"A La Orilla Del Agua"
Capítulo 5
En su ebriedad, el Pequeño Rey levanta los dorados cortinajes
Lu, Monje Tatuado, siembra la confusión en la Aldea Flor de Durazno
—Sagaz — dijo el abad —, definitivamente no puede permancer aquí.
En la capital oriental, un hermano budista mío, llamado Lúcido Maestro, es abad del gran monasterio de Xiangguo.
Llévele esta carta y pídale que le busque un trabajo. Anoche tuve una visión y compuse un verso profético de cuatro líneas que guíe su destino.
Debe recordar estas palabras.
Lu se arrodilló ante él y dijo:
—-Me gustaría oír la profecía.
El abad salmodió:
—Actúe en el bosque, prospere en las montañas, florezca entre las aguas, pero deténgase ante el río.
Sagaz se hincó de rodillas nueve veces, cargó su morral al hombro, amarró sus bultos al cinto, y guardó la carta en un bolsillo.
Después de despedirse del abad y de los monjes, dejó el monte Wutai.
Una vez abajo se alojó en la posada vecina a la herrería y esperó por su vara y su espada.
Los monjes se alegraron de haberse librado de él. El abad ordenó a los seglares que limpiaran los escombros de los ídolos guardianes y del pabellón, y pocos días más tarde el caballero Zhao llevó personalmente algún dinero e hizo reparar los ídolos y el pabellón.
No diremos más al respecto.
Sagaz esperó en la posada varios días. Cuando las dos armas estuvieron listas, hizo una vaina para su cuchillo y mandó pintar su vara. Dio un poco más de plata al herrero, tomó la vara, se despidió del posadero y del herrero y marchó adelante.
“¡Qué monje tan rudo!", pensaba la gente al encontrarlo.
Tomó la ruta hacia la capital oriental y viajó durante más de medio mes. No se detuvo ante ningún monasterio.
Pasaba la noche en las posadas, y de día comía en las tabernas.