiere a quienes alcanzan cierto estado de gracia por sus conocimientos o formas de actuar; y es evidente que con la figura del profesor Luis todo fue adquiriendo mayor trascendencia. Durante determinados años de servicio debía desarrollarse la primera fase, en la que se fijaran los cimientos del objetivo establecido. Pasado dicho periodo, la persona elegida, en este caso tu padre, tenía que abandonar la tierra y ascender al plano superior, ya como guía espiritual; algo considerado esencial para consolidar la segunda y definitiva etapa. Ello guarda relación con el ritmo de las clonaciones; más espaciado mientras él viviera; acelerado después, mediante suplantaciones masivas, generadas en laboratorios de todo el mundo. Una especie de consolidación, cuyo punto de partida iba a marcarse este viernes.
—Ya… Y en cuanto a la muerte del profesor, ¿de qué forma se produjo?
—Resulta, Juan, difícil de determinar —respondió Alfonso—. Quizá ingiriera cualquier pócima de efecto lento y poco doloroso; o alguien de la Orden, como su mismo hermano, le ayudara a efectuar el ritual. No sé. De momento solo podemos realizar conjeturas.
—Pero ¿por qué en la piscina? ¿Por qué murió justo el día que yo fui a visitarlo?
—Igual no hablamos de algo casual. —Forzó Alfonso una bocanada de humo—. Verás, Lucía… Hemos descubierto que el plazo del sacrificio se cumplía este año. El pasado lunes, justo cuando él se puso en contacto contigo, podría haber sido la fecha determinada; ya conocemos la crueldad que tanto caracterizaba al profesor. No debe extrañarnos que esa mente tan retorcida quisiera prepararte tan macabro espectáculo, con la piscina como inmejorable escenario.
Mientras ella mostraba impotencia y rabia, recibió en la frente un beso de su marido. Este enlazó el gesto con una mirada inquiridora, dirigida al albacea.
—Llegados a este punto, lo que me extraña es que no prescindiera de tus servicios y no transmitiera las instrucciones a los, llamémosles…, camaradas espirituales, sin testigos ni actos legales.
Alfonso pergeñó una escueta sonrisa.
—Ahora lo comprenderás, Juan… Tanto en la realización del testamento como en las posteriores variaciones, convenía llevar de forma correcta el proceso burocrático y legal. Él sabía que las propias hazañas científicas debían ser solo conocidas por la organización hasta que esta dominara el mundo. Por eso no podía, ni en vida ni una vez fallecido, levantar ninguna clase de sospecha. Claro… Lo que menos le interesaba era prescindir de mis servicios, así como así. Todo iba a transcurrir con cierta lógica: además de los hijos no repudiados por él y de Aurelio Ramírez, asistirían Carlos y María, los otros dos hermanos del profesor; total desconocedores de sus actividades, con quienes siempre había mantenido una relación más distante. Por supuesto, estarían presentes los miembros más representativos de la Orden, que se harían pasar por simples representantes de cierta asociación científica; a ellos iría dirigido el legado de un laboratorio destinado en apariencia al uso no clandestino; en realidad, financiado por ellos mismos. En cuanto al sobre cerrado, donde se guardaban las mencionadas instrucciones referentes a la creación, evolución y control de clones, este se entregaría cerrado a Aurelio Ramírez, supuesto destinatario del mismo, como suele hacerse en los testamentos con documentos confidenciales.
»Nadie perteneciente a la organización debió de imaginarse a priori que yo iba a descubrirlo. Aunque aquel coche misterioso y la última llamada que recibí me hicieran poner en guardia.
El humo del Virginia se entremezcló con el silencio de Alfonso y la voz de Juan:
—Reconozco que todo está expuesto ya dentro de una terrible lógica.
—Doctor, ¿puede la organización sospechar que nos encontramos aquí, en su casa; que conocemos toda la verdad? —contuvo Lucía la respiración.
—Sí —sentenció circunspecto, tras demorar unos segundos la respuesta—. Eso es algo que todavía no había mencionado. Y ahora, que estamos reunidos, los miembros de la secta serían capaces de cualquier cosa para evitar que todo se divulgara.
Alfonso alejó por un momento la pipa de la boca, con sutil mueca de rechazo.
—¿Acaso no es este un lugar seguro? ¡Dígamelo, por favor! —profirió la joven.
—Se supone… que no debemos temer nada —intervino Juan—. De otra forma, no celebraríamos aquí esta reunión. Ya se ha dicho que la policía nos vigila …
—¡Oh! ¡Por supuesto! Quizá me he expresado mal... Aunque puedan estar al acecho, la posibilidad de que ellos nos ataquen ahora, debido a un error policial, apenas existe. —señaló el doctor.
—Y… ¿dónde se encuentran los agentes? Yo no los he visto por ninguna parte —insistía Lucía.
—Aunque no os hayáis percatado, diversas patrullas nos protegen ante cualquier peligro que pudiéramos correr. Si en estos momentos saliéramos de aquí no veríamos ninguna, por mucha iluminación que hubiera en el exterior. Pero os aseguro que se hallan cerca, en la iglesia. Aun así, no sería recomendable que nos marcháramos ya, a estas horas, del chalet hasta que todo se solucionara.
—No sé… A mí todo esto comienza a intranquilizarme.
—Querida, ya has oído al doctor. No hay por qué preocuparse —enfatizó Juan.
—Sí, Lucía —Alfonso intervino, mientras el anfitrión consultaba el reloj—. Aunque llevemos un santo Tomás de Aquino, debemos creer en lo que nadie, a excepción de nuestro amigo Jacobo, ha visto; en esa policía tan bien camuflada dentro de las ruinas del templo. Has de estar tranquila y confiar en cómo él lleva este caso.
Tras su implícita conformidad, la joven frunció el ceño.
—Pero hay algo que no comprendo... Si la policía conoce lo sucedido, por qué no se ha puesto en contacto conmigo todavía. Después de todo, yo fui quien se encontraba en la piscina.
—En realidad, lo ignora —puntualizó el doctor, algo abstraído.
Alfonso, al comprobar la excesiva concisión, optó por completar la respuesta.
—Jacobo se limitó a declarar que Aurelio Ramírez nos había comunicado el fallecimiento; a ti, Lucía, te mantuvo al margen para evitarte problemas en cuanto a interrogatorios. Además, nadie está en condiciones de involucrarte.
—Sí… —el doctor seguía absorto.
—Quizá —añadió el albacea— ocultaron el cadáver en algún lugar para no dejar rastro antes de cerrar y abandonar la casa, tal como yo la encontré cuando entré a hurtadillas.
Luego guardó silencio, mientras contemplaba el semblante de su amigo.
Capítulo IV
El repentino timbre del teléfono sobresaltó a Lucía.
—Disculpadme. —Jacobo cogió una vela del candelabro y cruzó el salón.
Al descolgar el auricular, se vislumbraba su mirada perdida.
Alfonso intentaba descifrar las palabras, que ya fluían algo distantes bajo el vaivén de la llama y la cambiante posición en escorzo del anfitrión.
—¿Qué sucede? —preguntó la joven en voz baja ante una señal de Alfonso.
Este intensificó el gesto.
—¡Esperad!
Lucía y Juan se giraron, con la vista sobrevolando el respaldo del sofá.
—¡Cómo...! Tiene que tratarse de un mal entendido ―exclamó Alfonso, desconcertado.
—Pero… ¿qué dice?
—Es que no estoy muy seguro, Lucía. ¡Esa dichosa llama no deja de moverse!
—Ahora… ahora se ilumina mejor su cara —observó Juan.
Un viento helado dio entonces la sensación de quemar las entrañas de Alfonso.
—¡Jacobo! ¡No!
—¡Dinos qué ocurre, Alfonso! —suplicaba Lucía.
—¡Cuidado, podría oírnos! —advirtió el albacea con agitada respiración—. He de llamar a mi hermano Julián de inmediato.
—¿Por qué? No… te entiendo —exclamó la joven.
—¡Dios mío! ¿Qué te sucede, Jacobo? ¡Amigo!
Alfonso forzó el urgente apagado de la pipa antes de guardarla en la chaqueta, todo con el pulso alterado.
—No perdamos tiempo. Será mejor que no descubra nada de esto. Buscaré una excusa para salir
El doctor Jacobo había colgado el auricular. Se inclinó; daba la sensación de manipular alguna pieza o un cable detrás de la mesa auxiliar.
—Era un colaborador mío; alguien poco dotado con el don de la oportunidad —se justificó tras regresar a la butaca—. He tenido que aclararle una serie de dudas.
—Si me lo permitís, iré a tomar un poco el fresco. Se me ha removido el estómago —balbuceaba Alfonso.
—¿Te encuentras mal? —el doctor enarcó las cejas
—¡Oh! Lo necesito.
Alfonso se levantó y cogió la chaqueta, con un disimulado gesto de complicidad hacia Lucía y Juan.
—¿De veras… vas a salir?
—Sí. No tardaré.
—Un poco de aire le irá bien —Lucía se clavaba las uñas en las palmas de las manos.
—Bueno. Pero regresa enseguida, por favor. Aunque todo esté bajo control, no conviene que te demores ni que te alejes de la puerta. ¿Comprendes?
—Descuida. No tengo la intención de quedarme una hora afuera, a pesar de la protección policial.
Tras sus irónicas palabras, Alfonso miró otra vez de soslayo a Lucía y Juan. Con la ayuda de una vela, se dirigió por fin hacia la salida con la ayuda de un candelabro.
—El olor fuerte de tantas velas juntas puede resultar perjudicial —Juan trataba de romper la atmósfera cortante.
—Sí. Aunque por mi profesión sé muy bien cuándo va uno a desmayarse. Y por fortuna no es este el caso.
La calma, de reflejos débiles y erráticos, quedaba inmersa en aquella escena; como si sobrevolara allí más el temor a la ausencia de palabras que a cualquier revelación repentina. El doctor, que una y otra vez vigilaba la oculta entrada, se acercó al candelabro para consultar de nuevo el reloj.
—Dura demasiado tiempo esta avería —musitó por fin Lucía—. ¿No cree, doctor?
—La tormenta ha dejado huella —concluyó él, pensativo.
—Puede que haya afectado también a otras zonas —intervino Juan.
—Es posible.
El anfitrión no añadió más comentarios. Se levantó para encaminarse hacia la ventana, sin portar ninguna vela. Desde allí comenzó a recitar:
—La noche, profunda y sin fin, se adueñará del mundo. Con su capa negra conducirá al hombre hacia un proceso de destrucción. El ser humano solo sobrevivirá a costa de la propia existencia.
Regresó de la oscuridad, a paso más bien lento.
—Se trataba solo de unas frases que he recordado de… cierto libro —afirmó con naturalidad recobrada.
—Eran frases horribles, doctor. —manifestó Lucía, casi sin fuerzas para hablar.
—Definían, sin proponérselo, la macabra labor de la secta; propulsada por su brillante colaborador, el profesor Luis.
El temido silencio había regresado al salón, cuando el flamear de una vela iluminó la puerta: Alfonso se aproximaba con la chaqueta colgada del brazo. Lucía suspiró.
—¿Cómo te encuentras?
—Mejor, Jacobo. El aire me ha sentado bien.
Lucía y Juan interrogaron a Alfonso de manera implícita. Al sentarse, les respondió con un indefinido y fugaz guiño.
—Jacobo, el cerrojo de la puerta no va muy bien. Puede que no lo haya bloqueado del todo —vigilaba el semblante del doctor, teñido por las llamas.
—Sí. Falla con cierta frecuencia porque está oxidada. Tengo un producto para estos casos, pero ahora no recuerdo dónde lo dejé la última vez que...
De súbito, el doctor clavó las pupilas en Alfonso.
—Antes de continuar, me gustaría resolver cierta duda. Se trata de una tontería... ¡Bah! Simple curiosidad.
—¿Sí? Dime, Jacobo —se mostró Alfonso cauteloso.
—Cuando saliste, tan de improviso, lo hiciste sin olvidarte de la chaqueta. Ya sabemos que su función es tan solo estética; no provoca demasiado calor por sus telas ligeras, aunque...
—¿Qué le ocurre… a mi chaqueta?
Por un momento la expresión del doctor se suavizó, hasta dejar escapar una escueta mueca de conformidad.
—Ya te he dicho que no tiene importancia.
Pero chasqueó la lengua y repitió la expresión escudriñadora que antes había mostrado.
—Mira... Si alguien se siente indispuesto, de repente, no suele encontrarse en condiciones de realizar ciertos actos cotidianos. Me ha extrañado que te acordaras de coger la americana en ese estado; una prenda que ni siquiera has llegado a ponerte.
Alfonso vaciló. Mostró luego una forzada sonrisa.
—¡Ah, ya comprendo! Sí. La cogí…. Fue solo algo instintivo; sin fijarme en lo que hacía.
—¡Claro! Eso lo explica todo. Disculpa en ese caso mi curiosidad por un hecho tan simple.
El doctor recogió a continuación varias hojas.
—Estas son las copias del testamento y de la carta dirigida al Maestro Jordán. Ya sabemos que la distribución de los bienes no despierta en sí ningún interés entre nosotros. En cuanto a la carta, podéis deducir en líneas generales su contenido; pues hemos hablado de la Magna Obra y de las instrucciones del profesor Luis referentes a los clones. Conocéis ya, en general, los detalles de esta historia que nos envuelve. Creo que está todo dicho, aunque quizá Alfonso quiera añadir algo al respecto.
—No —interrumpió este—. En realidad, pienso que no hace falta. Lo ha dicho el doctor: ya se conoce la verdad. Al menos, tal como… yo la concebía al venir a esta reunión —ironizó, cabizbajo.
—Bien. —El doctor había terminado de apilar toda la documentación—. Ahora, una vez conseguido el primer objetivo planteado, debemos tener claro que la policía vela por nuestra seguridad. Con un poco de suerte, este escabroso asunto se solucionará pronto.
—¿Usted cree? Dudo que venir aquí haya sido una buena decisión —refutó Lucía, incitada por la espontaneidad.
—No temas, cariño —intervino Juan—. Nunca permitiré que te hagan daño. Seguro que mañana nos habremos olvidado de todo esto.
—¡Buena actitud! —exclamó el anfitrión—. Como diría Alfonso, hay que ser positivos ante los acontecimientos.
—Doctor, ¿cuál es el siguiente objetivo? ¿Sabemos ya todo lo sucedido o… hay algo que todavía desconocemos? —las llamas se movían como si captaran el sutil atrevimiento de Lucía.
—Sí, lo hay. Pero queda reservado para el final.
El anfitrión buscó otra vez la posición de las manecillas del reloj junto al candelabro.
—Creo que es ya hora de rubricar este encuentro con el brindis que os anuncié al principio. No se trata más que de un acto lleno de buenos deseos. Reforcemos, pues, dichos anhelos llenando nuestras cuatro copas con el champán representativo de un mundo mejor para todos. ¿Estáis de acuerdo?
—Deseo antes que me aclare una duda —indicó Lucía.
—¿Sí?
—Usted dijo que... se sabría por qué mi padre me despreció tanto.
—Ya falta poco para eso. Elegiré una buena marca de champán y prepararé hielo en la cubitera.
Se dirigió a la cocina, mientras se llevaba de nuevo parte del mortecino brillo del salón.
La voz baja de Alfonso se ahogaba en el aire:
—¡Nos ha reunido como a corderitos!
—¿Qué…? —se aproximó Lucía a Juan, impelida por el instinto.
—¡No… no doy crédito! Más vale que mi hermano se haya puesto ya en contacto con la policía.
—Pero... ¿no había patrullas cerca de aquí? —la voz de Lucía sonaba entrecortada—. ¿Qué nos está ocultando el doctor?
—Cierto. ¿Dónde se encuentran?
—Me temo, Juan, que tales patrullas no existen.
—¡Oh, Dios mío! ¡No puede ser cierto! —exclamó la joven.
—Mi mejor amigo se ha convertido en Judas —concluyó Alfonso, con un nudo en la garganta.
Lucía había cerrado los ojos y se aprisionaba las mejillas con las manos.
—¿Con quién hablaba? —preguntó Juan.
—¡No sé…! Quizá con Aurelio Ramírez. Leí los labios… Decía que no sospechamos nada; que nos ha engañado como conejillos de indias… Han rodeado la casa y estamos cercados. ¡Maldita sea!
—¡No! ¿Estás seguro de ello, Alfonso?
—Me temo que sí, Lucía. Ha de haber una explicación ante semejante comportamiento.
—Soy incapaz de concebir algo así.
—Actúa —dijo Juan— como si confundiera el bien con el mal; la lealtad con la traición.
—¿Qué vamos a hacer? ¿No podemos salir de aquí? Dime, Alfonso —apremió Lucía.
—Ahora mismo sería peligroso… Necesito hablar con Jacobo. Que me explique…
—No te lo aconsejo —interrumpió Juan—. Es evidente que sufre una alteración mental. Debemos seguirle la corriente y no forzar la situación; su forma de reaccionar podría resultar contraproducente.
—Comprendo —el albacea exhaló aire con fuerza. Y tras vigilar la oscura entrada a la cocina, realizó un rápido gesto para reclamar mayor atención—. Escuchad… He de confesaros algo, espero que… anecdótico: Julián y yo solemos gastarnos bromas. Sí. Sé que decir esto ahora puede parecer una bobada. Pero antes, cuando le avisé, no me creía. Por eso, me vi obligado a insistir para convencerle de que hablaba muy en serio.
Lucía sujetó los brazos de Juan con fuerza e inquirió:
—¿Insinúas que nuestra seguridad depende de cómo se haya tomado la llamada?
—Bueno. Quizá ha sido una tontería decirlo. En realidad, no debería suponer ningún inconveniente. Al final me aseguró que tomaría medidas urgentes. Mi móvil debería dar pronto una señal; ha de enviarme un mensaje. Voy a llamarlo de nuevo... —Lo extrajo raudo del bolsillo y marcó el número—. No me contesta… —exclamó, tras dejar pasar unos segundos, mientras propinaba un contenido golpe sobre la mesa. Después, con lastimosa expresión, dirigió la mirada hacia la posición de las cortinas ámbar, apenas visibles.
Lucía se retrepaba en el sofá, cariacontecida.
—¿Has mencionado a Julián lo ocurrido con las clonaciones? —intervino Juan.
—¡Por supuesto que no! Entonces, sí que habría sonado todo a chanza. Le he hablado de cierta organización criminal, sin más… ¡Cuidado! —advirtió el albacea, mientras se apresuraba en guardar su móvil.
El doctor había regresado sin mediar palabra. Extrajo la botella de una cubitera.
—Aquí está el champán —mostraba el anfitrión aires de satisfacción.
—Sí. Buena marca —ironizó Alfonso. Lucía advertía tras aquellas gafas una huella amarga y silenciosa.
—Digna para la ocasión —corroboró el doctor. Separó una vela del candelabro y caminó alrededor del sofá. Ya al otro lado del respaldo, les dio la espalda, cara a la difuminada librería. Se alejó varios pasos más hasta encontrar el lugar idóneo. Fue entonces cuando el pábilo encendido se alzó, poco a poco; y por delante de este, la botella. Aquel efecto luminoso entre el cristal, el líquido y la llama, al elevarse encima de su cabeza, establecía una escena de lúgubre belleza visual.
Ensimismado, con solemnidad, inició el breve discurso ante los desconcertados rostros que lo contemplaban:
—Cuántos deseos ha formulado la humanidad, sustentados en este líquido dorado y burbujeante. Cuánta luz ha vislumbrado encerrada en su interior, con la esperanza de atravesar los fríos y gruesos cristales: barrera que a menudo la aleja de tan anhelada felicidad. Y aunque la botella se descorche, no todas las burbujas serán libres. Alguien las consumirá antes de que salgan; y así sucederá con el destino del hombre.
Dejó caer los brazos; con ellos la vela y la botella descendieron de aquel enigmático escenario. Regresó a la butaca con paso más rápido.
—Poneos en pie —sugirió.
El peso del mutismo invadía el cerco iluminado por las llamas. Lucía y Alfonso, titubeantes, se levantaron tras una afirmativa mueca de Juan.
Descorchó el doctor la botella y sirvió champán en cantidades pequeñas.
—Ahora, tomad vuestras copas.
Los cristales ornamentales brillaban con especial intensidad, como si de hermosas ataujías se tratara.
—Brindemos para que el ser humano se libere de las imperfecciones y temores, inherentes a su condición, y se deje guiar por fuerzas amigas.
En medio del estupor que se respiraba, Alfonso trataba de sobreponerse a las profundidades de aquella liturgia tendida por esa mano; antes aliada, ahora irreconocible.
—Por un mundo sin traiciones —manifestó el albacea su ironía, más amarga y debilitada que nunca.
Todos bebieron, inmersos en la implícita competición entre dos partes; una, de sorbos forzados y escuetos; otra, de trago decidido y profundo.
De repente, Alfonso hizo el ademán de agarrar su chaqueta; pero desistió de tal acción.
—¿Qué te sucede? —preguntó el doctor—. Te encuentro algo nervioso.
—He… tomado demasiado café en casa.
—¡Vaya! Antes te mareaste y ahora los nervios se apoderan de ti. Por si te interesa, tengo un frasco de valerianas —le ofreció a regañadientes.
—No. No hace falta —buscaba Alfonso de nuevo el lenguaje furtivo en los semblantes de la joven pareja.
—Mejor así, porque ello posibilitará el último sacrificio para tu sistema nervioso; una copa más de champán no te perjudicará en demasía.
—¿Más… champán? —protestó Alfonso.
—En efecto. Porque cuando llegue el momento adecuado realizaremos otro brindis. Sí, habéis oído bien. El brindis definitivo.
—¿Para qué, doctor? —la pregunta de Lucía sonó a reproche.
Sin responder, este se limitó a consultar una vez más la hora; esta vez con ceremonioso detenimiento. Prendió luego la botella que había dejado en la cubitera y sirvió algo más de espumoso.
—Dejad de momento las copas así, sobre la mesa.
Con mirada arrobada se inclinó hacia aquella quinta pieza de orfebrería, hasta ahora tan silenciosa y paciente, para verter en ella el líquido dorado.
—Es muy bella ¿No creéis? —la alzó y, sin abandonar tan particular rictus, cogió también la suya. Se encaminó a ciegas, con lentitud, hacia la puerta: su silueta se confundía cada vez más, hasta casi perderse en la oscuridad.
—¡Dios mío! ¿Qué está sucediendo? —prorrumpió Lucía.
—¡Jacobo, amigo! —Alfonso musitaba, como si aquella súplica íntima fuera a ser recibida por los oídos del doctor que él había conocido—. Ha perdido la cabeza. He de hablar con mi hermano de una maldita vez…
El sonido de la puerta al moverse, intenso y chirriante, lo interrumpió. Se escucharon enseguida varias pisadas.
Los pasos se detuvieron, y se produjo un acerado silencio. Pero la voz del doctor surgió repentina; más solemne que nunca:
—Yo le ofrezco, señor, esta bienvenida; preludio del esperado y anhelado brindis final. Porque todo ha de acontecer según lo previsto.
Se vislumbró otra figura. Daba la sensación de que se despojaba de alguna prenda larga.
—Ya están todas dispuestas para el brindis —anunció el anfitrión—. Tres de ellas actúan en nombre de los invitados; y la mía lo hace en honor a la causa. Yo le entrego la suya como humilde ofrenda, con el brillo del frío cristal oculto por la oscuridad. Recíbala sin más dilación; porque esta es, señor..., ¡la Quinta Copa!
La ceremonia con el personaje misterioso fue breve. Luego avanzaron despacio hacia el interior del salón: las pequeñas llamas de los candelabros iluminaban ya el cuerpo del doctor Jacobo, que volvió a detenerse.
—¡Escúchame, Jacobo, por favor…! —suplicó Alfonso—. ¿Es… Aurelio Ramírez? —Luego añadió, susurrante, con respiración agitada—: No. Nunca se dirigiría a él de esa manera.
—Aquí los tiene, tal como deseaba —enfatizó el doctor.
La figura salió de la oscuridad, con el estandarte de cristal en la mano. Una fuerte sensación de frío atravesó el salón ante la imagen de un hombre sexagenario, más bien alto y corpulento, con generoso cabello gris, dotado de cierto aire aristocrático.
Alfonso se levantó con brusquedad. Lucía sufrió un vahído y quedó postrada en una de las butacas, aun sin perder la consciencia del todo.
—¡Lucía! ¡Lucía! —Juan agarró los restos de hielo que aún quedaban en la jarra, en un desesperado intento por reanimarla.
—¡Maldita sea! ¡Usted estaba muerto! —gritó Alfonso ante el rostro impasible y altivo del profesor Luis.
—Buen trabajo —este pronunció sus primeras palabras, graves y jerárquicas, mientras devolvía la copa al doctor.
—¡No…! ¡No es posible! —apenas era capaz Lucía de hablar.
Juan la protegió con los brazos, ayudándola a incorporarse poco a poco. Ella amagó un sollozo.
—Sí, Lucía. Soy yo. —espetó el profesor Luis, rehuyendo a su vez la mirada de la joven.
—Esto es una broma macabra —Juan cerró los puños.
—Como decía, doctor, todo ha de salir según lo esperado. Y a fe que vamos por el buen camino.
—¡Lucía lo encontró sin vida! ¡Por todos los cielos!
El profesor se dirigió con lentitud hacia Alfonso y le dedicó una gélida sonrisa.
—Eso es lo que quería dar a entender. Y le aseguro que no se encuentra ante ningún clon.
—¿Qué piensan hacer con nosotros? —preguntó Juan, indeciso.
—Sus destinos dependen de estas manos —el profesor las separó del cuerpo—. Bastaría cualquier simple señal para que los miembros de la organización entraran ya y realizaran la misión.
—¡Miserable! —los dientes de Alfonso rechinaron.
—Por supuesto —continuó el profesor—, ellos creerían obedecer a otra persona pues ignoran que estoy vivo. En cualquier caso, el final acabará siendo el mismo… Sí, amigos. Ellos se encuentran preparados para actuar a una hora determinada, cada vez más cercana. Aunque entonces, yo me habré largado de aquí.
—No hemos hecho nada para merecer esto —pudo exclamar Lucía, con voz trémula.
—¿Acaso piensa que nos vamos a quedar en este lugar? —profirió el albacea, con marcado tono desafiante—. Usted no va a impedirnos salir de aquí.
—No diga estupideces, Alfonso —alzó el profesor la voz—. Si yo les dejara escapar, tan pronto como salieran por esa puerta ellos se echarían encima para destruirles; y eso supondría un adelanto de los acontecimientos. Le repito que están ya bien posicionados; ocultos entre los muros abandonados de la iglesia.
Por las mejillas de Lucía se escurrieron lágrimas de etérea plegaria. Alfonso, impulsado por aquella imagen, se acercó a la butaca y sacó el móvil de la americana.
—¿Qué hace, insensato? —espetó el profesor Luis.
Los dedos del albacea temblaban al pulsar los dígitos.
Ante una urgente señal del recién llegado, el doctor se lo arrebató para entregárselo al profesor.
—Julián, ¿por qué no me creíste antes, cuando te llamé? Esta vez hablaba en serio —se lamentaba Alfonso, turbado, mientras revelaba su pensamiento.
—¡Claro! Eso explica que salieras con la chaqueta en aquel supuesto mareo —dedujo el doctor.
—Deme el móvil —Alfonso hizo un ademán de acercarse al profesor Luis, pero se detuvo. Y mirando al doctor, confesó, irritado—: Sí. Fue una excusa para comunicarme con él.
—Pero… ¿descubriste lo que yo tramaba?
— Tus labios, Jacobo, te delataron antes, al hablar aquí por teléfono.
—¡Mis labios! ¡Cómo fui capaz de cometer semejante imprudencia!
—¡Eres un imbécil, Jacobo! Esa torpeza tuya podía haber echado todo a perder —prorrumpió el profesor. Señaló después a la joven pareja—. Escuché a través del chivato que ellos no disponen de sus móviles… ¿Está usted seguro de ello?
—Sí —respondió el doctor—. Recordará que dijeron eso cuando todavía no sospechaban nada.
—Ya… ¿Ha arrancado el cable del teléfono fijo, como le ordené?
—Sí. Después de hablar con usted, quité la pieza para desconectarlo.
El profesor escudriñó entonces al Albacea.
—¡Otra vez con la dichosa historia del hermanito! Ya me informó el doctor que quiso usted ponerle al corriente de lo que había descubierto en el despacho.
Extrajo del bolsillo el móvil que el doctor había requisado y miró la pantalla, dejando escapar una burlona sonrisa.
—Pero ya ve… Es evidente que Julián se ha tomado hoy a broma sus palabras de auxilio… Y ¿sabe qué? Cuando todos les echen de menos, los miembros de la Orden habrán tenido margen suficiente para no dejar ninguna huella. Además, Aurelio ya se ha encargado de borrar cualquier información referente a la organización que pudiera encontrarse en mi chalet.
Alfonso dibujó un gesto de desprecio y, sin tiempo para borrarlo, se dirigió al doctor:
—Jacobo, ¿por qué me has traicionado?
—Digamos que la amistad no ha superado la prueba ofrecida por el destino.
—¡Déjennos en paz! ¡Permítannos salir de aquí! —imploró Lucía.
—¡Pobre muchacha! ¡Cómo me suplica…! —se regodeaba el profesor.
Lucía se levantó, con lentitud.
—Estaba… usted muerto. Esto se ha convertido en un terrible sueño del que necesito escapar.
El profesor volvió a rehuir la mirada de la joven.
—No, Lucía. Estás bien despierta y la conciencia no te engaña. Aquel que viste sin vida, en la piscina, no era yo.
—Entonces..., ¿de quién se trataba, profesor? —intervino Alfonso.
Antes de responder, inclinó la cabeza. La expresión que se escapaba de su rostro resultaba un tanto inédita.
—Ya va siendo hora de que aquel padre, indeseable y sin escrúpulos, hable de una vez por todas con una elocuencia y claridad jamás observadas antes. Si ya conocen parte de la verdad, conocerán pronto cómo se gestó en realidad esta reunión. Les revelaré el enigma de mi supuesta muerte en aquella piscina y del aparente cambio de comportamiento en el doctor Jacobo. También tú, Lucía, descubrirás lo que produjo el desprecio que siempre te demostré… Y ahora será mejor que no nos demoremos mucho más —añadió, tras consultar la hora ayudado por la luz de las velas—. El momento señalado se echa encima y no tengo la más mínima intención de retrasar la aparición de los miembros de la organización. No obstante —giró la mano para reforzar el inciso—, voy a actuar de buena fe por primera vez en esta vida. Sí, amigos... Les ofrezco la última posibilidad de protegerse en algún lugar recóndito de esta casa, antes de que ellos entren. A partir de entonces, solo les quedara rezar desde sus escondrijos para no ser descubiertos.
Bajo una mueca de falsa indulgencia, parecía identificarse con algún imaginario y perverso titiritero que prolongara la vida de sus marionetas, para luego lanzarlas hacia el foso del teatrillo durante el trágico final de la representación.
—Está jugando al gato y al ratón con nosotros.
—Sí, Juan. Nos quiere martirizar con mentiras —aseveró Alfonso.
—Una posibilidad a la cual deben aferrarse —prosiguió el profesor, obviando las palabras que acababa de escuchar—. Y repito. No se les ocurra escapar por el jardín. Las salidas estarán vigiladas hasta que se realice el sacrificio.
—¡No! —se estremeció Lucía.
—¡Mentira! No podemos esperar más. Larguémonos de aquí —se rebeló Alfonso.
—No cometan semejante tontería —El profesor Luis mostró un pequeño artilugio—: ¿Lo ven? Bastaría accionar este simple botón para que ellos aparecieran antes de lo previsto; y eso no les conviene en absoluto. Interrumpirme es una imprudencia; les recuerdo que el fatídico trance se acerca.
—Según usted, ¿cuánto falta para ese fatídico momento? Contésteme, profesor.
—Alfonso, eso ya lo comprobará. Cuestión de quince minutos, diez o, tan solo, de...
—Termine. Termine ya lo que tenga que decir, se lo ruego —bramó Lucía.
—Les aconsejo que se sienten sin dilación.
Aguardó el profesor a que ellos le obedecieran.
—Bien —habló por fin—. Al margen de mi inesperada aparición esta noche, les habrá sorprendido bastante la actitud del doctor; el gran amigo de toda la vida; la misma persona que compartió tantas vivencias con usted, Alfonso, y cuya alma fiel se ha desvanecido. El mismo hombre que te visitaba con frecuencia, Lucía, junto a su esposa Josefina; cuando vivías con aquella desprendida y maravillosa mujer, doña María... Y ahora, en medio del inmenso desengaño por la traición de un amigo tan apreciado, se preguntarán cómo y cuándo se produjo el cambio en su comportamiento.
»Él les había citado aquí sin levantar sospechas, y en la reunión todo debía transcurrir con aparente normalidad. Tenían que sentirse arropados por la supuesta vigilancia policial que contrarrestara cualquier situación de incertidumbre.
El profesor Luis inspiró aires de complacencia.
—Les voy a revelar la realidad pura y dura, aunque eso les hará recobrar la estima que sentían por el doctor. Ya tienen una noción genérica de mis actividades, de los experimentos de clonación humana y de la relación mantenida con la organización secreta. El plan que yo había establecido podía correr peligro tras las inoportunas investigaciones que realizó, señor Alfonso, después de mi supuesto fallecimiento. Por supuesto, yo había contemplado la posibilidad de que acabara yendo a casa para husmear entre toda la documentación oculta.
Le dedicó una mirada incisiva.
—¿Acaso cree que no me daba cuenta?: el escondite de las llaves; la clave de la caja fuerte... Aunque supuse que era complicado que se fijara en ella, que retuviera la combinación secreta, nunca bajé la guardia. Ha de saber que un día instalé varias cámaras de vigilancia para controlar todo lo que pudiera suceder cuando me encontrara ausente. Se trataba, por supuesto, de una precaución general, no personalizada solo en usted. Y ya ve… Al final, fueron muy útiles aquella noche. Pude, así, observarle y escuchar sus atónitas expresiones desde un ordenador. Sí, estimado albacea. Lo vi con nitidez, en la soledad del salón, mientras descubría el secreto que yo guardaba. También cuando, conseguido el objetivo, se largó a toda prisa de allí, temeroso de que alguien lo sorprendiera.
»Resultaba evidente que debía vigilarlo desde aquellos momentos, aunque sabía que trataría de ponerse antes en contacto con el doctor Jacobo que con la policía. Conocía la, llamemos..., relación de dependencia que siempre mantuvo respecto a él. Esa coraza irónica y afable de cualificado profesional, en realidad siempre ha ocultado una gran dificultad para actuar por cuenta propia en gran número de situaciones sin el beneplácito de su amigo. No supuso ninguna dificultad deducirlo cada vez que lo llamaba, mientras yo aparentaba no darme cuenta.
Tras estudiar la reacción contenida de Alfonso, prosiguió:
—Cuando arrancó el coche, al salir del chalet, mi hermano Aurelio ya le esperaba a prudencial distancia, en un vehículo diferente al habitual. Le siguió durante el trayecto hasta cerciorarse de que usted se dirigía al despacho para trazar, a buen seguro, un plan de actuación con el doctor Jacobo. A partir de entonces, era él quien podía recobrar gran protagonismo, echar todo a perder si se enteraba de lo ocurrido. Por fortuna actué a tiempo y lo evité.
Anduvo unos pasos, hacia la posición del albacea.
—Sí, Alfonso. Usted oyó la voz del doctor en el momento de localizarlo. Sin embargo, cuando lo vio llegar al despacho ya no se encontró a ese hombre incapaz de traicionar a un ser querido.
Esbozó una sonrisa sarcástica, mientras los sentimientos de intuida zozobra fluían en el ambiente. La atención se había concentrado en la figura del doctor, y la tenue e inquiera luz de las velas se afanó en enfocarla para aquella ocasión de penumbra trascendental.
—Con el señuelo de una posible entrevista, mi hijo se hizo pasar por cierto periodista interesado en temas científicos. Así mantuve al honorable doctor entretenido y pegado al teléfono fijo durante el trayecto que yo necesitaba recorrer para llegar a esta casa. Nada más finalizar la conversación, ya junto a la entrada, escuchamos la llamada que usted realizó, cuando lograba comunicarle lo que acababa de descubrir. Esperamos a que Jacobo colgara el auricular para llamar a la puerta. Al abrirla, lo sorprendimos sin que pudiera reaccionar. Conseguimos sedarlo y trasladarlo al laboratorio, donde me puse manos a la obra con la involuntaria ayuda de dos nuevas mujeres, encadenadas en el cuarto insonorizado y destinadas a ser utilizadas en otros experimentos. Luchando contra el reloj, me procuré diversas muestras con el ADN del doctor y borré para siempre de la faz de la tierra todo lo que de vida pudiera existir en aquel cuerpo. Solo quedaba disponer, como otras ocasiones, de cuanto la ciencia me ofrecía.
—¡Jacobo! —apenas fue capaz Alfonso de susurrar el nombre. El terror se reflejaba en sus pupilas.
—No tardé en crear otra persona idéntica: el nuevo doctor Jacobo, aquí presente; lo cual no supuso, por la experiencia ya adquirida, ningún problema en cuanto a la técnica de ejecución. Así fue, señor Rueda, cómo me liberé de la persona a quien usted tanto apreciaba.
Los ojos llorosos de Alfonso se incrustaron en aquel ser, tan idéntico al amigo fallecido.
—¡No puede ser cierto! —exclamó Lucía de forma entrecortada. Y en la profundidad del salón, contemplaba también la derrotada imagen de alguien presente, pero perdido para siempre.
Alfonso deambuló con brusquedad, desorientado. Juan y Lucía lo siguieron con gesto de dolor compartido: la conducta del doctor tenía, por desgracia, ya una justificación inesperada y terrible.
El profesor Luis prosiguió la retórica destructiva:
—Quizá el verdadero y fiel doctor Jacobo habría convocado esta reunión con la mejor intención del mundo. Puede que hasta hubiera brindado por un mundo mejor, consciente de que el peligro ya no les acechaba. —Movió la cabeza con expresión escudriñadora y complaciente—. Lástima que la realidad se muestre tan diferente.
Señaló al clon, con el índice.
—Le instalé antes el chivato; un micrófono para seguir su comportamiento hasta que yo decidiera entrar en esta casa. Reconozco que, salvo algunos detalles, ha representado bastante bien su rol —chasqueó la lengua—; aunque haya estado a punto de echarlo todo a perder, antes, mientras hablaba conmigo por teléfono.
Interrumpió el discurso al percatarse de que el doble extendía los brazos y abría poco a poco la boca, con movimientos más bien mecánicos.
—Estas manos… las visteis manchadas de tierra —manifestó el doble con gravedad—. Sí… Acababa de enterrar mi cuerpo; al verdadero doctor Jacobo.
—¡Jacobo, amigo…! —Alfonso rompió a llorar.
—El profesor Luis —proseguía el clon su confesión— lo había escondido en este salón con la macabra intención de que yo mismo contemplara el cadáver durante horas, antes de trasladarlo al jardín.
—Ya ha podido comprobar, Alfonso —enfatizó el profesor—, que aquel encuentro urgente en el despacho se realizó con esta criatura aquí presente. Eso explica que el doctor quisiera quitarle de la cabeza la consabida intención de avisar a su hermano. Porque entonces sí contaba usted con margen suficiente para demostrar que no se trataba de ninguna broma absurda: se habría producido una posterior actuación policial y el consiguiente final de la organización; es decir, el rotundo fracaso de todos los objetivos que yo había trazado para alcanzar la gloria.
Alfonso se cubrió la cabeza con las manos. Lucía y Juan le acercaron las suyas en un acto de conmiseración. El joven proyectó después la vista hacia el profesor.
—Se supone que debía usted fallecer y cumplir los preceptos de esa secta.
La escueta risa del profesor rezumaba sarcasmo ante el comentario de Juan.
—Siempre me he servido de la organización. A esos necios los engaño y utilizo como quiero. ¿Acaso iba a creerme el estúpido cuento de una gloria en otro mundo superior? En absoluto. La Orden me obligaba a morir y alcanzar un plano superior tras superar quince años de perfeccionamiento y tediosas charlas que el Maestro Jordán dirigía; pero nunca estuve dispuesto a hacerlo por semejante causa.
»En cuanto al hallazgo de mi cuerpo, debía valerme de otro igual para que la organización creyera que había fallecido en la piscina; después de todo, le daba igual la forma en que yo muriera. Así que, auxiliado por Aurelio, me anestesié el brazo y me practiqué una pequeña incisión para conseguir la pertinente muestra del componente genético. Lo demás ya vino solo, con un resultado que, por razones evidentes, no dejó de impresionarme.
»Como es de suponer, aquel clon estaba destinado a vivir muy poco. Cuando lo echamos a la piscina, dispusimos todo de tal forma que no pudiera hundirse antes de tiempo: sabíamos que tú, Lucía, acudirías a la llamada, ignorante del espectáculo que yo te había reservado.
»Nada más marcharte, Aurelio se puso en contacto con la organización y se llevó el cadáver. No solo por borrar toda huella de su cuerpo en la casa, debido a una posible aparición de la policía; sino también para llevar a cabo el ridículo ritual de liberación del alma ante el Maestro Jordán.
Alfonso trató de rehacerse para mostrar la ira que llevaba dentro.
—Usted fue capaz de crearse un doble y asesinarlo…, como asesinó al pobre Jacobo y a otros seres inocentes.
—Sí —dejaba el profesor escapar una sardónica sonrisa, convertida pronto en mueca de reprobación—: Alfonso, cometió un gran error al querer jugar a detectives. Ya sabe que de no haberlo hecho, su amigo ahora viviría.
Contempló al albacea durante unos segundos y continuó:
—Por supuesto, después de lo sucedido el lunes, no ha dejado de beneficiarme la influencia de Aurelio; cada vez mejor considerado como persona de confianza del Maestro Jordán. Mi hermano me facilitó a hurtadillas el mando —señaló el bolsillo donde lo guardaba—. Se supone que es él quien transmite las órdenes esta noche, apoyado por la cúpula de la secta.
Alzó la mirada, a modo de efímero éxtasis.
—Ahora, a punto de marcharme hacia un lugar seguro, mantengo a la organización bajo los designios de mi voluntad.
Y añadió, ya con tono menos ceremonioso:
—No sospecha nada. Desconoce la verdad, excepto que ustedes descubrieron sus actividades secretas.
—¡Desgraciado! No hace más que mentir. Usted no mató al doctor Jacobo. Tan solo lo drogó con... cualquier sustancia para que actuara así —espetó Alfonso.
—¡Vaya, vaya! Busca en esa absurda incredulidad huir de la evidencia —replicó el profesor.
—¡Nos está engañando! Si sus miembros nos vigilaran, como insinúa, le habrían visto a usted antes, al llegar a esta casa. Cuando planeó venir aquí, ni siquiera adivinaba que semejante oscuridad iba a ayudarle; la avería no estaba prevista. Nada de lo que dice es cierto.
— Lástima que su inteligencia no de más de sí en estos momentos. Debe saber, señor Alfonso, que en las instrucciones dadas se contemplaba que un determinado miembro de la Orden se introduciría en el jardín. Así advertiría al retén exterior sobre cualquier intento de huida por ahí, cuando el grupo ejecutor entrara para cumplir la misión. Teniendo en cuenta que el control en el clon del doctor podía desaparecer antes de tiempo y comportarse con la fidelidad del original. No ha despertado, pues, ninguna sospecha el hecho de que yo llegara; por supuesto, camuflado con la túnica característica de la organización para no ser reconocido por ninguno de los miembros. En cuanto a lo del apagón, digamos que se trata de un simple complemento a favor de la causa.
—No puedo creerlo —insistió Alfonso. Y añadió con ahogada dicción—: No. No quiero admitirlo…: ver a mi gran amigo; tenerlo aquí presente… y descubrir que ya está muerto.
Como si despertara de un profundo sueño, el clon del doctor alzó el rostro con aires de trascendencia. Los ojos irradiaban un fulgor especial, bruñido por las lágrimas que se deslizaban sobre las mejillas.
—¡Josefina! —exclamó de repente—. ¡Cuánto la echo de menos! Necesito abrazarla y...
—Ella no tardará en enterarse de su fallecimiento —le interrumpió el profesor con tal sentencia.
—¿Mi fallecimiento? Josefina no tiene nada que descubrir. Yo estoy vivo. Ha de verme de nuevo, con este cuerpo. Usted lo prometió.
—¡Alma desdichada! —el profesor Luis mostró una sardónica sonrisa—. ¡Otro ingenuo del que me he aprovechado!
—¡No! No puede hacerme eso.
—¡Bien! ¡Un clon poniéndome objeciones! Sin duda, Las prisas del momento me impidieron establecer un sistema de control más efectivo. Pero eso no va a suponer ya ningún inconveniente, porque las posibilidades de que sobreviva son bastante escasas.
El doble dio unos torpes pasos.
—Me ofreció una larga vida —exclamó, por fin, de forma atropellada—; convertirme en su perpetuo colaborador. No… quiero morir. Déjeme vivir. No lo delataré.
Rompió a llorar, mientras repetía:
—No lo delataré.
—Yo lo engañé, «doctor» —con retintín—. Se creyó cuanto le había prometido; fue una falsa ilusión, alimentada por la acción ejercida desde el ordenador. En efecto. Somos testigos de cómo está a punto de salir a relucir la verdadera personalidad del difunto doctor; ya sin manipulaciones y consciente de su infidelidad hacia los amigos. Muchos clones se reactivarán a partir del viernes, pero me temo que con usted eso ya no es viable. Además, ha cumplido la misión encomendada para esta reunión. Por eso, debe morir también.
El «doctor Jacobo» miró hacia el suelo. Apenas tuvo fuerzas de retroceder los pasos que había dado, antes de hundirse en la butaca.
—¡Así se pudra en las tinieblas, profesor! —prorrumpió Alfonso. Y la fugaz ira dio paso a una derrotada voz: —Pobre... pobre Jacobo. Cuánto dolor produce contemplar a este desdichado ser mientras empieza a experimentar el mismo padecimiento; el mismo sufrimiento de nuestro amigo.
El clon se inclinó desde el asiento, hasta apoyar la frente sobre las palmas de sus manos.
—¡Qué necio fue siempre usted, doctor, al desear igualarse conmigo! —espetó el profesor Luis—. Quiso aprovechar las enseñanzas del mejor catedrático e investigador del mundo, para así obtener algún día el reconocimiento que no le correspondía. —Elevó el dedo índice acusador—. Ese insensato que están viendo se convirtió en amenaza constante; no por la sabiduría que atesoraba, sino por la detestable envidia de los mediocres. Tanto él como su omnipresente esposa intentaron usurparme el trono y hasta lo más importante para un hombre que detestaba tanto este mundo; el tesoro que yo guardaba con mayor recelo y convencimiento: la sagrada intimidad con Laura; mi querida Laura.
Un súbito abatimiento se insinuaba en aquella fornida figura. Pero se trató de una reacción pasajera, solapada por el regreso del cruel e impasible profesor Luis:
—Señor Jacobo, el único talento que le puedo conceder es el de haberse rodeado de amigos tan frustrados como usted.
—¡Basta! —gritó Alfonso—. ¡Basta ya de tanta ofensa! No se va a salir con la suya. Cuando esta noche tan terrible haya pasado, nadie más se supeditará a tan repugnante plan. Todos viviremos en libertad, a excepción de… —señalaba al clon, atenuando la voz.
Tuvo que inspirar aire para proseguir:
—Me hice la promesa de que le haría pagar la humillación sufrida por Jacobo; aunque se tratara de un simple arrebato: alterar el testamento, la voluntad de un impresentable, desde la situación privilegiada que la profesión me otorgaba. Por eso, cuando me avisaron que había fallecido vi el cielo abierto.
»En estos momentos, profesor, lo contemplo con repugnancia. Ha regresado de una falsa muerte para anunciar la de un gran amigo; pero ese y otros viles crímenes que usted cometió le conducirán tarde o temprano hacia el infierno.
—Se comporta como un estúpido sentimental, señor Alfonso —replicó el profesor Luis. Y añadió con acerada mueca—: Por lo que veo le ha afectado la desaparición de su… amante, el verdadero doctor Jacobo.
—¡Mal nacido!
—¡No, Alfonso! —Juan se vio obligado a sujetarlo, y no lo soltó hasta comprobar que tal ímpetu se había sofocado.
—Bien lo sabemos. El concepto de amistad escapa a su capacidad de comprensión —espetó el albacea, con la respiración aún agitada.
—Quizá. Aunque todo eso carece ya de importancia; la suerte está echada. Ustedes se irán de este mundo y la lectura del testamento, junto a la entrega de la carta al Maestro Jordán, se realizará tal como se había previsto.
—Me temo que ha pasado por alto cierto detalle.
—¿De veras?
—Sí. Por una simple razón: yo debería estar presente en dicha lectura, y no creo que tenga ya muchas opciones de crear un nuevo… Alfonso.
—¡Oh! ¡Pero qué ingenuo! Con este lúcido comentario se agarra a la última piedra de esperanza para no caer en el abismo que lo atenaza. No quiere aceptar la situación y busca ciertas contradicciones que echen por tierra la fiabilidad de mis palabras. Ya ve… Habría asistido a la lectura si la ética profesional le hubiera impedido actuar como lo hizo. Por desgracia me vi obligado a prescindir de sus servicios; a contar con otra persona ducha en asuntos legales, también desconocedora de la verdad, y ante la que debo actuar con precaución. No era eso lo que yo deseaba, pero no disponía de otra opción mejor si quería que se celebrara la reunión del próximo viernes con garantías. Debe saber que Aurelio tiene acceso a los documentos originales, que yo mismo recuperé nada más deshacerme del doctor Jacobo; y, por supuesto, al número secreto de la caja fuerte. De haber marchado todo con normalidad, él se habría encargado de abrirla delante de usted, como acto protocolario para la pertinente lectura de los documentos.
El profesor Luis consultó el reloj.
—¡Escúcheme, por favor! ¿Es que no le queda en el alma ningún ápice de humanidad, ajeno al crimen y al horror? —suplicaba Lucía—. ¿Por qué se empeña en martirizarnos y obligarnos a pagar las culpas de su lucha contra el mundo?
»Nunca he sabido la causa de tanto desprecio; quizá no me perdonó por el simple hecho de nacer y de existir. Créame, siempre he llevado la huella emocional de no conocer a la persona que me dio el ser; de no verla ni sentirla cerca. La he tenido en el pensamiento con la tristeza de una huérfana, falta de cariño. Si ahora le queda un resquicio de bondad en ese atormentado interior, haga que se manifieste de una vez por todas. Usted logró el éxito de la clonación humana. Pero para obtener el reconocimiento mundial, no necesitaba utilizar los terribles métodos que costaron tantas vidas humanas: el mal de los demás no debe ayudar a ensalzar la gloria particular. Y aunque dicha barbarie no tenga por desgracia ya remedio, le ruego con toda la fuerza del corazón que demuestre algo de indulgencia. Detenga para siempre tanta maldad, en nombre del amor que le inspiraba aquella buena mujer; aquella maravillosa esposa; mi... madre Laura —añadió, marcada por la emoción.
—Ni la palabrería ni el lloriqueo te van a servir de nada —objetó el profesor Luis, bajo aquella constante lucha por mantener su huidiza mirada.
Pero el flujo iracundo que desprendía el continuo ambiente barroco, dio paso a una calma tensa; la voz adquiría entonces aires más solemnes:
—Lucía, vas a conocer por fin el motivo de ese desprecio; toda la verdad sobre tu malogrado origen. Vas a descubrir quién eres tú, y también quién diablos soy yo con respecto a ti. Porque en realidad, esas son las dos únicas cosas que faltan por aclarar esta noche.
Vigiló de nuevo la hora. Exhaló aires de meditación; de un silencio que preludiaba otro tono en la voz; pronunciada por un heraldo inédito, sincero y cruel:
—Siempre me he preguntado qué infausto hecho pudo originar tanta turbación, dispuesta a condicionarme la percepción de la realidad. No sabía cómo, pero sentía que en mi interior se iba formando un desconcertante alter ego; una lucha interior entre dos conciencias, donde la más sórdida ganaba terreno. Y esa parte, era la que alimentaba un extraño rechazo hacia las personas. La visión del mundo caía, así, en un mecanismo difícil de imaginar si no se ha experimentado; y contra ello debía luchar.
» Los síntomas no mejoraban con el tiempo, y un invisible personaje me advertía de cierta confabulación contra mí. Me martirizaba, además, que las envidiosas personas del ámbito profesional y social aparentaran ser felices. A ellas no les perjudicaba ninguna clase de traba mental ni ningún desconcertante pensamiento que los sumergiera en un progresivo infierno de aislamiento y desazón. ¿Por qué yo no podía ser también feliz en el día a día? ¿Acaso debía sufrir para que otros pudieran vanagloriarse al usurparme la suerte que a ellos les sonreía? Semejante cavilación no dejaba de obsesionarme, y me enervaba cuando el mediocre investigador de turno posaba para la prensa, convencido de haber logrado algún brillante hallazgo ante el reconocimiento de la opinión pública, no menos mediocre y estúpida. Se me negaba entonces un derecho; una gloria que me correspondía solo a mí. En realidad, me veía incapaz de sentir total satisfacción ante los extraordinarios avances en Genética, todavía llevados en secreto. Quería preservarlos del ignorante y, en no pocas ocasiones, impertérrito juicio de la sociedad, hasta que esta fuera digna de conocerlos. Y todo convergió en el punto de partida para la guerra abierta a la humanidad. Tenía que sobreponerme a cualquier impedimento anímico; vencer a los enemigos surgidos en la misma profesión y, llegado el momento culminante, maravillar al futuro mundo con los efectos de un grandioso descubrimiento.
El rostro le brilló con inusitada amabilidad. Daba la sensación de que un alma más cándida se había apoderado de él.
—Y en medio de aquel caos anímico, aconteció algo extraordinario… Tan especial y distinta a los demás, se cruzó en mi camino; me iluminó como un verdadero oasis en la oscuridad del alma. Porque el amor que sentí al conocer a Laura parecía encauzar aquel desviado curso de aguas turbias y envenenadas.
»Se sucedieron los meses, los años; y junto a ella, seguían intactas las esperanzas de una verdadera curación. A esa mujer, dotada de dulzura y comprensión, no le importaba en absoluto la personalidad que me envolvía.
Había amagado una sonrisa, antes de que se le escapara un mohín de vidriosa mirada. Enseguida, su habla adquirió un matiz ajeno, casi entrecortado:
—Pero la vida, por desgracia, estaba dispuesta a propinarme el bofetón definitivo. Pues esa bendita luz que me había guiado se apagó para siempre un maldito día, y la desgracia se cernió para siempre sobre mi atormentada alma. El armazón emocional, capaz de compensar cualquier estado de frustración ante el mundo que me rodeaba, se desmoronó el fatídico momento en que la pobre Laura fue incapaz de soportar el parto prematuro; un parto innecesario. Sí. Yo fui el único testigo del propio y definitivo hundimiento hacia los infiernos, en aquella aciaga habitación de la casa, mientras ella moría con lentitud. Así se gestó el verdadero calvario; el definitivo odio por cuanto me rodeaba.
—Siempre usted me rechazó y despreció… —balbuceaba Lucía. Después las palabras sonaron más marcadas—: Me echó la culpa del fallecimiento, porque sin mi existencia ella seguiría viviendo. En el fondo yo siempre lo sospeché. Confiéselo ya.
El profesor rehuía, ahora con mayor evidencia, los ojos acusadores de la joven. Tardó unos segundos en responder; recuperó entonces el lacerante tono:
—Sí. Aunque no en la forma que crees. Y es justo ahora cuando viene la revelación que te tenía reservada, Lucía; una sorpresa nunca antes experimentada por ti.
Cabizbajo, dejó transcurrir otro escueto silencio.
—En aquella dramática situación —prosiguió, solemne—, no solo me encontraba ante el cuerpo sin vida de Laura; tenía también delante un feto abortado, sin el menor rasgo de animación. Ya ves, Lucía. Ese bebé nunca sobrevivió al parto.
—¡Oh, no le comprendo! ¡Si fue ese el momento en que yo nací! ¡Está claro que sobreviví!
—Ignóralo, Lucía —la exhortó Alfonso.
—No se produjo ningún nacimiento con éxito. Te lo puedo asegurar —enfatizó el profesor Luis.
—¡Dígame, se lo ruego! ¿Quién soy yo, entonces?
Acompañada por el sonido de la respiración, las palabras de Lucía se deslizaron después con voz más baja:
—¡Por Dios! ¿Cuándo y dónde nací?
—¡No! —Juan amagó el gesto de taparle los oídos.
—Aquel día —continuó el profesor Luis— comprendí que había llegado el momento de realizar el gran experimento; el más importante de todos, ya con ciertas garantías de éxito. Debía darme prisa en congelar alguna zona del organismo de Laura, antes de que sus células se murieran para siempre. Existían los suficientes precedentes en investigaciones con animales, cuyos resultados fueron muy satisfactorios, y eso sirvió de acicate para intentar la anhelada proeza; pero necesitaba un nuevo laboratorio y el apropiado equipo técnico para ello.
»Aurelio, que ya pertenecía a la Orden, me presentó al Maestro Jordán, a quien puse al corriente de los motivos personales que me inducían a actuar con premura. Él había extendido una red en varias partes del mundo, constituida por personas dotadas de gran nivel económico, con la estrategia y seducción propias de un líder. No tardó en asociar mis pretendidos experimentos de clonación con el futuro plan de la organización: el destinado a dominar, al cabo de los años, nada más y nada menos que a toda la humanidad. Por ello no dudó en facilitarme todo lo que yo necesitara, valiéndose de influencias no percibidas por la opinión pública.
»A partir de ese momento me jugaba dos objetivos esenciales: necesitaba primero crear un ser nuevo, idéntico al de Laura; devolver la vida a la persona que tanto amaba para escapar del acechante infierno de desesperación y abatimiento. Por otro lado, estaba el prestigio profesional de conseguir la primera clonación humana perfecta de la historia; el paso definitivo hacia la consagración.
»Con la complicidad de Aurelio, oculté tanto el fallecimiento de la madre como del bebé hasta que todo estuvo dispuesto. Ya en el nuevo laboratorio me puse a trabajar sin mayor dilación. Había conseguido comprar los servicios de dos mujeres de dudosa reputación que debían realizar las respectivas funciones de madre biológica y madre portadora. Les inyecté un sedante para facilitar aquella operación, ya de por sí dificultada por la incertidumbre del momento. Las horas siguientes fueron tensas, mientras sufría con solo pensar en la posibilidad del fracaso. No me podía permitir ningún fallo de consecuencias irremediables; era preciso actuar con firmeza y fe ciega en las posibilidades que la ciencia ofrecía.
»Fui capaz de superar la primera prueba y traspasar el feto, formado con las células de Laura, a la matriz de la madre portadora; había ganado una batalla, aunque era consciente de que aún quedaba mucho camino por recorrer. El siguiente objetivo consistía en mantener y acelerar el proceso de gestación hasta provocar el parto. Recé y recé; imploré por un final feliz, hasta que llegó el momento esperado. Embargado por la emoción, pensé que las prerrogativas habían surgido efecto; aquel nuevo ser, con su llanto, confirmaba que el camino estaba bien encauzado. No obstante, quedaba el último y definitivo paso: verificar la composición genética e instalar en el recién nacido el pequeño microprocesador de control. Se trataba de provocar un crecimiento muy acelerado, hasta detenerlo a la edad teórica; la que ella tenía cuando murió.
Inspiró aire con profundidad, antes de pergeñar un gesto de lamentación.
—No fue posible. Por desgracia, detecté en el ADN del bebé irregularidades incomprensibles a primera vista. Se produjeron diversas diferencias genéticas que resultaron ser determinantes. Entonces comprendí que había fracasado en aquel gran experimento. Me sentí derrotado, a sabiendas de que nunca más iba a recuperar a Laura. Me vi de esta forma obligado a anunciar su muerte por parto prematuro y mostrar con hondo pesar al supuesto fruto de nuestro amor: una niña nacida de aquella maravillosa y malograda mujer, cuando en realidad no se trataba más que del fallido doble; una criatura semejante, pero que nunca se convertiría en la persona original. Y a ese clon le puse el nombre que siempre representó la imperfección, la desolación y pérdida de toda esperanza; un continuo tormento, convertido en el compañero de esta constante locura: Lucía.
Paralizada, la joven inició un lloro entrecortado, como si el sollozo se ahogara en la misma pena.
—¡Lucía! —Juan la sujetaba alterado.
—¡No le escuches! —Alfonso se acercó raudo a la joven—. Sus palabras solo desprenden mal y desdicha.
Por el rostro de la joven se deslizaban ya unas desconcertadas lágrimas.
—¡No! ¡Es mentira! —masculló, mientras se contemplaba las manos. El sollozo surgía ya, fiel reflejo de la desazón acumulada.
El profesor Luis sustituyó su despiadada complacencia por una mueca acusadora, para sentenciar con pausada cadencia:
—Así surgiste tú, como símbolo de la irreparable pérdida y abanderada de tan inmensa frustración. Porque, en realidad, ella no desapareció al morir en aquel fallido parto; se fue de mí para siempre cuando la suplantaste para inundar de sombras el horizonte. Desde entonces, la sinrazón me invadió el alma; juré hacerte pagar todo el sufrimiento con desprecios y humillaciones. Pude haberte destruido desde un principio, y en multitud de ocasiones; no obstante, dejé que crecieras condicionada por el sufrimiento durante la infancia. Nunca me interesó utilizar el microprocesador para modificarte el pensamiento, pues deseaba que sintieras el desprecio de la inhóspita familia; bajo una percepción, digamos…, natural. Aunque ya me había ahorrado la espera de tus primeros siete años de vida al forzar el correspondiente desarrollo… Y en semejante estado de enajenación y soledad seguía maldiciéndome por la irreparable torpeza cometida; por el imperdonable descuido al no conservar suficientes muestras del componente celular de Laura. Ya que, de haberlo hecho, con toda seguridad habría podido recuperarla con una clonación exitosa en cualquier intento posterior.
—Esa fue la causa de mi amnesia infantil —dijo Lucía, ahogada por las palabras.
Apoyó la cara sobre el hombro de Juan. Mientras tanto, y ajeno a todo, los ojos rojizos del «doctor Jacobo» delataban su reforzada lucha interior.
El profesor se alejó unos metros, como si buscara los límites de la macilenta luz y la oscuridad.
—Aun acosado por semejante locura, traté de sobreponerme al impacto recibido. Necesitaba resarcirme de aquel primer intento fallido; de haber sido privado del amor y la felicidad para el resto de mis días. Me rebelé con todas mis fuerzas, y esa misma desesperación fue la que me dio más alas para rectificar los fallos cometidos. Por desgracia ya era tarde para recuperar a Laura, pero obtuve, después de noches de frenesí e insomnio, efectos satisfactorios; tanto por los resultados del ADN como por el proceso de crecimiento de otro clon. Y a esa clonación siguió una más controlada; y después otra y otra, cada vez mejor, hasta lograr por fin la definitiva: el camino furtivo hacia la culminación de todo mi trabajo como científico, con destino a la ansiada gloria personal.
»Entre éxitos profesionales y fracasos emocionales, me vi sumergido en un delirio definitivo e incontrolable. No solo no me importaba la dignidad humana; tampoco sentía ningún reparo en cometer los crímenes necesarios. Y todo ello, sin dejar de tomar precauciones al utilizar personas solitarias, a quienes nadie iba a echar en falta.
Se acercó al destello de las velas, delatoras de la sonrisa enigmática que dibujaba. Su dedo índice apunto a uno de los pábilos, como si quisiera culparlo en un imaginario veredicto.
—Había llegado la hora de vengarme del destino; de la sociedad circundante, con la convicción de que nadie tenía derecho a decidir por sí mismo; ni siquiera a existir —añadió titubeante—, si ya no podía hacerlo la persona a quien más yo necesitaba.
Se dirigió a Lucía para concluir:
—Y te lo repito: en esta situación no hay casualidades, sino culpables.
—No cargue las culpas sobre esta pobre inocente —le reprobó Alfonso—. Usted mismo ha confesado su error de previsión.
Hizo el profesor oídos sordos, y declaró:
—Nadie sabe el impacto que me produjo verte de nuevo la otra noche a través de la cámara, en la piscina del chalet; y cuánto me roe por dentro el tenerte ahora enfrente de mí. Eres tan parecida a ella; y también, tan extraña.
Intentó evitar una vez más la mirada de Lucía.
—Te había hecho sufrir de niña —continuó—, pero no quise mantener la situación más tiempo. A la edad teórica de diez años te envié fuera de casa. Quería olvidarme de ti, pero la idea de tu imagen evolucionada, de aquellas facciones fundiéndose cada vez más con las de Laura, me perseguía sin cesar. Volví a verte tan solo en las visitas ocasionales de cortesía con doña María, que yo consideraba una especie de castigo añadido tras las secuelas de la frustrada clonación. Y mira. Aun así, nunca dejó de rondarme la idea de una venganza; de un definitivo resarcimiento. Como habrás comprobado, propicié tal ocasión el pasado lunes, la fecha en que yo debía ser sacrificado para la causa. Y debes agradecer a Alfonso, por la imprudencia cometida, que se vaya a culminar esta noche de manera más tajante.
—¡Basta ya! —alzó este la voz.
—¡Oh, Dios mío! ¿Quién soy?
Lucía rechazó por un momento la imagen de su vestido, de los brazos y las piernas; como si pertenecieran a otra persona.
—Él quiere mortificarnos; hundirnos la moral. Nuestros destinos no pueden estar en manos tan perversas —insistió Alfonso. Luego se concentró en los sutiles cambios de expresión del clon, a punto de hablar: una imagen golpeada, como hierro forjado, que atravesaba las afligidas gafas del albacea.
—Lucía…, fuiste creada así —sentenció el «doctor», con tono sereno—. El profesor dice por desgracia la verdad.
Otra lágrima femenina se desprendió, rezagada e iluminada de refilón por las llamas. Juan le dio un beso antes de abrazarla.
De súbito, Alfonso se aproximó a la joven pareja con expresivos movimientos. Intentaba recuperar aquella sabia y entrañable aura tan característica, mientras se rebelaba ante el sufrimiento.
—¡Lucía!
Apenas giró ella la cabeza, susurrante.
—Escúchame. Préstame atención, por favor. Lo sé… Veo normal que te deprimas; que sientas de sopetón un gran golpe anímico. Bien, pues yo te digo que tienes motivos de sobra para saltar de alegría.
Ella había alzado la mirada con lentitud, para posarla sobre el albacea.
—Porque eso significa —prosiguió Alfonso— que no existe ninguna relación biológica con este miserable. Nada tienes que ver con él ¿Es que no te das cuenta? ¡No es tu padre!
—¡Cierto!... —exclamó Juan— Alfonso ha dado en el clavo, cariño. No podías haber recibido mejor noticia, a pesar de las amenazas del profesor. Y para mí siempre serás la misma persona.
—Además —subrayó Alfonso—, debes tener en cuenta algo primordial. Ahora más que nunca, vas a lucir orgullosa la evidente vinculación que mantienes con tu madre; el mismo profesor lo ha explicado: fuiste creada a partir de su composición genética. ¿Y qué mejor prueba que unos rasgos tan similares?
Lucía había reflejado en el semblante la especulación sobre la propia existencia. Emergida ya de cualquier pensamiento de identidad, del silencio profundo, suspiró antes de mostrar una sonrisa gradual. Los ojos vidriosos desprendían ahora un brillo nuevo; también su voz:
—¡Oh, cielo santo! La verdad cruel se ha convertido en la mejor noticia, y mi lloro en felicidad. Sí…, Alfonso, Juan, vuestras palabras me han devuelto la vida.
Su rostro adquirió mayor firmeza, hasta que, impulsada por aires invisibles, se aproximó al profesor.
—Míreme… míreme bien a la cara si tiene fuerzas para ello. Ya lo ve... Me he desligado por fin y para siempre del terrible pasado que usted estableció con ánimo de destruirme. Sin quererlo, se ha presentado en esta casa para curarme los males, después de tantos momentos de tensión y amargura. Quería atestarme hoy el último golpe afectivo antes de que... yo muriera... Pero ahora ha renacido con fuerza la esperanza de librarme de esta pesadilla; de que nadie entre por esa puerta, perdida en la oscuridad.
Se dio la vuelta y retrocedió hasta la posición de Juan y Alfonso. Allí concluyó:
—Profesor, se lo digo con la cabeza bien alta: usted ya es alguien ajeno a mí.
Juan y Alfonso celebraron la valentía de Lucía.
—¡Muy bien! ¡Muy bien! —prorrumpió el profesor Luis— ¡Perfecto! Créanme. Prefiero verles esperanzados y convencidos de que ya nada va a ocurrirles, celebrando ese nuevo horizonte existencial para Lucía. Porque así más duro será el golpe ante la realidad inminente que tratan de obviar: la aparición de miembros de la Orden, dispuestos a silenciar sus sentimientos para siempre.
Se produjo un súbito silencio. Todos concentraron la atención en el clon, que se había puesto de pie: se desplazaba con lentitud y alzaba las temblorosas manos.
—¡Déjenos vivir! —rompió a llorar.
Alfonso lo abrazó con vehemencia.
—¡Cuánto siento haberos traicionado!
—¡Querido Jacobo!
Alfonso contenía el sollozo. Al rehacerse, apenas giró la cabeza y pronunció un soliloquio breve, quebrado; como el actor que se dirige al público situado detrás de él:
—Ahora, que se ha disipado el efecto ejercido sobre este pobre ser, es cuando más creo tener delante a mi amigo.
—¡Alfonso! ¡Lucía! —vaciló el doble.
La joven dejó caer sus manos sobre las pequeñas ondulaciones canosas del «doctor», más accesibles que nunca. Él masculló unas palabras antes de escudriñar la siniestra y penumbrosa figura del profesor Luis. Respiró hondo, mientras levantaba el brazo, despacio, y lo señaló con el índice.
—Puedo ya proclamar, sin tapujos, que este hombre es un asesino —sentenció, ya con voz más resuelta—; él me destruyó para crearme después y llevar a cabo el mortífero plan. En estos momentos me encuentro aquí; dispongo ya de toda la libertad de acción y conciencia. Y resulta muy triste contemplar la oscuridad de esta casa; el mismo lugar donde he compartido con Josefina tantos días felices ¡Oh! ¿Qué será de ella cuando regrese de Francia, si no me encuentra ya a su lado? ¡Qué realidad tan diferente de haber yo sobrevivido!; habría entonces motivos para brindar con las cuatro copas, repletas de champán. Por desgracia pendemos de un hilo, bajo el dominio de alguien tan miserable y ruin.
»Si esta noche la fortuna no fuera esquiva, vosotros mantendríais siempre la ilusión por existir, a sabiendas de que poseéis una vida natural; y tú también, Lucía... En cambio, yo debería superar el peso de vivir bajo este nuevo soporte físico; idéntico al original, pero ajeno.
En el rostro se reflejó una momentánea irritación.
—Profesor, ¿acaso le sorprende que este clon creado por usted hable ya sin coacciones; que su antiguo y despreciado alumno haya salido de la tumba para removerle la conciencia?
»Nadie sabe lo que he sufrido estas últimas horas, al conducir a personas que llevo en el corazón hacia la trampa mortal. Ahora sí soy capaz de expresar el terror que me producía la escena de cuando yo era enterrado por estas mismas manos... en el jardín. —Se las contempló, temblorosas—. Me consideraba esclavo de cada movimiento, mientras hundía el cuerpo del doctor Jacobo: mi cuerpo. Los rastros de tierra representaban la culminación de un horroroso final, en el que había sido obligado a participar. Y si terrible se presenta una muerte no deseada, mucho peor es la imagen de la propia destrucción, consciente de que vas a sobrevivir para sufrirla. Queridos amigos, yo no quería ya percibir más sensaciones. El alma atormentada luchaba por despegarse de la nueva materia, impuesta con tan despreciables artes. Participé en aquel infierno, sin remedio.
—¡Cuánto has padecido! —El desaliento de Alfonso dio paso a un espontáneo gesto de firmeza—: Has de saber, Jacobo, que el camino de nuestra amistad no ha sido borrado a pesar de todo. Y va a seguir indemne; te lo aseguro.
—¡Oh, amigo! —el clon del doctor apuntó una escueta sonrisa— ¡Quien pudiera creer tal afirmación!
Había regresado la adusta expresión en su rostro. Cerró los párpados; y cuando los abrió fue para exclamar:
—¡Qué ironía encierra este momento! Es ahora, al recuperar la libre existencia del espíritu y la conciencia, cuando puede truncarse mi renacida ilusión por vivir.
—Escúchame, Jacobo... Debemos unir nuestras fuerzas para vencer a este ser engendrado en el mal. No vamos a permitir que se salga con la suya, ahora que el control establecido ya no te afecta. Antes, cuando hablabas por teléfono, deduje por los movimientos de la boca que una extraña anomalía se había apoderado de ti. Desde entonces, tuve que luchar contra la evidencia de una traición.
—A ese clon sin personalidad se le olvidó que tenías una hija sordomuda; que habías aprendido a comunicarte con ella —manifestó «Jacobo».
—Sé que… está enterrado ahí afuera, en el jardín. Pero me resulta difícil describir la emoción que experimento ahora, como si nada hubiera ocurrido; la alegría al comprobar que tu alma sigue aquí con la fidelidad de siempre —Alfonso le agarró las manos con fuerza.
—¡Oh! También yo tengo la certeza —intervino Lucía, con tono afectado— de que se encuentra junto a nosotros.
—Amigos, ojalá fuera posible disfrutar durante muchos años de vuestra compañía. Y nada me haría más feliz que oír a Josefina dar toda clase de detalles tras regresar de Francia, sin tener que ocultarle la verdad. Pero, insisto, el profesor Luis supone un serio obstáculo —el clon del doctor agachó la cabeza.
—Debemos tener fe, Jacobo —dijo Alfonso.
—Lamento interrumpir tan emocionante reencuentro —intervino el profesor Luis—; estos instantes impregnados de amistad y lealtad mutua. Les comunico que ha llegado ya el momento de la verdad. Cualquier refuerzo moral alimentado por esta fe en la supervivencia va pronto a derrumbarse; y eso puedo asegurarlo...; salvo que la providencia les ayude con la exigua posibilidad de salvación que antes les brindé.
Dejó escapar una risa, fugaz y acerba, antes de afirmar:
—Queridos, la verdadera cuenta atrás ha comenzado.
—¡Por favor! Terminemos ya con esta pesadilla —imploró Lucía.
—Perfecto. Vamos a finalizar con el tiempo justo para realizar el último brindis.
—¿Con usted? —espetó Alfonso.
—Sí. Y se lo advierto: no permitiré que nadie se mueva de aquí mientras haya una sola gota de champán. Ustedes brindarán por unas infundadas esperanzas; yo, por su destrucción.
—Quiero ver ese dichoso artilugio —exigió Alfonso, en un ademán de acercarse al profesor Luis. Juan volvió a sujetarle.
—¡Estúpido!, demorar el brindis es una imprudencia —replicó el científico—. Eso no conviene a nadie. Y ya lo dije: no pienso retrasar la hora.
—¡Por el amor de Dios, brindemos ya! ¡Quiero salir de este salón! —Lucía se mordía los labios.
—¡Perfecto! —Alfonso señaló la cubitera con irónico semblante—. Bebamos entonces de una puñetera vez. Aunque ya no queden muchas burbujas, servirá para la ocasión.
En aquel vaivén entre decaimientos y resurgimientos del estado de ánimo, emergía un inopinado destello en los ojos del «doctor»; su semblante comenzaba a irradiar serenidad. Alzó poco a poco la mano, amagando hablar.
—¿Qué sucede, amigo? —inquirió el albacea, con ralentizada expectación.
—¡Cuánta razón tienes, Alfonso! —susurró el clon. Después inhaló aire con decisión—. ¿Por qué renunciar a la vida y a la felicidad? No. No voy a dejarme vencer por el infortunio. Ahora estoy dispuesto a luchar, porque poseo capacidad de decisión.
—¡Jacobo, eso es lo que deseaba oírte decir! —celebraba aquel, sonriente.
El «doctor» respondió con un gesto y anduvo unos escasos pasos.
—Sí. Hay motivos por los qué brindar. Y será mejor que nos apresuremos. Acerquémonos a la mesa.
A medida que se aproximaban, las velas alumbraban más la expresión burlona del profesor Luis.
—Coged vuestras copas. —El clon sacó la botella de la cubitera y distribuyó parte del champán que quedaba, pese al ávido y tembloroso pulso. El profesor se la quitó después de las manos para servirse el resto.
La emocionada voz del «doctor» fluyó sin dilación:
—Queridos Alfonso…, Lucía…, Juan…, que la providencia nos proteja y convierta este brindis, anunciado al carecer de voluntad, en el inicio de una esperanza cumplida; de un mundo de amistad y lealtad encarnadas en nosotros. Alcemos, también, estos cuatro símbolos de la vida, con la esperanza de que Josefina sepa aceptarme… tal como soy ¡Bebamos!
—¡Bebed! ¡Bebed! —exclamó el profesor Luis mientras ellos consumían las copas—, que yo brindaré por la expansión de otra sociedad, manipulada y sumisa ante los designios de mi oculta voluntad.
La expresión acerada cambió de súbito, y la voz perdió por un momento firmeza:
—Ofrezco por último esta Quinta Copa al destino, para que un día me lleve a ese lugar, allí donde me espera Laura, mi verdadera Laura, y me libere de tan infernal locura para siempre.
Pero el genuino profesor Luis regresó enseguida del trascendente escondrijo para beber un trago precipitado y mirar el reloj de soslayo.
—Ha llegado la hora. Debo irme de aquí; ellos están a punto de entrar. Les dejo solos, ante el devenir ya escrito de los acontecimientos. Adiós.
Tiró la copa al suelo, lejos de la mesa; se formó así el oculto crepitar de pequeños cristales rotos y piedrecitas esparcidas de la ornamentación. Corrió entre la lobreguez del salón en busca de la túnica que antes había dejado en el suelo. Se adivinaba, después de recogerla y ponérsela, su veloz movimiento hacia la ventana. Salió por ella para perderse en la oscuridad del jardín.
Capítulo VI
Juan abrazó a Lucía. Ahora más que nunca hacía gala de su instinto de protección.
— No podemos quedarnos encerrados. Echemos a correr. —exclamó ella.
—Imposible —intervino «Jacobo»—. El profesor no mentía; doy fe de ello. No dispondríamos de tiempo ni fuerzas para escapar.
—Llamemos a la policía desde el piso de arriba —profirió Alfonso—. Disponemos de mi móvil nuevo. Subamos.
—¡La ventana!¡La puerta! ¡Cerrémoslas! —apremió Juan.
—Él me obligó a inutilizar todas las cerraduras —recordó el clon—; por eso Alfonso no pudo cerrar antes. Será mejor que me sigáis. ¡Deprisa!
Recogieron las velas y corrieron hacia la escalera. Cuando habían avanzado varios peldaños, Alfonso se detuvo.
—¡Maldita sea, me he dejado la chaqueta! Ahí tengo el…
Sin pensárselo, tomó un candelabro. Corrió peldaños abajo y cruzó el salón, mientras sorteaba el riesgo a cualquier caída: se intuía el latir del corazón, como voz solista acompañada por los sigilosos coros de angustia que provenían de la escalera. Cogió por fin la prenda y regresó raudo a la posición del primer escalón.
—¡Vamos! —dijo entonces con respiración agitada.
Mientras subían, las llamas de las velas producían un dibujo trémulo, cada vez más lejano e incompleto. La oscuridad total impuso después su rigor, encarnado en preludio de sentencia o salvación; palpables en aquella noche de verano...
Surgieron varios cánticos lejanos, que adquirían mayor intensidad a medida que se aproximaban: eran voces monódicas y graves. Entre ellas se mezcló, repentina, la arrastrada huella sonora de la puerta al abrirse, más delatora que nunca. Las primeras figuras, envueltas en túnicas blanquecinas, quedaban iluminadas por pequeñas luces rojas de luctuoso sello. Entraban con lenta marcha y ocultaban los rostros bajo las telas: apenas se distinguía la parte inferior de los cuerpos, que parecían flotar en la negrura. El desfile discurría ya como un río de curso ascendente sobre la escalera, hasta desvanecerse después con los últimos reflejos. Los ecos de letanía vocal se perdieron cuando el macabro deambular se deslizaba ya por el piso superior…
El salón, rebelado contra el eclipsado transcurrir nocturno, salía al fin airoso en su particular lucha contra la oscuridad. Mostraba de improviso las mejores galas: el ventilador volvía a girar. Sobre la mesita, la documentación se había convertido en un lecho de papeles fríos y abandonados, de muda revelación. Allí seguían impertérritas la botella vacía de champán, las cuatro copas que habían sobrevivido al brindis y, hecha añicos, la quinta pieza, tan reservada para la ocasión.
El ambiente adormecido se vio alterado por las sirenas de coches que llegaban a toda velocidad. La policía irrumpió en la ya iluminada estancia.
—¡Por la escalera! ¡Rápido! —exclamó un sargento. Y, mientras señalaba las cortinas de la cocina, ordenó a dos agentes que se dirigieran hacia allí.
Poco después, varias voces dieron el alto. Se escuchó un estruendo, reflejado en estelas descendentes de olor a pólvora y muerte indefinida. Los agentes que se encontraban en la cocina subieron raudos al piso de arriba, junto a un refuerzo que entraba en aquellos momentos...
La incierta soledad, que había regresado al cesar los disparos, quedó salpicada por unos murmullos lejanos que se aproximaban. Un hombre con bigotes, bajo y delgado, apareció de forma acelerada; hablaba por teléfono móvil:
—Sargento, soy Ramírez. Me encuentro ya en la casa... —Chasqueó la lengua, moviendo la cabeza con resignación—. Entiendo… ¿Y los asesinos?... Ya…
El rugido de otro vehículo irrumpió entonces en el salón. Había finalizado el oficial la conversación telefónica, cuando se giró hacia la puerta de entrada.
—¡Señor Julián!
—Inspector…, dígame por favor… ¿Sabe algo de mi hermano? —inquirió el recién llegado, cauteloso. Guardaba con Alfonso Rueda cierta similitud en la mirada y abundante pelo canoso.
El oficial mostró cierto tono de comprensión:
—Desconozco todavía qué suerte ha corrido. Me disponía a subir…
Dos agentes descendían en aquellos momentos la escalera. Intercambiaban frases a modo de confesión:
—Una persona asesinada… Jamás lo olvidaré.
—Podía haber sido incluso peor, compañero. La verdad es que esas túnicas imponían… ¡Ah, inspector Ramírez! —exclamó este policía al verlo—, ya baja el sargento con los supervivientes.
Surgió entonces una voz invisible, de lento ritmo, que aceleraba aún más el inquieto deambular de Julián:
—Tranquilícense. Todo ha finalizado. Vengan. Vengan. Despacio...
El sargento se asomó al pequeño rellano superior que se divisaba desde el salón. Daba la sensación de custodiar una escultura movible que representara a dos jóvenes cabizbajos, cogidos del brazo; a dos amantes, héroes ante la furia de los dioses. Fueron segundos eternos de espera antes de que la sombra del otro superviviente, originada por las luces del piso de arriba, empezara a divisarse; marchaba poco a poco, como apesadumbrada y temerosa de ser descubierta. El hombre, cuya indefinida figura se había proyectado, atravesó el umbral de lo visible y enfiló la escalera con semblante desconcertado, escoltado por dos policías más.
—¡Alfonso! —las expresivas pupilas del hermano se profundizaron al compás de sus palpitaciones.
—¡Julián! —respondió aquel con energía renacida y repentina. Aceleró el paso al descender la escalera.
Los dos se abrazaron, sollozantes. Y se contemplaron en una especie de ceremonia existencial: manifestación física de dos almas gemelas que habían superado la amenaza de la separación definitiva entre ellas.
—¡Tú ya me lo advertiste! —se reprochó Julián, mientras su pelo rozaba las gafas de Alfonso—. Si te hubieran asesinado no me lo habría perdonado.
—Pues ya ves, hermano. De nuevo estamos juntos, dispuestos a seguir bromeando durante muchos años ―dibujó una leve y amable mueca. Pero la huella de la tristeza volvía a emerger entre las palabras—: Aunque… no todo ha salido bien. Mi pobre amigo Jacobo ha muerto.
Se escurrieron nuevas lágrimas bajo sus gafas intelectuales.
—Inspector Ramírez. —se presentó este—. No saben cuánto celebro poder saludarles después de todo lo sucedido.
Alfonso le dio la mano con agradecido semblante.
—Sí. Hemos vuelto a nacer —manifestó Juan, que besó la frente de Lucía.
—Se ha actuado con la mayor rapidez posible —dijo el oficial.
—¡Ustedes nos han salvado! Nunca… había sentido la muerte tan cerca —Lucía rompió a llorar.
—¡Pobre mujer! —movía el inspector la cabeza.
—¿Quiere usted un poco de agua? —le ofreció Julián, ya más sereno.
—No. Gracias —una suave sonrisa se desprendía de la joven.
—Si me permite un consejo…, intente olvidar cuanto antes lo sucedido esta noche.
Lucía lo observaba. Y se dirigió a él, en un evidente intento por recuperar el habitual tono sereno de perspicacia femenina:
—Creo que se asemeja mucho a su hermano. Son muy buenas personas.
Después del escueto intercambio de miradas complacientes entre Julián y Alfonso, este señaló:
—Antes de nada, inspector, debo advertirle que hay más miembros de la secta; quizá estén escondidos dentro de la iglesia en ruinas. Y no muy lejos de aquí, se encuentra el artífice de toda esta locura que todavía ustedes desconocen. Salió por esa ventana; da al jardín. Aunque muy bien podría haber escapado a través de la verja.
Y afloró en él de nuevo la tristeza al añadir:
—Además, una pobre víctima suya está enterrada allí...
—Ya han oído. Rastreen el jardín y esa iglesia —ordenó el oficial a varios agentes situados cerca del oficial—. Sí —respondió a Alfonso mientras se acariciaba la barbilla—. Nos queda mucho por saber acerca de este asunto. Resulta evidente que nos encontramos ante un caso especial, en el que todo resulta confuso: la aparición de miembros de una organización asesina, encapuchados con túnicas; la botella y esas copas tan llamativas; los cristales rotos en el suelo; el cuerpo que acaba de mencionarme.
—Soy consciente de que revelar toda la verdad sonará a devaneo; a historia fantasiosa. Pero le aseguro que…
—No pase pena por ello, Alfonso. Tan pronto haya examinado a todos los cadáveres, les tomaré a ustedes declaración y actuaremos en consecuencia; según las instrucciones que nos dicte el Ministerio de Interior. —Vio como Julián asentía—. Y ahora espérenme por aquí; tendrán muchas cosas de qué hablar y yo bastante tarea aún que realizar.
El oficial subió las escaleras, junto al sargento y a otros agentes.
En la atmósfera, ahora más familiar y recogida, brillaba la exclamación inmediata de Julián:
—¡Por Dios, hermano…!
Tras repetidas muestras de afecto y un solemne silencio, Alfonso confesó:
—Yo había perdido la esperanza de que te lo tomaras en serio. Traté de ponerme en contacto de nuevo contigo, en un desesperado último intento; pero fue en vano. El profesor Luis se quedó, además, con mi móvil. Disponía del otro, del nuevo…Cuando fui a utilizarlo, allí arriba, agobiado por la llegada de esos asesinos, no fui capaz de introducir la clave para desbloquearlo y comunicarme con la policía. Comprendí entonces que ya era tarde.
—Alfonso, recibí otra llamada: el pelmazo de turno, que me entretuvo más de lo que deseaba. Después intenté enviarte un mensaje al número habitual; reconozco que para seguir la supuesta broma. El hecho de que no me respondieras me extrañó, aunque pensé al principio que estabas ocupado.
—Ya… Creo que el profesor desconectó el tono al quitármelo; por eso no lo oí. En cualquier caso, este hombre confiaba mucho en tu incredulidad.
Lucía caminó unos pasos, meditabunda.
—Será difícil olvidar aquella melodía monótona y tétrica; el horrible desfile de túnicas y luces rojas que se aproximaba. El doctor Jacobo sacrificó su seguridad y nos señaló una buhardilla situada al fondo del pasillo; lugar al que renunció por tratarse de un escondite reducido. ¡Pobrecillo…! No pudimos evitar el sufrimiento al escuchar sus gemidos de desesperación cuando le descubrieron los criminales. —La emoción impidió que ella continuara su declaración.
—Sí —añadió Alfonso, cabizbajo—. Nos convertimos en desgraciados testigos al comprobar que su alma se perdía para siempre; como antes hiciera el propio cuerpo, sepultado en el jardín.
—No lo entiendo. ¿Qué relación hay entre la muerte de este hombre; entre su alma y el... cuerpo enterrado afuera?
—Se trata, hermano, de una cuestión difícil de aceptar y creer —enfatizó Alfonso—. Hoy he experimentado el horrible trance de perder a mi amigo dos veces consecutivas... Sí. Aunque suene a galimatías, pronto lo entenderás.
—Desde luego es desconcertante.
—Cada lugar de este salón cae sobre mí con el peso de los recuerdos recientes. —Volvió a bajar la cabeza—. ¡Pobre Jacobo!
Julián le sujetó con fuerza.
—Tan pronto salga a la luz lo sucedido —intervino Juan—, se producirá con seguridad un gran impacto social.
Alfonso se dirigió de nuevo a Julián con renovada firmeza:
—Así es, hermano. Nosotros poseemos las pruebas; unas copias. Ven... Están en esa mesa de centro. De momento, te las voy a mostrar por encima. Después, cuando conozcas todos los detalles, comprenderás mejor el origen de semejante crueldad. Tan solo te adelanto que estas personas murieron como pobres conejillos de indias... ¿Ves…?
—¡Oh, cielos! ¡Pobre gente! Solo un monstruo es capaz de llevar a cabo semejante atrocidad.
—Cierto. Al margen de que la policía vaya a examinarlos, algún científico cualificado deberá ratificar la veracidad de la versión que vamos a exponer; sobre todo ahora que, por desgracia, no podemos contar con el testimonio del doctor. —Alfonso volvió a colocar los documentos en la mesa.
—No cabe duda de que así se hará —contestó su hermano.
Regresaron al lugar donde se encontraban Lucía y Juan; como si ello fuera necesario para que Julián digiriera lo que acaba de contemplar.
—¿Cuándo comprendió que Alfonso hablaba en serio; que corríamos verdadero peligro? —inquirió Juan a Julián; Lucía asentía al respaldar tal pregunta.
—Reconozco que me sorprendí bastante por lo bien que se había esmerado en la supuesta representación. Quería convencerme de que nunca bromearía en un asunto así, al hablar de cierta organización y unos crímenes descubiertos horas antes... Y a pesar de ello, yo seguía impasible; sin decidirme a actuar.
»Cuando más me ahogaba en aquel mar de dudas, me vino a la memoria el sueño que tuve en cierta ocasión: eran escenas ya olvidadas, percibidas a modo de advertencia. Nunca había hecho demasiado caso a interpretaciones oníricas, al creer que lo soñado se relacionaba con cualquier vivencia anterior. Pero las inesperadas imágenes que desfilaron por la mente me avivaron la conciencia ante esa realidad amenazante: mi hermano y yo nos encontrábamos en un gran vergel, atravesado por intensos rayos del sol. La alegre luz se colaba entre el enjambre de hojas sin que las sombras opusieran apenas resistencia, como si estas fueran simples figuras decorativas. Y en medio de plantas y árboles frutales se originaban nuestras típicas correrías infantiles. Veía a Alfonso moverse de un lado a otro, reírse de cuanto lo rodeaba y pronunciar palabras jocosas, sin sentido.
»De repente, se produjo un cambio en su semblante que me llamó la atención. Poco a poco las sombras crecieron hasta invadir el iluminado jardín y lo convirtieron en un lugar yermo y tenebroso. Yo creía que semejante escena formaba parte de cualquier sofisticada broma; de tan peculiar actuación teatral. Hice caso omiso a las llamadas de desesperación que se repetían; yo me reía y bailaba, alejándome de él con muecas y ademanes. Cuando la distancia empequeñecía los rasgos de su figura, emergieron de la tierra varios seres de horrible aspecto que se acercaron hasta rodearlo sin compasión. Me di entonces cuenta de lo que sucedía en realidad, pero era ya demasiado tarde.
Mantuvo la vista concentrada en Alfonso, y concluyó:
—No tuve tiempo de acudir a tu llamada, querido hermano, porque aquellos humanoides te habían hundido en un abismo del que no regresaste. El recuerdo de esta pesadilla fue, pues, lo que despertó la voz interior nunca antes experimentada. Y tras aquella evocación no dudé en llevar a cabo la movilización policial, sin pensar en las negativas consecuencias que podía acarrear cualquier paso en falso.
—Al final conseguiste salvarme; cambiar el rumbo de ese sueño tan premonitorio.
—Sí. Y reforzó tal decisión que siguieras sin contestarme las siguientes llamadas.
—Comprendo, hermano…
La reflexión de Alfonso se vio alterada al oírse unos disparos lejanos. Poco después, se escuchaba el revuelo más cercano de varios agentes:
—Alguien se mueve en el jardín.
—¡Rápido! Enfocad con las linternas.
—¡Allí!
—¡Trata de huir! ¡La valla!
—¡Alto!
El estruendo de dos disparos, también más próximos, se introdujo en el salón. Ante lo que sucedía en el exterior, Alfonso, Julián y Juan retrocedieron unos pasos, impulsados por los vehementes gestos de Lucía.
Acallados los ecos del último tiro, se escucharon nuevas voces:
—Lo hemos alcanzado.
—Sí… ¡Esperad…! Se dirige a la casa.
El oficial y el sargento descendieron la escalera y se aproximaron a la entrada, con sus manos colocadas sobre las pistoleras.
Unas pisadas arrastradas y torpes se percibían cada vez más cercanas. Vigilado también desde afuera por varios policías, entró el profesor Luis bajo la túnica, con el rostro al descubierto.
Los ojos atónitos que lo contemplaban reflejaban una mezcla de sentimiento justiciero y conmiseración, como jueces ante la esencia resumida y reducida de un acusado.
Trataba de dirigir la mirada perdida sobre Lucía. Forzó las renqueantes piernas para aproximarse más ella; aunque terminó por detenerse, impedido. Las palabras, diluidas en el aire, viajaban al amparo del aliento estertor:
—Hija…, tu madre Laura está orgullosa de ti… Sé feliz.
Se le doblaron las rodillas. Extendió las manos, hasta que estas acariciaron el suelo. Ya inerte, daba la sensación de esbozar una sonrisa.
Las lágrimas que fluían sobre el rostro de Lucía emitían un fulgor especial; a la vez, de duelo y liberación. Juan la cobijó entre sus brazos.
—Ese era el profesor Luis. Un hombre tan iluso como peligroso, convencido de que iba a dominar el mundo —sentenció Alfonso.
El oficial examinó la figura tendida del cadáver. Vio el artilugio que se asomaba tímido, entre el embozo del ropaje, y al recogerlo, leyó a media voz: «Nuevo mensaje enviado: Entrad y avanzad piso superior.»
Llamó entonces a un agente.
—Traiga alguna manta para cubrirlo. Y llévese esto para que lo examinen.
Se acercó luego a Lucía.
—¿Se encuentra bien? —le preguntó con voz suave.
—Sí... Gracias, inspector —exclamó ella, mientras se enjugaba la cara con un pañuelo.
. —Esta terrible experiencia ha terminado para siempre, cielo —profirió Juan.
—Han vivido momentos muy tensos. Será mejor que salgan a tomar el aire fresco de la noche.
—La verdad es que necesitamos huir de este salón. Aquí el ambiente está cargado —aseveró Alfonso.
—Perfecto. Ya les avisaré cuando haya finalizado. Por cierto…, ha sido ya detenido el grupo ese que rondaba cerca de aquí; justo entre los restos de la iglesia, como usted señalaba.
—Ya… Bien, inspector —dijo el albacea pensativo.
—¡Oh! Hay unas fotos... —intervino Julián, señalando la mesa de centro—: Esas hojas contienen información de gran importancia; algo bastante desagradable.
El oficial fue en busca de los documentos. Al sujetarlos, contuvo la respiración: se reflejaba en el espejo de su rostro la atrocidad.
—Una pregunta, inspector —Alfonso volvió en sí.
—Dígame usted.
—¿Han encontrado ya el cuerpo… en el jardín? —las palabras fueron pronunciadas con cautela.
—Sí —respondió Ramírez, compasivo, tras la afirmativa expresión del sargento.
Alfonso, que había cerrado los ojos, los abrió guiado por la entereza.
—Gracias. Larguémonos cuanto antes de aquí.
Mientras unos agentes se marchaban con la documentación, los otros acompañaban al inspector y al sargento, escaleras arriba.
Lucía, Juan y los dos hermanos se dirigieron hacia la puerta. Pasaron cerca del cuerpo, ya tapado, del profesor Luis. Ella trató de girar entonces la cabeza para contemplarlo por última vez, pero su esposo la disuadió con un suave ademán.
Cuando los demás habían salido, Alfonso se detuvo cerca de la entrada. Encendió con ritmo ceremonioso su pipa y observó la manta, envuelta por humos y aromas de celebración. Pero no quiso demorarse mucho más.
En el salón reinaba la paz. El ventilador seguía girando, ajeno a todo, como si se regodeara de la jarra vacía, de la botella de champán —ya sin burbujas de oscuros propósitos— y de las cuatro copas intactas. Y sobre el suelo unos cristales, entremezclados con pequeñas y hermosas piedras, brillaban esparcidos; no lejos de la figura, inerte y fría, del profesor Luis.
Desde afuera surgieron las voces, cada vez más lejanas, acompañadas por el resurgido estridular de los grillos:
—Se ha quedado una noche muy agradable, querida.
—Ahora es hermosa, Juan; aunque también triste.
—Triste por el amigo perdido. Gracias a su memoria, valoraremos más lo que la naturaleza puede ofrecernos. ¿Verdad, Lucía?
—Sí, Alfonso. Disfrutaremos de la tempestad y la calma; del trueno, el relámpago y de la suave brisa.
—¿Qué se celebraba con esa botella de champán? Había... cristales relucientes en el suelo.
—Pertenecían a la Quinta Copa, Julián.
—¿La Quinta Copa?
—Así es. Un símbolo que se hizo añicos como la propia gloria del profesor Luis.
—¿Hablas en serio?
—Hablo muy en serio, hermano...
La melodía homogénea de los pequeños guardianes negros penetró en el salón con mayor brío. Una cadencia nueva; un mensaje diferente, se impregnaba ya en los postreros aires estivales.