"A La Orilla Del Agua"
¿Cómo podríamos pedirle que descienda?
—Tengo que verlo. Una peste está asolando la capital y el emperador me ha enviado con un edicto imperial e incienso real, para que lo invite a conducir un gran servicio cuyas oraciones disiparán la peste y salvarán a la población.
¿Qué puedo hacer?
—Primero debe probar su piedad. No coma carne, báñese y póngase unas sencillas prendas de algodón.
Póngase el edicto a la espalda, lleve unas varillas de incienso encendidas, y así desplácese solo y a pie hasta la cumbre.
Allí hínquese de rodillas y grite su invitación. Entonces quizás logre ver al divino maestro.
Pero si no es usted sincero, su viaje habrá sido en vano, y jamás podrá verlo.
—Desde que dejé la capital no he comido sino verduras. ¿No es eso prueba de mi sinceridad?
Haré como me indica. Iniciaré la escalada mañana a primera hora.
Todos se retiraron a pasar la noche.
A la mañana siguiente, al llegar la quinta guardia, los taoístas prepararon agua aromada y un desayuno vegetariano para el mariscal.
Luego de tomar un baño en el agua aromada, se puso su nueva ropa de algodón y unas sandalias de paja, tomó su desayuno, envolvió el edicto imperial en un corte de seda amarilla y se lo ató a la espalda.
Llevó el incienso humeante en un incensario de plata. Numerosos taoístas lo escoltaron hasta el pie de la montaña, detrás del templo, y allí le señalaron el sendero.
—Si va a salvar a la población, mariscal, jamás debe dar marcha atrás — dijo el abad —. Simplemente avance piadosamente.
El mariscal Hong se despidió de los taoístas, invocó la ayuda de la más alta deidad, y empezó el solitario ascenso.
Trepó dos o tres cuartos de un sendero sinuoso y poblado de vegetación, que lo llevó a cruzar varios picachos.
Pronto empezaron a dolerse los pies y a cansársele las piernas, hasta que se sintió incapaz de dar otro paso.
Aunque no lo dijo en voz alta, masculló para sus adentros:
“Un importante funcionario del gobierno corno yo. En la capital reposo sobre colchones dobles y me alimento de platos exquisitos. Y aun en esos casos no tengo demasiadas energías.
¿Qué hago aquí trepando un sendero de montaña con unas sandalias de paja? Vaya uno a saber dónde se encuentra ese divino maestro.
¿Por qué tengo que soportar estos tormentos?”
Ya estaba jadeando intensamente, sacudiendo los hombros, cuando avanzó los siguientes cincuenta pasos.