"A La Orilla Del Agua"
Era el segundo mes lunar.
Lu salió de sus aposentos, dio un paseo por las inmediaciones de la puerta del monasterio y se detuvo a contemplar admirado la belleza del monte Wutai.
Del pie de la montaña la brisa trajo un sonido de golpes metálicos.
Sagaz regresó a sus aposentos, consiguió algo de plata y la puso dentro de su sotana, cerca de su pecho.
Entonces partió cuesta abajo. Pasó bajo un cerco con la inscripción: “Wutai, lugar bendito”.
Ante él vio un mercado de seiscientas o setecientas familias, vendían carne, verduras, vino y harina.
“¿Qué estoy esperando? — se dijo Lu —.
Si hubiera sabido que había un lugar así, en vez de arrebatarle los cubos a ese individuo, hubiera bajado y comprado mi propio vino.
He estado absteniéndome tanto tiempo que ya me duele. Veamos qué tipo de comida venden aquí.”
De nuevo escuchó el sonido de metal. Cerca de un edificio que mostraba el letrero “Posada del Padre y del Hijo”, había una herrería.
El sonido salía de allí, y Lu se dirigió hacia ella. Tres hombres golpeaban el hierro.
—-¿Consiguió buen acero, maestro forjador? — preguntó al mayor de ellos.
El hombre se asustó un poco por el aspecto de la cara de Lu, con cerdas recientes que le brotaban desordenadas por todas partes.
Cesó de martillar y dijo:
—Por favor, tome asiento, reverendo. ¿Qué clase de trabajo quiere que le haga?
—Necesito una vara budista y un cuchillo de monje. ¿Tiene algún metal de primera?
—Claro que sí. ¿Cuán pesados quiere la vara y el cuchillo? Los haremos de acuerdo a sus exigencias.
—La vara debe tener cien libras.
—Demasiado pesada — se rió el forjador —.
La podría hacer, pero usted nunca podría empuñarla. ¡Ni la alabarda de Guan Gong' tenía más de ochentaiun libras!
—Soy tan bueno como Guan Gong! —exclamó Sagaz con impaciencia —.
Él también era sólo un hombre.
—Tengo buena intención, reverendo. Aun con cuarentaicinco libras, sería muy pesada.
—¿Usted dice que la alabarda de Guan Gong tenía ochentaiun libras?