"A La Orilla Del Agua"
Un fuerte viento sopló por la quebrada.
Cuando hubo pasado, se oyó un gran rugido detrás de los pinos, al que siguió un tigre de ojos saltones, frente blanca y piel rayada.
— Aya! — gritó el mariscal, retrocediendo aterrorizado.
El tigre dio vueltas hacia la izquierda y la derecha, con los ojos clavados en el caminante. Volvió a rugir y de un salto se alejó por la pendiente posterior.
El mariscal Hong quedó reclinado al pie de un árbol; los dientes le castañeteaban, el corazón le sonaba como quince cubos en un solo pozo.
Su parálisis parecía de un ataque, y sus piernas estaban más flojas que las de un gallo derrotado; sólo podía gemir.
Después de marcharse el tigre, bastó el tiempo que se tarda en beber una taza de té, para que el mariscal lograra ponerse otra vez de pie.
Levantó el incensario, volvió a encender el incienso real, y siguió trepando en pos del divino maestro.
El mariscal ascendió otros cuarenta o cincuenta pasos, y suspiró:
—S1 el emperador no me hubiera impuesto un límite de tiempo para cumplir la misión, no hubiera tenido que sufrir tamaño susto.
No había terminado, cuando un fuerte viento maloliente lo remeció.
El mariscal Hong oyó un intenso silbido. De un macizo de bambúes y lianas ubicado sobre la ladera se arrastró hacia él una gran serpiente, del ancho de un balde y moteada de blanco.
—¡Soy hombre muerto! — exclamó el mariscal. Y cayó de espaldas junto a una roca con forma de espiral, dejando caer el incensario, Inmediatamente la gran serpiente avanzó hacia la roca, se enrolló, y soltó doradas chispas por los ojos.
Abrió su inmensa boca, en la que vibraba una lengüeta, y de la que salieron unos humos venenosos, directamente al rostro del mariscal,
Tal era el horror del mariscal Hong que sus tres almas se echaron a deambular y se desprendieron de él sus siete espíritus.
La serpiente lo miró, y a continuación se deslizó por la montaña, hasta desaparecer en un instante.
Sólo entonces pudo el mariscal volver a incorporarse.
—Qué suerte — murmuró —. ¡Esa serpiente casi me mata del susto!
Tenía el cuerpo cubierto de piel de gallina, y maldijo al abad.
—Es una grosería que me hagan estos trucos y me asusten de esta manera.
¡Si no encuentro al divino maestro en la cumbre, le ajustaré las cuentas al abad cuando regrese!