"A La Orilla Del Agua"
El mariscal soltó una carcajada.
—Pamplinas. Esa historia es un cuento para engañar a la gente. Ustedes han preparado este sitio ex profeso, para poder decir que tienen demonios prisioneros, como prueba del poder de su magia taoísta.
He leído muchos libros, pero ninguno dice nada acerca de cómo encerrar demonios. Los espíritus sólo habitan el Más Allá, y no creo que tengan demonios allí dentro. Abran y déjenme echar una mirada.
—Ese salón no debe ser abierto — suplicó el abad —. Sería un desastre.
El mariscal Hong montó en cólera, señaló a los tacístas con el dedo y rugló:
—Si no hacen lo que les ordeno informaré a la corte que me han impedido entregar el edicto imperial y que se han negado a dejarme ver al divino maestro.
Contaré cómo han urdido este salón e inventado la historia de que en su interior hay demonios para engañar al público.
¡Haré que cancelen sus órdenes religiosas, y que los tatúen con la marca de los criminales y los exilien a una región salvaje y lejana!
El abad tuvo miedo a la influencia del mariscal Hong, y no le quedó sino ordenar a unos sacerdotes herreros retirar los sellos y romper el candado. Luego abrieron la puerta y todos entraron al salón, donde reinaba la tiniebla.
El mariscal pidió una docena de antorchas, y cuando le llegaron pudo ver el salón vacío, salvo por una lápida de piedra que había en su centro.
Tenía unos seis pies de alto, y estaba colocada sobre una tortuga de piedra que se hundía a medias en el húmedo piso de tierra.
Hong mandó acercar las antorchas a la lápida, y pudo ver en su parte delantera escrituras de dragones y fénix, y símbolos y signos místicos que nadie pudo descifrar.
Luego miró la parte posterior, donde estaba escrito, en cuatro palabras, “Abrir cuando llegue Hong”. Aquello deleitó al mariscal.
—_Intentaron detenerme — le dijo al abad —. Pero aquí está mi nombre, escrito hace cientos de años. “Abrir cuando llegue Hong”. La cosa está clarísima.
¿Qué de malo tiene que eche una mirada?
Pienso que los demonios están precisamente debajo de esta piedra. Que vengan unos cuantos hombres más con picos y palas, y que la retiren.
El abad estaba horrorizado.
—No podemos hacer eso, mariscal; puede ocurrir algo terrible.