Alejo Fernández Pérez
Nos dirigimos a personas alejadas o no creyentes y que desconocen en gran medida la doctrina católica, por lo que adoptamos una primera información de tipo periodístico, fácilmente ampliable por el Catecismo de Iglesia Católica.
Casarse por lo religioso, por lo civil o “sin papeles”, querámoslo o no, conlleva una serie de responsabilidades ante nosotros mismos y ante la sociedad, que no podrán eludirse. Tarde o temprano hay que responder ante ella para bien o para mal.
El casamiento puede ser una gloria o un infierno, que dependerá exclusivamente del amor de los contrayentes y de cómo encaren sus responsabilidades. Requiere de unas condiciones sin las cuales el fracaso es seguro, y éstas dependerán de las creencias religiosas de los contrayentes, de su formación, de su cultura, de sus ideologías políticas y, menos de lo que se cree, de su posición económica, que tampoco puede soslayarse.
Casarse sin papeles
Los que se casan sin papeles son los que dicen no creer en el matrimonio, cuando realmente en lo que no creen es en su amor. Son aquellos que se declaran sentimientos para uno o dos años, o hasta que descubren que el otro ronca o no se lava los dientes.
Pronto hallan que el amor es algo más que el sexo.
El tiempo que la pareja comparte ya no es un ratito, es todo el día y toda la noche. Surgen roces inevitables: sin importancia cuando hay amor, pero intolerables cuando cada uno va a buscar “su” felicidad, sin caer en la cuenta que en el amor la felicidad viene por lo que se da, más que por lo que se recibe.
El matrimonio es un compromiso sólo para personas recias, nobles, no es apto para quejumbrosos, melindrosos y superficiales. Los que sólo piensan en sí mismos, en su yo, no sirven ni para el matrimonio ni para casi nada. Uno no se casa con un ideal, sino con una persona, irrepetible, con defectos y virtudes.
Casarse con cálculos y reservas para probar qué pasa, haciendo trampas y sabiendo que se puede romper cuando uno quiera, es una tremenda frivolidad, pues quienes así piensan no toman en cuenta que tras la ruptura alguien queda abandonado.
El dolor está y estará siempre presente en nuestras vidas, también en la vida en común, donde el amor se pone a prueba y pronto manifiesta el carácter de las personas. No tiene nada que ver con las revistas del corazón, las cuales se limitan a presentar el lado amable de la vida, ocultando los detalles arduos. Su trampa consiste en lo que no dicen, pero sirven para ganar un buen dinerito a costa de los inocentes.
La llamada “unión libre” se realiza cuando el hombre y la mujer se niegan a dar forma jurídica y pública a un vínculo que implica la intimidad sexual. La expresión en sí misma es engañosa: ¿qué puede significar una unión en la que las personas no se comprometen entre sí?
Con ello reconocen una falta de confianza en el otro, en sí mismo, o en el porvenir, pues se muestran incapaces de unirse mediante compromisos a largo plazo. Como consecuencia, ofenden la dignidad del matrimonio, destruyen la idea de familia y debilitan el sentido de la fidelidad.
La “unión a prueba” la quieren los que desearían casarse pero no están muy seguros. ¿Quién les garantiza que la fidelidad y sinceridad de sus relaciones quedarán protegidas contra las veleidades y los vaivenes de sus pasiones? El amor humano no tolera, le repugna la “prueba”. Exige una entrega total y definitiva de las personas entre sí, o quedarán marcadas por mucho tiempo.
Contrato matrimonial. El matrimonio, sea religioso o civil, exige un documento con sus cláusulas, condiciones y duración, que tiene que ser debidamente firmado. El contrayente se verá obligado a responder ante la sociedad, a cumplir ese contrato, sobre todo cuando en su realización se pueden ver afectadas terceras personas, como los hijos.
Hoy se habla de hombres y mujeres light, son los que no quieren comprometerse en nada, que no les concierne lo que le pase al otro; son los que se escudan bajo el lema de: “ese no es mi problema”. No quieren hijos porque comprometen y mucho. Se conforman con su discoteca, su vinito y aperitivo; sus charlas con los amiguitos y poco más.
Quien así piensa es la persona que no está dispuesta a dar nada ni a sacrificarse por nadie, pero que exige imperiosamente que sus gustos sean cumplidos. Pobre personaje, desgraciado él mismo, y que vuelve desgraciado a todo el que le rodea. No se entera de nada más que de lo que le afecta. Todo el día se mira el ombligo y sólo piensa en el “yo, yo, yo”. Para recoger, primero hay que sembrar. Para recibir, primero hay que dar.
Desgraciadamente, estas actitudes están siendo fomentadas por ideologías y gobiernos empeñados en rebajar la trascendencia del matrimonio y de la familia a poco menos del nivel animal.
¿Y se quiere contraer matrimonio sin un contrato que obligue ante Dios o ante los hombres? ¿Es este sacramento menos importante que la compra de un coche, de una casa, de una finca, de un par de borricos o de una vaca? Cualquiera de estos contratos es irrevocable. Sin embargo, ¿por qué para muchos el matrimonio no precisa de contrato, dándosele menos importancia que a la compra de un borrico?