"A La Orilla Del Agua"
¡Es peligroso!
—Pero qué sabe usted! — gritó el mariscal enfurecido
—En la lápida dice claramente que se puede abrir cuando yo llegue.
¿Cómo se atreve a impedírmelo?
Traiga a esos hombres.
Cuatro o cinco veces el abad le suplicó: —Nada bueno puede salir de allí —. Pero el mariscal no quiso oír.
Entonces citaron a los trabajadores. Luego de un largo y extenuante esfuerzo derribaron la tableta y arrancaron la tortuga de piedra del piso.
Luego empezaron a cavar, y a los cuatro pies llegaron a una gran laja de piedra, de unos diez pies cuadrados.
El mariscal Hong les ordenó sacarla.
—No debe— le suplicó el abad, pero el mariscal lo ignoró.
Cuando los hombres hubieron retirado la laja, apareció una fosa de cien mil metros de profundidad, y se escuchó un estruendo, como de algo que se rasgaba, y de la fosa escapó una nube negra.
Se abrió camino a través de media esquina del aposento y se disparó hacia el cielo, donde se astilló en más de cien rayos dorados, lanzados en todas las direcciones.
Todos gritaron aterrados y dejaron caer sus herramientas. Salieron corriendo del salón, derribando a la gente a su paso.
El mariscal Hong intentaba en vano recobrar el aliento: su rostro estaba del color de la tierra. Corrió hasta la terraza, donde el abad se estaba lamentando.
—¿Quiénes son esos demonios que escaparon? — preguntó Hong.
—-Oh mariscal, usted no lo sabía — gimió el abad —.
En este salón el Maestro del Camino dejó una advertencia escrita.
Dice: “Treintaiséis Estrellas de los Espíritus Celestes y Setentaidós Estrellas de los Diablos Terrenales, en total ciento ocho demonios están presos aquí, sujetados por una tableta de piedra que lleva sus nombres, escritos en un alfabeto místico que semeja dragones y fénix. Si se les libera, causarán interminables problemas sobre la tierra.”
Ahora usted los ha liberado. ¿Qué vamos a hacer?
El mariscal se puso a temblar y rompió a sudar unas gotas frías. Inmediatamente reunió su equipaje, descendió la montaña con sus hombres y se dirigió hacia la capital.
El abad y los taoístas los despidieron, y luego volvieron al templo, donde repararon el techo y volvieron a instalar la lápida de piedra. No diremos más acerca de ellos.
Temeroso de que el emperador le hiciera reproches, el mariscal aprovechó el camino de vuelta para pedir a sus hombres que no mencionaran la fuga de los demonios.
La jornada pasó sin mayores incidencias, y viajando día y noche llegaron a Bianliang, la capital oriental.
Al ingresar a la ciudad fueron informados: “El divino maestro celebró un gran servicio en el Parque Imperial, que duró siete días y siete noches, y en el curso del cual repartió muchos amuletos. Ahora los enfermos están curados y la peste ha desaparecido por completo. El divino maestro se ha despedido del emperador y ha vuelto a la montaña del Dragón y el Tigre, montado en una grulla, por las nubes.”
A la mañana siguiente, muy temprano, el mariscal Hong informó al emperador en la corte.
—El divino maestro montó en una grulla y fue por las nubes, y por eso llegó primero — dijo Hong —. Nosotros tuvimos que marchar todo el camino; por eso recién llegamos.
El emperador aprobó su informe, lo recompensó y le ordenó volver a su puesto.
Pero no sigamos comentando esto.
El emperador Ren Zong reinó cuarentaidós años, y murió sin dejar un hijo. El trono pasó al hijo del príncipe Yun Rang de Pu'an. Era nieto de Tai Zong, y se le conoce por el título póstumo de Ying Zong.
Luego de reinar cuatro años, abdicó a favor de su hijo Shen Zong, quien gobernó dieciocho años y entregó el trono a su hijo Zhe Zong. Durante todo este período hubo paz en la tierra, y nada sucedió.
Pero no vayamos tan rápido. Si fuera cierto que nada sucedió, ¿qué contaríamos en este libro?
Lector, no se alarme, pues en las páginas que siguen las Treintaiséis Estrellas de los Espíritus Celestes descienden a la tierra y las Setentaidós Estrellas de los Diablos Terrenos aparecen entre los hombres.
Los valientes se reúnen en fortines, los héroes se juntan en las ciénagas. ¿Por qué?
Lea nuestro próximo capítulo y tendrá la respuesta.