"A La Orilla Del Agua"
Cada uno de los tres hombres vació muchas copas. Hablaron de esto y de aquello, comparando métodos de destreza en armas.
Cuando la conversación llegó a su punto más animado, escucharon un sollozo en el cuarto vecino.
El irascible Lu Da inmediatamente montó en cólera.
Tomó bandejas y platos, y los estrelló contra el piso. El camarero, alarmado, subió corriendo.
Encontró a Lu Da furioso.
—Si desea algo, señor, ordénelo y se lo traeré — dijo haciendo una reverencia.
— Quién quiere algo! Creo que sabes quien soy, y aun así tienes el atrevimiento de permitir que la gente berree en el cuarto vecino y que nos moleste mientras comemos.
¿Acaso te he pagado mal?
—No se moleste señor. Nunca permitiría que alguien lo incomode.
Aquellos que lloran son un hombre y su hija que cantan en las tabernas.
Ellos no sabían que usted y sus amigos estaban bebiendo aquí, y no pueden evitar el lamento de su amarga suerte.
—Algo extraño está sucediendo. ¡Tráemelos!
A los pocos minutos el camarero regresó con una muchacha de unos dieciocho años, seguida de un hombre bien entrado en los cincuenta. Ambos cargaban castañuelas de madera.
La muchacha, sin ser muy bonita, era atractiva.
Todavía secándose los ojos, hizo tres reverencias. El anciano también saludó a los comensales.
—<¿De dónde eres? — preguntó Lu Da —. ¿Por qué lloras?
—Le contaré la historia, señor — respondió la muchacha —.
Somos de la capital oriental. Mís padres y yo vinimos a visitar a un pariente, pero al llegar nos enteramos de que había partido de Weizhou en dirección a la capital meridional.
En la posada mi madre se enfermó y murió.
Mi padre y yo pasamos un tiempo difícil. Don Zheng, que es llamado el Señor del Oeste, me vió y me quiso de concubina.
Envió gente con engaños y amenazas, y a la postre firmó un contrato prometiendo a mi padre tres mil sartas de monedas por mí.
El contrato era auténtico, pero la promesa falsa.
En menos de tres meses su esposa, una mujer dura, me echó de la casa. Además, Don Zheng ordenó a nuestro hostelero que exigiera que le “devolviéramos” sus tres mil sartas de monedas.
Jamás habíamos recibido un centavo de su dinero.
¿Cómo íbamos a reembolsarlo?
Mi padre es débil, y no pudo argumentar con un hombre rico y poderoso como Zheng.
No supimos qué hacer.