"A La Orilla Del Agua"
—Escúcheme — dijo severamente el abad desde su estrado —. No deje una sola brizna de hierba, permita que se destruyan las seis raíses del deseo. Todo debe ser limpiamente rasurado, no sea que aparezca de nuevo — salmodió —. ¡Fuera todo! — ordenó.
El barbero acabó su trabajo en un tris. Al presentarle el certificado al abad, el superior le pidió que eligiera el nombre por el cual Lu Da sería conocido en la orden budista.
-—Una chispa del alma vale más que mil piezas de oro —salmodió el abad —. Nuestro camino budista es grande y amplio. Llamémoslo Sagaz.
El escribano llenó el certificado y se lo alcanzó a Sagaz Lu. Bajo instrucciones del abad, se le dió la vestimenta de monje, y se le dijo que se la pusiera.
De allí fue conducido hasta el estrado. El abad colocó las manos sobre la cabeza de Lu y lo instruyó sobre las reglas de conducta.
—Refúgiate en el Buda, en la Ley y en la Orden Monástica. Estos son los tres refugios. No mates, ni robes, ni forniques, ni bebas, ni mientas.
Estos son los cinco preceptos. Lu Da no sabía que debía contestar “Lo haré” a cada una de las tres primeras, y “No lo haré” a cada una de las cinco últimas.
—Lo recordaré — dijo. Todos se rieron. El caballero Zhao invitó a todos los presentes al salón de reuniones, donde quemó incienso y ofreció un banquete vegetariano a los dioses budistas.
Dió regalos a cada uno de los miembros del personal del monasterio. El diácono presentó a Sagaz a varios miembros del monasterio, y luego lo condujo al edificio posterior, donde los monjes meditaban.
Nada más sucedió aquella noche.
Al día siguiente, el caballero Zhao decidió partir. Se despidió del abad, quien intentó en vano retenerlo. Después del desayuno, todos los monjes lo acompañaron hasta la puerta del monasterio.
El caballero Zhao juntó sus palmas y dijo:
— Abad, maestros, sean compasivos. Mi joven primo es rudo, es un individuo franco. Si olvida los buenos modales o dice algo ofensivo, o rompe cualquier regla, por favor, perdónenlo como un favor a mí.
—No se preocupe, caballero — dijo el abad —. Le enseñaré, gradualmente, a recitar los rezos y las escrituras, a realizar los servicios y a practicar la meditación.