"A La Orilla Del Agua"
Primero, a mitad de camino un gran tigre de ojos saltones y frente blanca dio un salto que me paralizó de terror.
Luego, antes de que hubiera cruzado otra quebrada, apareció una gigantesca serpiente con pintas blancas, que salió arrastrándose de entre unos matorrales de bambú y lianas, se enroscó y me cerró el paso.
Sólo mi buena estrella me ha permitido que vuelva a la capital sano y salvo. Y todo eso es culpa de ustedes los taoístas. ¡Me han tomado el pelo!
—¿Es que humildes taoístas como somos, nos atreveríamos a mostrar falta de respeto a un alto ministro? — dijo el abad —.
El divino maestro ha estado poniendo a prueba su piedad. Es cierto que hay tigres y serpientes en esa montaña, pero no hacen daño a la gente.
—A esas alturas ya casi no podía caminar. Pero cuando ya me disponía a retomar el ascenso, apareció un novicio sobre un buey amarillo, que tocaba una flauta de metal.
Le pregunté: “¿De dónde eres? ¿Me conoces?”
Me respondió: “Lo sé todo de ti.” Dijo que el divino maestro le había informado que montaría en una grulla y que viajando sobre las nubes llegaría a la Capital del Este esta mañana.
Por eso volví.
—Una lástima — exclamó el abad —. Mariscal, ha perdido su oportunidad. Ese muchacho era el divino maestro.
——¿Un muchacho zafio como ése?
—El divino maestro de esta generación es muy poco convencional, Aunque joven en años, tiene un notable dominio del Camino.
No es un mortal común. Puede presentarse bajo la apariencia que desee, y la gente lo llama El Maestro del Camino.
—Lo vi y no lo reconocí! Qué vergijenza.
—No importa, mariscal. Ya que el divino maestro ha dicho que iba, para cuando usted haya vuelto a la capital, ya habrá concluido el gran servicio.
Al escuchar aquello, el mariscal se sintió algo mejor.
El abad ordenó que le prepararan un banquete, y por sugerencia suya el edicto imperial fue colocado en un arcón para documentos reales, con el objeto de que permaneciera por siempre en el templo; el incienso real fue encendido en el Salón de las Tres Purezas.
Luego apareció un gran banquete de platos sin carne. Los comenzales comieron y bebieron hasta que cayó la noche, y luego todos se retiraron.
A la mañana siguiente, después del desayuno, el abad, los sacerdotes y los superintendentes de la abadía invitaron al mariscal a dar un paseo para ver los alrededores, que él aceptó gustoso.