Microrrelato
Con tanta presteza cubrió de sombras la noche, que, hallándose la venta más cercana a varias leguas de camino, vieron caballero y escudero necesidad de pararse. Y por lo que dicta la prudencia, avivaron fuego en lugar recogido, dieron buena cuenta de las no muy abundantes viandas que en las alforjas quedaba y enjugaron sus bocas con vino suficiente, pues la fortuna quiso que la bota no criara mayores agujeros por donde perderse.
Mas, como la jornada había sido pródiga en ajenos requiebros, de los que don Quijote había sido testigo, andaba él con el pensamiento puesto en los propios, urdidos por la imaginación y solo correspondidos por el viento. Y ahora, entre rellanos de pinares, las lágrimas del firmamento eran testigos discretos de cuantas, por el amoroso quebranto, se escurrían sobre su enjuto rostro.
–Qué deshonra, fiel Sancho, es mostrar semejante debilidad; aun de manera tan furtiva.
–No tema, vuestra merced, que de penas así los gigantes también lloran.