"A La Orilla Del Agua"
El hombre, con un cucharón en la mano, marchaba por la pendiente cantando esta canción:
Frente al monte Nueve li yace un antiguo campo de batalla,
Donde encuentran los vaqueros viejas lanzas y dagas;
Cuando la brisa encrespa las aguas sobre el río Wa,
Recordamos el adiós de la dama Yu a su señor.
Lu lo vio acercarse. El hombre entró al pabellón y dejó su carga.
—Eh! ¡compañero!, ¿qué lleva en esos cubos? — preguntó Lu.
—-Buen vino.
——A cuánto el cubo?
—¿Lo dice en serio, monje, o está bromeando?
—Por qué habría de tomarle el pelo?
—Este vino es para los cocineros, los porteros, los cargadores de sillas, los guardianes y los labradores del monasterio; para nadie más.
El abad me ha advertido que si le vendo a un monje, me quitará el vino, y la casa que el monasterio me alquila para la bodega de vino. No me atrevo a venderle nada de esto.
—¿Realmente no lo hará?
—No, ni si me mata!
—No lo mataré, pero le compraré un poco de vino.
Al hombre no le gustó cómo iban marchando las cosas. Levantó su pértiga y echó a andar.
Lu salió del pabellón a la carrera detrás de él, tomó la pértiga con ambas manos y aplicó al individuo un puntapié en la ingle.
El hombre llevó ambas manos hacia las partes lesionadas y se puso en cuclillas. No pudo enderezarse por un buen rato.
Sagaz Lu cargó ambos cubos hasta el pabellón. Recogió el cucharón del piso, quitó las cubiertas, y empezó a beber.
Pasado un largo rato, dejó vacío uno de los cubos.
—Vaya mañana por el monasterio y le pagaré — dijo.
El hombre acababa de reponerse de sus dolores. Si el abad llegaba a enterarse, eso significaría el fin de su sustento.
¿Cómo iba a ir al monasterio a cobrarle a Lu?
Reprimiendo su ira, dividió el vino restante en dos medios cubos. Luego levantó su carga, tomó el cucharón y bajó volando la montaña.
Lu permaneció sentado en el pabellón un largo tato. El vino se le había subido a la cabeza. Entonces salió del pabellón, se sentó bajo un pino, y descansó de nuevo un buen rato.
El vino aumentaba sus efectos. Sacó los brazos de la sotana y amarró las mangas vacías alrededor de su cintura. Con su espalda tatuada al descubierto, subió a trancos la montaña, balanceando los brazos.
Los porteros del monasterio habían estado observándolo desde lejos.
Cuando estuvo cerca, se adelantaron y le cerraron el paso con sus varas de bambú partido.
—Se supone que es un discípulo del buda — gruñeron —.
¿Cómo se atreve a venir aquí en este estado de aturdimiento?
Debe estar ciego. ¿No ha leído el aviso? Cualquier monje que quiebre las reglas y beba, recibirá 40 golpes con un bambú partido y será expulsado del monasterio.
Cualquier portero que permita el ingreso de un hombre ebrio, recibirá diez golpes.
Si quiere ahorrarse una golpiza, regrese rápido montaña abajo.
En primer lugar, Lu era un monje nuevo; en segundo, su temperamento no había cambiado. Puso una mirada feroz, y gritó:
—Hijos de perra! ¿Así que quieren golpearme? ¡Los destrozaré!
La situación se ponía difícil. Uno de los porteros corrió hacia adentro e informó al supervisor, mientras el otro intentaba con su vara mantener a Sagaz fuera.