"A La Orilla Del Agua"
Entonces hágame una vara con ese peso.
—Demasiado gruesa, reverendo.
Se vería fea, y sería difícil de manejar. Acepte mi consejo, déjeme hacerle una vara budista de metal bruñido de sesentaidos libras.
Claro que si resulta demasiado pesada, no me eche la culpa. Para el cuchillo, como dije, no necesitamos ninguna especificación.
Usaré el mejor acero. —¿Cuánto es por los dos?
—No regateemos. Cinco onzas de plata es lo mínimo por ambas.
—Trato hecho. Si hace un buen trabajo, le daré más.
El forjador aceptó la plata.
—Empezaré ahora mismo.
— Tengo un poco de sencillo aquí. Salga y tome una copa de vino conmigo.
—Discúlpeme, reverendo. Debo ponerme a trabajar, no puedo acompañarlo.
Sagaz Lu salió de la herrería. Antes de que hubiera andado treinta pasos, vio la bandera de una cantina asomar por entre los aleros de una Casa.
Levantó la cortina que colgaba en la puerta, entró en la tienda, se sentó y golpeó la mesa.
—Traigan vino! — gritó.
El propietario se acercó donde él.
—Discúlpeme, reverendo. Mi tienda y el dinero invertido, todo, ha sido prestado por el monasterio.
El abad tiene una regla para nosotros los taberneros. Si alguno de nosotros vende vino a un monje, nos quita el dinero y nos echa de nuestro establecimiento.
No me lo reproche.
—Lo único que quiero es un poco de vino. No diré que lo he comprado aqui.
—¡Imposible! Por favor, inténtelo en otro sitio. Lo siento.
Lu se puso de pie.
—Si en otro lugar me sirven, tendré algo que decirle a Ud. más tarde!
Salió de la cantina y echó a caminar.
Poco después vio otra bandera de cantina colgando sobre un portal.
Entró, se sentó y llamó: — Mesonero, vino! Rápido.
—¿Cómo puede ser tan ignorante, reverendo? — preguntó el tabernero.