"A La Orilla Del Agua"
Usted debe conocer las reglas del abad. ¿Me quiere arruinar?
Sagaz insistió en ser atendido, pero el tabernero se mantuvo intransigente.
Lu no tuvo más alternativa que marcharse.
Fue a cuatro o cinco cantinas más, pero en todas se negaron a servirle.
“Si no pienso en algo, nunca conseguiré un poco de vino”, se dijo.
Hasta que en un extremo del mercado vio, en medio de unos albaricoqueros en flor, una pequeña casa de la cual colgaba un haz de paja de escoba.
Al acercarse descubrió que era una pequeña cantina.
Entró y tomó asiento junto a la ventana.
—:¡Mesonero! — llamó —, traiga vino para un monje errante.
El sencillo propietario se acercó y lo examinó con atención.
—¿De dónde es, reverendo?
—Soy un monje viajero que sólo está de paso. Quiero un poco de vino.
—Si es del monasterio del monte Wutai, no me está permitido venderle nada.
—No lo soy. Ahora tráigame el vino.
La facha de Lu y su manera de hablar le parecieron extrañas al sencillo propietario.
—¿Cuánto quiere?
—No se preocupe. Vaya trayendo los tazones llenos.
Lu consumió diez grandes tazones de vino.
—¿Tiene carne? — preguntó
— Quiero una fuente.
— Temprano tuve un poco de carne de res — dijo el dueño —, pero la vendí toda.
Sagaz pescó un olor a carne cocinada. Entró al patio y encontró, junto al muro, un perro hirviendo en una olla de barro.
— Tiene carne de perro — dijo —. ¿Por qué no me vende un poco.
—No le ofrecí porque pensé que siendo un monje no la comería.
— Tengo bastante dinero aquí — sacó un poco de plata y se la dió — Tráigame la mitad.
El dueño cortó medio perro y lo puso sobre la mesa con un pequeño plato con salsa de ajo.
Lu extendió ambas manos y lo desagarró con deleite.
Mientras tanto ya había consumido otros diez tazones de vino, que encontró muy agradable y del que continuó pidiendo más.
El dueño estaba atónito.