"A La Orilla Del Agua"
Lu empujó la puerta con la fuerza de ambas manos, ésta inesperadamente cedió, y él se tropezó y cayó de bruces.
Arrastrándose, se puso de pie, se frotó la cabeza, y se escabulló hacia los aposentos.
Corrió la cortina de la puerta y se metió al cuarto de meditación.
Los monjes que estaban sentados con las piernas cruzadas sobre sus petates miraron sorprendidos. De inmediato bajaron sus cabezas.
Al llegar a su petate, Lu vomitó ruidosamente. El hedor era tremendo. —Alabada sea la virtud! — exclamaron los monjes, tapándose las narices.
Lu se encaramó sobre su petate, se abrió la sotana y la faja, rasgándolas en el proceso. En eso cayó al suelo la pierna de perro.
—Bien — dijo Sagaz —, precisamente empezaba a tener hambre
— la recogió y comenzó a comer.
Los monjes ocultaron las cabezas detrás de las mangas. Aquellos que estaban más cerca de él se colocaron lo más lejos posible.
Lu desgarró un pedazo de carne de perro y se la ofreció al monje de su izquierda.
—¡Pruébela! — recomendó. El hombre presionó firmemente el borde de su manga contra sus labios.
—¿No quiere un poco? — preguntó Lu.
Luego aproximó la carne hacia el hombre de su derecha. El individuo trató de deslizarse de su petate y escapar, pero Sagaz lo tomó de la oreja y le llenó la boca de carne.
Cuatro o cinco monjes del lado opuesto saltaron y se acercaron corriendo. Le rogaron a Lu que desistiera.
Entonces Lu lanzó a un lado la pierna de perro y empezó a tamborilear con los nudillos sobre sus afeitadas coronillas.
Todo el cuarto de meditación entró en alboroto. Los monjes tomaron del ropero sus sotanas y sus escudillas, y se marcharon a toda velocidad.
Hubo un éxodo general, y el superior no pudo detenerlos, Sagaz empezó a abrirse paso jubilosamente.
La mayoría de los monjes huyeron a sus claustros, pero esta vez el supervisor y el diácono no informaron al abad, sino que convocaron a los monjes en servicio, incluido todo guardián, cocinero, portero, cargador de sillas, que pudieron reunir, cerca de doscientos hombres en total.