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SUCEDIÓ CIERTA NOCHE de agosto. A los vecinos del edificio situado en la calle Cortijo 23 les había costado conciliar el sueño.
Don Pedro Lilla, perteneciente al partido gobernante, tenía otros motivos para padecer insomnio a parte del calor, como la excitación ante su inminente nombramiento en un ministerio y los efectos de su gran pasión: los judiones de Ávila. Este era un plato que solía devorar, sin contratiempos. Pero aquel día, no estaba su estómago para muchas bromas. La cuestión del caso es que a las 4 de la madrugada sus tripas empezaron a rugir mientras él seguía dando vueltas en la cama. Y ese bullir creciente rompió en una violenta emulsión de gases que hicieron temblar el edificio. Una alarma se disparó
—¿Qué sucede, Dios mío? —exclamó la vecina del primero, nada más despertarse por el sobresalto.
—¡Buaaa! ¡Buaaa! —Lloraba el bebé situado en el segundo piso.
—¡Juan, has oído ese estruendo! ¡Nos han despertado a Luquitas! —protestaba la madre.
Los del tercero bajaron deprisa las escaleras, aturdidos. Y los del cuarto intentaban en vano calmar al perro, que no dejaba de ladrar.
Las ventanas de la casa de enfrente se llenaron de cabezas somnolientas que oteaban la calle en busca del motivo de la explosión.
Cierto olor putrefacto fue invadiendo poco a poco el interior de las casas y la gente tuvo que salir a la calle con mascarillas. Llegaron unos coches patrulla.
Mientras tanto, don Pedro Lilla dudaba si salir o mantenerse escondido. No podía despertar sospechas; su cargo como titular del nuevo Ministerio de Salubridad y Medio Ambiente peligraba.